Cuando la luna se dejó ver entre los anaqueles, presentí mi perdición. Demasiado estúpida. Antes había cometido otras idioteces pero ninguna como ésta. “Debes quererte un poco”, eso me decía el Depurador silabeando y rastrillando la lengua contra sus sucios dientes. Claro que me quiero y no poco. Me adoro. Esta sonrisa pícara y estos ojos provocadores no son precisamente motivo de disgusto. Y sin embargo, fui tan tonta.
Al principio pensé que no me notaría. Estaba tan absorto contemplando una mariposa que revoloteaba cerca a la ventana, que cuando dejé caer los tres tomos de la Encyclopedia Britannica tuve que estornudar para llamar de veras su atención. Se giró muy lentamente en la silla. Un segundo más y sus ojos me tocaron. No sentí nada. Casi me decepcioné. Y entonces fue cuando él tuvo esa mirada malévola. No he podido olvidarla. Tenía un aire de perversión que más bien parecía un tornado. Por un momento perdí la cabeza y creo que algo más. De no sé dónde vinieron a mi mente todos los sistemas de seguridad de las astronaves megavidas, sus deflectores de expansión múltiple, ah... y los conjuntos paralelos suministralimentos. Sin duda mi temporal treinta y siete andaba desquiciado.
Tratando de volver en mí por cuenta propia, perdí quince segundos, suficientes para que él se acercara. Abrí los ojos - aquellos quince los conté con mis ojos cerrados - y lo vi a un metro escaso. En su mano derecha un brillo gélido: una pluma láser cruzando veloz el aire y dirigiéndose hacia mi cuello. Suerte que siempre llevo tenis. Salté medio segundo antes. Alcancé a escuchar el chasquido del láser al chocar contra la estantería de sigilium y destrozarla. Lo cierto es que ya estaba pidiendo cambio. Hurgué en mis bolsillos y descubrí que no tenía tiquetes para el solobús. Es casi seguro que ese fue mi segundo maldito error. Qué casi ni que nada, estoy segura.
Salí volada entre ciento veintiocho mazolectores y justo al borde de la puerta, una chica me vio el afán en los ojos y me lanzó una mona, suficiente para un viaje de ida si es que no piensas regresar. Intenté no atraparla con la idea de ganar tiempo, con tan mala suerte que mi mano izquierda, la muy torpe, la atenazó entre los dedos. Aun me duele el golpe. Crucé la puerta dispuesta a cualquier cosa menos a caer en la trampa. Fue cosa de pensarlo.
Él ya estaba afuera en la acera, esperándome, sus ojos resplandecían bajo el ala del sombrero y la cara tenuemente iluminada por el reflejo azulado de un bastón láser de los que se consiguen en rebaja en la tienda Muerebien. El malvenido gritaba: “¡Eres mía, eres mía!” Se abalanzó sobre mí o más bien, sobre la sombra que dejé esparcida. Corría entre feliz y desesperada por la calle penumbrosa, enormes charcos inundaban mis pies a cada salto. Pensándolo bien creo que estaba terriblemente desesperada, o por lo menos, se me notaba más que la felicidad. Y volviéndolo a pensar, creo que ese fue mi tercer maldito error. El definitivo.
El callejón no llevaba a ninguna parte, cuándo se ha visto. Al fondo una inmensa muralla de ladrillo escarchada por el viento. Un olor espantoso perforaba las paredes y envenenaba mis poros. Me volví buscando alguna ventana, puerta, resquicio, rincón, guarida, inútil búsqueda. Él ya estaba de nuevo frente a mí, sonriendo cínicamente. Tantas veces lo había pensado. Cuando chica le reventé los intereses a un mocoso más grande que yo. Ahora había perdido mi natural viveza. Ni siquiera entonces recordé que era una experta consumada en hacer sufrir cuando me lo proponía. El otro día le quité de las manos una crema de vainilla, chocolate y maní crocante a un niño de cinco años. Mientras saboreaba la dulce crema oía los alaridos. Fue divertidísimo. Sin embargo, ahora me dio por llorar. Incluso creo que alcancé a balbucear: “No me toques, por favor.” ¡Por favor, no... tampoco! No lo recuerdo bien, mi orgullo no es muy memorioso que digamos. Luego todo fue tan rápido. El tipo tal y como lo percibí en mi primera mirada, no estaba del todo mal. Hubiera podido despachármelo fácilmente.
Una nube ligera, fugitiva, eso es mi recuerdo. Desvanecida de planeta en planeta, eso imagino, hasta llegar a este bien oliente y apestoso jardín. Siempre detesté las flores. Y él lo sabe muy bien. Estoy por pensar que lo venía tramando desde tiempo atrás. Incluso día tras día voy descubriendo indicios de su complicidad. Por ejemplo, ¿qué hacía la luna metida entre los anaqueles? Si no hubiera sido por su pálida luz... Y qué me dicen del tipo de los ojos oscuros, demasiado bueno para una noche de lujuria, en fin.
El ángel con alas tiene cara de tipo. Sonríe amorosamente al servirme el té con limón. “Mínimo tres eternidades de felicidad, pequeña.” Y pasando su ala derecha por mi cabello sedoso, “Estabas tan desesperada por joderlo todo, qué tontería, no? Eres demasiado encantadora para terminar en nada.” Ni siquiera intento escupirle. Estoy desconsolada. Además después de todo es un ángel, con cara de tipo y tal pero con su estilo divino. La rabia palpita en mis oídos.
Pronto, en unas cuantas noches cometeré una buena atrocidad, sin importar qué tan feo huela. No pienso ser una niña decente después de echarme a perder. Y viéndolo en otra perspectiva, puede llegar a ser interesante desplumar un bendito ángel de estos. Algo vendrá que haga más soportable este ardiente verano eterno.
Emocionante y fugaz. De pocas palabras pero de serias palabras. Agitador y evocador de atmósferas. Me agrada la crueldad de las mujeres y la ingenuidad de quienes las aman. Nubes grises y negras que no son algodones de azúcar.
ResponderBorrarMuy bien Persito! Un abrazo.
Emocionante y en el punto. Me grada bastante la velocidad y la creación de atmósfera. La cantidad de figuras poéticas y neologismos es rica.
ResponderBorrarAl final, gracias a Luis (Rayo Azul) que a veces sólo hay nubes negras y grises que no son algodones de azúcar.
Un abrazo.
PD: Me gustó la figura cruel de la mujer. Nada más acertado en nuestra realidad.
Gracias, Perso. Sueltas ideas con ese estilo tan tuyo. Me divierto...
ResponderBorrarUn tris de distancia en aquello de la idea de mujer y de realidad actual. Todos somos bondad y crueldad, en todo momento, incluso en los 'irreales'.
Seguimos en la búsqueda. La escritura es necesidad de respirar.
Un abrazo.
Me gustó mucho, sería rico saber más al respecto... cuando ella mencionó lo del jardín pensé por un momento que estaba contando la historia con su cuerpo sepultado entre las flores...
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