Un relato soberano corona al Rey
Con su esbelta silueta, la sonrisa sincera y generosa, la mirada atenta y sagaz, un andar preciso y la inteligencia astuta que sólo los grandes actores poseen, Fernando Solórzano nos presenta a Pedro Rey, alias El Rey, alias Peter King, en la ópera prima del director colombiano, Antonio Dorado Z, EL REY / 2004, un retrato ágil y sinuoso de toda una época fugitiva en la historia caleña, y por extensión, nacional, alrededor del nacimiento del narcotráfico, la peste blanca.
Una historia fílmica que acude a los mejores recursos del género de gángsteres que de manera magistral y completa han construido Francis Ford Coppola (El Padrino – Trilogía / 1972, 1974, 1990), Martin Scorsese (Buenos Muchachos / 1990, Casino / 1995, Pandillas de Nueva York / 2002) y Brian de Palma (Caracortada / 1983, Los intocables / 1987, Carlito’s Way / 1993). Y lo mejor de todo es que con esa alta carga de referencias impasables para un narrador contemporáneo, Dorado no sólo sale avante sino que escribe su propio relato en una clave personal redonda y cuestionante. Y la fuerza interpretativa de su protagonista esconde parte del secreto.
Fernando Solórzano es uno de esos actores que se pasan gran parte de su vida haciendo muy buenos papeles de reparto, con críticas favorables y un reconocimiento por parte del público satisfactorio, y no más. Las características de su fisonomía tan particular lo predisponen a no acceder a protagónicos en la televisión que ha sido el escenario audiovisual en el que se ha dado a conocer. Y esa misma presencia escénica lo único que le ha regalado es ganarse el territorio enorme de la gran pantalla. Por esa vía mágica, Luis Ospina lo escogió para encarnar al detective Emerson Roque Forero en esa bella parábola de amor extraviado que es Soplo de Vida / 1999, al lado de la superdotada Flora Martínez (Golondrina / Pilar). En un relato que es un puro homenaje al cine negro del cual el director caleño es más que un amante apasionado, Solórzano nos seduce con esa figura melancólica y predestinada que va siguiendo los pasos de su propio infortunio hasta acabar arrodillado a la sombra de su perdición.
Ahora como Pedro Rey supera con un perfecto dominio del tiempo y el espacio, zonas del ejercicio dramático, su propia trayectoria, metiéndose en la piel de este hombre común y corriente que en un momento dado, en las condiciones climáticas adecuadas y con el entorno social pertinente, se convirtió en una leyenda oscura y trágica que es apenas la primera de una larga lista de secuelas que cambiaron la historia de este país. Desde las primeras imágenes, Dorado instala su punto de vista en la mirada y voz ajena de un periodista que conoció la historia de Rey y quien está dispuesto a relatárnosla. Y en ese arranque, muy bien logrado, la figura ensombrecida de Solórzano exhala un aroma que ya nunca más se irá de la cinta. A partir de allí vamos contemplando, sin aproximaciones emocionales peligrosas, la manera cómo Rey va construyendo un imperio inestable y pasajero que sin embargo, dada su presencia, pareciera no tener quiebre posible.
Y aquí hay ya un logro interesante, porque es obvio que el espectador sabe, conoce, intuye, el final de esta historia, Dorado consciente de esa desventaja recupera terreno elaborando un mapa de acciones en las que lo que sucede debe tener la suficiente fuerza interior como para darle aliento a la historia para seguir respirando, con decisión, y llegar a ese final que el espectador aguarda, deseando que no se cumpla o que al menos no sea un engaño.
De esa manera el director logra valerse del poder interpretativo de Solórzano para contener los riesgos de escurrir la historia en episodios vanos. Encontramos entonces que cada nueva escena trae elementos que enriquecen el relato, aportando matices, atmósferas, conflictos, indicios. Toda la parafernalia narrativa que un buen guión debe poseer si pretende contar una historia no sólo de manera clara y precisa, sino atrapadora y envolvente.
En esa elección, la figura coprotagónica no podía, ni de riesgos, ser inferior a su contraparte masculina. Cristina Umaña (Blanca), es una excelente e impredecible actriz, ya lo había demostrado como Robin en ese delicioso juego de peripecias que es La mujer del presidente (Los Mauricios – Caracol), lo confirmó con el extraño y triste personaje de la cinta de Jorge Echeverry, Malamor / 2003, siguió dando pistas con Bibiana de Bonilla en la miniserie, Punto de Giro (Amuchastegui / RCN / 2003) y está rematándonos con la locura y el patetismo de Lorenza de Pachón en Todos quieren con Marilyn (Sánchez / RCN / 2004). Y llega a un momento culminante con la historia de Pedro Rey, personificando a una mujer como cualquier otra, que aparece de la nada, se enamora del hombre que la acoge y brinda una oportunidad y esconde un desagarramiento íntimo al que acudimos con sobrecogimiento. Imposible no pensar en el atormentado carácter de Kay Adams (Diane Keaton / El Padrino – Trilogía) o la dimensión funesta de Elvira (Michelle Pfieffer / Caracortada).
Umaña es Blanca Rey, un compendio de todas esas mujeres anónimas que han amado a esos hombres, no siempre desconocidos, que escogieron no conformarse con “chichiguas”, al decir de Rey, sino ir contracorriente sin medida ni razón. Blanca va siguiendo las etapas de su calvario, llevada por el ritmo trepidante de los asuntos cada vez más comprometedores de su hombre, el Rey. Sin exageraciones, con una dosificación cuidadosa de las tensiones dramáticas y logrando intensos momentos, Cristina Umaña sostiene con suficiencia la dualidad con Solórzano. Es evidente la compenetración y la complicidad emotiva que hay entre los dos.
Completan el círculo de la corte oscura de Rey: Marlon Moreno (Pollo), Olivier Pages (Harry), y en una segunda línea, Vanessa Simon (Laura), Juan Sebastián Aragón (Pulgarín) y Elkín Díaz (Camarada). Cada uno tiene sus momentos precisos que se ajustan sincrónicos a la maquinaria diseñada por Dorado. Destaca mucho Aragón por la forma impecable y sólida de su personaje del Teniente Pulgarín, que pese a ser un rol de reparto, causa un impacto decidido. Moreno en cambio se ve un poco repetido limitándose a algunas de sus caracterizaciones televisivas sin que por eso pierda fuerza, más bien es que desencanta un poco. Sin duda para un espectador ajeno a la parroquia, este detalle pase desapercibido, justamente porque alude más al actor que al personaje que está bien planteado. Simon llama la atención por su belleza insoslayable y su serenidad de miedo para una labor ingrata.
Antonio Dorado Z logra con este reparto aplicar las jugadas del guión en una partida que resulta favorable, al punto que es el público con su respaldo en las taquillas el que ha confirmado a la película ese estatus de hito cinematográfico en nuestro país.
La estructura narrativa desplegada por Dorado es efectiva además porque está custodiada con sigilo y éxito por una banda sonora inquieta y casi, sin duda, de carácter documental que rescata el tono musical del Cali de los años setentas. A lo que se suma una cámara desprovista de artilugios, fresca y directa, marcando los momentos definitivos de la historia con un acento personal. Es una cámara que narra desapasionadamente. Y eso está bien porque el autor no se propone sacudir al espectador sino darle una versión de estos hechos, de manera documentada y enfática, un ejemplo de asepsia interesante.
Desde esa superficie del dispositivo visual en el que cada espacio, personaje y situación encajan en el tren irreversible del relato, Dorado explora las posibilidades de su historia intentado dar cuenta de un período de la historia reciente de Cali, apelando para ello incluso a la figura de un co – narrador, personificado por el Periodista (Jorge Vanegas). Y en este punto surge la cuestión de si es válido recurrir al expediente clásico del periodista o testigo que voz en off va narrando y explicando los hechos que presenciamos. ¿Qué tan necesario es? ¿No podría acaso la historia con sus propias persuasivas imágenes explicarse a sí misma?
O tal vez lo que sucede es que Dorado sucumbió a la tentación riesgosa de tener esa voz ajena como un recurso didáctico, y a ratos, sentencioso. Hay que explicar el por qué ocurre esto o aquello, sostiene el director. Por eso no es gratuito el asterisco que colocó el director al final de su nombre en los créditos, añadiendo un curioso guiño que revela su orgullosa y agradecida condición de profesor de la Universidad del Valle que con su Escuela de Comunicación ha consolidado con el paso de los años un espacio de creación audiovisual importantísimo en Colombia. Quizás la voz de Julito sea la voz del docente que enseña, aunque queda la duda acerca de su validez. En la medida en que la historia tiene su propio sello de poder, la presencia desprovista de emoción del narrador puede resultar enojosa y en contradicción con el tratamiento visual propuesto por su relación de semajanza y no de contraste. Y el paralelo inevitable está por ejemplo en las primeras líneas de Henry Hill (Ray Liotta – Buenos Muchachos) : “Tan lejos como puedo recordar, siempre quise ser un gángster”, quien con esa declaración de principios hace que su historia, desde su particular punto de vista, sea llamativa.
Sin embargo, debemos reconocer que este es un argumento susceptible de ponerse en remojo, en la medida que quien hizo la película es Antonio Dorado: él fue quien tomó las decisiones y finalmente, quien tras un ingente esfuerzo logró consolidar su sueño y su obsesión. Es posible que no nos convenza la figura del narrador, pero eso no oculta la sobrada fluidez del relato fílmico. Y eso lo que cuenta. Algo similar podría decirse respecto a ciertos detalles que relucirían mucho afectando el tono general (micrófono boom en cuadro, la silueta inútil de una mujer desnuda en el cuarto de hotel donde Rey y Harry conversan, el anacronismo en la presencia de canecas modernas cuando se narran hechos de mediados de los sesentas, las imágenes anodinas de la secuencia newyorquina son algunos de tales detalles), si no existiese un relato superior que captura la atención desde su secuencia de arranque.
Es indudable que para quienes conocen Cali y han disfrutado en algún momento de sus noches de rumba, la cinta de Dorado se convierte en un encuentro con ese pasado volátil y fascinante. Del mismo modo, para el espectador ajeno a esa atmósfera recargada de memorias, la fuerza de la representación es tan lúcida que no tiene escapatoria a su poder de seducción. El sentido de lo local cobra acá una presencia ineludible y se convierte en el mayor acierto de la película revelando su lado incontestable que es el de la sinceridad y la sobriedad.
Dorado no pretende ir más allá de lo evidente y no ambiciona otra cosa que narrar la historia de Pedro Rey. Y lo consigue. Esto es lo que importa, lo demás es harina de otro análisis. Habrá que estar atentos al recorrido de la cinta por las salas y festivales del mundo… sin perder de vista que acaba de ser nominada como mejor película extranjera en los prestigiosos Premios Goya en España.
Este Rey sigue a la caza de nuevos súbditos fieles a su sonrisa sincera y a su inevitable destino.
EL REY – 2004
Antonio Dorado Z.
Guión: Antonio Dorado Z.
Idea Orginal: Antonio Dorado Z. - Fulvio González
Dirección de Fotografía: Juan Cristóbal Cobo – Paulo Andrés Pérez
Dirección de Arte: Johans Paredes
Sonido: César Salazar – Nacho Royo-Villanova - Alfonso Pino – Jaime Fernández
Banda Sonora Original: Red House – Fernando Aguilar
Montaje: Antonio Frutos
Intérpretes:
Fernando Solórzano / Pedro Rey
Cristina Umaña / Blanca Rey
Marlon Moreno / Pollo
Olivier Pages / Harry
Vanessa Simon / Laura
Jorge Vanegas / Periodista
Elkín Díaz / Camarada
Juan Sebastián Aragón / Pulgarín
Diego Vélez / Maluco
UNA PRODUCCIÓN
COLOMBO-FRANCO-ESPAÑOLA
IMAGEN LATINA EUROCINE C. T. P
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