martes, septiembre 28, 2004

La saga se abre camino

Con una elegante y cautivadora campaña de lanzamiento, Caracol Televisión vuelve al ruedo de las producciones de delicado estilo y virtuoso reparto. Y hacía falta. Mucha falta en verdad. Cierto que las últimas experiencias arrojan un balance positivo, aunque no deja de ser preocupante, o cuando menos inquieta, el creciente interés por narrar historias de una manera que no es la nuestra. Y es que ya existe una manera de contar a la colombiana. No tiene que ver con cual o tal libretista sino con la suma de una serie de condiciones que con el paso del tiempo han devenido en un estilo peculiar, eficiente y de alto nivel. Así lo demuestran producciones de exportación como Pecados capitales; La mujer del presidente; Betty, la fea; Pedro, el escamoso, Pobre Pablo, La madre, por citar algunos casos.
El advenimiento de La saga: negocio de familia, promete, no, es ya una realidad confirmadora del enorme crecimiento del melodrama colombiano. Con un exquisito diseño de arte a cargo de Guarnizo – Lizarralde, con la experta dirección de Juan Carlos Villamizar, los ágiles y versátiles libretos y detallada producción de Dago García y un impresionante reparto (desde hace bastante tiempo los actores colombianos son de grandes ligas sino que lo diga el renaciente cine nacional), la nueva telenovela se destaca en el monótono panorama de la parrilla nocturna. Un soberbio cabezote de presentación, que confiamos no saquen a medida que avancen las emisiones como ocurrió en su momento con El auténtico Rodrigo Leal y actualmente con Mesa para tres, muestra la esencia misma de la serie con la decantación del tiempo que atraviesa tres o cuatro generaciones de la familia Manrique y sus secuaces.
Durante estas primeras semanas contemplar el juego de elaborada dramatización a cargo de prácticamente solo tres actores, Robinson Díaz (Tomás Manrique), Marlon Moreno (Pascual) y Katerine Vélez (Josefina de Manrique), ha significado para los televidentes que hayan tomado en serio la invitación, un verdadero deleite. Apreciar esa contenida expresión de Díaz, la pasmosa calma de Moreno, y la abnegada y conciente presencia de Vélez es una prueba de buen gusto que asusta. Asusta porque no sabemos cuánto va a durar ese tempo. Es sintomático en nuestra televisión que los primeros episodios de una nueva telenovela son construidos con una intrincada red de diseño de producción: grúas, vestuario, locaciones vistosas, edición trepidante, angulaciones más cinematográficas que televisivas con grandes panorámicas y movimientos de cámara y reparto. Con el transcurrir de los días y a medida que la narración entra en el tránsito de la cotidiana repetición informativa, característica inviolable del melodrama televisivo y de su apretado sistema de producción, se cae en la pobreza audiovisual: típicas escenas de diálogo con plano – contraplano, planos de ubicación, monótonas cortinillas musicales para cada personaje y el desfile de letanías de los conflictos.
Ojalá y ese ‘espíritu lúcido’ que parece emanar de La saga se mantenga como salvaguarda del interés que el espectador contrata afectivamente para seguir el desarrollo de la trama. Y si bien ya Dago García se adelantó a las posibles críticas al rigor Histórico de la historia, no deja de ser una importante oportunidad para explorar esa frontera tenue pero irreversible que han tomado miles de colombianos para irle a contracorriente a la honradez, sin que por ello puedan ser rotulados como simpletamente perversos. Además, tendremos que ser testigos de cómo la vida ajusta las ambiciones con las tragedias. Y ahí está el reto de García: ¿cómo nos va a convencer de amar incondicionalmente a estos ladrones con estilo y arrojo? Sin duda, correr ese riesgo de la mano precisa y bajo la mirada serena pero acerada de ‘Robinson Manrique’ es ya una ventaja.
No pasa inadvertida la impronta silenciosa del ‘stilo italiano’, audible en alguna de las frases musicales de la banda sonora y visible en la limpia y retadora actuación de Díaz que recuerda, lo decimos sin miedo y sin aspavientos, a lo mejor de Pacino y De Niro. Ya escuchamos los airados y destemplados reclamos a esta apreciación pero no por ello retiramos lo dicho.
Finalmente, nos atrevemos más al solicitarle a Villamizar le eche tiza a esta sugerencia respetuosa: con esa riqueza interpretativa, con esos diálogos precisos y dinámicos, con ese toque visual, ¿por qué no trabajar más el primerísmo primer plano en ciertos momentos de agudeza dramática? La escena de Pascual y Josefina en la que él sufre la ineludible e inútil tentación de besarla, o mejor aún, la escena en que Tomás le dice dos cosas a Pascual: no se meta con mi mujer, y robemos a Don Facundo, el dueño de la fábrica de tornillos. Ya antes habíamos recalcado en los detalles narrativos de la novela brasileña de los años ochenta (con colosos de la talla de Antonio Fagundes, Gloria Pires, Favio Junior, Sonia Braga, Regina Duarte y otros) y que se conserva en obras maestras de exploración narrativa como El Clon: multiparidad de tramas paralelas a la principal vividas por un número generoso de personajes secundarios, música siempre cambiante (sin por ello renunciar a la identificadora de roles o tensiones), riqueza visual en diseño de arte y fotografía, y el uso exacto y profundo del primer plano en virtud de la alta calidad expresiva de los intérpretes. No sólo el diálogo hace telenovelas.
Sin duda, nuestro camino ha sido y será otro, pero en casos como el que nos trae al análisis, no deja de ser una tentación pensar en ese plus de potencial dramático que subyace en las actuaciones en La saga. Con ello no se pretende otra cosa que darle vida a una dimensión que hacer rato anda perdida: la identificación emocional y afectiva del espectador con sus personajes y no la simple alternativa de coleccionar enredos, chismes, dimes y diretes en una babel informe de anécdotas que los libretistas resuelven, en hostil actitud de desencarte, en los últimos diez minutos del final de la telenovela. Si no se sabe a qué nos referimos, los invitamos a recordar ese esperpento de relato en off hecho por el hijo del Miguel Ángel caído y la desconfiada Carolina Falla en Ángel de mi guarda, mi dulce compañía.

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