Diego Cadavid, de retrato en retrato
Un joven bogotano enamorado de la fotografía desafía el tiempo con sus cuidadosas y prometedoras interpretaciones. En una época en que se habla tanto de la ausencia de galanes en nuestras producciones televisivas, un grupo de jóvenes preparados y dispuestos a demostrar lo contrario y más, imponen un silencio respetuoso y prudente. Alejado del país por las imprecisas y casi turbias aguas del extranjero (que han servido de esfumadero, afortunadamente transitorio, de talentos de la talla de Pepe Sánchez, Alejandra Borrero, Miguel Varoni y otros), Manolo Cardona se roba la atención del público latino en la televisión norteamericana – miamense en verdad – con su ‘Ladrón de amor’. Agmeth Escaf hace trío con Xilena Aycardi y Adanely Núñez en ‘Amor de mis amores’ (RCN, Alfredo Tappan). Y entretanto, Diego Cadavid luego de su paso por ‘Padres e Hijos’ (ese extraño experimento del mediodía que ya no puede reconocer el público) se encumbra con pasos provocadores en el territorio privilegiado del prime time.
Con una formación de escuela, una adecuada aplicación técnica, presencia y actitud, Cadavid empezó a cautivar con su interpretación de José, el vigilante homosexual del condominio residencial donde conviven los personajes de ‘Amor a la plancha’ (RCN, Mario Ribero). Con un detallado estudio de carácter, Cadavid fue poco a poco construyendo ante los ojos del espectador, un personaje tierno y divertido, con su ajustado toque de drama, sin caer en la caricatura lo cual es el camino más fácil y teniendo especial cuidado con el factor sorpresa. Una cualidad propia de José es esa capacidad genuina para sorprender. Cuando no son sus graciosas salidas opinando con criterio irónico no desprovisto de afecto sobre las vidas de sus amigos, son sus declaraciones de dolor ante la incomprensión a la que se siente sometido por su condición sexual, o son sus ambivalantes representaciones en su papel de vigilante y/o confidente siempre disponible. Ha tenido Cadavid juicio y equilibrio, dos soportes indispensables al momento de meterse en los pantalones (o las faldas, según se comprometa el espectador) de un personaje que encaja perfectamente en ese caleidoscopio humano de las empleadas del servicio doméstico y afines que los autores quisieron plasmar.
Y en un juego solo posible en el esquema de la televisión privada abierta, el mismo Diego Cadavid enfrentó casi a la misma hora, a su José con un joven idealista, comprometido y casi a prueba de rencores en el rol de Alejandro Toro en la maqueta melodramática de ‘Mesa para tres’, al lado de la debutante Catalina Aristizábal que amenazaba hace tiempo con meterse al ruedo espinoso de la actuación. Puesto a prueba esta vez en el papel de protagonista y galán, el actor jugó bien sus esfuerzos y presentó una faceta esperada cuando muchos insisten en buscar por fuera lo que acá ya es una realidad. Alejandro Toro es veraz, intenso y con variables, la más débil de las cuales es paradójicamente la romántica. Quizás esta delgadez pertenezca más a la historia escrita que a la interpretación misma. Cadavid ha sabido imprimirle la suficiente fuerza como para que Toro, el bueno, convenza y conmueva en su lucha por el corazón empobrecido (y es que la niña es un tris ingenua para los negocios) de Andrea Zavatti. Sin duda, un elemento recuperable del personaje encarnado por Cadavid es esa fuerza interior que le permite enfrentarse a su madre sin ofenderla, aceptar a su padre sin condenarlo, conquistar de nuevo la amistad de la abandonada Katy sin humillarse. Una destacable actitud en el panorama oscuro de las manipulaciones, trampas, enredos (más de libretista que de personaje aunque suene a perogrullada) a que se somete el espectador en cualquier dramatizado al aire actualmente y desde hace un tiempo. Curiosamente Luis Toro (Héctor Arredondo), el malo, es una herencia de esa peste y sin embargo, tiene matices que llaman la atención y mantienen el interés.
Por ese torrente de energía expresado en su interpretación de Alejandro, cuando se anunció la aparición de Diego Cadavid en ‘La saga’ (Caracol, Juan Carlos Villamizar Delgado) al lado del coloso Robinson Díaz, surgió la pregunta obligada: ¿Si podrá con tanta exposición o se le está yendo la mano? Y antes de responder no queremos al citar a Díaz, dejar pasar esa deliciosa línea del insuperable Mago Kandú al parafrasear al Hamlet de Shakespeare refieriéndose a que ‘algo huele a podrido en Cun… dinamarca’, ahora sabemos que el dramaturgo inglés es un alter ego de Dago García creador de la nueva telenovela de Caracol. Y la respuesta aquella es que el Pedro Manrique creado por Cadavid es el rol de su consagración, no sabemos si como galán pero sin duda como actor que alza la cara. Ya habíamos advertido sobre el optimista advenimiento de esta producción, encuadrando las actuaciones sorprendentes de Díaz, Vélez, Moreno y el personaje de nuestro perfil, Diego Cadavid. Y si bien en las primeras movidas del complejo tablero propuesto por García y las Paulas, la actuación de Cadavid estaba algo amarrada al toro alejandrino, poco a poco y con la acentuada progresión dramática tras la muerte del padre, Pedro Manrique ha venido creciendo y exponiendo un carácter propio.
El personaje de ‘La saga’ le ha permitido a Cadavid mostrar de manera amplia y detallada varias de sus mejores cartas de juego: la presencia proyectiva, la voz fina y aterradoramente agradable, la mirada intensa y que comunica en esas instancias con su madre o con su Marlén o Romano, los movimientos acordes con el tiempo. Y aquí surge uno de los grandes dilemas al construir un relato de época. ¿Hay que narrar al estilo del tiempo interno, es decir, en este caso el de los años cuarenta o se debe interpretar con el tiempo externo, el de la realidad del espectador? Si la escenografía, el vestuario, la temática, la banda sonora evocan premeditamente, tal vez las interpretaciones deban moverse en ese vértice imposible del pasado. Y en este plano el lenguaje es definitivo. Desenfoca mucho el empleo de expresiones que no corresponden al momento. Cierto que no se espera una reconstrucción matemática de la jerga cachaca, pero un poco de cuidado no implica mayor esfuerzo y sí contribuye en cambio a engrosar el logro dramatúrgico. En ocasiones hemos escuchado a Pedro usar expresiones que son más de Cadavid, el joven actor bogotano, que de Manrique, diverso capitalino que se mueve con riesgo en las aguas dulces de su amor incondicional por Marlén y las amargas que le depara su destino. En un actor que al parecer se preocupa tanto por su voz es vital no pasar por alto estos detalles. Insistimos en el aspecto de la voz porque sin duda representa una de las mayores herramientas de un buen actor. Este es un tópico bien estudiado y aplicado por la escuela norteamericana de actuación estilo Actor’s Studio, por donde han pasado histriones del tamaño de James Dean, Marilyn Monroe, Marlon Brando, Sidney Poitier y Robert De Niro. Por contraste, en nuestro país tenemos excelentes actores, o cuando menos reconocidos actores, que no cuentan con ese as: casos como los de Kepa Amuchastegui, Gustavo Angarita, Luis Fernando Montoya muestran justamente una tendencia en la que cada interpretación parece ser siempre la misma y que pasa oculta por el inmenso poder corporal de los actores. Esta tendencia en la actualidad parece haber sido superada por las nuevas generaciones.
Diego Cadavid es uno de los jóvenes actores colombianos con más promisorio futuro. Manteniendo el sendero tomado se irá acercando al umbral en el que todo actor quiere moverse: el de sus propias elecciones. Es importante que pueda con el tiempo mostrar el carácter de sus personajes desde el primer momento, desde la primera escena, evidenciando así un estudiado conocimiento de sus motivaciones y densidades. Cadavid afirma que no se ve en diez años en la televisión. Tampoco nosotros… lo vemos en el cine o en proyectos televisivos de índole más explorativa siempre y cuando los productores decidan correr el riesgo y narrar otras historias en otros géneros en los que el formato de serie y temporada sean determinantes.
Addenda
Vale decir que el papel de las actrices que acompañan a Diego Cadavid en ‘La saga’ merece comentario adicional. Cada escena de Flora Martínez (Marlén) confirma su arrolladora fuerza animal que hace migas con la cámara robándose toda la emoción posible. Ya lo insinuaba en ‘La otra mitad del sol’ (Cenpro, Rodolfo Hoyos), lo explotó al máximo en la preciosa y meláncolica cinta ‘Soplo de vida’ (Luis Ospina)… y lo augura en la naciente ‘Rosario Tijeras’. Su belleza arrobadora, su medida delicada, su tono seguro y dominante a la vez que seductoramente tierno, demuestran ese talento que a ella misma pone nerviosa. Por su parte, Catherine Vélez (Josefina) con esa belleza serena y demoledora contención dramática complementa de manera perfecta el trío que ahora sí se adapta a compartir una mesa para tres. Vélez ya ha demostrado su versatilidad desde papeles nobles como Doña Mónica en ‘Guajira’ (RCN, Pepe Sánchez), hasta la crítica pero a la final siempre cómplice esposa del Evaristo de Frank Ramírez en ‘Pecados capitales’ (Caracol, Juan Carlos Villamizar Delgado). Estas dos mujeres con estilos y personalidades bien diferenciadas son una muestra ineludible de ese adorado tesoro del talento nacional de exportación.
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