A El Niño y el Toro, mi primera película
La primera vez
aparece tan borrosa
y al tiempo próxima,
casi instantánea.
La silla pegada al techo,
los pies ondulantes
y la mirada lanzada con
emoción hacia la pantalla
con su desnuda y mística
vestidura blanca.
La algarabía repartida
entre los cientos de chiquillos
tan diminutos, tan poquita carne,
la totalidad de la sorpresa
cogida de improviso,
así de pura celeridad
en la mañana del domingo
estirado de sol y crispetas
y algodón de azúcar y chocolatinas
vaporosas y rociadoras de piel.
Y de repente, la bulliciosa
presencia de la oscuridad
enmudece por segundos
ante el grito multiplicado.
Enseguida, un relámpago tiembla
bajo el rumor líquido de
una estela deliciosa olisqueando
las cabecitas deslumbradas:
nace el rumor de la voz
en la hoguera de luz,
el rayo azul sobre las miradas
expectantes.
El redondel festoneado
dispara sus vítores
y el burladero solloza
como un chiquillo más,
el torito negruzco y altanero
cruza la arena,
la roja cinta humilla el polvo
y un ardor enloquece al corazón,
la faena muerta apenas saluda.
Las pieles infantiles
florecen en estampida,
los cuerpos resuenan
de tamboril estremecimiento;
los niños sin sombra
palidecen de asombro:
están ahí, junto al ruedo,
lloran a su toro
furia de asta firme
y latido menguado.
La sangrada marea
sobre el hinchado telón,
trueno de encanto,
el rayo azul es la huella
misteriosa de la imagen
movediza del cinema,
la huella de los soñadores.
Ahora todo tiene sentido... rayo azul!
ResponderBorrar