domingo, abril 17, 2005

La tercera mirada: la Academia habla y hace televisión

Desde el otro lado de la pantalla, en el espacio abierto del espectador suceden miles de experiencias visuales que constituyen parte de la memoria colectiva de los televidentes de todo un país. Y en ese territorio tan personal, poblado por las distintas sensaciones provocadas por imágenes y sonidos que han ido y vuelto a lo largo de los años, se encuentran muchas de las respuestas a los interrogantes que dimensionan el por qué la gente prefiere X o Y programa, por qué lo que en apariencia no resiste pruebas de estándares de calidad resulta un auténtico golpe de sintonía, por qué hay tanta resistencia al cambio y tan fácil aceptación de los modelos tradicionales. Por qués múltiples y diversos. Una cadena de cuestiones que a su vez se convierten en los paradigmas de la mirada de la crítica. En el ojo vigilante de la reflexión. Allí donde también la Academia, la Universidad Colombiana habla y hace televisión.

Sean cuáles sean las respuestas, la mayoría provenientes de la investigación juiciosa de las audiencias, hay una serie de elementos que en su dinámica permiten comprender, o al menos visualizar, las características del universo de los espectadores en el sentido de la posibilidad de entretención. Esto es, la televisión como escenario contemporáneo de las emociones humanas, el gran coliseo, el fastuoso teatro, la maravillosa plaza donde se narran las inquietudes, los hechos, las paradojas, la mundanidad misma, la condición humana en su más exacta, así duela decirlo y saberlo, dimensión. Probada la cicuta de la maldición que pesaba sobre este medio en los volátiles años setentas, la televisión — hablamos de la nuestra, por supuesto —, experimentó un ocultamiento sospechoso en toda la década de los ochentas y vino a recuperar su espacio de atención a finales de esa decena de tumultuosos años y se disparó hacia la esfera académica a través de focalizaciones de pensamiento y praxis como los desarrollados en su momento por la Universidad del Valle con su Escuela de Comunicación en la que las luces de Jesús Martín Barbero, Oscar Campo, Ramiro Arbeláez, José Hleap y otra pléyade de estudiosos y realizadores vinieron a iluminar ese proyecto valioso de la programadora de la Universidad cuando se produjeron milagros como El Solar, Rostros y Rastros y otros más.

En Bogotá, la Universidad Javeriana con su énfasis en televisión permitió que no sólo se manifestaran esos procesos de estudio y revisión de la producción televisiva sino que se probaran los métodos de riesgo, a través de la experimentación tanto de alumnos como de maestros. Hoy en día como copartícipe del Observatorio Latinoamericano de la Ficción Televisiva, la universidad se proyecta como líder en el campo. Omar Rincón, columnista de El Tiempo y uno de los críticos más reconocidos — y no necesariamente, querido, bueno al final no se trata de eso, es obvio —, forma parte de ese equipo que intenta nuclear de forma heterogénea, las miradas que la Academia puede y debe hacer sobre la televisión.

Por los lados de Antioquia, un proyecto tan poderoso como Muchachos a lo bien, producido por la Universidad de Antioquia y la Fundación Social, demostró en su momento la versatilidad y pertinencia del discurso juvenil, casi marginal, en la televisión nacional. Curiosa o interesantemente, según se desee ver, es en los Canales Regionales que se han generado estas invaluables y singulares experiencias de relato que desbordan sobradamente los contenidos y formatos propuestos por los canales nacionales comerciales.

La Universidad Jorge Tadeo Lozano también logró vincularse al proceso mediante espacios que exploraban un terreno al que la televisión comercial se ha negado (como a tantos otros): el medio ambiente y sus referentes inmediatos, la naturaleza silvestre, el equilibrio ecológico, la tradición campesina, etc. Desde siempre, la academia ha intentado proyectar el conocimiento en la Pequeña Pantalla, pero es en los años noventas cuando abandona su estilo meramente pedagógico para adentrarse en la búsqueda de su propia manera de narrar.

En esa búsqueda no se puede olvidar el recorrido propuesto por la Universidad Nacional que a mediados de los noventas logró fusionar dos líneas, diseño con producción, al desplegar un paquete de programas generados desde la Escuela de Cine y Televisión (que en aquel reciente pasado aún era apenas un Plan más de la Facultad de Artes) y producidos por la Programadora UN Televisión. Espacios como Huso de Razón, dedicado al pensamiento universitario que exploraba el debate como herramienta de construcción de nación, e Historia Debida en donde se rendía homenaje a quienes han fortalecido con su trayectoria y ejercicio profesional, el quehacer de la universidad en la vida nacional.

Los retos contemporáneos que arroja el mercado televisivo ponen a la Academia colombiana frente a una realidad esquiva y confusa, ante la que no hay otra opción que el disenso, la contradicción, el conflicto, la creación en su más dinámica y contundente perspectiva, la proyección de nuevas tendencias y usos. Es el momento idóneo, el tiempo preciso en que ha de escucharse esa voz, oculta y subterránea a veces, de la Universidad hablándole al país nacional acerca de su televisión, del conocimiento que esta puede brindar sobre lo que somos y no somos.

En estos días en que el cine colombiano toma una bocanada de aire con aires de tornado, las miradas se vuelcan hacia la Universidad porque es desde ella que mucho de ese aliento viene soplando y reclamando su espacio. No hay duda alguna. La televisión comercial debe hacer balance de cuentas con la Academia. No es necesario mantener ese espíritu permanente de lucha en el que alguien critica y otro alguien es criticado. En últimas de lo que se trata aquí, como siempre que se habla del poder de los medios, es de lo que significa en términos de identidad y autoreconocimiento, la televisión.

Esa posibilidad que surge en la Academia no sólo de estudiar el mundo efímero y durable (esa es la dualidad contradictoria pero definitiva cuando se habla de televisión) que se vive en la Pequeña Pantalla, sino de producir contenidos que le permitan al espectador apreciar otras miradas. Algo así como lo que sucede cuando el Canal Institucional a través de su programadora, Audiovisuales, produce un programa tan necesario y oportuno como Para Ver TV. Allí han confluido no sólo los realizadores, y el público (aunque insistimos en que este sector de la mesa debería ser más protagónico), sino los estudiosos, los que han logrado vincular las teorías y el análisis con la cotidianidad del espectáculo televisivo, evidente en el rito diario de millones de colombianos al encender sus televisores.

La calle, el café, los buses, las plazas son espacios del diálogo sobre lo que se ve. En esa diversa posibilidad de escuchar a todos y todas comentando, charlando, discutiendo incluso, acerca de sus programas preferidos es donde es posible auscultar y descubrir la esencia de cierta verdad. A la gente le encanta ver televisión, pero le divierte aún más, hablar de televisión. En la conversación diaria surgen variedad de nuevas versiones sobre lo que acontece en la Pequeña Pantalla, allí es donde se descubre por qué villanos se convierten en héroes y por qué héroes pasan súbitamente al olvido.

Escuchar e invitar a esa voz colectiva a decir abierta y espontáneamente su sentir, hace parte de las tareas inmediatas de la Academia. Difícilmente, por no decir que nunca — tengamos confianza, un valor necesario en estos tiempos mezquinos—, los canales comerciales se interesarán por recuperar el sentido y la velocidad de ese pensamiento multiforme, porque esa es la otra cualidad de tal diálogo; su carencia de unanimismo. Quizás la Universidad Colombiana, tanto la privada como la oficial, sí pueda (por principio consideramos que es su deber, pero en aras de la libertad de iniciativa…) hacerse a ese torrente de ideas. Y desde allí generar otras perspectivas.

El futuro de nuestra televisión en medio de tanta penumbra que nos acosa hoy por hoy, en la medianoche del Tratado de Libre Comercio, es contra toda esperanza, prometedor. Estamos dando pasos cortos pero seguros en la definición de estilos narrativos propios y al mismo tiempo de procesos de análisis más cercanos al televidente y a los medios mismos. La Academia también tiene derecho al raiting… si se lo gana, claro está. Las verdades de los trayectos previos, con todo su potencial de energía y calidad, son la garantía inviolable de esa certidumbre.

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