jueves, noviembre 18, 2004

PERFILES EO

Una inolvidable y singular presencia: Marcela Carvajal
Cuando ella se pasea por la pantalla algo vibra en el aire. Es una pura imagen de fuerza, deseo, gracia, y por encima de todo, talento expuesto. Es Marcela Carvajal, la actriz. Sin duda su formación de psicóloga contribuye a darle cuerpo y alma a los personajes que durante más de una década ha encarnado en la televisión y el cine colombianos. Aunque esta virtud no es clave suficiente para explicar el enorme y curioso poder de sus interpretaciones. Hay carácter, hay disciplina… hay misterio.

Y ahora que ha tenido oportunidad de poner a prueba los conocimientos adquiridos en su paso por la academia en New York, buscando su destino como directora, con el paquete de programas que para el Ministerio de la Protección Social y el Fondo de Población de las Naciones Unidas realizó dentro de la campaña nacional Derechos convertidos en hechos, Marcela Carvajal está poniendo sus cartas sobre la mesa y anunciando la posibilidad de que su incursión detrás de cámaras se convierta en un vicio permanente y esperado. Nos hacen faltas las directoras en este mundo intoxicado de miradas masculinas.

Sin embargo, la actriz que se ha distinguido por encarnar personajes fuertes, densos, con mucha fibra, no se aparta de su entorno primigenio: la interpretación. Marcela Carvajal es la actriz de la naturalidad que sobrecoge, esa que tímida y silenciosa perfora la conciencia de los personajes hasta hacerse totalmente imprescindibles para los espectadores. Cierto que no siempre acierta pero ese es el riesgo cuando se cuida un estilo. Y ahora que estrena personaje al lado de los veteranos y respetados, Teresa Gutiérrez y Víctor Mallarino en la nueva telenovela de Caracol, Dora, la celadora, con el repetido debut protagónico de Zharick León y la presentación de Pablo Martín, EO hace un breve recuento de su trayectoria.

Desde su recordada Lucía en De pies a cabeza (Cenpro Televisión, 1992), exitosa serie que dominó durante varios años los hoy en día pobres domingos, hasta su adorada y tormentosa Fabiana en Pecados Capitales (Caracol, 2003), Marcela Carvajal ha construido una discreta y coherente carrera que la coloca como una de las actrices más seguras del medio. Ya su salida de la citada serie juvenil provocó en su momento una oleada de inquietud por parte de un público que no entendía las razones por la cuales se iba, lo cual no importa mucho en este momento, y luego vendría una aparición mágica en la soberbia María, María (Caracol, 1993), en la cadena prolífica de los Mauricios en sus inicios, que dejó bien en claro que había actriz para rato.

Desde entonces no ha parado de sorprender. Quizás se cuida mucho en la escogencia de sus personajes porque con contadas excepciones, sus cartas siempre han estado en buena tanda. En la divertida y novedosa, ¿Por qué diablos? (Cenpro TV, 1999), por vez primera al lado de Mallarino y en el esperado protagónico de Manolo Cardona, Carvajal construyó una Angela Falla que trataba de salvar su matrimonio, mientras se metía a comprometida redentora de muchachos con problemas y que le contaban sus malas vidas en un centro de reclusión juvenil, donde el líder (Cardona) se enamoraba de ella.

Angela Falla, el personaje, debía resolver la paradoja de que su joven amante fuese a la vez el hijo de su marido… y en ese juego apretado Marcela Carvajal, la actriz, con esa extraña habilidad de equilibrista que posee, a fuerza de sus definidas modulaciones de voz, los movimientos suaves de su cuerpo y el efectivo manejo de la mirada y más aún de todo su rostro y su cabeza (lo que demuestra un perfecto dominio de la técnica de memoria del cuerpo y pertinente conocimiento del valor del primer plano), fue definitiva en el riesgo total que era la propuesta de las libretistas, Peña y Ospina, con la acertada dirección de Sergio Osorio. Una propuesta como muchas excelentes producciones de la desaparecida Cenpro Televisión que se extraña cada día más.

Luego vino un inicio de milenio muy productivo que arrojó a Carvajal a explorar nuevos y afortunados destinos actorales. Se creció más en la pantalla grande, al trabajar con Nicolás Montero en esa odisea de delicioso melodrama líquido de Díastole y Sístole (Harold Trompetero, 2000). Allí mostraba a una Ella que a través de sus rápidos movimientos dramáticos, intentaba construir una relación con Él (Montero), al interior de la estrategia narrativa dispuesta por el joven y recursivo director (quien dicho sea de paso abandonó en buen momento su tentativa de moverse en la televisión y promete para el año venidero el estreno de su nueva cinta, ‘Dios los junta y ellos se separan’), que buscaba con pequeños microrrelatos dar cuenta de una historia mayor. Y lo logró.

Por la misma vía explorativa, Carvajal se unió a la troupe de Fanny Mickey para dar vida a la compleja y necesaria obra polifónica, Monólogos de la vagina, de Eve Ensler, al lado de Vicky Hernández, Victoria Eugenia Góngora, Marcela Agudelo, Ana María Kamper y Marcela Gallego recibiendo este montaje los mejores comentarios de la crítica especializada en mucho tiempo. Sin lugar a dudas un grupo de maravillosas y excelentes profesionales, de esas que confirman la sentencia precisa de que la actuación es una cuestión de sangre, sudor y emoción pura.

Tras una aparición digna, por calificarla benévolamente ya que no colmó las expectativas planteadas en su campaña de lanzamiento, y repitiendo llave con Nicolás Montero, la actriz se metió en la piel de Alejandra León, una funcionaria de la DIAN que termina enredada con un hombre del mundo del contrabando que por incurrir en conductas que de un tiempo acá han terminado por contaminar la sociedad colombiana con la sucia ‘cultura’ del 'y cómo voy yo’, principio ánomalo de toda corrupción posible, tiene cuentas pendientes con esa entidad y las resuelve volviéndose informante. El informante en el país de las mercancías, serie producida por RCN Televisión en asocio con la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales, tuvo un éxito fugaz que no alcanzó a sacudir la epidermis de una audiencia que aunque a veces es excesivamente complaciente, cuando se trata de repartos de peso como los de la serie, se torna más exigente que de costumbre.

Vino entonces un suceso que terminó instalándose como uno de los más significativos y singulares en la historia contemporánea de la televisión colombiana, cuyos alcances a nivel internacional siguen dando de qué hablar. Pecados Capitales (Caracol, Juan Carlos Villamizar), con libretos del dúo García – Salamanca, inauguró el género telenovela – reality en una escaramuza dramatúrgica en la que un grupo bastante heterogéneo de personajes se encerraban voluntariamente en la casa de un pariente, al que creen muerto y quien clandestinamente orquesta la parodia, con el apetito de concursar por quién se queda con la herencia. Con un reparto imposible de genial, con las más diversas tradiciones y características, en una dinámica escénica en la que el protagonista era el juego mismo y los distintos personajes se alternaban los focos de atención, la novela batió registros de sintonía y colapsó con su propuesta, la modélica estrategia narrativa de la competencia.

Allí Marcela Carvajal hizo las veces de Fabiana, una lujuriosa, irónica y atractiva prima, recién llegada de México, que se disputa el amor de un francés (Patrick Dalmas), a manos y pies con otras dos mujeres de la casa, Caridad (Patricia Castañeda) y Esperanza (María José Martínez). Con humor sutil por momentos y directo por otros, Carvajal creó un personaje creíble, cuestionador (como la misma actriz), conflictivo y tan socorrido de amor que no tiene idea de cómo no demostrarlo.

La telenovela emergió como un espacio lúdico particular en el que cada capítulo significaba un reto catártico para los espectadores, y para los realizadores también seguramente. Quizás las mejores escenas de telenovela colombiana reciente alguna, tuvieron por escenario los pecados capitales de la familia de Don Evaristo. Allí la fuerza interpretativa de los actores y actrices se convirtió en un referente díficil de pasar por alto, no sólo al momento de considerar los logros y desaciertos de la telenovela nacional, sino especialmente cuando de hablar de talento colombiano se trata.

Ahora en su papel de Ximena Urdaneta, la hermana de Alejandro (Víctor Mallarino), Marcela Carvajal con suficiencia se mueve aún en aguas penumbrosas que no permiten avizorar con claridad la dimensión real de sus riesgos. Por lo pronto, hay que decir que la telenovela ha estado moviéndose entre la pesadez de una fábula mortecina (chica pobre -y rebonita, para decirlo con la jerga del mercadeo actual- conoce chico rico y adivina tú) que de tanto usarse ya aburre, con la un poco más compleja de construir personajes con cierto nivel de densidad vital como hasta ahora se ve y presiente en los personajes de Mallarino y Teresa Gutiérrez.

De hecho, una vez arrancó esta nueva producción la pregunta de rigor era: ¿Qué puede haber atraído a profesionales de la talla de Marcela Carvajal y sus afines, a involucrarse en este culebrón? Y como nos resistimos a creer que la consideración sea de índole exclusivamente económica (que de malo no tiene nada pero qué produce un saborcillo amargo por los quilates de los mencionados), pues estamos en la de observar cómo se desarrolla la trama a ver si descubrimos las claves de su fortaleza y sus secretos.

Confiamos en poder seguir disfrutando de la fuerza sin dudas, la entrega total, la mirada firme sin dobleces, la voz encantadora y el cabello disparado contra el universo, la esencia toda de una mujer que como Marcela Carvajal ha caminado por los senderos más singulares de un arte que no se acaba de inventar, y que en sus manos y trabajo cobra un inusitado y corajudo valor que ella sabe realzar con un estilo personal incuestionable.

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