domingo, noviembre 27, 2011

DEVORALICIA [Fragmento], de Cuentos No Velados

Han pasado dos semanas desde ese miércoles lluvioso en que tocó a la puerta y él le abrió con una sonrisa y una mano extendida y le dio la bienvenida llamándola Flora. Así la llama sin importarle apropiarse de su nombre hasta el punto de transformarlo, ni que a ella sólo le guste que le digan Ángela. En sus labios el nombre renovado cobra otro aroma que, ella termina por reconocer, le encanta. Cierto que todo ha marchado sin tropiezos, bueno aparte del que tuvieron luego que el agente Sáchica, ese mismo que en las noticias apareciera como uno de los héroes de aquella noche, llegara a hacerle una visita de agradecimiento sin previo aviso. “Una de las piezas claves en la investigación, sin su ayuda no sé dónde estaríamos”, según le oyó decir en la radio al director de Inteligencia Nacional. Santiago no quiso recibirlo. Ángela presionada por las animadas y contagiosas palabras del agente, le insistió. Santiago la miró a la cara, ella se sintió incómoda aún sabiendo que no la podía ver. “Bueno, si tanto le importa, déjelo pasar y por ahí mismo aprovecha y se va usted, Ángela”. Ya cuando llamó un tal Miguel Benavides, oficial paramédico, lo despidió sin siquiera comentárselo, eso sí agradeciendo su gesto y asegurándole que le diría a Santiago para que le devolviese la llamada. A veces en las noches de regreso a su casa, piensa en todo aquello. Aún recuerda con espanto esa terrible noche, ella estaba en la casa de su madre y no pudo regresar a la suya porque la angustia y el miedo no la dejaron irse. Luego a veces en medio de una conversación le pregunta a alguien dónde estaba a esa hora y siempre le responden de inmediato. Los noticieros decían y siguen diciendo que es el peor ataque terrorista en el país. La cifra de muertos relampaguea en su mente al recordarla. Un escalofrío la despoja de toda calma posible. Hay algo que golpea sin pausas su mente y que cada tanto, al recordarlo, la mortifica. El día que escogieron para despertar a la muerte. Por eso cada que alguien trata de acercarse a Santiago, Ángela reacciona con celeridad y discreción para evitarle disgustos. Comprende que él desea olvidar mientras el país entero sólo busca pretextos para recordar una y otra vez el horror. Y de alguna manera extraña ella se siente más calmada cerca de este hombre, sobreviviente en medio del fuego y el humo, que en cualquier otro lugar y circunstancia. Ahora se dedica no sólo a estar pendiente de su medicación y de cambiarle la sonda, sino que por iniciativa propia arregla un poco la casa. Al comienzo cuando la escuchó moviendo de un lado a otro las cosas, Santiago se enfadó pero ella lo retó diciéndole que si le molestaba mejor se iba porque no estaba dispuesta a que la casa se cayera de mugre y sabía que él no permitiría que otra persona se metiera en su casa. Con ella bastaba. Aquella vez sintió un ardor helado por toda la espalda mientras lo confrontaba de pie y él se apoyaba en el tubo de la sonda. Por un instante, lento y tortuoso, el silencio se instaló en medio. Luego él sonrió, con esa misma alegría que expresara al abrirle la puerta y entregarle la toalla para que se secara la sombra de lluvia que cargaba consigo aquel miércoles. “Sólo no me sacuda a mí, de acuerdo?”, dijo al fin dándole la espalda y regresando al estudio.

Construir sobre las delicadas piernas cálidas y completas, una ciudad de caricias con sus callecitas de dedo en dedo, y más allá, un suburbio de labio a labio. Y en los confines de los tobillos una tierra extraña. Un accidente entre dos colinas. El pie preciso aferrado a la pantorrilla. El vapor del café empaña el aire. Escondido en cuál bolsillo, el pañuelo con las iniciales bordadas en la esquina superior izquierda. Una izquierda soberbia. Un globo de poros elevándose contra el aire. Y a su lado, otro igualmente bello. Gemelos imprescindibles en cambio de género. Compañeras cimbreantes. Las nalgas de un lado a otro de la cocina. Incansables a ritmo de salsita dura se esparcen por toda la casa. Las palmas de las manos descubriendo la altura, esa otra dimensión. “La séptima parte de tí. Cómo brillas al final de la espalda, al borde del mundo”.

Mientras camina alejándose del rumor envolvente de las operaciones de rescate, Sáchica alcanza a pensar en lo que le acaba de suceder. Echa un fugaz vistazo a la escena y siente que aun no termina su labor. Un vacío en su vientre le grita que todo está por comenzar. En ese instante ve que se aproximan a una de las ambulancias que curiosamente permanece estacionada en el carril occidente - oriente de la 127. Está pensando en esa circunstancia cuando observa a un hombre sentado en la escalerilla trasera, cubierto con una frazada y que no deja de mirar hacia el Bulevar.

“Este es el agente Sáchica, Santiago”, dice Benavides apretando el brazo al agente para que se acerque. “Gracias, Miguel”, replica Santiago y extiende la mano. Sáchica mira a uno y a otro, desconcertado, Benavides le indica que no se preocupe. El agente toma la mano que le tienden y siente repentinamente una calma sofocante. Nervioso se desprende. “Mucho gusto, agente, puedo llamarlo Denilson?” “El agente no puede oirlo, parece que perdió los oídos con la explosión pero como no se ha dejado revisar no sabemos qué tipo de daño tiene, pero acá está su… – sonríe al ver el rostro rejuvenecido de Múnera – …intérprete”. “Eso quiere decir que estamos emparejados, él sordo y yo ciego… – y percibiendo la expresión sorprendida del oficial – no se preocupe, Miguel, lo del agente es temporal y lo mío, lo mío ya no importa”. El oficial Benavides mira a su novato que sentado junto a Santiago parece un hijo cuidando al padre desvalido y recién encontrado. El rostro de Gutiérrez dice que él tampoco entiende mayor cosa. No puede dejar de mirar a este hombre que parece haber olvidado que está solo y que ha escapado a la muerte de la manera menos posible. Miguel Benavides está aterrado, bajo su aparente calma y autocontrol, un malestar creciente lo cerca haciéndole temer y admirar al hombre que sin moverse, con la mirada fija en el desastre, se dispone a hablar. “Daniel, ese es su nombre, verdad?”. Múnera parpadea intermitentemente. “Sí”, responde asustado, mira a Sáchica quien no puede ayudarlo, luego al oficial pero entiende con solo verlo que él tampoco podrá ayudarlo. “¿Cómo sabe mi nombre?” “Eso no importa – dice seguro Santiago –, y no se preocupe que estos hombres saben que ustedes son unos héroes…” Múnera medio compone una sonrisa y se mete las manos en los bolsillos tratando de calmarse. “Necesito que me haga el favor y le escriba a Denilson todo lo que le voy a decir, me entiende?”. El inseparable compañero emite un gruñido de asentimiento. “Escriba que él conoce a uno de los tipos que hizo esto”.

Un “qué” sale del estudio, atraviesa el corredor, cruza una puerta, gira a la derecha, pasa junto a la mesa del comedor, gira de nuevo la derecha, se enfrenta a ella, sube por su cuerpo, inundándolo, apretándolo, deteniéndose con curiosidad entre los pechos, esa ricura de tibia carne coronada, de suavidad en tintura de piel porosa, paravoz del corazón en su incesante tañer, delicia envolvente y saboreable como fruta que se descubre tras el mordisco.

La delicada mano estrecha la suya. Cada falange, cada línea, cada poro se alinean con su palma. Indivisibles. Inseparables. Inescrutables. El calor suave y reconfortante abriga sus pensamientos. La mira desde siempre. Se detiene en sus ojos marrones. Despejen. El brillo dulce lo acoge y le susurra miles de sueños, canciones, recetas, sentencias, recuerdos. Asístole. Acaricia sus cabellos diminutos que se mecen entre sus dedos. La línea delgada y promisoria de sus labios casi infantiles. Despejen. La boca se abre y brotan los deseos contenidos y tramados noche tras noche. Asístole. Y tras su delgada figura emerge la siluetita divina de la pequeña con sus mismos ojos, el cabello más encrespado, como el suyo, y las manos de dedos largos de pianista que se presagia. Despejen. El dolor trepidante acera su piel. Asístole. El aire enrarecido le recuerda su soledad. Los ojos perforan el límite inalcanzable del cielo pegado a sus narices. Entonces mira fijamente al hombre que encima suyo sostiene las paletas de resucitación y que en actitud de espera custodia su presencia en el mundo. “No lo voy a perder, no hoy, hoy no, no, este salió de ahí no sé cómo, pero no puede volver, no va a volver, no lo voy a permitir, no”. Santiago observa sus labios apretados, con la tensión contenida, no los ve moverse pero entiende lo que pasa por su mente. No sólo lo entiende. Lo sabe perfectamente. “Despejen”. Extiende el brazo y sin más esfuerzo, toma una de sus manos y le indica que retire las paletas. El hombre, aturdido, no entiende el gesto y mirando a un lado grita de nuevo, “despejen”, y se dispone a aplicar otra carga. “No hace falta, está bien”. “¿Qué dice Gutiérrez?” ¿Yo? Nada, yo no he dicho nada… fue él”. El índice tembloro de Aníbal Gutiérrez, novato de la Unidad 65 de Emermédicas Cruz Verde, señala a Santiago quien con una sonrisa breve susurra, “Gracias, Miguel”. Y se sienta. Los paramédicos permanecen en silencio. Todos miran con espanto y asombro al hombre. Santiago alza el brazo y señala hacia la derecha. Los rostros se vuelven hacia allí. Los bomberos y otras unidades de paramédicos evacúan más heridos. Miguel Benavides, el jefe de la unidad, mira a Santiago y comprende su mirada distante y clara. “Gutiérrez, Torres, muévanse, necesitamos traer esa gente acá… y usted, quédese aquí, tengo que hacerle unas preguntas, de acuerdo?”, pero Santiago ya no lo está viendo aunque sus ojos apuntan a su rostro. En realidad, hace sólo unos segundos, Santiago ha dejado de ver. Una negra e impenetrable oscuridad cubre ahora sus ojos velándolos para siempre. Sin embargo, una lucidez implacable susurra en su mente la inocuidad de decir algo respecto a este nuevo y definitivo evento. La invidencia se le impone con crudeza a la vez que con calma pasmosa.

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1 comentario:

  1. Vaya Luis, en realidad no sé si este es un fragmento de Devoralicia o es el cuento completo. En todo caso lo sentí listo, sin que faltara otra cosa. Por ignorancia no sé si la situación del relato es algo muy delimitado, con su día, fecha, ciudad y hora, pero en Colombia, triste decirle, uno lo siente real. Me gustó un buen esta parte "Construir sobre las delicadas piernas cálidas y completas, una ciudad de caricias con sus callecitas de dedo en dedo, y más allá, un suburbio de labio a labio" la tomaré prestada para alguna velada interesante, jeje. por lo pronto, el sentimiento de Santiago, para mi, es de resignación; es por ello que no busca recordar, porque le pareciera insoportable revivir algo que ya pasó.

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