Día 7
Acabo de regresar del comedor principal y siento que voy a estallar. Intentaré pues continuar con esta labor inútil de llevar el diario de estas últimas jornadas. Contrario a la noble intención de la camarera, la sopa de fideos no me ha caído nada bien. El sol frío atardece y escapa del día tan veloz como el Alexandr Express que me lleva a Volgogrado, antes de cambiar de tren y enrutarme a mi destino final en el Mar Azov donde el majestuoso Don desemboca con furia lenta. Ya el rumor de San Petersburgo se me antoja un sueño acaso vivido. Si no fuese por los documentos que reposan en mi cartera así podría creerlo. No he de prestar oídos a los desatinos de mi esperanza tardía. Ya lo pasado, pasado está. Sin tintes de clase alguna. Por más que las mire esas hojas silenciosas de miedo no la salvarán. Ella debió saberlo pero sé que me engaño.
El incesante trepidar del vagoneo desplazándose con voracidad sobre la meseta escasa quizás consiga llevarme al sueño. Claro, tal vez luego de deshacerme de este malestar. Fue buena idea separar una cabina Lux para mí solo. La sola posibilidad de tener que compartir aunque sea el aire con cualquier extraño me repulsa. He tenido suficiente de humanidad con Moscú. Y quienes la conocemos bien sabemos que ella es el infierno en la tierra. Así que en paz con la muerte podré cerrar los ojos y dormir un poco. Casi lo olvido. El baño.
Tras la ventanilla no logra distinguirse más que la suave cortina de terciopelo. El ayudante de vagón insiste en que más adelante hay un par de cabinas disponibles, y para confirmarlo hala las maletas en esa dirección. La mujer piensa algo diferente. Sin soltar la pretina de su pequeño neceser replica ya molesta que debe ser esa y no otra la cabina donde pasará la noche. Así imagino el cuadro antes que todo pase.
Al abrir la portezuela incapaz de seguir soportando el bullicio, me encuentro con una absoluta aparición que en principio no sé si sea infernal o divina. Se presenta como Tatyana Mederova estirando su brazo envuelta en un satinado guante de verde esmeralda. Aturdido aún, beso su delicada mano. Desprendiéndose con ligereza del contacto suave de mis labios, pasa por mi lado como ventisca devastadora y se acomoda con presteza en la silla que segundos antes acogía mi trastornado cuerpo. El muchacho entra tras ella y sin mirarme siquiera, coloca sus pertenencias en el guardamaletas arriba del otro sillón. Intento protestar, lo menos que merezco ante tal atropello es una explicación. El joven es astuto y sin que pueda agarrarlo por las solapas de su lustroso uniforme, escapa como el silbido del tren que en ese mismo instante lanza su alarido a la boca de un túnel.
La oscuridad repentina es momentánea porque ella se toma la molestia de encender la luz del vagón. De pie, sin reponerme del todo, la observo mientras se despoja de sus guantes dejando a la vista unas manos de dedos largos, piel de porcelena moscovita y uñas preciosamente barnizadas de palo de rosa. Los ojos de claro verdor se clavan en mi rostro sin dar espacio a evitarlos. «Por fin nos conocemos, Serguei Nikolai», musita con un tono grávido que sacude el piso, siento un rugir bajo mis botas Bosi de cuero inglés compradas hace sólo tres semanas en Niza. Ella dice conocerme, lo confirman no sólo la fijeza de su mirada que me recorre con nostálgica costumbre, sino el sonido de mi nombre en sus delgados labios. Entonces apaga de nuevo la luz.
El azul intenso del cielo es violado por la alba presencia de una luna baja que en lo profundo del horizonte se alza, anunciando el dominio de la noche en el desierto. La planicie huye despavorida. Ella todavía posa su mano en la cortina que en la penumbra ha descorrido. Observo su perfil de alegre continente. El rojizo cabello que cae sobre sus hombros, la nariz sutilmente respingada, las cejas breves y precisas, los pómulos de pálido rubor y de nuevo, esos labios delgados teñidos de un rosa hiriente. El parecido es innegable, mas absurdo. Atraido, incapaz de sustraerme a su voraz atractivo e incapaz de aceptarlo, me siento a su lado, muy cerca. Ella no se perturba, por el contrario gira su rostro y me ve directo a los ojos.
«Disculpe, señorita…». «Tatyana». «De acuerdo, Tatyana, excúseme la indelicadeza». Arquea las cejas en señal afirmativa. «Es evidente que alguien le ha dicho mi nombre, hasta el jefe de cabinas podría haberlo hecho». Un movimiento lento de su cabeza niega tal posibilidad. «En fin, no importa, el caso es que no sé quién sea usted y la verdad no me interesa averigüarlo». De nuevo las cejas arriba, ahora matizadas con una lenta sonrisa. «Además no me gusta para nada que esté acá, en mi cabina, siento ser grosero pero tendré que pedirle que se retire». Tomo aire porque todo ese latigazo me ha salido de un solo vahido. «Creo que eso va estar bien difícil. A menos que usted, Serguei Nikolai, me devuelva algo que estando en su poder, es de mi propiedad».
Agitado me levanto y me siento en la silla de enfrente. «Si no la conozco cómo podría tener algo suyo… es absurdo». Ahora es ella la que se cambia de lugar y se sienta a mi lado, más cerca aún de lo que hiciera yo segundos antes. Coloca su mano en mi rodilla y con la otra toma mi barbilla y me obliga a mirarla en la profundidad del mar de sus ojos que entrecierra ahora. Inclina su cabeza hacia mí y abriendo los labios planta un beso de suave calor en mi boca. Poco a poco, el aroma de su cuerpo hace palpitar mis sienes y descubro como mis labios buscan el ardor de los suyos. En el instante fugaz en que mi lengua persigue la suya, se separa con la misma suavidad con que se aproximó. Voy a decir algo pero sus dedos se posan en mis labios impidiéndomelo.
«Sin duda no le interesa saber quién soy. Es un hecho. Y por favor, evite confundirse. No es un beso lo que es mío». La ironía de su voz sacude mi orgullo y me trae a la mente un dolor ya olvidado. Al menos eso creía. Los largos kilómetros que durante las últimas cuarenta y seis horas he devorado, unidos al notable esfuerzo de mi indolente corazón, han permitido poner a salvo mi cordura de perniciosos sentimientos de culpa.
«Siendo así no veo motivo para que continúe aquí, aunque por un momento llegué a pensar que quizás podríamos…». La carcajada estalla en mi cara con la suficiente fuerza y velocidad como para de veras espantarme. «¿Por qué no se deja de tonterías? No le sientan bien a sus canas. Mejor ofrézcame un cigarrillo». «No fumo». «Ya lo sé, no habrá dejado los viejos Dunhill en Moscú, verdad?». Molesto voy al baño, agarro mi abrigo que está tras la puerta y saco la larga cajetilla dorada que siempre llevo encima para ellas. Al regresar veo que ha colocado la mesita de servicio y se está sirviendo un vaso de buen vodka del Don. Alza la mirada y siguiendo mi gesto sirve otro vaso más. «Por fin una idea sensata». «Cambió de idea entonces», susurra mientras empina el vaso para beber con acostumbrado estilo. «No entiendo a qué se refiere». «A que hace un momento le parecía muy sensato hacerme el amor, no es así?». Acuso el golpe con toda la entereza que puedo. «Eso no era sensatez, era…». «Su naturaleza, imagino», remata dando una larga aspirada y lanzando el humo hacia mí. Dispuesto a no seguirle el juego apuro mi vaso y repito la dosis para ambos.
A través de la ventanilla veo las titilantes luces de la ciudad. Las lomas bajas que la rodean tejen una muralla silenciosa abrigando sus rumores y melodías. «Es bella Volgogrado, no le parece?». «No la conozco», respondo acariciando su cabello que resbala sobre mi hombro. «Le va a sentar muy bien». Se incorpora y endereza su cuerpo alejándose de manera ostensible del mío. Sobre la mesita de servicio la botella vacía grita el paso de las horas. «No pienso quedarme, apenas para el cambio de línea. Tatyana, ¿por qué no viene conmigo hasta Rostov del Don? Es un sitio hermoso y a solo unas horas está el Mar Negro y de allí podríamos cruzar hasta la maravillosa Istambul y de paso conocernos mejor». «Me parece que no, gracias. Tengo otros planes». Y sin más se dirige al baño. Sigo el movimiento grácil de su silueta, ya despojada de su pesado abrigo la figura delgada de su cuerpo se me antoja casi familiar. Las caderas de buen acento, las largas piernas, los muslos firmes y poderosos, la espalda elegante, los hombros justos y preciosos. ¿Y si me quedo unos días en Volgogrado?
La marmórea presencia de la proverbial estación del tren se yergue en la estolidez de la fría madrugada. Las luces del gran pasillo saturan la loza fina que adorna las paredes. Inesperada multitud espera a que el rojo estilete se detenga. Escucho sus pasos. «Debería ver esto… es increíble la cantidad de personas que hay abajo» «Creo que esto es más increíble». De pie ante mí aparece con ese mismo aire fantasmal de la primera vez, la blusa ligeramente desabrochada dejando suspirar su tierno entreseno, corre la cortina y se inclina hacia mí pasando su rostro a unos centímetros del mío y dejándose caer con desenfado en la silla. Siento un frío metálico en mi vientre. Ella se ha pegado a mí y sostiene entre esos delicados dedos que tanto me asombraran, un pequeño Remington 9 mm que empuja contra mi cuerpo. Acerca sus labios a mi oído. «¿Qué le parece si miramos ya el contenido de su cartera?». Una vulgar ladrona qué repugnancia. «Ni lo piense», susurra. Sin dejar de afilar el cañón sobre mí, estira el brazo libre y toma la cartera que apoyaba contra la pared de la ventanilla. La coloca sobre mis piernas. «Ábrala».
Paso las yemas de mis dedos por la tierna superficie de cuero de las tapas de mi cartera. En la portada reluce el león tricorno de Pasaduz con su melena frondosa, la mirada imperturbable, y las garras a lado y lado de la prominente testa. Retiro el cierre de lazo y abro dejando al descubierto los bonos del Banco de San Petersburgo. Los tomo y se los enseño. «Eso no me interesa», responde arrojándolos al piso. Observo los ciento treinta millones de euros desperdigados sobre la alfombra malva. «Es lo único que podrá llevarse, querida Tatyana, así que le aconsejaría empezara a recogerlos, pronto tendremos que bajarnos… por si no lo ha notado el tren ya se detuvo. Lo demás como verá son documentos de propiedad raíz que me pertenecen».
Por toda respuesta ella extiende ante mis ojos un documento notarial con sello moscovita. «No se preocupe por leer, se trata de una escritura de compraventa por la cual usted, Serguei Nikolai Elenakovski», señala con su bello índice derecho, «hace constar que me vendió a mí, Tatyana Ilana Mederova», de nuevo su apéndice lector sobre el papel, «las propiedades listadas aquí: Mansión Omarov, Castillo Terensky, Dacha Kadistán, y una serie bastante significativa de propiedades en el exterior, bla, bla, bla», sentencia con un cascabel de plata en su risa alegre y sencilla. «Creo querida que eso, como decías tú hace poco y perdóname el tuteo pero la ocasión lo amerita, va a estar bien difícil. No veo por qué habría de cederte de tan buen grado algo que me costó demasiado. Y sin nada a cambio. Si quieres mátame, estaré más conforme». Con fuerza inusitada me arroja contra el fondo de la silla y sostiene el revólver enfrente de mis ojos. «Va a firmar, ya mismo. No le quito algo que no sea mío, simplemente me lo devuelve. Es un acto de justa retribución. Sin duda no le será difícil rehacer su vida con esos millones». «Hace falta más que eso para convencerme de tamaña estupidez». «¿Qué tal esto?», dice apretando entre sus dedos un papel más que recién saca de la cartera. La carta de Irina. «Ya veo que le sigue pareciendo una estupidez, tal vez a la policía no le parezca lo mismo después de examinar esto…». El frasco azul pálido brilla un instante en su bolsa plástica que lo proteje de cualquier contaminación posible. «Mi hermana, sí, mi hermana», enfatiza en respuesta a mi atónita expresión. «¿Ahora sí le interesa? Antes de morir en mis brazos, Irina me confío todas las mentiras con que logró despojarla de todas sus posesiones. Y no contento con dejarla en la ruina la abandonó luego de decirle que no la amaba y que en Moscú lo esperaba su verdadera mujer». Camina hasta sentarse en la silla del frente, sin dejar ni por un segundo de apuntarme a la cabeza. Es evidente que si dispara no quiere tener dudas de matarme bien. «Claro que lo peor no fue eso, lo más ruin, lo más cobarde, fue que a la muy pobre, usted, la había envenenado y que le quedaban pocas horas de vida. Y en efecto, murió a las quince horas del siete de agosto».
La carta baila en mis dedos. La fecha es la del siete de agosto y la hora, la hora en que dice haberla escrito, las siete de la tarde. A las siete de la tarde escribía que me perdonaba todo, que podía marchar en paz, que lo nuestro había sido un buen exceso de pasión y que no me guardaba rencor alguno. En cuanto a las propiedades las consideraba un accesorio de cual no le dolía desprenderse… ahora que por fin estaba libre para empezar de nuevo. Pero eso fue cuatro horas después si creo en lo que Tatyana me dice ahora. «La carta la escribí yo», me dice sin inmutarse. Ya decía que no la salvaría a la muy condenada, solo que no lo esperaba de esa manera. «Alcanzó a tranquilizarse, Serguei, lo suficiente como para cometer una buena cantidad de errores, estupideces en verdad, en Moscú. Ahora, con las pruebas que tengo irá directo a la cárcel por el asesinato de Irina. En este pequeño recipiente están sus huellas». Guardando de nuevo el frasco en su bolso de cachemir, se reclina en la silla con la sonrisa sencilla de… Irina. Bien dice el refrán: sólo se ve lo que se quiere ver. Ahora, bajo esa luz extraña veo en sus rasgos los mismos que amé y odié con todas las fuerzas de mi ser. «Ella nunca me habló de ti». «Nos separamos hace unos años, después de nacer su hija Natalia». «¿Una hija de Irina? Imposible. Quiero conocerla». «Demasiado tarde». Me mira con frialdad, la furia de su encono es tal que me estremezco, no puedo negarlo. «Ahora firme o lo próximo que verá será la cara de disgusto del Comisario General de Volgogrado». La miro deseando saber si puedo confiar en ella. «Las pruebas serán suyas», responde con firmeza como si hubiese escuchado mi pensamiento.
La imagen de los dorados minaretes de las mezquitas de Istambul languide en mis ojos ardidos de la fiebre del momento. Quizás con mis millones logre adaptarme un poco mientras descubro algo interesante. Tomo la lapicera y firmo con resolución. Ella coge el documento y lo guarda en su bolso. Coloca la bolsa con el frasco sobre la mesita. Se echa el abrigo encima y sale. Respiro. Tomo la bolsa, entro al baño y rompiendo el frasco arrojo los trozos en la taza. Me levanto y recojo los bonos que deposito de nuevo en la cartera. Bajo las maletas. Ya dispuesto a salir reparo en la carta que está sobre la mesita de servicio. Retengo la carta entre mis dedos y luego la quemo. Los restos cenicientos adornan el funeral del vodka perdido. Hay algo extraño en el aire pero no logro estar seguro de qué pueda ser. Una ficha suelta en el rompecabezas veloz que sacude mi mente.
Desciendo por la escalerilla, el frío golpea mi rostro con toda su ciega providencia. Camino dos pasos y de repente aparecen varios oficiales. En el centro la figura envarada de un hombre de unos cincuenta años, lentes de montura de oro, nariz estrecha y prominente, barba corta y entrecana. «¿Camarada Serguei Nikolai Elenakovski? Bienvenido a Volgogrado». «Señor Elenakovski, comisario. Gracias». «Ah, ya veo, no pertenece usted al partido, no importa, disculpe». Doy dos pasos más. Se pone enfrente impidiéndome seguir. «¿Algún problema, comisario?». «Me temo que sí, señor Elenakovski, es preciso que me acompañe a mi oficina».
Un rumor de voces se alza proveniente de las gentes alrededor. «Me permite el talón de su tiquete». Lo saco de mi bolsillo y se lo entrego, él a su vez lo pasa a un oficial que sube al tren. «Comisario, podría decirme el motivo de su interés en mí?». «Por supuesto, ni más faltaba». Saca entonces de su gabardina un folio que despliega con cierta dificultad por tener las manos bajos sus guantes de piel de oso. «Robo, eso es. Robo de una importante y apreciable cantidad de joyas, propiedad de la princesa Mariuska Ripova, en Moscú. ¿Viene usted de Moscú, no?». «Al igual que los otros cuatrocientos pasajeros, comisario». La rabia me tiene a punto de cometer un error hasta que entre la multitud la veo, con su sonrisa sencilla, sus bellos ojos verdes. Tatyana. Tiene que ser ella. Ella lo ha tramado todo. «La mujer que venía conmigo, comisario, ella es la responsable de todo este enredo… mírela allí está». El comisario mira en la dirección que le señalo, su rostro palidece un segundo.
«Señor Comisario, tiene que venir a la cabina, encontramos algo», dice el oficial blandiendo el talón de mi tiquete. Me interpongo en su camino. «Comisario, la mujer, detenga a la mujer, se llama Tatyana Mederova». El hombre me mira con un aire de compasión que me aturde. «¿Cuál mujer, señor Elenakovski? El jefe de vagón me informó que usted viajó solo. Y ahí – señala hacia donde está ella viendo todo y con la misma sencilla sonrisa – no hay ninguna mujer, solo hay campesinos curiosos, permítame. No se mueva de aquí, por favor». Se retira no sin antes hacer una seña a sus hombres para que me vigilen.
Cruzamos la enorme plaza central de la estación, me conducen a la comisaría. Ahora mi situación ha tomado un giro incómodo e imprevisto, en verdad. En mi cabina no encontraron las tales joyas, esas aparecieron luego cuando requisaban mis maletas. ¿Cómo llegaron allí? Un par de ojos verdes lo saben mejor que yo. No, no encontraron las joyas en la cabina. En su lugar hallaron una maleta, la misma que el joven maletero guardara, que al abrirla dejó al desnudo el frío hedor de la muerte. En varios recipientes metálicos con temperatura bajo cero y cuidadosamente empacados al vacío, fragmentos del cuerpo descuartizado de Irina Danilova con su anillo de compromiso aún en el dedo anular. De nada sirvió insistir en lo de la extraña mujer y en que la maleta no me pertenecía. La soledad del viajero, asunto serio. Así las cosas, creo que pasaré unos días más en Volgogrado y que Istambul tendrá que esperar, tal vez por siempre.
Al subir al coche de policía, Tatyana me mira desde la acera. Luce hermosa con el pelo esponjado por el suave y helado viento del desierto. La chalina plateada sobre los hombros y el abrigo cerrado con las manos escondidas en su calor. Me mira coqueta, con su sonrisa de delgados labios rosa, sencilla y sincera. Sacude la mano un poco al despedirse. Sus labios se mueven y creo alcanzar a escuchar el sonido lento de su voz. «Le va a sentar muy bien».
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