Ya se sabía que tarde o temprano era preciso hablar, una vez más, de los realities actualmente al aire en la televisión privada abierta colombiana. Y tal como se dijo en algún momento, las variaciones no es que hayan mejorado mucho el panorama. En EO estamos de acuerdo con la voz mayoritaria de los televidentes que cuestionan la calidad y sobre todo, la legalidad interna de estos juegos en los que se pone en evidencia el sentido de simulacro de la realidad, la naturaleza básica del lenguaje audiovisual.
Sin embargo, no podemos dejar de reconocer ciertos elementos que llaman la atención, aunque en esta ocasión no nos interesa tanto detenernos en el dispositivo de cada uno sino más bien destacar el ejercicio revelador del programa de RCN, Detrás del Parche, acerca de la producción de su reality bandera: La isla de los famos.o.s. Desafortunadamente, el problema sigue siendo la pobre oferta televisiva que tiene la mayoría de la teleaudiencia en Colombia.
Por los lados del Desafío 20 – 05: Cabo Tiburón es claro que más parece importar la zona de batalla con la competencia que la dinámica misma del juego. Aprovechando, de manera un poco turbia quizás, las dificultades que ha encontrado RCN al producir en Panamá, con demandas, suspensión de grabaciones y pago de multas, Caracol ha enfilado sus campañas de promoción en el hecho de que produce en Colombia, más precisamente en Chocó. Y esa ha sido realmente la única bandera original que maneja el canal. De resto, se limita a reproducir un esquema funcional que flaquea por la fragilidad del casting inicial de los equipos (no se puede olvidar que acá se selecciona a quien va, no bastan las ganas), las debilidades de sus roles de capitanes, la falta de energía de los conflictos y lo más preocupante, la práctica de conductas fuera de lugar que hacen pensar a los televidentes en que la producción tiene sus protegidos.
El incidente con Cristóbal en el famoso juicio que llevó a la eliminación de Faustino Asprilla suscitó la indignación de los seguidores del programa que infartaron las líneas abiertas de las emisoras de la frecuencia modulada, los foros en los sitios web del Canal y de otros medios, y por supuesto, aunque con poco realce, la oficina de la Defensoría del Televidente.
La situación es muy simple: si un jugador engaña flagrantemente violando la integridad del juego, ese jugador debe ser sancionado y dada la gravedad de la falta, expulsado. No es posible en casos como este, como aduce el Canal, que sean los mismos contendores quienes resuelvan la violación a una ética mínima. Es claro que el juego está diseñado para que se creen estrategias, complots, trampas y todo tipo de alianzas oscuras, que poco o nada tienen que ver con cualquier atisbo de altruismo posible, en el mejor espíritu de sálvate y que los demás se ataquen entre ellos. Pero es igualmente claro que en este caso, como cuando en las pruebas se comete una falta y la producción actúa penalizando [no es sino recordar la trampa del Pibe Valderrama que provocó la pérdida de su equipo], es la producción la que debe asumir las garantías del juego para proteger su credibilidad y legitimidad ante el televidente.
Insistimos en que este juego de roles como arquetipo posee una cierta didáctica de la condición sociocultural de los colombianos; si de algo pueden servir los realities que tanto crítico encuentra como un típico producto de televisión basura, es de espejo catalizador de lo que somos y no somos de manera que en la entretención hallemos la posibilidad de ser mejores. Hacerle el juego a la trampa, la corrupción y la deslealtad no parece ser un reto loable, señores productores. El rol de los presentadores sí puede comportar juicios críticos y sancionadores. Introducir claves de revelación ayudaría mucho a poner a los jugadores en otra dinámica de actuación. Además de contribuir a enriquecer las potencialidades del conflicto, matriz de la dramaturgia impuesta.
Es por esto y otra andanada de fisuras que el reality de Caracol apenas funciona y poco o nada aporta a un nuevo imaginario. Y acá entra en juego la propuesta de reinvención de La isla de los famos.o.s. que repitiendo presentador en la figura inquieta y arriesgada de Pirry y las participación de los dos geniales ganadores de la pasada temporada, María Cecilia Sánchez y Lucas Jaramillo, ofrece un repertorio de posibilidades novedosas y lo que es mejor: entretenidas.
Quizás lo más destacable de esta nueva etapa es su carácter narrativo por excelencia. Los realizadores han enfocado el problema de la atraccíón en la función del relato. Menos intervenciones en cámara de los protagonistas explicando sus por qués y más voz en off de sus impresiones acerca del juego, sobre imágenes de situaciones claves en la cotidiana convivencia. Más eventos, más acciones, más juegos desequilibrantes y llamativos, más tensión, más variaciones como la de la isla de los muertos que surge de la lógica misma del relato. Y los comentarios incisivos por parte de Pirry cuando corresponde tanto hacia el interior del relato como para el espectador, complementan la estrategia narrativa propuesta.
Por supuesto, el paradigma escogido, Una aventura pirata, parecería ser una apología a lo que tanto cuestionamos, pero no confundamos las cosas. En la medida en que desde un comienzo se le presentó al público cuál iba a ser el hilo conductor de esta temporada, y que en el polémico programa de lanzamiento [los dos canales acordaron no cruzarse en los horarios] se hizo un derroche visual del ambiente pirata con velero al aire y demás, incluyendo la revisión expulgatoria de los concursantes para evitar que llevaran implementos prohibidos — sin que cayeran todos —, fue bastante claro que esta era la dinámica del juego, abierta y explícita, sin dualidades eufemísticas y sin otra pretensión que divertir a toda costa. Por esa vía se explica el nuevo giro en el conflicto de ‘piratas’ a ‘conquistadores’.
Y es en el espacio de Detrás del Parche, conducido deliciosamente por María Cé, donde se revelan las complejidades de una puesta en escena exigente, y sofocante si se quiere, que no busca otra cosa que entretener. Este espacio al estilo de los makin’ off de la industria del cine comercial, juega con el juego, mostrando el ejercicio puro del montaje del simulacro de la realidad que termina por ofrecer la visión del espectáculo. Las dificultades, los desaciertos, los retos técnicos, el seguimiento a las minucias que en la edición se transforman en nudos del drama, son algunos de los ingredientes apetitosos de este plato sabatino.
Ya en la pasada versión se había hecho algo similar, pero en esta ocasión sea por la presentadora, la atmósfera diversa del juego, las singularidades de sus protagonistas (en este caso, pese a todas las inquietudes que ha suscitado la presencia de personajes controvertidos como René Higuita, Leonel Álvarez y Lorena Meritano, el reparto es muy atractivo) o por la simple magia de la conjunción afortunada de todos esto, el detrás de cámaras de esta temporada es importante como realización.
Casi se puede decir que en su justa valoración este espacio podría convertirse, obviando incluso su función promocional, en un buen modelo pedagógico sobre cómo se produce un reality de la características de producción de La isla de los famos.o.s. Algo que permita al espectador acercarse a la experiencia desde adentro y poder entonces desmitificar el resultado y por tanto, minimizar el impacto adictivo que suele propagarse por el país cada que la pantalla pequeña apela a sus peores o mejores intenciones para capturar audiencias.
Desbordar la limitada visión especulativa y asomarse a la realidad del simulacro imitador de la misma realidad, quizás sea el mejor aporte posible que la epidemia de los realities pueda dejar. Esperamos con ansiedad el momento en que empieza a palidecer esta fiebre y por fin, nos adentremos en otros vericuetos de relatos, en otros formatos, géneros y, en especial, producciones que nos hablen directamente acerca de nosotros mismos. Por lo pronto, vean Detrás del Parche y aprendan a bajarle grados a la temperatura invasiva.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario