Constantemente se escucha en las calles, los sitios de reunión, los buses de servicio público, el hogar, incluso el mismo correo electrónico, la voz de la gente opinando sobre la televisión que vemos. El tono dominante en estas manifestaciones espontáneas es el desacuerdo, la molestia, la queja… casi que todo televidente se cree no sólo con el derecho – que por supuesto posee y que muchos ignoran tener – de despotricar de los productos televisivos, sino que no hay quién no sepa lo que quiere, contra la desestimable consideración de ciertos ‘expertos’ en producción que aducen conocer perfectamente la conciencia imaginativa de la teleaudiencia colombiana. Desafortunadamente, el público no sólo desconoce sus derechos sino que cuando los ejerce lo hace con un espíritu tan combativo y excluyente que poca o ninguna atención despierta en su poderoso interlocutor: las empresas televisivas.
En ese contexto desigual, ha surgido de unos años acá la figura del defensor del televidente que casual o deliberadamente, ha recaído por lo que hace a RCN Televisión, Caracol Televisión y CityTV, en mujeres. Verdaderas profesionales de la comunicación audiovisual cada una en su estilo ha sabido, pese a las innegables limitaciones impuestas – o conciliando, dispuestas – por las directivas de los canales, responder a una necesidad cada vez más creciente: la opinión del televidente es imperativa para el desarrollo de una televisión más democrática e inclusiva.
Por lo pronto, es bastante diciente que entre los ocho o diez canales de televisión con que cuentan los colombianos, sólo tres o cuatro (no es fácil precisarlo) brinden al televidente un defensor de sus intereses. Los canales privados contemplan en sus manuales de buen gobierno una serie de responsabilidades que les competen a estos servidores, cuya independencia respecto a la empresa parte de su relación contractual con las mismas ya que es a nivel de asesoría externa como se configura su ejercicio profesional, para conservar una autonomía jurídica y administrativa.
Con muy pequeñas diferencias, más de estilo que de forma, si estudiamos los alcances de su accionar encontramos que el objetivo fundamental que cada canal les asigna es el de solucionar los conflictos que puedan presentarse entre los televidentes y el canal por los contenidos de sus programas y la manera en que son emitidos. Todos coinciden en respetar principios básicos de independencia, imparcialidad, objetividad, respeto a las diferencias políticas, religiosas, sociales y culturales, en fin, un abanico completo de cualidades que se sintetizan en un ejercicio democrático con alto grado de responsabilidad social.
Se cuidan muy bien eso sí las directivas de separar las opiniones y conceptos emitidos por los defensores de las suyas propias, lo cual es apenas esperable, no tanto como el hecho de que los argumentos esgrimidos por los defensores, justamente en defensa de los televidentes, no comprometan la responsabilidad y el accionar de los administradores. Esto en colombiano de calle quiere decir: “ese muerto no lo cargo yo”. Y en la realidad inmediata el resultado es un esfuerzo muchas veces, a nuestro modo de ver luego de hacer un cuidadoso seguimiento a los programas que por ley emiten las defensorías, se queda en la simple manifestación del malestar sin solución alguna porque casi siempre la respuesta experta desvirtúa cualquier inquietud pagana.
Miremos esto más en detalle. Es claro que quienes hacen la televisión son personas idóneas con una formación empírica o académica que les permite idear propuestas interesantes que responden por una parte a las necesidades de rentabilidad que toda empresa de capital privado persigue, y por la otra a un interés público a veces enmascarado por los parámetros cuestionables de las encuestas de audiencia. En este contexto, la realización audiovisual parte de unos supuestos válidos sin duda aportados por el mercado no sólo nacional sino, y cada vez en mayor medida, internacional que determina los contenidos e incluso las frecuencias de los productos, es decir, la moda de géneros.
Ahora bien, en este contexto de realización tan unilateral, la presencia de los televidentes no puede limitarse al papel de opinar y así satisfacer su inconformidad. Sería interesante que los productores por un momento concediesen la razón a opiniones mayoritarias y frecuentes por parte de los televidentes, y accedan en ciertas circunstancias (más adelante señalaremos en Sobrenotas algunas que hemos recogido entre la gente que nos escribe) a ponerse en el lugar de ellos abandondando la pose sabihonda que no admite error alguno y que nunca está dispuesta a reconocer que existen otras posibilidades. La interactividad actual debe tomarse, en nuestro criterio, en un sentido amplio y comprometido. ¿Por qué el realizador se olvida que el primer espectador es el mismo?
La labor inteligente y denodada de las defensorías del televidente no son conocidas por la mayor parte de la audiencia, entre otras razones porque los horarios en que se emiten sus programas son imposibles, además los canales no promocionan estos espacios en la misma latitud que sus otros productos. Si el interés del canal es ventilar abiertamente las inquietudes del público y actuar en consecuencia, es decir, mostrar qué tan proactivo es, qué tanto arriesga de su imagen todopoderosa, no entendemos cómo no puede jugar al raiting el espacio de las defensorías. Por supuesto, es un extremo pero qué interesante sería llegar a ese punto. Es claro que las defensoras insisten en salvaguardar su autonomía con un estilo de bajo perfil, pero es justamente este tópico el que no acabamos de asimilar. Eso sin contar con que el tiempo que se les asigna es prácticamente irrisorio.
Sacar al aire el debate para que los espacios de las defensorías salgan a su vez del closet de las parrillas de programación es un objetivo prioritario en EO, porque consideramos que su difusión amplia contribuirá a la formación de un público más dispuesto y preparado para hacer valer sus derechos y también, eso cuenta sin duda, sus deberes. En un momento en que la crisis de la televisión pública hace presagiar un desenlace catastrófico, la esperanza de contar con una televisión abierta que atienda las necesidades y expectativas de una teleaudiencia multifacética, compleja y diversa, es cada vez más importante.
Las defensorías del televidente con sus excelentes informes de estudios ajenos y propios en que se analizan aspectos de la recepción que son definitivos al momento de evaluar crítica y solidariamente la calidad de la televisión producida, con el seguimiento a inquietudes comunes entre el público, con las entrevistas tanto a expertos como al espectador común y corriente, con la sola apertura de sus líneas al televidente, cumplen un papel vital en el desarrollo más que de las competencias comerciales de los canales, de una teleaudiencia que encuentra en el servicio público de la televisión un espacio de reconocimiento. No hay que olvidar que la televisión es una ventana del mundo interior de un país, desde allí debe ser posible contemplar todos los paisajes, en su infinita vastedad y con sus múltiples variaciones.
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