Así sucedió durante esta larga semana posterior a la vigilia seguida por todos los medios del mundo, a la espera del esperable desenlace de la vida de uno de los hombres más valiosos de nuestro tiempo, con todas sus contradicciones y logros, Karol Wojtyla, el de la blanca presencia y que se hizo llamar, Juan Pablo II y a quien hoy el planeta entero – creyente o no — reconoce como El Grande. Es en momentos como estos en que la televisión con su innegable poder inmediato e invasivo, se la juega entera por captar la atención de todo ser humano… incluidos, los no – televidentes. Esa es la magia, esa es la voluntad de poder. Una respuesta a la acuciante necesidad de información, información directa y rápida, preferiblemente, veraz.
La televisión colombiana tan criticada desde estas páginas virtuales (y desde muchos otros espacios de reflexión mediática), ha tenido curiosamente un respetable papel en la transmisión de sucesos únicos en la historia universal moderna. Así ha sido desde ese inolvidable 20 de Julio de 1969 cuando en asocio con la televisión venezolana, la hoy desaparecida Inravisión, llevó en vivo y en directo a todos los colombianos la llegada del primer hombre a la luna, el norteamericano Neil Armstrong. En 1971 se transmitió por primera vez en directo la Vuelta a Colombia en Bicicleta, y luego desde Varesse (Italia), el campeonato mundial de ciclismo donde nuestro héroe nacional, Martín Emilio «Cochise» Rodríguez se coronó campeón mundial de los 4.000 metros persecusión individual. Se iniciaba así una nueva era en las comunicaciones que permitiría a la teleaudiencia acercarse a la realidad distante de otra manera, cambiando así las percepciones e ideas que sobre el mundo contemporáneo tenemos.
El deporte ha sido con todo el género más expuesto a estos macro montajes tecnológicos, a los casos citados habría que añadir la primera transmisión de un Campeonato Mundial de Fútbol (evento que al lado de la Entrega de los Premios Oscar, los Juegos Olímpicos de Verano — los de invierno tienen un público muy restringido —, el Tour de Francia y la Serie Mundial de Béisbol son los más vistos en el planeta), el de Alemania en 1974, cuando el país anfitrión casi pierde la copa frente a esa deliciosa máquina llamada la Naranja Mecánica, la selección de Holanda conducida por Johan Cruyff. Las transmisiones en directo de las peleas de Miguel Cervantes «Pambelé», Rocky Valdez y Miguel «El Happy» Lora, por sólo mencionar los más recordados. Tampoco pueden olvidarse las transmisiones madrugadoras de las temporadas de la Fórmula Uno en los años setentas cuando corrían Nicky Lauda, Emerson Fittipaldi, Gerard Berger, mucho antes del impasible Michael Schummacher y nuestro talentoso y volátil, Juan Pablo Montoya. En los ochenta con la llegada de los escarabajos a Europa, la televisión se volcó afiebrada como toda la fanaticada colombiana, para seguir en vivo las incidencias de la vueltas ciclísticas de Francia, Italia y España, en cuyas carreteras a sangre y sudor se escribieron imborrables momentos de gloria.
Pero son sin duda los grandes acontecimientos nacionales y mundiales los que han probado la eficiencia de nuestra televisión, y con mayor insistencia, de nuestro periodismo. En 1981, un mediodía del 13 de Mayo su Santidad Juan Pablo II recorría la Plaza de San Pedro saludando a las multitudes que lo acompañaban en las celebraciones en honor de la Virgen María, cuando fue baleado por un turco llamado Mehmet Alí Agca. El mundo entero giró sus ojos hacia el pequeño estado Vaticano, sede papal, y permaneció atenazado a las pantallas hasta que se vio humo blanco indicando la salvación del Papa. Y la televisión colombiana estuvo allí. Luego en una mañana fría del 28 de Enero de 1986, ante una multitud que no podía creerlo, el transbordador Challenger explotaba a 73 segundos de su despegue y caía al océano Atlántico inundando los sueños astronaúticos de la primera mujer tripulante en el espacio, la maestra de escuela, Christa McAuliff.
Ya antes, en patética transmisión en vivo y en directo, Colombia entera había visto cómo un comando guerrillero del hoy desmovilizado M – 19 se tomaba el Palacio de Justicia en Noviembre 5 de 1985 y tan sólo 24 horas después, cómo terminaba la pesadilla (y se daba inicio a otra para los familiares de los desaparecidos) cuando el Ejército Colombiano recuperaba a sangre y fuego la institucionalidad, puesta en la mira por la acción de los alzados en armas. Y tan sólo ocho días después, el país amanecía en el lodo oscuro y mortal de la más grande tragedia nacional: La desaparición de Armero. En esos instantes la televisión cubrió, las más de las veces, con cierta agilidad los sucesos, pasando por situaciones de fiasco e irrespeto imperdonable a notables despliegues informativos con ajustado análisis y revisión de casos. Y no es la primera vez tampoco, que se habla de la incapacidad del periodismo nacional para dar cuenta de hechos de tal trascendencia y en los que la dignidad humana es el primer valor a proteger.
Aún están vivos en la memoria los momentos del Terremoto del Eje Cafetero el 25 de Enero de 1999, cuando el país aterrado contemplaba las dramáticas escenas mientras una periodista (cuesta darle el título), ataviada con uno de sus mejores vestidos y cubierta de llamativo maquillaje y joyas, intentaba hacerle creer al espectador lo conmovida y sintonizada que estaba con la tragedia de miles de quindianos. Y también en aquella jornada inacabable, el país televisivo tuvo que soportar la vampiresca actitud de uno de los más reconocidos padres del periodismo, para quien la noticia sólo existía con sangre o cadáveres de por medio. Es curioso como el periodismo nacional nunca se ha preocupado — aparte de excepcionales casos puestos en circulación por serios periodistas como Cecilia Orozco, María Jimena Duzán o ese noble señor que es Javier Darío Restrepo —, por prepararse para el cubrimiento de tales sucesos. El periodista debe estar en capacidad de ir más allá del dolor, vivirlo y llevar al espectador el drama en su justa dimensión.
Nunca pudo haber un momento más exigente que el vivido por el periodismo mundial la mañana del Martes 11 de Septiembre de 2001 cuando las Torres Gemelas fueron mortalmente heridas por dos flechas de fuego, disparadas desde la propia entraña de la nación norteamericana. El periodismo televisivo estadounidense se plegó a las políticas emanadas no sólo por el Departamento de Estado, sino a las dispuestas por su propia naturaleza explorativa y autocrítica. Era soberbio ver cómo mientras en CNN y Telemundo los reporteros casi que se mordían la lengua al hablar del número de muertos, y más aún, de los posibles nombres de las víctimas, en nuestro país algún sabio periodista ya tenía la primera lista de fallecidos.
Aunque hay que ser justos, esas son las excepciones, la mayoría de las veces y a medida que pasan los años con mayor frecuencia, el periodismo televisivo ha salido avante. Lo demostró cuando un grupo terrorista se tomó un colegio en la remota Beslán, Östia, ex – república soviética, y provocó una de las tragedias más infames de nuestros tiempos al desencadenar con su acción irresponsable la respuesta, igualmente irresponsable, del Ejército Ruso que se tomó el sitio con un saldo de más de 500 inocentes víctimas. Y cuando un salvaje tsunami devoró las costas de Indonesia en Diciembre pasado, el periodismo nuestro no sólo se mantuvo en la cuerda de las cadenas internacionales a las cuales está afiliado (y de las cuales prácticamente depende su volumen informativo), sino que logró ubicar reporteros en el lugar de los hechos y llevar a sus televidentes las noticias acerca de los connacionales que cayeron en la redada de la naturaleza.
Y fue precisamente en esta semana que se acaba que el mundo se sacudió convulsivamente con varios sucesos: la muerte del Papa, la agonía y fallecimiento del Príncipe Rainiero, y la boda del más odiado de la realeza, Carlos de Inglaterra con la también odiada, y ahora, reivindicada por ciertos medios, Camilla Parker Bowles.
El cubrimiento de los hechos acaecidos tras la muerte del Papa, las crónicas sobre su paso por el Pontificado, las consecuencias de su desaparición, las derivaciones del tema para el catolicismo en un mundo donde la polaridad musulmana amenaza la inexistente paz, e incluso, las preguntas suscitadas por la presencia del presidente George Bush Jr, y la ausencia del nuestro, Álvaro Uribe Vélez, constituyeron en medio de su luctuosa naturaleza, un logro de la televisión. Con la presencia de serios reporteros en el lugar de los acontecientos transmitiendo en directo (no podía esperarse menos), expertos invitados en las salas de redacción, apoyos audiovisuales pertinentes (graficaciones, animaciones, cuadros, etc.) y una sobriedad sorpresiva, los televidentes pudimos observar con atención y suficiente claridad lo que sucedía allende el mar, al otro lado de nuestro mundo, donde el corazón de muchos reposa gracias a su fe. Y para aquellos que no comparten este principio de realidad vital, el seguimento de los medios reflejó los hechos otorgándoles una importancia justa. Hay que anotar un dato adicional: de manera sorprendente, no se sabe cómo se dio la coincidencia, pese a la notoriedad de los hechos no hubo sobreexposición. Algo para un análisis más profundo, en otros contextos de reflexión.
Por lo pronto, nos complace esta posibilidad de mirar la realidad informativa. Tal vez el hecho de tratarse de la figura papal permitió un examen más juicioso y detallado de las implicaciones de su muerte, algo que no siempre es fácil de hacer en casos inusitados. O tal vez, y eso es lo que deseamos creer, se trata de una nueva etapa en el periodismo, una etapa resultado del duro aprendizaje que nos impuso el 11 – S. El periodismo es un bastión de la democracia que a veces, tristemente muchas veces, no es defendido con su práctica por los periodistas, pero cuando se presencian transmisiones de amplio cubrimiento como las vividas en estos recientes días alcanzamos a avizorar la realidad de un periodismo que le dice cosas a la gente y le permite formarse un juicio propio, principio inviolable de toda libertad de información.
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