domingo, marzo 27, 2005

La sagrada repetición

Cada año por esta época el mundo católico (y cristiano, así aparte ya que de un tiempo acá la asociación de los dos adjetivos no siempre es obvia) se recoge sobre sí mismo para reflexionar, orar y celebrar la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo. La Semana Santa recrea en un espacio breve (y cada vez más profano) la presencia de este singular hombre en la vida de millones de seres humanos. Y como la televisión y el cine forman parte de la vida de esos millones, la historia de Cristo no podía estar por fuera de sus relatos. Con toda suerte de resultados fallidos unos y acertados otros.

Esta semana se convierte para los medios en un motivo temático que permite, de manera casi obligada, poner en escena cualquier cantidad de productos repetitivos: películas, documentales, magacines con encuestas al respecto, informes noticiosos desde los sitios de romería, entrevistas, publicidad… hasta ‘crucificar’ a los miles de televidentes que por esas cosas de la situación económica, no pueden irse de vacaciones o rumba que son los otros caminos que toman aquellos para los que el Viacrucis es cosa del pasado.

Lo curioso es que de unos años para acá, la televisión colombiana no se contenta con repetir (difícil que sea de otra manera porque el relato es eterno) sin explorar nuevas versiones o variaciones del tema (ha habido intentos pero no es la regla), sino que en una extraña decisión de programación, enfoca sus contenidos en películas de corte épico que poco o nada tienen que ver con el relato cristiano. Pareciera ser que los directores de programación poseen un criterio no temático sino cuasi cronológico mezclado con una tendencia de género que no soporta la crítica.

Vemos así pasar por la pantalla relatos tan ajenos y dísimiles (a la reflexión y al tributo memorial a Cristo) como Helena de Troya, Julio César, Masada, Las mil y una noche [esta versión merecería comentario aparte], y otras más. Por supuesto, no se cuestiona acá la calidad de esas producciones sino su pertinencia. Acá en EO hemos insistido siempre, hasta el cansancio y no cejaremos, en la responsabilidad social de la televisión para con el país, la naturaleza de su imperativo cultural y su peso ineludible en la generación de sentidos en la sociedad.

Independientemente de las creencias religiosas que se puedan o no tener, es un hecho que la imagen de Cristo y el sentido de su vida son valores incuestionables y hasta diríamos, necesarios, en una sociedad violenta como la nuestra. Al igual que las vidas de muchos otros seres humanos singulares, valientes y generosos: Teresa, Francisco, Gandhi, Mandela, Chico Mendes, Mons. Arnulfo Romero, Sister Helen Prejean, Gerry Adams, en fin… la lista, increíblemente, es larga. Y al igual que las vidas de muchos seres anónimos que han llegado a ser conocidas por el poder divulgativo del cine. Tal vez apreciar hechos de vida, situaciones y momentos históricos no necesariamente pasados, pueda permitirnos ver posibilidades allí donde sólo encontramos trivialidad, facilismo, mediocridad y vacuidad.

Ese tufillo épico poco o nada aporta además de entretenimiento y eso no basta. No basta en un país que necesita reflexionar mucho, mucho, acerca de cómo se vive y cómo se muere cada segundo, sin más razón que la sinrazón de la intolerancia, el poder, la ambición… el hambre, la injusticia, la desigualdad, la ignorancia. Un país que necesita encontrarse consigo mismo para reconciliarse, para perdonarse, para avanzar en solidaridad, en posibilidades, en respeto por el otro, en la diferencia que es el valor más preciado de una sociedad tan heterogénea y diversa como la nuestra. Un país que necesita valores para identificarse, ideales para soñar, experiencias para aprender.

Y sinceramente, no creemos que con la historia más bien insípida de Helena de Troya se logre eso. Ni con las bellas fábulas de la muy bien realizada Las mil y una noches. Es cuestión de momento. No es admisible que se pretenda vendernos la idea sosa de que Semana Santa en televisión es eso. Se trata de un ejemplo triste de poco esfuerzo, de ‘pasar de agache’ como se dice popularmente. Algo en lo que los canales se han vuelto expertos. Escurrir de manera ostentosa además, la tarea dispendiosa y compleja de pensar el país y crear imaginarios para todas y todos.

En EO consideramos que momentos como este son oportunidades insoslayables para explorar los formatos y los géneros, para salir del espacio reducido del lugar común. Hace unos días apenas, una persona se acercó a nuestras oficinas con la idea de que le recomendásemos algunas películas para alquilar durante esta semana. La primera de la lista era La pasión de Cristo, Mel Gibson, 2004. «¡Eso tan malo…! Para ver más de lo mismo mejor veo televisión». Y cuando le explicamos a esa persona por qué esa cinta en particular no es más de lo mismo, reconsideró su opinión. Eso pasa todo el tiempo. Algunos consideramos el holocausto judío como un tema espinudo y bastante maltratado en el cine. Por eso descartamos historias como La vida es bella, Roberto Benigni, 1997 porque nos parece que el tema es tan agudo que no resiste la comedia. Sin embargo, hay que reconocer que no es más de lo mismo y que pese a su estilo recargado, Begnini se salió con la suya.

Quizás si la televisión colombiana no se limitase a comprar películas (del corte citado) para rellenar ese tiempo largo y hueco de programación durante esta semana que recién termina, sino que produjese contenidos originales y propios como series, o documentales, o programas especiales en los que la gente, la teleaudiencia se viese, hablase y reflexionase sobre quiénes somos y qué queremos (incluso explorando la diversidad religiosa que existe en Colombia), tal vez ciertas cosas empezarían a cambiar. De eso no nos queda duda alguna. Es una cuestión de opciones y alternativas. Es riesgo y reto. Es comunicar proyectivamente y con objetivos, que sin desatender los compromisos comerciales, nos acerquen a ser mejores personas.

Y eso que no tocamos la emisión de las típicas películas de acción, esas sí que nada dejan. Lo angustiante es que los programadores ignoren un panorama audiovisual en el que hay tantos relatos que merecen ser mostrados y que no sólo poseen un contenido valioso y formativo, sino que son divertidos, ágiles y novedosos.

Por lo pronto, esperamos que la necesidad de reinventar la programación de temporadas como la de Semana Santa se sienta. Y que la teleaudiencia esté dispuesta a demandar mejores opciones, más variedad y menos repetición, menos de lo mismo y más de lo nuevo.

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