El
sol radiante permitía divisar los inmensos campos de trigo que ya pronto darán
sus cosechas. El olor a lavanda hace evidente la primavera que trae consigo el
fin de esa época fría y tormentosa para el reino de Sarriko. El enorme castillo
se levanta sobre la colina mas alta del poblado, rodeado de casitas de los
habitantes que salen esa mañana calurosa a cumplir con sus labores matutinas,
el galopar de los caballos dan cuenta del movimiento que se hace presente en el
poblado todas las mañanas.
La
luz de la ventana refleja una silueta delicada, que se organiza su largo
cabello negro, termina de ponerse un tocado de hermosas piedras en su cuello.
La sombra de un hombre alto y de contextura fuerte se dibuja en las paredes de
piedra de la habitación. Al iluminarse un poco se observa un hombre blanco de
cabello largo y rubio, que camina como con inanición, como si no tuviese
voluntad, pese a la fuerza que deja ver su cuerpo. Los pasos de aquel hombre
interrumpen a Iraya, quien se encuentra sentada frente a su peinador mirándose
en un gran espejo, ella gira su cabeza, y observa, es Trado que ha llegado,
pues ella lo ha mandado a llamar. Iraya se levanta tomando de la mesa de su
peinador unas hojas.
— Buenos días, Trado — saluda con
una sonrisa muy amable Iraya — ¿Qué tal te ha ido ésta mañana?
— Buenos días señorita Iraya. ¿Me ha mandado usted a
llamar? — contesta el hombre, con una voz tímida y su mirada inclinada
Iraya
mira a Trado, su mente comienza a evocar su pasado, recuerda la profecía que su
abuela le dio ese día mientras tejía una bufanda. Esas palabras volvieron a
retumbar en su cabeza: “tendrás la oportunidad de ayudar a muchos con tu don,
aunque para lograrlo tendrás que poner en riesgo tu presencia, pero verás en
aquel hombre tu salida”. Ese día recogió algunas cosas, y tomó el camino al
castillo. Al llegar una inmensa puerta de madera se abrió, para dejarle ver un
gran pasillo de piedra, adornado con cuadros. Sus pasos retumbaban, su
presencia se vio acompañada de un hombre alto y delgado, que le indicó el
camino hacia el rey.
Al
adentrarse a un salón oscuro y frio, vio reflejada en la pared la silueta de un
hombre fuerte, que cruzaba sus manos en la espalda, unas velas eran la única
fuente de luz, pues las ventanas estaban cubiertas con grandes telones rojos.
— ¡Así que eres tú! ¡Una joven provinciana que tiene la solución
de Sarriko en sus ojos!
— Eso fue lo primero que escuché de tus labios, el rey
Trado, reconocí de inmediato esa voz imponente y prepotente, que aún ronca
escucho retumbar en mis oídos — dijo Iraya
mirando al hombre que permanecía con su cabeza inclinada — una carcajada
me dejó ver tu rostro y acercándote me dijiste:
— Y ahora ¿qué puedes ver en mis ojos?, acaso puedes
conocer mis deseos, o mejor aún… sabes que cumplirás mis anhelos. ¡Cómo olvidar
ese instante! Sabias que una ráfaga de visiones llegaron a mi mente en ese
momento, conocí tu juventud llena de caprichos y de placeres que tus padres
alimentaron, pero también reconocí ese deseo de poder, y tus ganas de retener
el trono con ríos de sangre.
Iraya
se acerca a Trado extendiendo su mano blanca,
levanta la cara de él por el mentón, acaricia su mejilla levemente,
mientras él la observa con una mirada ensimismada, como si viese en ella la
figura de alguien superior.
— Toma ésta carta, se la a entregaras a Herfus
ahora cuando él termine de escuchar los presentes, no respondas a sus
preguntas, no le digas ni una sola palabra de éste momento — dijo Iraya con su
voz aguda y suave, y acercándose aún más al oído de Trado, le susurró — ve, y
aunque te ordene no cumplirás nada de lo que te diga, soy yo a quien debes
cumplir y obedecer.
Trado
asintió con la cabeza, y una pequeña sonrisa se reflejó en su rostro, dejando
ver esa bella dentadura que daba cuenta de una vida de lujos y cuidados que
hasta hace poco había disfrutado, Iraya acercándose a su mejilla lo besó, la luz de la mañana que entraba por
la ventana reflejaba ese momento.
Hermosas
cadenetas violetas adornan los jardines del castillo, donde se podía apreciar
las grandes torres blancas que se alzaban prominentes, representando el gran
poder de aquella fortaleza que por años se había constituido como uno de los
reinos más seguros y prósperos del país, algunas palomas se refrescaban en la
pequeña fuente del jardín donde además se podía ver las grandes esculturas
hechas por los artesanos del reino, en conmemoración de los reyes ya fallecidos
y cuya administración había sido trasparente. Allí se alzaba la figura de
Lipiadez el padre de Herfus, quizás esa estatua de bronce que encandilaba con
el sol, era la imagen más cercana que él había tenido de su padre.
Herfus se encuentra
sentado en su sillón rojo, en frente se divisa el jardín y un hombre mayor al
que él está escuchando, le da el informe de cómo marchan las cosas en el oeste
del reino. Él hombre, termina de hablar y se marcha. Herfus observa el horizonte con una sonrisa
en su cara, como si en la lejanía observará lo más grato de su vida, un suspiro
que lanza al aire es la última muestra de su alegría esa mañana. Unos pasos
interrumpen la meditación de Herfus, se trata de Trado que trae en sus manos la
carta.
—
Buenos días Señor — saludó Trado con la cabeza inclinada
—
El mejor de los días, Trado — respondió Herfus entusiasmado — el sol es
radiante, los vientos sólo traen sus mejores aromas, no cabe duda que los
dioses me acompañan en mi alegría — agrega Herfus con una sonrisa en su rostro.
Un
silencio se hace presente durante la conversación, Trado inclina aún más su
cabeza, tratando de esconder la mirada a su Rey.
— ¿Te sucede algo? —pregunta Herfus preocupado—, siento
que no compartes tu alegría conmigo, acaso hay algo que te atormenta en éste
día.
— Señor, ésta carta es para usted — responde el criado
con voz entrecortada— se la envía la señorita Iraya.
Trado
extiende su mano lentamente, Herfus se levanta, se acerca al joven, lo observa
fijamente, y le arrebata la carta de la mano, abre las hojas con ansiedad, y se
da cuenta que es la letra de su amada, levanta la mirada y le ordena a Trado
que se aleje. El rostro de Herfus ha cambiado, ya no tiene la misma mirada con
la que despidió al campesino que le trajo buenas noticias, presiente que algo
sucede, observa a su alrededor y se cerciora de que no hay nadie cerca que
puede verlo, como si quisiera esconderse de un miedo al que conoce, pero al que
solo ha vislumbrado de lejos.
Herfus
regresa a su sillón, mira de nuevo a todas partes, trata de abrir las hojas que
se muestran arrugas por la fuerza con la que él las ha sostenido, sus manos tiemblan, en su mente
empieza a leer las líneas que están formadas por aquella letra grande y
remarcada, con unas curvas que componen los versos más románticos y
despiadados.
“Sé que tienes esta carta en tu manos, sé que
estás a punto de conocer las razones por la que me decidí utilizar éste medio,
lo vi en los ojos de Trado cuando se la entregué, ¡no lo culpes!, no le digas
porqué no te avisó, él tan solo es un sirviente fiel que se ha acostumbrado a
seguir mis órdenes. Cuanto me hubiese gustado despedirme personalmente, darte un
beso, decirte que eres mi amor, mi gran amor. Pero mis razones son más fuertes
que el sentimiento que siento por ti, no quiero hacerte daño, no quiero que te
veas afectado, no quiero que dejes de ser tú.”
Una
lágrima cae a las hojas humedeciendo la tinta y esparciéndose rápidamente, las
manos de Herfus aprietan fuertemente las hojas, se desploma en el sillón, como
si una fuerte carga le hubiese sido arrojada, él en el fondo conoce la razón de
esa carta. Vuelve a divisar el jardín, pero para él éste ya ha perdido sus
colores, ya todo se ha tornado sin sentido, él se siente como una figura de
bronce más, pesada, oscura, sin motivación.
Un
hombre de 45 años con sotana larga y blanca se aproxima al jardín. Su barba
roja esconde la cicatriz de una espada afilada que el día del motín contra el
anterior rey Trado, marcó la mejilla derecha de su rostro. Frunciendo el ceño
entró al jardín, pues los rayos del sol encandilaron sus ojos verdes, que
buscaban a alguien con precisión. Se escucha una voz grave y fuerte que llama a
Herfus, se trataba de Urko su fiel amigo y ahora representante del reino, llega
a buscarlo, lo esperan para el consejo mensual que se realiza para conocer el
estado financiero del reino. Herfus levanta su mirada, se siente sin fuerzas
para ponerse en pie, pero asiente con la cabeza cuando Urko le pregunta si está
listo. Se levanta, disimulando seca sus ojos y camina al salón de reuniones
mientras cierra la carta de su Iraya.
Ambos
se saludan mientras caminan por el pasillo, Urko nota que su amigo está un poco
decaído, pero lo asocia con los informes que pudo recibir en la jornada de los
presentes, no toca el tema, tan solo abre la puerta grande de madera que deja
ver dentro un grupo de ancianos reunidos en una mesa hablando, todos hacen
silencio y se levantan cuando Herfus entra.
Todos inclinan sus cabezas mientras Herfus los saluda amablemente,
respira hondo y procede a sentarse para escuchar los largos sermones de
aquellos que lo miran con gratitud y respeto.
La
reunión se torna pesada y aburrida, quizá la mente de Herfus no se encuentra
preparada para esos temas de economía y leyes, en su subconsciente sólo ronda
el recuerdo de la primera vez que vio a Iraya, esa joven muchacha de ojos
azules, inocente pero de carácter fuerte, que se encontraba apabullada detrás
de los barrotes de esa celda fría y mal oliente a la que fue consignada, y
mientras un viejo profesor habla de las consecuencias que tendría la
construcción de un canal de agua en la colina, Herfus abre de nuevo la carta y
de una forma muy sutil continúa con la lectura.
“Aún
recuerdo la primera vez que miré aquel anciano a los ojos, miles de visiones
pasaron por mi mente, como si fueran una llamarada de reflejos paseando por mis
pensamientos. Corrí asustada, pensaba que si huía de ese lugar y me escondía,
tal cosa nunca iba a volver a suceder. Llegué a mi casa, me refugié en un
rincón de la cocina. No tardó mucho
cuando mi abuela me encontró. En mis ojos observó mi miedo y mi angustia, me tomó
con sus manos, me llevó al salón, me arropó con una manta, y me dio algo de
beber, se sentó en su silla mecedora, empezó a tejer la bufanda roja, que te he
dejado guardada en tu mesón de noche y me comenzó hablar de esa llamarada de
pensamientos que habían atormentado a mi existencia.
— Has visto el pasado de ese hombre,
¿verdad? Es algo con lo que debes a empezar a convivir. Tienes la dicha o la
desdicha, de conocer el presente el pasado e incluso el futuro de quienes
observes a los ojos,— dijo mi abuela con esa voz que ya por lo años se tornaba
entrecortada, me miró de reojo con sus bellos ojos azules, ¡mucho más azules
que los míos!, buscando una reacción en mí, pero yo no entendí la grandeza del
don que los dioses me habían entregado, y ella lo sabía, por eso buscó la
manera de hacerme comprender que era muy peligroso que las personas conocieran
mi poder, porque por más fuerte que yo fuera, siempre existiría personas mal
intencionadas.
Al principio lo tomé como un juego,
salía al pueblo y buscaba la forma de observar las personas para conocer sus
secretos, anhelos y sus logros. No te miento que saqué provecho de esa
situación. Recuerdo una vez que a un hombre mayor, que se encontraba frente a
la feria, se mostraba indeciso de apostar unas cuantas monedas de oro, pero en
sus ojos vi lo afortunado que sería en ese instante si escogiera la piedra roja
de la ruleta, me le acerqué y le dije que los dioses lo acompañaban, el hombre
sacó sus cuatro monedas de oro, las apostó, triplicando su dinero. No dudó en
darme una buena propina, con la que me compré mis primeros y hermosos zapatos
de tacón, con los que baile contigo el día de tu reconocimiento como rey de
Sarriko, aunque la primera vez que los use, era evidente la poca experiencia
que tenía, aunque recuerdo que esa noche que bailamos te diste cuenta que
seguía careciendo de esa experiencia que tienen muchas damiselas del poblado
usando éste tipo de calzado. Sin embargo tus grandes brazos sostuvieron mi
cuerpo cuando perdía el equilibrio, gracias por comprender aquellas cosas, y
cada unos de mis defectos, por hacerlos pequeños, por mirarme con una bella
sonrisa y hacerme sentir que nada pasaba, porque eso es lo que siento, que a tu
lado nada malo me sucede”.
Una
leve sonrisa se ve dibujada en el rostro de Herfus, en su mente diseña la
silueta de Iraya caminando entre prados con sus bellos zapatos de tacón, y
dando vueltas como lo hacía cuando estaba alegre. Recordando esa noche en la
que con una gran fiesta a la que fue invitado todo el reino, se celebro su
proclamación como rey de Sarriko, una hermosa velada en la que juro a los
ciudadanos trabajar justamente y de una manera honesta por el bienestar del
reino. Un suspiro refleja su deseo de volver a ver a Iraya, vestida como ese
día, con un largo vestido blanco que ceñido a su cuerpo tomaba la forma de
esas curvas prominentes, con una hermosa
corona de flores moradas que adornaban su frente y retenían su melena negra.
Pero ahora su presencia la contenía una caligrafía suave y constante que
continuaba con la historia de su amada.
“Pero fui creciendo y con ello llegó
la conciencia, el respeto y la caridad. Empecé a ver como mi pueblo sufría las
consecuencias de una mala administración por parte del reinado, que dirigido
por Trado, estaba siendo llevado a la miseria. Donosty dejó de ser el reino prosperó
y equitativo que siempre lo caracterizó, para convertirse en un lugar lleno de
hambre, injusticia y desigualdad.
La idea de salvar el reino con mi
preciado don, se convirtió en una tortura cuando vi ese lugar oscuro y frío, lleno de bichos y
con un olor nauseabundo, al que me envió Trado. Lloré de solo pensar que
tendría que habitar en ese lugar, pero él había sido muy directo, me había
dejado claro que si le colaboraba para buscar, “ese bastardo” como se refería
al hablar de su hermano mayor, el verdadero heredero del trono, a cambio me
daría una vida llena de lujos y placeres que jamás, según él, podría
experimentar.
Pero
qué equivocado estaba, pues mi mayor placer se hizo presente cuando vi ese
hombre rubio y fuerte, que extendió la mano por en medio de la reja, con un
plato de comida, y que con una voz fuerte, pero al mismo tiempo noble, me
preguntó mi nombre. Cómo olvidar tu rostro, tus bellos ojos verdes que
adornados con esas pestañas rubias y crespas, acompañaban unos labios pulidos y
una nariz respingada, un rostro digno de un heredero a la corona”.
Herfus
se detiene en la lectura, pues sus ojos aprecian como en las hojas se ven
manchas y tinta regada, toca suavemente esa parte, él sabe que son lágrimas de Iraya que inevitablemente había
dejado caer mientras escribía, una clara muestra de que sentía al igual que él,
una tristeza infinita y un amor sincero.
Urko
que se encuentra sentado al lado derecho de su amigo, escucha al hombre de unos
70 años que expone las necesidades de ampliar los fondos para la construcción
del ágora, mira de reojo y observa lo disperso que se encuentra Herfus, y no
duda en dar un descanso para preguntar a su amigo que le sucede, pues es algo
poco habitual en él.
Una
vez solos en el salón de reuniones, y antes de que Urko pronunciará palabra,
Herfus dice:
— Se ha ido, ya nunca más adornará los pasillos con su
larga melena negra, que flotaba en aire cuando los vientos de levante rozaban
cada uno de sus cabellos, todo volverá a ser aburrido, el castillo ya no
contará con su presencia, atrás quedaron los días en los que el sol resaltaba
el blanco de su falda, que se movía al vaivén de esa hermosa figura que ella
resalta con sus corsés — dijo Herfus con su voz entrecortada y la mirada
encharcada.
— ¿Quién se ha
ido? ¿De qué hablas? – preguntó Urko aturdido, sorprendido por la confusión de
su amigo.
La
respuesta para Urko fue un silencio, Herfus inclina su cabeza para evitar que
su amigo vea las lágrimas caer de su rostro, solo tiene fuerza para levantar la
carta que Iraya le ha escrito, Urko toma la hoja, y empieza a leer las líneas
que se encontraban plasmadas.
“Saber
que ese hombre fuerte se robaría mis pensamientos, mis deseos y se convertiría
en el ser más importante de mi vida. Porque antes de conocerte tan solo era
joven que buscaba la felicidad sin saber dónde se hallaba tal cosa. Pero tú le
diste significado, le diste vida. Pero es una vida que no puede existir, y
nadie más que tú, sabes a que me refiero”.
Herfus
se levanta de la mesa, camina a la ventana, suspira.
—
¿Ahora entiendes de qué te estoy hablando? Se ha despedido, ya no está.
Urko
puso la hoja sobre la mesa y se sentó en una de las sillas.
— Pero… ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué se ha ido? ¿A qué se refiere ella cuando dice
que no puede existir? – pregunta Urko, quien con su expresión de sorpresa, daba
cuenta de que no sabía nada sobre lo que sucedía, para él las oraciones que
había leído no le dejaban claro la decisión que había tomado Iraya, pues él la
veía como la futura reina de Sarriko. Sus ojos se fijaron en Herfus, quien
parado al lado de la ventana, se frotaba las manos, como alguien que piensa que
hacer, pero ve todas las puertas cerradas. Para Urko era imposible pensar, que
el portador del anillo de leopardo que tenía esos ojos de esmeraldas que
brillaban incandescentemente, representando el poder de quien lo llevará
puesto, no podía retener a una mujer indefensa, como él imaginaba a Iraya
Herfus
se da media vuelta, camina hasta la
mesa, se sienta a un lado de su amigo.
—
Es una historia bastante larga, aunque tú conoces mucho de ella, pero no sabes
algo…
Urko
interrumpió a Herfus.
—
Creo que dispongo del tiempo para conocer que le aflige a un amigo, y me
gustaría saber el porqué Iraya le da fin a esa linda historia de amor que nació
en las celdas frías de éste castillo.
Urko
se queda pensativo, recordando a Iraya el día que la conoció, cuando ella
besaba la mano del rey Trado como señal de obediencia y de apoyo.
Al
principio Iraya parecía una aliada de Trado, pero era una joven cansada al
igual que muchos de la tiranía de ese hombre. Buscaba la forma de interrumpir
ese reinado, y se le presentó la mejor oportunidad, la de hacer un motín dentro
del castillo para terminar con esa dictadura de horror en la que el reino de
Sarriko se encontraba sometido. El día elegido por ella fue la noche de pascua,
pues Trado había invitado a casi medio reino a festejar con él. Habían llegado
comitivas de otros reinos cercanos, y el palacio se encontraba totalmente
revuelto, muchas personas pero pocos preocupados por la seguridad, al fin de
cuentas el ambiente era de celebración, la comida y la bebida se veía a manos
llenas. Iraya fue sacada de su celda, Trado la quería presentar a los invitados
como la hechicera adivina, esa que según él lo ponía en un nivel superior al de
sus contrincantes, pero en realidad aquella joven e indefensa mujer, como
muchos creían, no pensaba seguir las órdenes de su rey, por el contrario
llevaba consigo la idea de acabar con el reinado del Rey Trado.
Herfus
poniéndole una mano en el hombro a su amigo, inicia el relato de una larga
historia, Urko se pone en posición para escuchar tal relato, fijando su mirada
a la Herfus se fue envolviendo es esas palabras.
—
¿Recuerdas la noche de pascua, cuando Iraya consiguió las llaves de las celdas,
y nos preparo a todos para alzarnos en armas contra la tiranía de Trado?
Los agentes de Trado
llegaron a la celda por Iraya, quien los saludó amablemente y salió con ellos
lista para ser presentada como un conejillo de feria, ellos ignoraban que
minutos antes, la joven e indefensa mujer, había abierto cada una de las celdas
de los demás convictos y las había dejado sin cerradura, y mucho menos tenían
conciencia de que a cada uno de los criados y reos los había dotado de espadas
y cuchillos. Todo estaba preparado tan solo debían esperar unos minutos después
de que ella fuera sacada de la celda.
Fue la última vez que
ella caminó por ese nauseabundo y oscuro pasillo, los guardias le limpiaron un
poco la cara, para evitar que los invitados conocieran las condiciones tan
precarias a las que eran sometidos lo reos de Trado. Al adentrase al salón
Iraya pudo apreciar el colorido de unas flores hermosas, su olor a lavanda
perfumaba la atmosfera que a no ser por la presencia de presumida y tirano
Trado sería perfecta. El la vio adentrarse sumisa y obediente, sonriendo se
levantó del trono, tomó la copa de plata que reposaba al lado en una mesa llena
de exquisitos platos, la levantó dejando ver el grande anillo de leopardo con
el que fue coronado como rey de Sarriko para dirigir el reino de la manera más
justa y honesta, juramento que nunca había cumplido, pese hacerlo en el lecho
de muerte junto a su padre, quien después de haberse rendido en la búsqueda de
su hijo mayor, enfermo y no le quedó más remedio que dejarle el trono a su hijo
menor, aunque conocía esa actitud codiciosa y prepotente que Trado tenía.
Los invitados hicieron
silencio, tan solo murmullos de las damas, que alababan el soltero rey se
escuchaban, Trado sonriendo y haciendo una seña a Iraya, empezó a presentar la
joven hechicera como su aliada. Iraya subió las escalas, se puso al costado
izquierdo de Trado, mientras este hablaba de todo lo que lograría con la
hechicera a su favor, Iraya se puso un poco atrás sacó un cuchillo y encuelló
el presumido rey, quien soltó la copa y trató de forcejear, sin embargo el
cuchillo se encontraba muy cerca de su vena aorta, cualquier movimiento lo
desangraría de inmediato, la guardia trató de reaccionar, pero ya era tarde
todos los reos y criados se encontraban alrededor y armados, el rey estaba en
jaque mate, sin embargo la guardia se enfrentó con los criados, Trado se soltó
y corrió, Herfus lo alcanzó y lo sometió al suelo.
—
¡Cómo olvidar ese momento en el que tú tenías a Trado sometido en el suelo, los
gritos de todos los sirvientes aclamando la elección de un nuevo Rey! – exclamó
Urko con la mirada fija en su amigo, quien seguía triste.
Iraya se subió a la mesa,
con una espada en su mano, miró a su alrededor y dirigiéndose a todos los asistentes
proclamó:
— Claro que necesitamos
un nuevo rey, uno legitimo, el verdadero heredero del trono, pero no hay
buscarlo, porque él se encuentra entre nosotros desde hace mucho. Todos sabemos
que nuestro ya fallecido rey Lipiadez, busco a su hijo mayor, sin éxito alguno,
a pesar de que estuvo muy cerca de él todo el tiempo — mientras Iraya, hablaba
los asistentes la observaban perplejos y Trado la miraba con odio.
Los
vellos de Herfus se erizaron, la emoción que le causaba a su cuerpo recordar
esa noche era palpable en su piel. La mirada que Iraya le hizo después de sus
palabras, y cuando confesó mirándolo fijamente a los ojos:
— Porque el verdadero
heredero del Trono eres tú, Herfus, tú eres el hermano mayo de Trado, aunque
muchos no entiendan el porqué, pero yo lo he visto en tus ojos, tú eres el
oculto hijo mayor de Lipiadez.
Trado empujó a Herfus,
quien lo tenía sometido en el suelo, se levantó rápidamente y corrió hasta
donde estaba Iraya, la miró, y fríamente ella le confesó cómo conocía toda la verdad,
pero no estaba dispuesta a entregar la cabeza del hombre que era digno de
llevar las riendas del pueblo de Sarriko.
Trado
al ver que Iraya lo estaba desarmando frente a todo su reino y los representantes
de los reinos vecinos, trató de interrumpir el discurso de Iraya, la tomó por
la cintura, y mirándola a los ojos la besó. Ella que ya había visto lo que
sucedía en los ojos de Trado, le correspondió a su beso. Los asistentes se
encontraban aturdidos, no comprendían nada de lo que sucedía, Iraya empujó a
Trado, lo miró a los ojos, sonrió, él en cambio se mostraba aturdido, pasmado.
Iraya le ordenó que se quitara el anillo y que él mismo se lo entregara a su
verdadero dueño a Herfus. Trado obedeció las palabras de Iraya sin poner
ninguna objeción al respecto.
— ¿Tú me estás diciendo
qué la reacción que Trado tuvo y ha tenido todo éste tiempo no se debe a un
trastorno causado por la perdida el poder, sino a un hechizo por el beso que le
dio a Iraya? – pregunto Urko asombrado por el relato que su amigo le estaba
contando.
—
Esa noche — continuó contando Herfus, — me di cuenta del poder de Iraya,
cualquier personas que la besase, se convertiría en su súbdito, en su esclavo,
Trado buscando una forma de callar sus palabras, enmudeció su alma, perdió su
vida, pues desde ese instante se convirtió en ese ser meditabundo que sólo
cumple las órdenes de Iraya y de quien ella le ordene.
Urko
miró a Herfus, quien ya se mostraba más tranquilo, entendía ya el porqué ese amor de él e Iraya no podía
existir, no tenía palabras para consolar a su amigo, no podía como en otras ocasiones
darle una respuesta lógica.
Herfus
toma de nuevo la hoja, la mira y lee las últimas líneas susurrando:
— Es por eso que me alejo, porque
vivir a tu lado conociendo mi sentimiento y el tuyo, y viendo ese deseo de
ambos de finiquitar lo que sin tocarnos sentimos, es una tortura a la cual no
debo someterte más, he entendido que poseo un don, pero que como toda virtud
que nos dan los dioses, existe una condición para tenerlo. Un beso… Iraya.
Herfus
se levanta de la silla en la que se encontraba, mira la hoja, la huele, y
mientras caminaba al balcón la besa. Una vez en el balcón observa los cuatro
caballos que arrastran el carruaje de Iraya, salen del castillo, en él va Iraya
con todas sus pertenencias, incluido Trado, quien sentado en la parte posterior
del carruaje, mueve la mano en señal de adiós. Herfus lanza un suspiro, como si
quisiera enviarle a Iraya, ese beso que le dio a la carta con su aliento.



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