Estaba desesperado. Pronto ya no habría tiempo. Tendría que esperar y no se hallaba dispuesto a soportarlo. A lo mejor sí estaba buscando a esa mujer. De repente, se le ocurrió pensar que todo aquello era una locura. Algo sin esperanzas. Miró su reloj. No estaba en su muñeca, aunque lo sentía en su piel. Recordó entonces que lo había dejado olvidado. Imposible saber dónde. El caso es que no podía recordar nada. El Centro era una pesadilla. A esa hora las calles hervían de gente. Mareas de pieles y olores instalándose en el aire. Intentó mirar unas cuadras más adelante. Hubo de empinarse y lanzar los ojos por encima de los cuerpos. No encontró nada. Al menos no lo que esperaba. Un continuo rumor cerca de sus oídos. Ahora se sentía más tranquilo. “Sólo un poco”, alcanzó a decirse en voz baja. Un hombre robusto chocó con él. Un cruce de disculpas insípidas. Observó al hombre con detenimiento. Era un tipo inmenso. Tenía una mirada cautivadora y la sonrisa era del todo su centro. Me animó el viejo. Si lo vieras. Aquello ya andaba en su mente desde hacía rato. Era casi instintivo. Lo cautivaron los ojos del hombre y su boca pequeña pero asombrosamente expresiva. No paraba de hablar. No hacía más que disculparse. “¡Qué pena, amigo, fue sin intención! Es que andaba distraído. Pero cómo, no le digo. Un problema, sí”. En la mirada llevaba desconsuelo. Un brillo tenue lo aseguraba. Él lo percibía y nunca, casi nunca, se equivocaba. Era como para salir corriendo. Recordó a la mujer. Creo que fue en ese momento cuando la recordé con más intensidad. Pronunció su nombre, lo suficientemente fuerte como para que varias personas lo miraran indagadoras. Curiosos sin vergüenza. Como un loco me verían y hasta habría quien se hubiese enternecido.
La luz de la calle perfilaba su sombra soltándola a lo largo de la acera largamente oscura. En sus labios el sabor de aquel nombre. El nombre de aquella mujer. Comprendió, tardíamente quizás, que al perderla se alejó la posibilidad de reconocerse. Llegó a una esquina y mientras aguardaba que el semáforo indicara seguir, pensó que estaba siendo injusto con los dos. Ambos sabíamos los límites. ¿Acaso no sabían que podría llegar el momento en que las circunstancias, incluido el desamor, los separase? Cierto. De pronto, cualquier día, se nos acababan las cosas. Hasta el amor. ¿Por qué entonces se aferraba a la idea de no perderla? De alguna manera no dejaba de ser la pretensión de poseerla. Esta sola imagen bastaba para desquiciarlo. Estaba tan minado que en medio de todo, dudaba. No soportaría echar bajo tierra ese tiempo. Aquella duda era un peligro porque venía a significar que a pesar de todo, se habían alojado en su alma sentimientos indeseables. Una mancha inmensa se extendió por su cuerpo y poco a poco, lo inundó todo. Los actos, los silencios, la vida misma.
Al pisar la otra calle creyó reconocer un sitio que frecuentaban. Pasé por Renzo’s, la pizzería. Allí solíamos ir. En ese momento advirtió que en realidad no la buscaba a ella. No era así como terminaría por entender. Además no la hallaría. Se dio cuenta porque al pasar frente al local no sintió nada. Ni siquiera ese frío, tan cercano a la agonía, que de cuando en cuando lo tocaba al pensar en el fin. No en el término de sus encuentros sino en el de su propio aliento. La muerte aparecida. Estaba en esas cuando tropecé con Clara. A dos pasos de allí se encontró con una mujer de cabellos rizados y risa bulliciosa. Era una amiga de ella. También suya. Ahora veía con mayor claridad que su distanciamiento venía de muy atrás. Antes de que ella se fuera, estoy casi seguro. De antes de la partida cuando aún era imprecisos los temores. La mujer era pequeña y sin embargo se movía con gran energía girando y girando sus manos en un diálogo más completo incluso que el que proponían sus propias palabras. Le preguntaba cientos de cosas. Él la miró aturdido. No lograba entender gesto o palabra alguna. Pese a que seguía el movimiento de sus labios abriéndose y cerrándose sin pausas. Ella no parecía notar su aturdimiento. Hablaba y hablaba. Se me ocurrió entonces algo. Algo ineludible. De pronto él la tomó los hombros y le dijo con inmensa ternura: “Mira, tengo que dejarte. Antes déjame decirte que te veo muy bien. Estás linda”. Ella sonrió estúpidamente. “Me voy, chao”. La mujer no alcanzó a decir nada. Ahora la perpleja era ella. Estaba muda, la loca de nuestra Clara. Solo sonrió de nuevo, estrechó la mano que él amable le tendía y giró su cuerpo para ver como se alejaba. Di la vuelta y la dejé en medio de la calle. Musitó algo, dolida, y arrancó a caminar en sentido contrario.
Caminaba rápido, tanto como podía. La gente a mi lado también se movía con prisa. Por fin presentía algo. En principio confusamente, como golpes lejanos pero vibrantes y luego con una certeza endemoniada. Ya no era preciso seguir. “No estaré mal”, le dijo alguna vez. Aquello me reconfortó, no me devolvió la calma pero sí me animó bastante. Enumeró en su mente los trabajos por hacer. Había desbandado medía mañana. Era necesario volver al norte. Debían estar esperándolo. Faltaban datos importantes sin los cuales era imposible continuar el proyecto. No podríamos iniciar la obra. Los pasos sonaban con fuerza en el pavimento. Unos goterones imprevistos empezaron a caer sobre su cabeza. Dejaría que la lluvia lo refrescase. Le sentaría bien. Recordó que nada se debían. Solo una suerte de certidumbre. No detenerse. Estaba seguro de que ella no lo haría. Ni siquiera un segundo. Levantó los ojos y contempló el resplandor de las lámparas de mercurio recortándose contra el cielo violáceo. Él tampoco pararía. Ni siquiera al encontrarla, si es que de eso se trataba. Aunque sabía bien que no. Era sólo un reflejo lento de su orgullo,
Llegué a la cuevita. La puerta estaba abierta. Entró inclinándose para no golpearse. La casa estaba por debajo del nivel de la acera. Una vez adentro, al calor de los abrazos y los estrechones de manos, pudo verla silenciosa en un rincón. La mirada lúcida y cálida. Había mucho trabajo por delante. Alguien le preguntó algo. Dudó un instante y miró otra vez hacia el rincón. No vio nada. Volvió la cabeza y respondió. Una sonrisa diminuta, aunque atrevidamente burlona, como de picardías recordadas, surcó su cara. Recuerdo, ya te digo, con una sonrisa. Ella ya extraña.
Tiene algo de biografía universal y particular luis. Me gustó mucho la primera y tercera persona, todavía no lo capto bien, pero lo leeré de nuevo para ver el truco. Je. Lo otro es el final, tras tanta angustia por parte mía, el final llega como un viento fresco, tranquilo. Un gran Abrazo Luis.
ResponderBorrarTavo, este comentario me desarmó por completo. Es una sensación indescriptible. Gracias por apreciarlo.
ResponderBorrarUn abrazo también para ti.
Seguimos leyéndonos así, esperando leernos asá (ya sabemos qué es eso).