jueves, octubre 14, 2004

Posada para Veinte versus Mesa para Tres

Como un valioso ejemplo de lo que no deben hacer los libretistas, para mirarlo con ánimo proactivo, reseñamos el caso de la telenovela de Caracol protagonizada por Catalina Aristizábal y Diego Cadavid (con el buen acompañamiento de un actor mexicano cuyo nombre nos excusamos de no mencionar por desconocerlo, en parte gracias a la decisión del canal de descartar la emisión del cabezote del dramatizado). Por obra y gracia de un o o unos (una vez más no tenemos los créditos a disposición) libretistas bastante cómodos y poco recursivos, la presencia de un sórdido y perverso señor Arbeláez, encarnado por el hábil Iván Rodríguez (a quien imaginábamos pagando la condena del maquiavélico Dr. Peralta en compañía de Iván Vallejo por los malos manejos de las exportaciones de Café Export), se ha convertido en la más solapada muestra de pereza a la hora de narrar.
La posada administrada por Arbeláez ha sido el lugar de refugio de todos los personajes de la telenovela. Por allí pasaron los Toro y su madre al llegar a la capital, también su suite principal fue albergue para Míster George (rol que significa la consagración de un actor invisible – los créditos, señores – que por fin, como ha pasado tantas veces en otros casos, encuentra el personaje de su vida) y su desesperante madre, después vino a ser el lugar de escondite de la misma insoportable señora y el servil Sepúlveda, y ahora para no decir que hay clasismo en la historia, termina por ser el último rincón al que tenía que llegar la niña Andrea Zavatti, con su escudera Leonor y el dudoso, Pedraza. Un portento de inverosimilitud.
Bogotá es una urbe de ocho millones de habitantes con alguna cuantas posadas, inquilinatos, pensiones, piezas, hotelitos, hoteluchos… Tal vez se trataba de una apuesta entre libretistas. O quizás una manera ingenua de contar con el talento irrepetible de Rodríguez. Bueno, por más que lo analizamos no damos con la clave. Por supuesto, no se trata solamente de la inaceptable salida sino que es un reflejo de la incapacidad para solucionar los conflictos de una manera creíble y lógica. Y que no nos vengan con que el melodrama no tiene lógica… claro que no, de qué otra manera funcionaría lo cursi. Pero todo libretista serio sabe que cada historia tiene una lógica interna propia e inviolable que responde a las características de sus personajes, su tiempo y espacio, y según el género que la apadrina.
Y este es solo un ejemplo de los múltiples errores que cometen a diario nuestros libretistas amparados en la creencia desleal (un escritor se debe antes que nada a sus personajes y a su historia: los huecos en la trama no deben existir no porque alguien los pueda notar, sino porque el buen libretista no duerme tranquilo sabiendo que los tiene) de que los espectadores no se dan cuenta de esos ‘detallitos’.
El caso reciente de Francisco el Matemático en su aparatoso final es otro ejemplo nada despreciable en verdad. En la noble tarea de buscarle nuevos giros a una historia que ya estaba tan madura que solo precisaba: o ahondar en su profunda dinámica dramática o terminarla con altura, los libretistas equivocaron el camino y se enmontaron en un aparato rígido, artificioso y traidor que los llevó a lo que ahora tristes contemplamos: el cierre brutal y oculto (por allá en la frontera de la medianoche) de una de las mejores series, así se diseñó y vendió con el novedoso concepto (no tanto en el mundo) de la temporada, de la televisión contemporána colombiana. Parte del despropósito tuvo que ver con la traición a la esencia de los personajes. Los capítulos finales con ese tono de despedida moral, desprovista de toda dramaturgia, no tienen nada que ver con la naturaleza aguerrida, controversial y aguda que llenó los mejores momentos de Francisco.
Y por las playas de La Hermosa (vecina de Playa Bella, la de Gaby Espino, sí señores, en Luna, la Heredera) en Las noches de Luciana, el asunto no puede ser más patético. En este mundo de locos, una isla propiedad de veinte afortunados actores. Es un simple efecto de escapismo muy al estilo de la televisión que producen los canales privados colombianos. En estas historias los conflictos no se resuelven por el desarrollo de las tensiones entre los personajes sino por chismes de oídas, confusiones provisionales, equívocos estúpidos y cualquier esquema que desafíe el poder del diálogo, los hechos y la acción.
Hay una compulsión por evadir el peso del realismo en la representación. En la medida en que pareciera existir un interés por escatimarle al espectador, la posibilidad de reconocerse y de esa manera afrontar gracias a la catarsis dramática, las reflexiones de la vida cotidiana, la producción dramática viene a ajustarse con el esquema de los noticieros con su enorme peso de las notas de farándula y con la política general de programación en la que la emisión de programas de contenido cuestionable desde el punto de vista de la formación de audiencias, es la regla.
Sin duda, el tema exige mayor análisis y profundidad en espacios más abiertos y con el concurso de las partes interesadas. Queríamos sin embargo, darle un vistazo a partir de estos índices de fragilidad y aportar a la indagación pertinente. Cierto que este hábito de descuido por parte de los libretistas no es un mal general, pero sirve para evidenciar mejor la ausencia de personajes de la calidad de Bernardo Romero Pereiro, Martha Bossio de Martínez, Fernando Gaitán y el citado Mauricio Navas Talero. Escribir para televisión es todo un arte por más que se denuncie la faz efímera de los productos televisivos y como tal es un ejercicio que pasa por las pruebas del error y el acierto. Esperamos que los libretistas noveles no olviden que el compromiso vital es con la historia: una buena historia y bien contada, siempre encontrará público.

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