domingo, agosto 21, 2011

A latido líquido: en tierra melancólica

Aún puedo sentir el calor delicioso del sol deslizándose a través de la ventana del saloncito de la escuela, donde leía una de mis primeras historias. Miento al decir que era mía, pero la fuerza de la fantasía me lleva a tomar como propio algo salido de las páginas de un libro de lectura escolar cuando apenas empezaba a viajar entre las palabras, asomándome a un mundo más ancho de lo que las calles que me traían de la escuela a la casa me prometían.

El relato hablaba de una familia que en época de vacaciones salía de viaje en carro. El papá iba contándole a sus hijos historias en cada vuelta del camino. La madre escuchaba mientras acariciaba el cabello de uno de los pequeños. En una parte del trayecto viajaban paralelos al tren que bramaba y echaba humo abriéndose paso por el valle. Era muy temprano en la mañana y el sol mojaba los rostros de los niños que aún se sentían como en sueños luego de tener que madrugar.

Y ese mismo sol iluminaba las hojas de mi libro mientras avanzaba en la lectura. Es simplemente mágico que hoy pueda, a veces mientras voy trepado en uno de esos inmensos buses bestiales que me mueven de un lado a otro de la ciudad, sentir en el sol que toca mi ventana esa misma mañana en la escuelita de doña Zoila. Esta es la visión total de mi paz: el sol entre las ramas de los árboles acariciando mi rostro que vuela por la carretera infinita de mis sueños.

En cambio, es difícil que visite mi mente, la imagen de la primera vez que leí. Siempre he sabido cuándo y qué, mas sin embargo por más que lo intento no lo veo. Sé que no es el resultado de una maquinación adulta adornando una infancia normal y poco diferente a la de mis contemporáneos, mi madre me lo confirmó alguna vez que le pregunté. Quizás no fuese lo primero que leyera pero sí fue el inicio de mi vocación por las palabras como punto de llegada y partida. En julio de 1969 el Hombre pisó por vez primera la superficie de un territorio no terrestre: la luna. Al día siguiente todos los periódicos titularon de todas las maneras posibles algo único y prodigioso. Así que mis ojos fueron pegando letra a letra, vocal con consonante y mis labios fueron pronunciando esa sumatoria irrepetible hasta dejar en el aire, disueltas y eternas, las palabras: EL HOMBRE EN LA LUNA. Lo que sí alcanza a traslucir mi mente es la imagen de esa foto lunar en tinta de periódico, en ese instante: Armstrong caminando en la oscuridad. Ahora mismo mientras escribo la veo, quieta y profunda ante mis ojos.

Los sueños son como una forma de tocar el umbral de lo divino y lo sobrenatural, creo que Dios o la idea que tenemos de algo superior a nuestra condición humana, nos los regaló para confirmarnos que nunca estamos solos. Es cierto que a veces son espantosos y demenciales, entonces nos preguntamos: ¿y por qué me tengo que soñar con esto tan horrible? Evitamos pensar que el lado oscuro de nuestra libertad puede ser tomado por el Mal (residente siempre en cada quien) y hacer de nuestra vida un crudo invierno.

Cuando vivíamos en la Carrera 6 Nº 26 - 13, en toda la esquina, mis dos hermanos y yo compartíamos el mismo cuarto al pie del patio interior, el mismo sobre cuyo vacío se meció una vez Rosario y nos puso los pelos en temblor. Colgado de la pared al frente de mi cama había un cuadrito del ángel de la guarda iluminando con una lámpara, el camino un niño que recorría. El marco era romboide y de color azul.

Una noche tuve una pesadilla tan terrible que todavía hoy de sólo evocarla me atemoriza: yo estaba siempre en el fondo de un pasillo y al pie de una escalera que debía subir para escapar no sé de qué cosa y nunca podía llegar arriba donde me esperaba la luz…después he leído que este es un sueño de tipo atávico que tenemos casi todos los seres humanos. El caso es que siendo niño me persiguió muchas noches y me arrojó a zonas donde el miedo es el Señor. Aquella noche me desperté aterrorizado y quedé sentado con la respiración entrecortada y el llanto al borde de la piel, entonces vi como el ángel se colocaba a los pies de la cama y con su lámpara iluminaba el cuarto, muy quedamente, y me miraba con una sonrisa y una calma inconmensurables. Y ya no sentí temor alguno.

Muchos años después traté de considerar la veracidad de esta experiencia a la luz de mis nuevas ideas de lo divino. Y ni aún así pude apartarme del hecho real de la presencia del angelito, sentado en mi cama reconfortándome y protegiéndome de las sombras. No lo dudo ahora: ese día en la noche, un angelito me mostró su rostro; lo que no entiendo es por qué es tan fácil olvidarlo y alejarse de su claridad para andar errabundo y confundido en este mundo hostil. Por supuesto, no pretendo con esto convencer a nadie. Me basta saberlo y querer compartirlo, es demasiado importante y hermoso como para guardárselo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario