domingo, abril 03, 2005

El Rayo Azul: No más crispetazos, vivamos nuestro cine

Desde siempre ha existido el reclamo nacional por un cine propio, constante y popular. En distintos momentos presenciamos ‘renacimientos’ de esa idea sublime de ver cine colombiano en las carteleras de todos los teatros. Y cada tanto, la emoción del instante cede ante las aceradas limitaciones impuestas por la particular manera en que se debe producir el cine y a las determinadas por un mercado y una cultura de audiencias proclives a ciertas escuelas de relato, en las que dominan las de procedencia norteamericana, acallando y mutilando otras. Hoy en día y luego de una milenaria batalla defensiva, el país cuenta con la Ley de Cine que a través de mecanismos de financiación, estímulos tributarios y comerciales para los inversionistas (nacionales y extranjeros), catálogo de premios, becas, convocatorias, residencias y demás, va consolidando paso a paso la feliz realidad de producir cine para ver. Cine colombiano de calidad y estilo incuestionables.

El trayecto seguido por quienes aman el cine y lo cultivan en ese jardín esquivo de la modernidad atravesada que vivimos es largo y pedregoso. Lleno de desaciertos, desencantos y despelotes. Y lleno también cómo no, de sueños, quijotadas, estrategias, tácticas y utopías. No se trata aquí de hacer un detalle pormenorizado de esas empresas sin destino fijo que pueblan el historial maravilloso y triste del cine nacional, apenas podemos asomarnos a vuelo de panther y visualizar para los recién llegados, un gran plano general donde quepan algunas de esas escaramuzas con el propósito único de dimensionar lo que estamos viviendo y la gracia exacta del disfrute de tenerlo.

En los años setenta tuvo lugar un curioso experimento de producción cinematográfica que permitió a gran número de realizadores, expertos, noveles y aparecidos, llevar a las pantallas de las salas de cine, cortometrajes que los exhibidores debían colocar al comienzo de cada función. Esa modalidad, felizmente desaparecida no por sus intencionalidades – que son rescatables – sino por sus resultados y mecanismos de implementación, fue la llamada «cortometrajes de sobreprecio» por el hecho de que su financiación correspondía a un porcentaje del precio de la boleta que pagaba cada espectador. Y para comprender en su justa y ácida dimensión este momento, acudimos a la visión crítica de Carlos Álvarez, el documentalista, quien en algún apartado de sus comentarios Sobre cine colombiano y latinoamericano dice: «Entre 1970 y 1984 – catorce años es un período bastante prolongado, anotación nuestra —, se hicieron aproximadamente 756 cortometrajes dentro de la modalidad del sobreprecio y en semejante cantidad el país quedó reflejado por su ausencia. De ese número, no deben salvarse cinematográficamente más de 10. Cifra demasiado magra. Para el largometraje colombiano hecho entre 1975 y 1980 (y después también), no hubo realidad social dolorosa que le mereciera atención […]».

Ese cine de largometraje al que se refiere Álvarez es el de cineastas como Gustavo Nieto Roa con sus secuelas cómicas protagonizadas por Carlos «El Gordo» Benjumea, Ciro Durán, Mario Mitrotti, Jairo Pinilla (el padre del cine fantástico colombiano), que se mueven en las escasas aguas del éxito en las taquillas. Es este un cine veloz y efímero sin mayores logros que la inmediatez y el contacto ligero con una cierta audiencia, de ninguna manera se constituye en una tendencia expresiva apreciable y perenne. Luego en los años ochentas se viven dos procesos paralelos. De un lado, una cascada de saltos esporádicos protagonizada por realizadores como los mencionados a los que se agregan otros considerados por la crítica general, como los maestros colombianos (calificativo que ni avaleremos ni desconoceremos y que apenas vemos en su contexto histórico preciso): Francisco Norden, Luis Alfredo Sánchez, Jorge Alí Triana, Rodrigo Castaño, Mady Samper, Manuel Busquets, Sergio Cabrera, Jorge Pinto, Manuel Franco, Camila Loboguerrero, Julio Luzardo, Luis Ospina, Carlos Mayolo y algunos más.

Y del otro lado, una efervescente producción de cortos para el cine y la televisión, producidos por Focine bajo la mirada de María Emma Mejía. Aquí aparecen además de los maestros, otros nombres importantes como Jaime Osorio, Lisando Duque, Ricardo Cifuentes, Juan Fisher, Teresa Saldarriaga, Patricia Restrepo, Juan José Vejarano, Felipe Aljure y Víctor Gaviria, entre otros. Hay trabajos maravillosos en esta época, trabajos que merecerían ser revistos hoy, en las pantallas de los multiplex y demás embelecos de exhibición, trabajos como Aquel 19, Reputado, De vida o muerte (genésis de esa delicia de puesta en escena que es Confesión a Laura), La fiesta, La recompensa, La vida en colores, Los músicos… Un momento singular que tuvo sus quince minutos de fama y que se desvaneció no sólo por las limitaciones en el financiamiento sino por la misma dinámica caníbal del cine nuestro.

La carencia de un auténtico y constante apoyo por parte del Estado, el desinterés del capital privado por un arte que exige rentabilidad pero que antes de cualquier esquema de presupuestos es una necesidad expresiva, inmanente al ser cultural de un pueblo, el cinismo de las empresas de exhibición que prefieren arriesgar con cualquier potaje impasable del peor cine norteamericano al estilo de Scary Movie o American Pie, por citar dos recientes, y la falta de continuidad y consistencia en el gremio de realizadores en todos sus niveles, constituían hasta hace muy poco, el mayor obstáculo para el surgimiento de un cine nacional.

La década de los noventas nos regaló algunas pequeñas joyas que se convirtieron en el semillero de un nuevo proceso que conduciría a la escritura, deliberación y dilatada aprobación de la Ley de Cine, la conformación del Consejo Nacional de Cine y una serie de instancias favorables al desarrollo de una industria del arte cinematográfico. Experiencias fílmicas como La estrategia del caracol, La gente de la Universal, Confesión a Laura, Kalibre 35, Diástole y Sístole, Soplo de Vida, La vendedora de rosas, nos permitieron soñar, reconocernos y creer que tal vez sí era posible un cine nuestro, un gran relato nuestro, una verdadera historia propia, firme y real, un proyecto de espacio – tiempo con nuestro auténtico y particular punto de vista. Todo aquello que por esos años reclamábamos desde el espacio académico en la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional (así llamada por algunos estudiantes antes de que fuese realidad esa dimensión) por esa misma época, con la fuerza brutal del deseo y la inconformidad.

«En Colombia a nadie le interesa el cine: excepto al público que curiosamente y contra toda esperanza quiere ver cine colombiano. Ese nadie es el Estado, el gobierno de turno, los medios, los sectores culturales de elite y también, tristemente, los mismos amantes del cine, sus realizadores, activos y potenciales.

Y un país sin cine, es como una mujer sin espejos, sin ojos que la admiren. Un país sin cine es un país sin pasado, sin presente y sin futuro. Un país sin cine no puede aspirar a una identidad sobre la diferencia. Un país sin cine no se muestra auténtico y sincero. Un país sin cine es un país con una televisión servilista, aculturizada y ahora sí, alienante. Un país sin cine es un país con medios al servicio de los intereses más mezquinos.

El cine no redime, es cierto. El cine sólo permite asomarse al espacio de la redención y vivir.

Uno no puede olvidar cuánto ha visto, oído y sentido, olido, imaginado y recordado reflejado en una pantalla de cine. La memoria empieza muy niña pero poco a poco se vuelve exigente. Y así debe ser. El cine vive de la memoria y sobre ella construye el porvenir cultural de un pueblo.

La memoria del guionista para crear de lo conocido, lo desconocido.

La memoria del director para visualizar y sonorizar lo existente en su mente (real o imaginario) y hacerlo un objeto sensible, creíble y humano.

La memoria del fotógrafo para hacer que aquello percibido por el director se cristalice en momentos verdaderamente poéticos y perdurables.

La memoria del actor que vive de su cuerpo, de su voz y de sus emociones todas, de su patrimonio único que es el encuentro con el otro, el espectador anhelante.

La memoria porque sin memoria no hay posibilidad honesta de olvido.

Y sin memoria no hay diálogo, ni encuentro. Sin memoria nada nos aparta ya de los animales irracionales.

Así que sólo queda tomar una decisión verdadera: hacemos cine o no hacemos cine en Colombia. Es una tarea que debimos imponernos desde el comienzo, ya no hay tiempo de esperas. Estamos jugándonos la vida. Eso y nada más»
. El cine interior / Noviembre de 1992.

No importa quién realiza los sueños sino que los sueños se vuelvan realidad. La mezquindad no es un criterio válido. Nuestra labor creativa se ha movido entre la producción documental independiente y el terreno de la crítica y desde ella intentamos, de manera honesta y profesional, reflexionar sobre los procesos que sigue el universo audiovisual colombiano. Y es por esta vía que identificamos los resultados de los trabajos fílmicos recientes y les damos su valor y reconocimiento a aquellos que con muchos esfuerzos y talento, contribuyen al desarrollo del cine colombiano. Ya era tiempo.

Es así como celebramos el advenimiento de una nueva etapa creativa y productiva que nos trae experiencias como El rey, María llena eres de gracia (por su cuota de talento colombiano y no necesariamente por sus alcances que podrían ser rebatibles), Perder es cuestión de método, Sumas y restas, Colombianos: Un acto de fe, La sombra del caminante. Y quedamos a la espera de Los actores del conflicto, Sin amparo, El ciudadano Escobar y otras muchas, porque eso es lo interesante: podemos hablar de varios títulos.

Cierto que falta mucho camino por recorrer (eso es lo interesante), pero mientras se sostenga el nivel de exigencia y rango de producción; persista la política de respaldo a proyectos de formación de público y nuevos realizadores; continúe la investigación sobre nuestro cine a través de logros como el reciente texto sobre la recopilación histórica del largometraje colombiano realizado por Proimágenes; se mantenga la estrategia de seminarios como el de la Sala Fundadores de la Universidad Central sobre Movimientos y Renovaciones en el cine; siga la dinámica de premios, becas y apoyos a la creación y producción, mientras todo esto pase y siga pasando, en secuencias, es permitido y legítimo creer en un mañana de constantes rayos azulados sobre nuestras cabezas cada vez que sentados en la cómplice oscuridad de una sala de cine, asistamos a la cita ineludible con esos reflejos de nosotros mismos hechos de imágenes y sonidos en movimiento.

No más crispetazos, vivamos el cine, nuestro cine.


ADDENDA

Lo que viene:


LARGOMETRAJES (Ficción)

* Desasosiego de Guillermo Alvarez
* Juana tenia el pelo de oro de Luis Fernando Bottía
* La gente honrada de Bob Decout (Co - produccion con Francia)
* La mágica aventura de Oscar de Diana Sánchez
* La sombra del caminante de Ciro Guerra
* Perder es cuestión de método de Sergio Cabrera
* Rosario Tijeras de Emilio Mallé
* Sin amparo de Jaime Osorio
* Sumas y Restas de Víctor Gaviria

DOCUMENTALES

* Ciudadano Escobar de Sergio Cabrera

CORTOMETRAJES

* Amaranta de Javier Rodriguez
* La cerca de Rubén Mendoza


Lo que está en pre - producción:

LARGOMETRAJES (Ficción)

* Flores en invierno de Jaime Ordóñez
* Un ángel en la oscuridad de Raúl García

DOCUMENTALES

* Gamin, 20 años después de Ciro Durán


Lo que se está rodando:

LARGOMETRAJES (Ficción)

* Los actores del conflicto de Lisandro Duque
* El trato de Francisco Nordem

CORTOMETRAJES (Ficción)

* Los huesos de Agualongo de Jaime Enríquez
(Imaginando Nuestra Imagen - Pasto 2004)


Lo que está en post-producción:

LARGOMETRAJES (Ficción)

* Apocalipsur de Javier Mejía Osorio
* Champeta Paradise de Ernesto McCausland
* El Colombian Dream de Felipe Aljure
* El gato escaldado le teme a la piel fría de Juliana Barrera
* El cielo de Alessandro Basile
* El trato de Francisco Nordem
* Flor de un día de Juan Manuel Silva Fajardo
* La historia del baúl rosado de Libia Stella Gómez
* Los actores del conflicto de Lisandro Duque
* Los últimos malos días de Guillermino de Gloria Nancy Monsalve
* Regreso de la nada de Javier Gutierrez
* Reversal of love de James Ordoñez
* 90 - 60 - 90 de Julio Roberto Peña

CORTOMETRAJES

* Días de Arena de Johan Gómez

Fuente: http://www.proimagenescolombia.com/enrodaje.htm

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