jueves, octubre 14, 2004

El compromiso cultural o los nuevos retos de la televisión privada

Cada tanto se vuelve al viejo dilema entre lo que quiere ver el público y lo que los programadores ofrecen. Y como siempre termina por concluirse, no por cierto por parte del público, que se produce lo que la gente quiere ver: dramatizados (mejor dicho: telenovelas) y realities. Sin embargo, cada tanto también se deja escuchar la voz anónima del público demandando una televisión privada con contenidos más culturales, educativos y diversos. Finalmente se habla de televisión abierta privada porque es a la que tiene acceso el 90% de la población televidente, ya que la señal del canal cultural oficial tiene escasa cobertura nacional y porque los que pueden contar con señales por cable no dejan de ser una minoría, creciente sí, que no refleja la totalidad del universo en cuestión.
Se muestran entonces encuestas callejeras o vía internet para explorar las inquietudes recurrentes. Y se nos ofrece como consuelo que sí, evidentemente la gente desea ver otros contenidos pero la verdad, dicen los programadores, no saben qué tipo de contenidos quieren ver, además se aduce que desconocen el hecho de que los contenidos deseados son ofrecidos por canales especializados por lo que la responsabilidad de los canales privados queda liberada. Nada más engañoso y cómodo.
La televisión colombiana ha crecido enormemente en los últimos años, particularmente en el quinquenio reciente, no sólo desde el punto de vista técnico: llegada del formato digital de registro, edición no lineal, transmisión satelital en estéreo y con close caption (por supuesto, disponible en equipos con tales características que son cada vez más comunes en los hogares colombianos); sino y esto es lo más destacable, desde el punto de vista de profesionalización y optimización del recurso humano a nivel de libretistas, directores, diseñadores de arte, fotógrafos, sonidistas, productores, editores, y por supuesto, actores y actrices. Sin embargo, ese crecimiento se ha encasillado en un solo esquema de producción sin explorar otras posibilidades.
En pocas ocasiones se han producido experimentaciones en otros géneros además del clásico melodrama niña buena, galán inalcanzable. Hay experiencias novedosas en el género del suspenso y la acción como la reciente producción de Mauricio Navas Talero bajo la genial dirección de Pepe Sánchez, La lectora. Y en un momento, tristemente fallido pero inolvidable por sus riesgos extremos y logros mínimos, en la ciencia ficción o de anticipación con La dama del pantano. Y ahora apreciamos aterrados y con vergüenza ajena, algo llamado Séptima puerta, un intento por meterse en aguas de ciencia ficción, fantasía, suspenso, mitología narrativa al estilo X Files (Chris Carter). El resultado no puede ser más disparejo. Por una parte hay enormes agujeros en la construcción de los personajes principales, no conocemos sus antecedentes, sus inclinaciones, sus fortalezas y debilidades y mucho menos, sus puntos de conflicto. El mismo origen de la fábula es confuso y débil: una revista muy bien editada en la que solo trabajan dos personas… Y para rematar, los conflictos si bien plantean temáticas anómalas, en su exposición, desarrollo y resolución no pasan por ser un disfraz exótico del mismo melodrama de siempre. Un hijo que para llamar la atención de su padre decide convertirse en una especie de medium científico que puede encontrar la fórmula alquímica para convertir todo en… oro. Muy original sin duda, hace treinta años por supuesto. La clave siempre es el cómo se cuenta, pero el qué no es lo de menos.
Hay productores optimistas (o francamente cínicos, y nos disculpan la expresión pero el adjetivo exige) que consideran que espacios como PasaPalabra y Quien quiere ser millonario son culturales. Cierto que con su envoltura de fuente de conocimientos logran rellenar vacíos en la cultural general del público, pero sin perder de vista su objetivo y fundamento: entretener al precio que sea. Y es que la televisión educativa, que no es únicamente la de las clases a distancia, implica recursos narrativos, tecnológicos e investigativos que cumplan con su objetivo de educar de una manera no formal.
Y así podríamos reseñar brevemente otras desafortunadas e imprecisas incursiones que solo reflejan la poca capacidad de riesgo que al momento de producir otros contenidos termina por colapsar las expectativas del público. Después de muchas idas y vueltas se regresa al punto inicial: qué alternativas hay que no impliquen estas sentencias: a. conformarse con las telenovelas y seguir maldiciendo a los programadores: b. contratar a riesgo de desbarajustar la canasta familiar, un servicio de cable para ver canales como Discovery Channel o Animal Planet y olvidarse que existe un país televisivo llamado Colombia, o c. apagar el televisor. Los puristas dirán que la solución más saludable y edificante es esta última. Entonces nos preguntamos: ¿Será que debemos renunciar al derecho de tener una televisión nacional con oferta de programación igualmente nacional, de índole cultural, científica y educativa en sentido amplio y democrático y de competitiva calidad internacional?
El solo compromiso del Estado no es suficiente ni equitativo. La empresa privada también es parte de este país, también tiene una responsabilidad social inexcusable. Con la misma capacidad que tiene para vender su sobresaturada producción apelando a los más disímiles e invasivos métodos de promoción, es imposible que la televisión comercial con el alto nivel de profesionalismo que la caracteriza, no pueda invertir en producir contenidos que respondan a las necesidades de conocimiento del público colombiano, conocimiento que además fortalece sin duda alguna el criterio, el análisis, la identidad, la responsabilidad social, y por supuesto, la diversidad cultural infinita de este país.
La premisa de que al público hay que darle lo que quiere no es absoluta ni completa. ¿De qué público estamos hablando? Si así fuese, por qué hay tantas y continuas quejas al respecto. El productor ejecutivo de visión se enfrenta a este dilema con dos armas: la probada fórmula que se repite y se repite sin renovación alguna, ver: Mujer de madera, Pasión de gavilanes, y similares, y las insoportables peliculitas de Jean Claude Van Damme, Jet Li o Jackie Chan; o la riesgosa fórmula que se intenta por primera vez y que se abre paso a fuerza de talento y criterio, ver: eso es de lo que se trata todo esto… no tenemos ejemplos. Al menos no en nuestro terruño y no recientemente. Descontando los citados en un comienzo y rindiendo homenajes a grandes experiencias inolvidables como Cuento del Domingo, Suspenso 7:30, Hombres, La historia de Tita, Amar y Vivir, Los victorinos (Cuando quiero llorar no lloro), María María, por un lado, y Naturalia, Cabeza y Cola, Maestros, Talentos, Todos somos Colombia, Abriendo Puertas, Mundo al Vuelo con Héctor Mora, Enviado Especial, Correo Especial, Primera Fila, por otro, nos encontramos con el silencio aturdidor de los productores privados que están privando a los colombianos de una televisión más diversa, enriquecedora y partícipe del compromiso cultural por construir un país donde se vean y escuchen todas las voces.

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