Esta reseña de final de año está dedicada de manera muy especial a todos mis alumnos de audiovisuales, empezando por los actuales de la Escuela de Artes Visuales de la UTP, como a todos los que tuve oportunidad de conocer en todos estos años de fructíferas mirandas. Y claro, a los que vienen en camino. A todos, gracias.
Con amor, LHM, SVG y LSB.
A la memoria del Afranio, el guía, el hermano.
ADVERTENCIA: Esta reseña puede contener ‘claves de trama’ (espóileres) lo cual puede resultar incómodo para los lectores que no hayan visto la película.
Una llama arde sola. Es el fuego del espíritu. Y una voz (muchas en realidad) susurra las preguntas definitivas. Al igual que en otros momentos del cine, un elemento metafórico –alegórico si se quiere-, sirve como punto de enlace en la trama compleja que despliega un autor audiovisual. En este caso se trata de Terrence Malick, quien viene a sumarse a figuras como David W. Griffith con su tetralogía incomprendida en Intolerancia, 1916 (la cuna que se mece); Ingmar Bergman con su lenguaje críptico en El Séptimo Sello, 1957 (la solitaria muerte andante); Andrei Tarkovski con su locura desgarrada e iconoclasta en Andrei Rublev, 1966 (los largos fundidos a negro) y Stanley Kubrick con su insuperable fresco espiritual en 2001: Una odisea en el espacio, 1968 (el ojo rojo de HAL 9000). ¿Qué es lo que hermana estas obras maestras con la ganadora de la Palma de Oro del ya a punto de partir 2011, The tree of life (El árbol de la vida)?
Todas son obras cinematográficas que han conseguido narrar en fotografía y sonido el alma del ser humano. Sin duda habrá algunas más, esa tarea se la dejamos a nuestros amigos cinéfilos de punta. Para el caso, RAYOAZUL cita estas como referencia para posibles mirandas explorativas. Y como puente de diálogo en la reseña que emprende.
Pocas veces se tiene la oportunidad de vivir experiencias cinematográficas que logren trascender los límites naturales de la narración, y se instalen poderosamente, en un nivel de diálogo metafísico que se extiende en el tiempo y el espacio constituyendo la perdurabilidad de una obra fílmica. Esto sucede con El árbol de la vida, al punto que no es una película que se pueda comprender al primer contacto. Hay que verla varias veces. Además, es tan exquisita que repetirla es parte de su dispositivo. La complejidad dramática es abrumadora y cualquier intento por cifrarla se quedará en eso, un intento. Esto no quiere decir que no se pueda hablar con carácter exhaustivo del relato propuesto por Malick, pero sí que al primer intento se le sumarán necesariamente otros más. Acá entonces un primer avance provocador.
Y con el sentido didáctico que se maneja en las reseñas de RAYOAZUL, empezaré por desglosar lo que a primera vista parece confundir a muchas personas, sin incurrir por supuesto en revelar demasiadas claves de trama (espóileres). ¿Qué es lo que cuenta Malick?
Cuenta muchas cosas pero en un sentido básico de narración cuenta la nostalgia que siente un hombre de mediana edad al recordar, durante un aniversario más de su muerte, a su hermano caído en Vietnam (sutiles indicios así lo permiten deducir) cuando tenía 19 años. Sin embargo, este recuerdo no está anclado al evento preciso de la muerte sino al de una infancia vivida, cuando estos dos chicos eran los hermanos de otro y los hijos de unos padres bastante bien caracterizados para lo que Malick realmente narra: la vida y su sentido. La familia O’Brien. Este relato particular no se nos narra desde el hermano mayor (Jack O’Brien, Sean Penn), este es apenas un vinculante emocional, en realidad es un mega-narrador (Malick) quien sumergido en el pasado hace un retrato bastante cotidiano y naturalista de la vida de los O'Brien a finales de los 50 e inicio de los 60. La propia infancia del cineasta.
El problema surge cuando este mega-narrador decide no quedarse en la superficie densa de su cotidiano relato –que no por familiar resulta fácilmente digerible-, sino que da saltos espacio-temporales para narrar grandes eventos de la humanidad, de la historia del planeta azul que es nuestro hogar, del misterio de la vida. Y son estos saltos cuánticos, que van rompiendo el discurso naturalista de la arquitrama, los que van instalando en la narración los elementos de una antitrama bien y cuidadosamente orquestada. Esto quiere decir que dos fuentes narrativas conviven en el relato, sin que sea posible disociarlas. Y ahí aparece la llama susurrante, esa llama que arde sola, uniendo los trozos de tiempo y espacio. Porque solos venimos y solos nos vamos. Aunque quizá haya lugar a un encuentro en el más allá.
En esa clave de dispositivos aparece el sonido como dimensión exacta de la conciencia. En un plano individual, escuchamos las voces de estos personajes, haciéndose las preguntas que todos nos hacemos cuando pensamos en la sustancialidad de la existencia que poseemos. Esa extraña compañera de todos los días y noches. Las voces van de un extremo al otro del panorama cognoscitivo y reflexivo. Y las pautas le son dadas al espectador desde el comienzo. Malick no juega a enredar a nadie. Muy pronto establece su propuesta y es el espectador el que decide si se mueve en su dispositivo hasta el final. En esto vale mencionar que algunos críticos han señalado el uso de la voice over (el pensamiento interrogativo y enunciativo de los personajes) como un efecto desgastante para la atención del espectador. Nada más erróneo. Si algo tiene la película de Malick, en medio de todas las cosas que dispone, es un agudo y preciso sentido del valor del sonido tanto el directo, como el off y sobre todo, el incidental. La banda sonora está acoplada de manera misteriosa a las imágenes. Es uno de esos casos únicos en que al mirar lo filmado, uno intuye que el sonido está ahí desde siempre. Hay un valor ontológico, surgido a mi parecer por la magia propia del cine, que deviene del tratamiento purista de la narración. Lo mismo sucede con esa voz interior que poco a poco, se convierte en la voz introspectiva del espectador.
La música compuesta para la película es una vez más muestra innegable de la versatilidad y prolífico sentido estético del compositor francés, Alexandre Desplat, quien ha recibido cuatro nominaciones de la Academia y que tiene entre sus partituras las de El curioso caso de Benjamin Button, David Fincher, 2008; la maravillosa y dura Un profeta, Jacques Audiard, 2009; la íntima El discurso del rey, Tom Hooper, 2010; y la participación en la doble presentación de cierre de la saga más taquillera del cine, Harry Potter y las Reliquias de la muerte, David Yates, 2010-11, en la que nos regaló esa pequeña joya llamada Ovibliate. Acá en El árbol de la vida sacude todos los paradigmas de los lugares comunes de la música de atmósfera, para conseguir una que sea capaz de evocar al tiempo que narra. Es algo muy difícil de conseguir y se precisa una muy fuerte comunión con el guion y con el director que en este caso son la misma persona: Terrence Malick. La banda sonora logra acunarse delicada y lúcidamente en el tempo de la imagen contribuyendo a que cada secuencia tenga una fuerza íntima desgarradora y consistente.
Hay ejemplos de bandas sonoras que trascienden el ámbito de sus imágenes y se hacen su propio camino, para citar solo dos: la compuesta por Michael Nyman para El piano, Jane Campion, 1993, y la de Philip Glass para Las horas, Stephen Daldry, 2001. Sin duda la compuesta por Desplat para El árbol de la vida hará su ruta.
Siguiendo con el dispositivo sonoro hay otro punto importante. Malick renuncia de manera lúcida y conmovedora al uso retórico del diálogo. Los personajes hablan entre sí y cuando lo hacen, es para decir cosas definitivas, imborrables, arrasadoras. Palabras que todos, en algún momento de nuestras vidas hemos pronunciado (o al menos pensado, sin atrevernos a decirlas), para luego afirmarnos o lamentar haberlas dicho. Al dejar el diálogo en un nivel tan preciso, Malick puede hacer lo que todo cineasta sueña hacer con dominio y soltura: narrar sólo con las imágenes y el sonido. El árbol de la vida está repleto, como florecido dador de frutos, de múltiples momentos auténticamente cinematográficos. Narrando desde un lugar donde sólo el cine puede estar.
Hay una majestuosidad en la imagen desprovista de adornos y efectismo. La fotografía lograda por la lente de Emmanuel Lubezki es deliberadamente naturalista, coincidiendo con la mirada espiritual que el mega-narrador desea preservar y compartir con el espectador, buscando que éste se haga uno con la imagen en una fabulosa sinergia de genuina expectancia. Es posible estar allí, todo el tiempo, en todo espacio. Ir desde los recodos de la casa O’Brien hasta los meandros siderales del cosmos. Todo a la vez, sin dificultad, como asistiendo a un juego de sombras que se desplazan en la iluminada pantalla de la mente del espectador. De ahí la necesidad de verla de nuevo, porque además del cuestionamiento que hace, El árbol de la vida, desea ser disfrutado.
El director de fotografía mexicano nos ofrece un panorama icónico de una resolución conceptual y narrativa abrasadora. Lubezki tiene en su haber grandes películas como Los hijos del hombre, 2006, de su coterráneo, Alfonso Cuarón; la gótica y aberrante, Sleepy Hollow, 1999 del genio loco de Tim Burton, y con el poco bien valorado narrador, Michael Mann hizo Alí, 2001. La fotografía de El árbol de la vida tiene ese toque dominante del buen encuadre, la limpieza de la luz y la dinámica de la cámara que se mueve lo justo y que mira desde el mejor lugar posible: el único. Esta verdad anómala solo la conocen los grandes directores de fotografía, la convicción fruto de comprender bien lo que se está narrando que los lleva a poner la cámara en el lugar preciso. En la película de Malick asistimos casi a cada parpadeo a singularidades en la puesta en escena que resplandecen no sólo por la habilidad de los actores sino por la coreografía visual que ha diseñado Lubezki.
Ya en un nivel más profundo, allá donde realmente quiere moverse el mega-narrador, la película es una declaración de principios de indudable radicalidad. Y también, y esto sí que es bien interesante, una declaración que además de radical es tolerante. Es claro que si algo se propone Malick es hablar de la verdad desde su diversidad. No hay una sola manera de estar en el mundo. Hay al menos dos opciones según Malick. Cada quien escoge y en su decisión asume su vida y las consecuencias que de ello se derivan.
Hay dos caminos, dos posibles sentidos, el de la naturaleza y el de la gracia. Somos lo que la naturaleza nos empuja a ser. Somos lo que la gracia (aquí lector, estampe el nombre de su deidad amada o de su convicción personal de la gracia) nos deja ser. El concepto de lo divino y lo no divino. De lo destinal, de lo escogido. A todo azar le corresponde su causa. O a toda causa le precede una casualidad. Una manera revolucionaria de ver la vida, a despecho de los críticos que censuran la mirada católica que pueda tener Malick. ¿Por qué es esto posible? Porque la historia de los O’Brien no es diferente de las de miles de familias en el mundo. Poco importa que se trate de una familia en pleno centro de Texas a finales de los 50. El discurso de las preguntas existenciales va más allá de un tópico cultural y contextual. No por nada en 2011 hablamos de un relato anclado en la mitad del siglo 20. Y es que los O’Brien, padre y madre, son la tesis y antítesis de toda mirada existencial. Ella es la personificación de la gracia absoluta más no sumisa ni callada. Él es la personificación de la naturaleza total en su vastedad aplastante pero que también es capaz de reconocerse, débil y equivocada. Es inevitable que cada quien se reconozca allí, que vea algún rasgo de su madre o de su padre, o de sí mismo en la fugacidad de la infancia, en la intemperancia de los modos de ser, en la obsesión por tener la razón, en la terca manera de herir al otro, en el misterio de dar sin esperar nada a cambio. El torbellino calmo y veloz de la vida a diario. El amor respirando.
Y en este punto, la presencia de Jack adulto, es definitoria del triángulo reflexivo que intenta Malick establecer. Está la familia, está el Universo, está Jack, solo en la ciudad de metal y rascacielos. La estrategia atrevida va llevando al mega-narrador a un punto en el que debe ir atando los miles de minúsculos cabos que ha ido tendiendo por encima de la cabeza del espectador. ¡Y de qué manera lo consigue!
El desenlace es una mera formalidad temporal. La película debe acabar. Sin embargo, es claro que Malick no tiene intención alguna de que la historia, su Historia, acabe allí. Por eso recurre a un expediente bastante denso y de difícil lectura; si el espectador no se ha metido en la mecánica narrativa del filme tiene chance de volver a subirse a esta lenta montaña rusa e intentarlo de nuevo. Al final, todo va a la mente. Un desierto. Una playa. Los sonidos que durante todo lo precedente han ido tejiendo la urdimbre del relato: la campana, el mar, el viento, el rasgueo de una guitarra o el pulso de unas teclas de órgano… todo se condensa en un cierre abismal. Allí donde la muerte y la vida se reencuentran y se contemplan una a la otra, y se sonríen sin ironía ni reproches.
Hay muchos momentos sublimes en El árbol de la vida, muchas claves de sentido que arman y construyen el relato, sin embargo tomé una decisión al asumir esta reseña: no quiero revelar demasiado. Cada espectador debe estar en la libertad plena de vivir bajo la cálida y protectora sombra de este frondoso árbol y hacer su colección personal de momentos. Por mi parte, no me resisto de todos modos a dejar de citar uno de los míos: el porche de los O’Brien, la madre sentada en el piso y un gato se sube a sus piernas. La gracia es visitada y honrada.
Esto nos deja justo en el plano final: las actuaciones. Sin embargo, habiendo mucho qué decir, no diré mayor cosa. Es indudable que la presencia escénica de Brad Pitt (quien además es uno de los productores de la cinta) es abrumadora. Su perfil del Sr. O’Brien, de quien nunca conocemos su nombre, es ajustado y meticuloso. No se ve venir. En cuanto a Jessica Chastain (la Sra. O’Brien) deslumbra con su silencio y la capacidad de encarnar las emociones en el lenguaje hermoso de su cuerpo. Sean Penn (Jack O’Brien) hace lo necesario en un rol de muy poca dinámica escénica. Todo el peso descansa en su mirada y en el discreto dolor que lo acompaña. Y sí quisiera detenerme un instante en el joven, Hunter McCracken (Jack O’Brien joven). Siempre hemos comentado entre cinéfilos de cierta especie, nuestra fascinación por la escuela de actores jóvenes del cine norteamericano. Y hemos asistido a interpretaciones descrestantes como la de Tatum O’Neal en Luna de papel, Peter Bodgabovich, 1973; o la brutal de Anna Paquin una vez más la cito, El piano de la neozelandesa, Jane Campion y que le valió el Oscar. Y no olvidemos al talentoso, Haley Joel Osment en El sexto sentido. El joven McCracken hace el retrato de Jack O’Brien, un chico atormentado por su sentido de amor al padre y la realidad conflictiva de relacionarse con su padre, y la proyección de sus miedos y furias en su hermano menor, con una suficiencia actoral que solo merece respeto y admiración.
Es posible que alguien piense que hay una exagerada valoración del filme de Malick. No discutiré eso. Considero que cada espectador vive el cine desde sus experiencias y conocimientos personales, así que cabe fácilmente el disenso respecto a las cualidades y defectos de una película determinada. Sin embargo, en este caso particular estamos frente a un momento que pocas veces se da. Y vale la pena analizarlo… y más que eso: contemplarlo. Quizá la película adolezca de fallas, de inconsistencias… o quizá sea rematadamente aburrida para algunos espectadores.
A ellos y a todos los demás, los invito a deponer el criticismo enardecido por un momento, y a dejarse llevar por la fuerza incontenible de un relato que asume de manera auténtica y completa, la verdad del cine en su más pura manifestación técnica, estética y narrativa.
Para quienes amamos el cine, El árbol de la vida, más que una obra maestra es la prueba de que el arte sí puede hacer su propia senda en la historia de cada quien.
The tree of life (El árbol de la vida), 2011
Escrita y dirigida por Terrence Malick
Producción: Brad Pitt y Bill Pohlad
Dirección de fotografía: Emmanuel Lubezki
Música: Alexandre Desplat
Edición: Hank Corwin, Jay Rabinowitz, Daniel Rezende, Billy Weber y Mark Yoshikawa
Diseño de Producción: Jack Fisk
Reparto: Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain, Hunter McCracken, Laramie Eppler, Tye Sheridan.
Productora: Fox Searchlight Estados Unidos
Todas las imágenes son propiedad de Fox Searchlight y se usan sin fines comerciales.




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