miércoles, febrero 29, 2012

El verano ardió en mis ojos [Fragmento]

II
La estación de Suba sembrada sobre los cerros con sus ocho plataformas de ladrillo y concreto era iluminada una hora de cada tres en las noches. De sus entrañas se desprendían los viaductos que abrazaban la ciudad allá abajo en la planicie. Los trenes salían cada quince minutos y el último lo hacía justo en el minuto en que de nuevo se apagaban las luces de neón. A esa hora, las nueve y catorce de la noche, muchas personas buscaban las salidas de acceso a las plataformas para abordar sus trenes y atravesar la ciudad. Guardias de Terminal vestidos con uniformes naranja, caminaban de un lado a otro cuidando que no se formaran trancones en las largas filas. Aela y Néstor se abrían paso con dificultad. La estación era un hervidero de pieles y los guardias no se daban abasto para controlar la muchedumbre. Néstor le hizo una seña a Aela y se desviaron del flujo humano hacia una terraza en voladizo. El frío soplaba con sus pequeños nueve grados. Apoyada en la alta baranda de protección, Aela vio por primera vez en muchos años la ciudad que tanto amaba a pesar de haber devorado su vida y a la que había regresado para no quedarse. Había regresado para no volver ya más.
– Es impresionante. ¿Quiere verla, Curadora? Tome – suspiró Néstor con emoción y le extendió un visor nocturno – Espere un instante...
Aela miró en la dirección del punto distante que el visor le señalaba. La oscuridad pasmosa que cubría la ciudad no le dejaba ver nada, hasta que sus ojos se acostumbraron un poco y pudo ver que al pie de los cerros orientales se levantaba una inmensa carpa de un azul profundo, visible bajo la marea de hogueras que la rodeaban dibujando su descomunal tamaño.
– La Corte de Paso – musitó Aela – Pensé que jamás vería otra de nuevo.
– Es la última de este lustro – señaló Néstor – Y como de costumbre, es también la del retiro de los jueces.
Néstor miró su reloj y silbó con suavidad tres veces. Aela se volvió a mirarlo con curiosidad. Él le indicó el tiquete que sostenía entre los dedos, Aela lo observó y al reflejo de los neones pudo leer su destino: “SUBA 21:30 – GERMANIA 21:52”. Casi con desgano se acomodó el morral y empezó a caminar hacia el interior del terminal. Néstor sonrió al notar en sus ojos un cierto reproche infantil que desapareció tan pronto como se insinuó. Llegaron a la plataforma donde el tren se hundía en la penumbra más allá de los rieles que dormían en la estación. Al sonar la sirena de abordo, las puertas se abrieron y la multitud se lanzó hacia los vagones. Aela avanzó y de súbito una mano la haló hacia atrás.
– Lo que dijo sobre su juventud era una broma, verdad?
– Claro, Néstor. Fue una broma – y al notar su rostro serio y hasta con una sombra de preocupación, sonrió – ¡Era un chiste, hombre! ¿Cómo me dijo que se llamaba la Negociante en la Corte?
– Koria. No le costará trabajo encontrarla, allí todo el mundo la conoce. Ella podrá ayudarla si lo necesita. Gracias de nuevo, Curaela, espero que tenga suerte.
Aela levantó el brazo y se despidió mientras el río de siluetas se la tragaba. Néstor permaneció en la plataforma hasta que el metro empezó a deslizarse en silencio. En su mente veía aún el rostro joven de la Curadora, con duros pero pocos años vividos. Néstor caminó de regreso a su casa. Sin embargo, una absurda inquietud perforaba sus pasos. El gesto de la flor aún refulgía ante sus ojos. Una broma demasiado seria. Imposible, además. Los lanceros, vanguardia de la resistencia frente a los invasores, habían desaparecido hacía por lo menos cuarenta años. Él lo sabía muy bien aunque apenas superara la treintena. Tenía por qué saberlo, sus padres fueron de esos lanceros y ambos murieron en el Día Señalado. El día en que los ángeles silenciaron el mundo, al menos eso decían las leyendas de los últimos lanceros.

III
Aela contó con la suerte que Néstor le deseara porque pudo conseguir asiento. Agotada se escurrió en la estrecha silla, acomodándose como pudo entre dos mujeres más jóvenes que ella. Quiso ver a través de las ventanillas intentando reconocer algún sitio propicio a su búsqueda, pero la oscuridad exterior era casi completa a no ser por unas pocas luces dispersas que llameaban de salto en salto. Su mirada se perdió en los contornos de las personas que viajaban de pie.
Un sonido estridente la sacudió y de repente una claridad única llenó el aire con una luz indolora e irreal. Varias manos la tomaron, intentando traerla hacia el suelo, entonces vio aterrada que estaba unos centímetros por encima del nivel del piso. Un niño, de los más pequeños y que parecía tener gran ascendiente sobre los demás, la miraba con angustia y sorpresa. Ella miró con ternura su rostro blanco de negros ojos, con el cabello oscuro cayendo a sus espaldas. Sus manos se entrelazaron pero un repentino viento quemante la tironeó, volvió su rostro y contempló la magnificencia de una figura angelical empuñando una enorme espada y cantando: “¡A… el… a… ma… rá...!” Una y otra vez. Y por encima, el aturdidor sonido de trompetas a todo vuelo. Aela sacudió su cuerpo en un intento por librarse y al no conseguirlo gritó.
Las dos mujeres a su lado protestaron, recriminándola por su alboroto. La Curadora, molesta en su interior por la pesadilla que no la abandonaba, se disculpó por haberse quedado dormida. El tren se detuvo y las puertas se abrieron, la gente empezó a salir lenta y ordenadamente. Aela permaneció unos instantes sentada, respirando con largas pausas tratando de equilibrarse. Se levantó con pesadez y caminó hacia la salida. Una vez en el exterior vio por encima de la estación, la inmensa carpa y arriba de ella el cerro de Monserrate. Y al frente, pintadas en un muro con un rojo intenso y debajo de unas placas con grafía japonesa, las palabras: “NO LO HICIMOS PERO ES NUESTRO. 2143”.

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