Hay imágenes vividas en el cine
que no se desvanecen con
el paso del viento.
1.
El hombre camina bajo el sol de California,
hacia el borde de la acera, su rostro mira con atención
la nadería de los asuntos pendientes y perdidos,
da un paso adelante buscando el aire.
Una sacudida inasible empuja su cuerpo
de regreso a la orilla, la gratitud ante el extraño
la sonrisa en los ojos y la mano tocando la otra mano
que sobre el hombro contiene el movimiento.
Todo en un vapor de segundo previo al vapuleo
mortífero del autobus cruzando la calle
frente al hombre que caminaba hacia el vacío,
ahora da dos pasos atrás, media vuelta y parte a nacer.
Grand Canyon, Lawrence KASDAN
2.
Ese perfil derecho con el aire al frente,
los dedos infinitos desenhebrando el pelo apretado
bajo el extraño tocado angelino,
los rizos de castaño cayendo a cada lado del rostro,
las manos dando forma al óvalo precioso,
la luz lateral viola las persianas y asiste ensimismada.
Y aquel otro perfil izquierdo entrando a cuadro
por derecha hasta paralelarse al primero,
la voz susurrando una afirmación del sueño,
los dedos largos sobre el teclado murmurando
la misma tonada aprendida en un pasado ajeno.
El pómulo viajero saluda al estacionario,
se funden en la delicia del contacto,
un toque suave y profundo y ahora
la furia del beso apenas encendido,
la cabellera huyendo en un salto atrás.
Blade Runner, Ridley SCOTT
3.
Antoine Doinel escapa traspasando la bruma,
desciende volátil y ansioso, la rabia del vuelo
en las piernas devorando el sendero,
cae y rebrota sin detenerse.
El bosque de techos corre y palidece sin alcanzarlo,
y al fondo la playa lo aguarda con ese aire salino,
la marea besadora de sol brumoso y tardío.
Antoine salta con los brazos alargados,
gira y sonríe, la libertad divaga en su piel
dispuesta a respirar su hombría amanecida,
en el vapor húmedo de la vespertina marina.
Y François congela el momento en ese perdurable
rostro granulado que mira hacia adelante,
la propia infancia sublimada en el acetato
la victoria de la ilusión sobre la frialdad de los hechos.
Los 400 Golpes, François TRUFFAUT
4.
Él espera en la puerta que da al pasillo vacío del hotel.
La noche escurrida humedece su ansiedad.
Al fondo, la luz fustiga el silencio, nadie llega.
De vuelta al interior, el espejo panorámico
repite su impaciencia mientras las paredes verdean
al contacto de luz que por la ventana centellea
bajo las ondulaciones del neón.
Una vez más el pasillo, una vez más el hombre,
y por primera vez, la mujer aparece con su traje gris
y su cabeza de fuego, se cruzan en el vano,
ella entra y después él.
¿Por qué no está recogido?, indaga mirando la suelta cabellera.
No es posible, luzco mejor así, no te parece?, propone.
La desazón arrastrándolo a ese desespero en los ojos,
la angustia en los brazos impotentes.
Ella sonríe, cediendo, resignada, doblegándose camina
y se sumerje en el cuarto de baño.
Él espera entretanto la luz del aviso del hotel titila
en tortuosa cadencia monocorde,
la puerta musita su misterio, lenta ella sale
vestida de verde y coronada de rubio,
y solo entonces, algo cambia y ella ya no es
la que era, ahora es la que fue.
Madeleine saluda a Scottie.
Él la toma en sus brazos y la atrae hacia sí
y la besa y ella lo besa, se mojan en el placer de los labios.
La voz del deseo trepida y gira a su alrededor,
y de nuevo, es la caballeriza en otro tiempo de besos,
y otra vez, es el cuarto de hotel en este tiempo de pasión,
ese vértigo feroz y letal.
Vértigo, Alfred HITCHCOCK
5.
Sentada ella habla con su Dios,
de sí misma como si fuese otra,
le presta su voz de tierra removida,
plantea el dilema y su salida
y aquella la increpa, aturde su conciencia,
escuece su dolor, esa carnosidad de imposibles,
partidas y retornos del conflicto; él no está.
Sentada ella habla con su Dios,
con trozos de resolución,
intenta contrarrestar la duda,
desterrarla de su corazón y
conoce sus límites mas no por ello se limita,
bien entonces explora y propone,
y ahora es su voz delgada y tímida,
directa sin asomos de pausas.
Sentada ella habla con su Dios,
dará todo de sí, su dignidad si es preciso,
no se guardará ni un mal pensamiento,
hará latir su corazón con el suyo y
ya no respirará sin su aire,
así él vivirá, sintiendo sus pasiones
y tocando el frío de su desespero,
y aún así, vivirá.
Sentada ella habla con su Dios,
poco hace que la otra vozarrona
discrepe y entone desarmonías,
ella sonríe y llora, su decisión
es una alegría ingenua empinándose
en el borde de la ilusión.
Contra viento y marea, Lars VON TRIER
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