Desde siempre el tema de la televisión infantil ha sido un permanente reto para los realizadores y una cuestión recurrente por parte de la crítica especializada, la escuela y la academia universitaria. Como espacio crítico independiente, EO no podía evadirse en su compromiso por abrir las puertas a la reflexión por parte de los televidentes acerca de tan importante y vital temática. Sin embargo, se quiere aclarar que esta es una primera aproximación, con un enfoque particular sobre la producción privada, ya que en próximas ediciones se abordarán otros aspectos y productos con el fin de ir configurando un mapa conceptual y análitico más general. En la actualidad, EO trabaja en el diseño e implementación de un proyecto de investigación que explora el tema en el entorno de la escuela rural. Los resultados de esta búsqueda serán entregados a los lectores en un futuro cercano.
Los canales privados colombianos desde sus inicios tuvieron clara la responsabilidad y la necesidad de producir una franja infantil que pudiese competir digna y rentablemente con la oferta desigual de los canales privados extranjeros, que además de contar con un esquema de producción a escala que les permite obtener altos niveles de sostenibilidad, emiten una programación completamente infantil, en distintos géneros, durante 24 horas en el sistema de televisión por cable o por satélite. Y durante los primeros años la franja nacional se limitó cómoda a comprar los derechos de emisión de los canales especializados, Fox Kids o Disney Channel, o el que apareciera en el panorama. En paralelo, ambos canales invirtieron esfuerzos y recursos humanos y financieros para dotar a sus parrillas de una producción original que sirviera de plataforma a un proyecto más ambicioso como era colonizar, de manera significativa (léase: con rating), las horas matutinas de sábados y domingos.
El Club 10: un propósito de diversión
Durante cerca de dos años, el Canal Caracol trabajó en el diseño de un espacio que combinase versatilidad, pedagogía y autonomía. Un formato que permitiese abrir y cerrar en cualquier momento sin problemas de continuidad y sin amarrarse a una estructura didáctica formal como es la que soportan los programas de corte netamente educativo. Todo sin perder de vista el factor ‘moral’ del asunto. Cada emisión debía contener un referente de moraleja que enganchase al espectador infantil con la idea de que a cada acción corresponde un efecto y que todo eso implica responsabilidades tanto si se obra correctamente como si no, con la notable diferencia de que el mal no paga y por tanto, actuar bien es vivir bien. Y nació EL CLUB 10. Sin inventarse nada y respetando la tradición, el programa le apostó a combinar personajes de carne y hueso con muñecos articulados en un estilo ‘Plaza Sésamo’ o ‘Contacto 1,2,3’, y por esa vía terminó por brindar a la teleaudiencia la posibilidad de contar con unos héroes propios. De ninguna otra forma es dable pensar en Aurelio Cheveroni y sus comparsas. la Gata, Dino y el nuevo integrante de la tropa de peluche. Sin embargo, el enfoque básico ha sido siempre la entretención, sin ir más lejos.
La idea original recurría a la figura central de la familia, no precisamente disfuncional pero sí bastante original y diferente, con un papá y un grupo de hermanos de especies diversas que sin mayores complicaciones se daban a la tarea de convivir día a día, semana a semana. Con este esquema, los realizadores crearon una plataforma básica de continuidad y verosimilitud que las niñas y niños televidentes podían fácilmente reconocer e identificarse con ella. Un referente implícito en este diseño era la lectura sociocultural que se hacía de la familia tipo colombiana que por distintas y complejas razones, se ha visto fracturada al punto que los casos van desde la acostumbrada separación de los padres, pasando por los padres solteros, hasta los menos afortunados padres y madres viudos o dividos por una epidemia monstruosa como es la del secuestro. Sobre este referente volveremos más adelante por ser de singular importancia y común versión en la competencia de EL CLUB 10.
A fuerza de una acertada caracterización e interpretación y por el tipo de relación perceptiva que los televidentes infantiles hacen, los personajes de peluche tenderían a permanecer en tanto que los de carne y hueso podrían, como en efecto sucedió, desaparecer o transformarse en otros por completo diferentes. El fenómeno de la animalización de las conductas humanas como esqueleto de la pedagogía silenciosa, es uno de los temas tabú en esta dinámica creativa. La figura del animal permite extrapolar las emociones y las acciones humanas al punto de ser cuestionables, o cuando menos inquietantes, sus implicaciones. La naturaleza sicótica de personajes como ‘Tom y Jerry’ (que por cierto fueron recientemente seleccionados como los dibujos animados de mayor recordación mundial: la paradoja eterna de la humanidad) no puede pasar desapercibida por un niño que luego de reirse por años, termina de adulto sopesando los golpes y combinando esa escuela virtual con la del entorno familiar y escolar, y escogiendo el destino de su ética personal. No hay por qué caer en la satanización del medio pero tampoco pecar de ingenuos. La televisión no es inocente… tampoco la madre de todos los males de este mundo, pero su influencia en la cultura moderna es innegable.
El acierto de emplear la animalización como soporte del discurso está precisamente en lo que se dice y en cómo se dice. Las generaciones que se ‘educaron’ con las payasadas soberbias de Enrique y Beto, el Conde Contar, Archibaldo… guardan un baúl de eterna gratitud con los creadores que por supuesto, pertenecían a una institución tan respetable como la Public Broadcasting Station que contaba no sólo con los titiriteros de Jim Henson sino con maestros, sicólogos, expertos en televisión educativa y demás. Sin dejar de mencionar la precisa y simpática versión mexicana. El caso de EL CLUB 10 es que los animales han terminado cada uno en su dinámica particular generando un espacio propio que los niños identifican claramente como ficticio pero que les otorga conocimientos, o ideas o mera diversión, reales sobre sus vidas. El riesgo es inmenso y aún no es posible saber cuál es el resultado, más allá del griterío que se arma donde llega Cheveroni con su corte loca. Hasta ahora el Canal no ha mostrado un balance propio al respecto. Y debería.
El hecho concreto es que la figura inicial ha ido cambiando y desviándose del curso primero. O tal vez el riesgo tomado no era tan radical como la tarea lo exigía. La propuesta se ha agotado en cuanto a su exploración sin ahondar mayormente en sus posibilidades. Y lo que en un comienzo resultaba novedoso ha terminado por convertirse en una larga cadena de productos en lugar (prods in placement), que empleando a los héroes como pretexto son meras vitrinas de ventas al por mayor. Aún más, la contraparte que vendrían a ser secciones con otros tipos de informaciones, palidecen por su ausencia y en su lugar, la teleaudiencia debe conformarse con más de lo mismo. Lo mismo puede ser Los cuentos de los Hermanos Grimm, Max Steel… el que sea.
De zeta en zeta armamos la propuezta
Por los lados de RCN Televisión el panorama no es más alentador, aunque se nota un interesante repunte. Por criterios sin duda diferentes, el Canal optó por una franja menos arriesgada en sus comienzos. Tal vez lo interesante de esa etapa (que pretenden se mantiene pero hay que dudarlo: al menos no lo es íntegramente) era la emisión en vivo y en directo, con la posibilidad de la interactividad del público infantil televidente. Era el mejor época de Iván Lalinde y Catalina Palomino. Casi que por la pura rebeldía del contraste con la competencia, RCN desde el comienzo fincó sus esfuerzos en el talento en carne viva. Y además lo hizo con el capital inagotable de los mismos niños. Así en cada emisión, compartían el set con la pareja citada, niñas y niños con grandes habilidades comunicativas y que le brindaban a la franja un toque de autenticidad nada despreciable.
Por esa vía, en este última etapa, el Canal apeló a la fórmula de la abuelita combinada con la receta tercer milenio. Es decir, poca innovación mezclada con un ligero toque de interconectividad modernista. Esta combinación dio como resultado Bichos Bichez y Chis - Garabiz. En el primer caso, la presencia de unas pulguitas virtuales que invitan a los niños a jugar al zancudo chupa mermelada (incluso apelando a nuestro sentido vital peterpánico no le hayamos mucho la gracia al asunto) y eso es todo. No hay diálogo que permita saber algo acerca de los niños, ni siquiera se les pregunta qué edad tienen, qué gustos cultivan, en fin, algo que permita decir: estamos conociendo a nuestros hijos. Algo que justifique la interactividad. Y es que la televisión infantil no es exclusivamente para los chicos y chicas, es también para los padres y maestros. Ellos también forman parte del universo audiovisual contemporáneo.
El caso de Chis – Garabiz es interesante en tanto acude a la experiencia probada y suficiente de Toni Navia, María Angélica Mallarino y Chato Latorre Jr, viejos camaradas de la bella historia de Pequeños Gigantes, la de Janeth Waldman, Mile, Fernando Garavito y Carlos Vives. Y por supuesto, toda esa talentosa generación de jóvenes que hoy son la experimentada cuota juvenil - adulta en la cartelera nacional con sus interpretaciones. La dramatización es sin duda un elemento poderoso de comunicación que permite articular ideas con emociones, sin embargo resulta una propuesta limitada y limitante. No hay que entrar en el detalle del análisis dramatúgico para comprender que hace falta más. Y es que la necesidad de educar se impone a la de entretener.
Posibles coordenadas
Al igual que su cadena colega, RCN desplegó ese talento y esa experiencia, en paralelo con segmentos de programación animada extranjera. En un comienzo de origen japonés, muy al estilo manga dragon ball z y demás, y más recientemente con ese extraño personaje que es ‘Bob, la esponja’. Como en otras franjas de audiencia, ambos canales han acudido a la emisión de películas que se van narrando a pedazos bastante separados. Cierto que esta es la generación de la fragmentación del relato, aunque cueste aceptarlo, mas no pareciera este el mejor camino para construir una propuesta propia, arriesgada y edificante.
Lo más destacable, y al tiempo cuestionable, de ambos esfuerzos es su énfasis en el entretenimiento y el notable descuido por las posibilidades educativas del medio, más allá del innegable detalle sicológico al reforzar ciertos patrones, o mejor, dramatizar ciertas conductas para que los peques le hallen la gracia al vivir en sociedad.
Aclaremos algo. No hay duda que la función lúdica de la televisión no es sólo importante sino parte de su naturaleza, sin embargo es posible desarrollar esquemas de convivencia de formatos. Es esta la razón de ser de un buen diseño de producción. La televisión puramente educativa ha mostrado su debilidad en la exposición mediática por pesada y aburrida, de acuerdo. Cuando ha explorado la faceta ficcional a veces tropieza con el absurdo, el ridículo y olvida su objetivo fundacional: educar. Y la televisión infantil comercial es fundamentalmente eso, cuando incursiona en la faceta didáctica se acartona y provoca pavor en los productores.
Luego de más de tres años de logros y desaciertos, es tal vez el momento de revisar los resultados y planificar las metas por alcanzar. Actualmente en nuestro país hay una joven generación de creativos, escritores, animadores (en especial este campo ha venido creciento de manera interesante y proyectiva) que pueden aportar a estos esfuerzos por consolidar franjas infantiles con propósitos educativos y lúdicos en igualdad de condiciones y de carácter nacional. Y no para hacer cortinillas, cabezotes y animaciones de fondo o trámite rápido que son importantes mas no el meollo del asunto. En lugar de continuar apostándole a la compra del mercado animado extranjero habría que explorar el propio, no sólo en cuanto a tecnología sino sobretodo en cuanto a contenidos.
Una adecuada disposición de secciones en las que se combine el elemento didáctico escueto: ¿sabes cuál es el país más frío de la tierra?, ¿por qué lloramos tan rápido siendo bebés? ¿qué debo hacer si alguien me hace daño? ¿cuántos tipos de nubes existen?; con el lúdico que mantenga viva esa cualidad única del ser niño: la imaginación al poder, no para evadir la realidad sino para disfrutarla más. Se dirá que para eso hay canales especializados. Volvemos a lo mismo. ¿Y qué ven los que no tienen acceso a esos canales? La respuesta es muy sencilla: los canales privados colombianos son los canales especializados de la mayor parte de la telaudiencia nacional. Y con los recortes a la opción de televisión pública su compromiso se multiplica, y sí, se especializa aún más.
Por esa misma vía habría que echar una mirada a esa tipificación de familia que se está haciendo, tal como señalábamos en un comienzo al reseñar la propuesta del El Club 10, y que además resalta al observar la que hace Chis – Garabiz. Estos niños viven sin padres, sin abuelos, acaso tíos… en medio de parientes extraños cuando no son ellos mismos los extraños. No es posible ignorar ese elemento que sin duda reviste mayores ramificaciones y que merecería un comentario aparte a ojos de expertos sicólogos de familia. No se trata por supuesto de insistir en el monotipo norteamericano de la familia de sofá, televisor y cocina y vecino atolondrado. Eso sí que no tiene que ver con nosotros y nuestros hijos.
Addenda
Hablar de televisión infantil en Colombia implica un trabajo de contextualización histórica que es por otra parte uno de los objetivos de EO, como herramienta de conocimiento y análisis. La mirada sobre los contenidos de nuestra producción al aire pasa por el filtro de lo que hemos producido a lo largo de 50 años de televisión. Por esa razón, es preciso traer a la memoria productos de televisión infantil como El lápiz mágico y/o El club Ramo, Animalandia, El teatro de Jaime Manzur, la labor de Pepón y Yaddy González (la Pinina colombiana), Pequeños Gigantes, Ver para aprender (con el inefable Benito del Gordo Benjumea con su Profesor Don Mauricio), El Club de Nubeluz, Imagínate y el insuperable y galadornado, Verde Manzana, y otra cantidad que escapan a la memoria pero que sin duda constituyen el patrimonio a considerar al momento de mirar hacia adelante. Gracias a todas ellas y ellos que los hicieron posibles.
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