Hoy se cumplen 3 meses de su partida y sigo como cuando me
despedí: “no sé cómo voy a hacerle”. La vida es maestra y si te permites y
prestas atención, sus lecciones te llevan a seguir adelante.
Cuando pasó todo esto, sentí que debía escribir algo,
necesitaba cifrar con palabras todo lo que estábamos viviendo, pero no pude
hacerlo. No se movió una sola tecla, ni en mi mente ni en la realidad.
Así que ahora me doy cuenta, que debía ser a través del amor
que compartimos por las historias que podría encontrar las palabras. No todas
las que deberían escribirse sobre ella, mi madre, nuestra madre, pero sí un
trozo enorme y potente de rayoazul.
Esta LLM en dos entregas (hoy y mañana) está dedicada con todo mi amor y respeto a mis hermanas y hermano, a la familia, a mis alumnos, a mis colegas y a quienes
la conocieron en esa faceta cinéfila.
Parte Uno
Luego de la infaltable última ‘patraña’ de Kimmel contra su
archienemigo Matt Damon, aliado con el actor del momento, Messi, haciendo que hacía
pis sobre la estrella de la estrella en el Paseo de la Fama, rodaron los
créditos finales de la entrega 96 de los Oscar, el pasado domingo 10 de marzo.
Y rodaron también las lágrimas por mis mejillas… no de
emoción por el discurso de Da’vine Joy Randolph por su mejor actriz de reparto,
o por el entrecortado y tierno de Emma al abrazar su segundo dorado premio,
tampoco de risa forzada por la aparatosa escena de John Cena ‘desnudo’, o de
franca diversión por el momentazo de Ken Gosling, ni de desconcierto por la
salida en falso de máster Al Pacino, no es nada personal son negocios, Mike…
Me despedía -otra vez- de mi compañera de otras galas,
siempre cómplice cuando se precisaba y atenta espectadora con ojo critico y
comentario mordaz y afilado, sin compasión alguna fuese quien fuera
protagonista. Mi madre era la mejor compañía para ver la entrega de los
Óscares. Ella sí que habría llorado con el discurso de Da’vine, y se limpiaría
en silencio las que derramaría por la bella Emma; ofendida por Cena habría
preguntado por qué tenían que hacer esas cosas de tan mal gusto; habría
disfrutado de Ryan y su show sin agarrar del todo el motivo de tanto alboroto y
se compadecería conmigo del Don en su extraño momento.
Mi madre y yo compartimos muchos momentos así, sentados en
silencio (la mayor parte del tiempo, lo juro… está bien: siempre hacíamos
nuestra particular ronda de comentarios), viendo algún episodio de sus series
médicas preferidas, o los dramones predecibles, pero encarretadores de Hallmark
en Netflix, o documentales que ojalá tuvieran la voz narradora de su adorado
Barack Obama, o en serenata nocturna de peli los sábados en la noche.
Reconstruyendo esas inolvidables y geniales mirandas, he
terminado por dar un viaje largo hacia atrás, hasta el momento de mi primer encuentro
con el rayoazul. Y debió ser ella la que me llevara a cine aquella vez para
disfrutar, qué… sufrir, con El niño y el Toro, Irving Rapper, 1956, por la que
el gran guionista Dalton Trumbo recibiera en 1975 un año antes de su muerte su
segundo Oscar, cuando la Academia reivindicara su nombre oculto durante la era
macartista que obligó a muchos a usar nombres falsos o el de algún colega, para
poder escapar a la absurda e infame cacería anticomunista.

El otro guion por el que Trumbo fue oscarizado es el de
Roman Holiday (La princesa que quería vivir), William Wyler, 1953 que le fue
otorgado en 1993, de manera póstuma (y más que tardía). Esa peli con el apuesto
Gregory Peck y la hermosa e imposible Audrey Hepburn era de las preferidas de
mi madre. La vimos unas dos o tres veces en distintos momentos. Ella adoraba a
Audrey más que yo mismo, lo cual es jodido sí se tiene en cuenta lo que esa
estupenda actriz significa para mí.
Debió ser mamá la que me llevara a esa peli en el Karká, o
el Consota, me parece que era el Capri pero este lo inauguraron en 1970, en
alguna reposición dominical de matiné. Por supuesto, no recuerdo con precisión,
tengo unos fugaces cuadros claros y la imborrable huella del haz de luz del
proyector. Pienso que fue ella, mi cómplice original, porque no tengo memoria
de mirandas con mi padre. De su gusto por leer sí, pero de pelis, nada.
Puedo confirmar esa imagen borrosa de ir a cine con mamá,
con la más diáfana y perturbadora de una doble función en el Nápoles, allí en
la esquina de la calle 20 con carrera 9ª, cuando asistimos al espectáculo de
ver cuerpos semidesnudos en una peli de seres primitivos… ni idea qué sería,
solo recuerdo la pena con tonos de miedo que sentí y tal vez, sin duda, nos
salimos antes de que terminara. Había quedado satisfecho con las maravillosas
aventuras de ciencia ficción, al estilo de la serie televisiva inglesa
Thunderbirds, Gerry Anderson, 1965-66, de súper marionetas con uniformes de pilotos y naves espaciales
increíbles. A mamá no le gustaban las historias de ciencia ficción o fantasía
(dos de mis géneros favoritos en literatura y cine). Y detestaba las de miedo y
horror (dos de los géneros que sigo en proceso de aprender a apreciar, con
enorme esfuerzo, lo confieso).

Seguramente íbamos con mis hermanos mayores, aunque no consigo
recordarlo así. Que mi madre me llevara a ver pelis así, pese a que no eran de
su gusto… pues nada, las mamás hacen esas cosas por sus hijos; actos de
valentía insuperables.
En el caso de mamá, eso tiene de veras un inmenso valor porque
recuerdo cuando me contaba lo traumatizada que había quedado luego de ver
Psicosis, Alfred Hitchcock, 1960. Esa obra maestra del genio del suspenso, le
jodió la vida a más de una persona en este planeta. Y es un buen ejemplo del
poder del cine y sus artilugios de emoción. Por esa vía, he llegado a
considerar algún tipo de cine como pernicioso y de dudosa validez. Lo sé, está
el asunto de la libertad de expresión y de que el arte no debe tener barreras…
pero, no sé… hay pelis que te lo hacen replantear todo en ese sentido. Así como
mamá tenía a Psicosis como su némesis cinéfila, yo la encontré muchos años
después en Audition (La audición), Takashi Miike, 1999. Una peli terriblemente
espantosa. No dormí en tres semanas… aun no duermo a veces, cuando se me
atraviesa su recuerdo.
Recuerdos de ver a mamá sentada frente al televisor cuando
éramos niños, me cuesta encontrarlos. Siempre la veo es haciendo de mamá:
moviéndose y haciendo cosas todo el tiempo, sin pausa, con perfección y
dedicación absolutas. Imparable, juiciosa y ordenada al límite. Sé que veíamos
televisión todos juntos, por ejemplo, los domingos por la noche cuando nos
parchábamos a ver las divertidas peripecias de los personajes de la ya clásica
serie cómica Yo y Tú, Alicia del Carpio, 1956-76. Con ese maravilloso reparto de
lujo, lo mejor de la época: Franky Linero, Carlos Muñoz, Consuelo Luzardo, Otto
Greiffestein, Carlos Benjumea, Hernando Latorre, Leopoldo Valdivieso, Delfina
Guido, Hernando Casanova, Héctor Ulloa, Pepe Sánchez. Con más de 20 años al
aire, esta comedia cachaca sirvió de plataforma a más de 175 actrices y actores
de nuestra primigenia televisión.

Seguro vimos juntos muchas telenovelas en los 70, otras
tantas en los 80… y luego, esporádicamente en los 90 y en el nuevo milenio.
Muchos títulos saltan como para mencionarlos y que nadie se ofenda sí se queda
por fuera alguno, pero sí tengo claro que cuando llegó la peste de las
narconovelas y narcoseries, mamá fue una de las que apagó sin dudarlo el
televisor. Esa vergüenza no la iba a pasar.
Cuando regresé a Pereira en el 2004, muchas cosas habían
cambiado en mi vida y otras tantas más lo harían en el curso de esos
productivos e inquietos tiempos por venir. Y una de las cosas que definen con
fuerza y persistencia estos años, es el reencuentro con mi madre. Ahí hay
cientos de escenas, de múltiples películas, numerosos episodios de serie… de la
vida real, de esa cotidiana convivencia de aprendizajes y descubrimientos, de
tiempos recuperados, de heridas en sanación. Es solo que esa miranda es solo de
ella y yo. Y claro, de mis hermanas y hermano. No son de estreno público.
Pasó sí que en estos años, algunas pocas veces fui a cine
con la madre, como solía nombrarla para mis amigos. Y hay algunas mirandas que vale la pena recoger. Incluso por lo atravesada
de algunas, sí, fuimos a ver Ocean’s Thirteen, Steven Soderbergh, 2007,
subtitulada por aquello de nada como el idioma original. Eso no salió bien
porque está plagada de diálogos muy rápidos y largos, explicando cómo es que
van a hacer el robo y nadie alcanza a leer esa vaina. La convencí de que
fuéramos con el argumento de ver juntos a Al Pacino, Elliot Gould (del que
siempre mencionaba había sido marido de Barbra Streisand), Andy García (de éste
estaba en modo crush, que por supuesto no reconocía, ni más faltaba)… y bueno,
a George Clooney y Brad PaPITTo. Me salvó un poco, justamente, (acabo de
revisitarla mientras escribo), esa escena de los dos súper galanes llorando al
ver un episodio de Oprah. Además de sentirme identificado por completo, a la
madre le causó mucha gracia. A la final, como mamá que todo lo perdona a sus hijos,
esa me la pasó.

Recuerdo lo mucho que disfrutamos yendo a la Cámara de
Comercio al Cine en Cámara de nuestro añorado, Giovanny Gómez. Allí gozamos con
Julie & Julia, Nora Ephron, 2009. Esa delicia de acento gastronómico con la
presencia arrolladora de Meryl Streep y una joven, Amy Adams que le da la talla
a tenedor tendido. Cuando hablábamos de pelis que le gustaban, esa siempre aparecía.
Bueno, cualquiera en la que pudiera ver a Meryl le encantaba.
Así como le pasaba con la decenas de veces galardonada y
nominada, le ocurría con Katharine Hepburn, “que no tiene nada que ver con
Audrey”, Ingrid Bergman, “el escándalo con el italiano ese [Roberto Rosellini]
afectó mucho su carrera”, Sophia Loren “qué monumento de mujer, aunque como muy llena para mi gusto”, Catherine
Deneuve “la más hermosa, cierto?”, Debbie Reynolds “la mató Elizabeth Taylor,
cuando Eddie Fisher su marido, la dejó por ella”. La mamá de la Princesa Leia,
Carrie Fisher, se casó y divorció otras dos veces más, pero a mamá le sonaba
era lo de Taylor. Nunca se lo perdonó.

Así en pantalla grande, reímos y lloramos con Coco, Unkrich
y Molina, Pixar, 2017. ¡Qué cosa esa ‘moquiada’ tan brava! Nos reíamos luego al
recordar nuestro dolido llanto. Mamá tenía su historia con México, a partir de
muchas cosas de toda su vida. Además, había tenido la oportunidad de viajar al
DF y conocer sitios que había visto en pelis o escuchado en canciones,
acompañada por mi hermana menor y su familia. Si te atrevías a hablar con
propiedad de Frida Kahlo delante de ella, debías agarrarte fuerte porque ella
sabía más y en detalle. Coco la reconectó con esos recuerdos y la vivió
intensamente. Esa no la vio, pero seguro le habría gustado y conmovido.
Sí vio con uno de sus nietos (con los otros dos, seguramente, pero no sé cuáles pelis), Life of Pi (Una aventura maravillosa),
Ang Lee, 2012, con gafas 3D y tal. Y contaban ambos del tremendo susto y brinco
que dieron cuando hace su aparición Richard Parker. Mamá decía algo que no
puedo escribir acá, pero de ese tamaño fue la impresión cinéfila con su afilado
criterio.
La última peli que vimos en un cine, fue en compañía de mi
hermana y una amiga mía que años después le pintaría un cuadro floral que
apreciaba mucho. La La Land, Damien Chazelle, 2016. Tremenda peli, tremenda
miranda. Éramos los únicos en la sala (seguro habría dos o tres personas más,
pero en mi recuerdo no). Era función de antes del mediodía y la peli ya llevaba
más de un mes en cartelera. A mamá le gustaban los musicales. De veras los
disfrutaba. Recordaba con alegría Mamma Mía!, Phyllida Lloyd, 2006. Se
entristecía con Los Miserables, Tom Hooper, 2012. Y reímos mucho viendo
Cantando bajo la lluvia, Stanley Donen, Gene Kelly, 1952… ajá, con Debbie
Reynolds y Gene, ese mismo.
Después ya no pudimos volver al teatro, a la gran pantalla
platinada, a la sala de la diosa Película. Llegó para todo público el estreno
de la pandemia. Esa peli la vimos todos y nos costó mucho. Esa es una que no
debió hacerse nunca. Perdimos tanto. Demasiado.
Mañana: Parte Dos
QLDLA