En ciertas noches de luna en cuarto creciente es posible ver en la mesa
de Orión, en su centro donde las Tres titilan incansables, su raudo paso
en zigzagueante contoneo, aturdido y sin freno, va de destello en
ráfaga, tragándose el polvo estelar alimento de dioses olvidados.
Ahí entre las Cuatro esquinas, su silueta delgada y bruñida de azul
volátil se deja oler apenas por miradores atentos.
El Viajero Galáctico, silencioso y precavido, no suele dejarse notar.
Es preciso tener alguna noción de su derrotero, como esa ruta orionana
que de cuando en cuando sigue. Mas no siempre repite.
Quizá anoche fuese la última vez que lo hiciese. O tal vez lo sea esta.
Para el caso, poco importa, un observador persistente sin duda
descubrirá su próximo punto de cruce.
Esa es una de sus debilidades, cruzar. Dicen quienes lo han estado
contemplando desde milenios atrás cuando se supo de su
tenaz periplo, que el cruzamiento de sus rutas obedece,
inflexible, al cariz de la misión asumida. La búsqueda del jazmín púrpura.
La antigua leyenda de esa flor de aroma asfixiante
relata que en ella se esconde, dormido en un inacabado sueño,
el secreto del amor completo.
"¡Tonterías!" Esa es la declaración más aguda que la humanidad ha hecho
siempre, cuando, cada siglo y tercio, regresa la sombra del trotador de lunas,
y pueblos enteros se dividen en miles de pueblos, inciertos y convencidos.
Cada quien a su modo cultiva su esperanza. Y los ojos se asoman al cielo
estrellado, esperando recortar la figura alada del Viajero Galáctico, para
saber si da culmen a su trasiego y si como dicen que lo prometió,
bajará a las tierras de nadie a entregar a una doncella cuyo nombre
sólo él conoce, el jazmín púrpura.
Otros desmienten tales versiones, señalando la fragilidad de su planteamiento, aducen sin prisas, que el Viajero Galáctico busca la flor de amor porque se siente oscuramente solo luego de intentar, en múltiples planetas, planetoides, asteriodes –incluso lunas-,
hallar a su amada. Esa idea de entregar la bella petalácea no son más que
quimeras. Cuando la encuentre la querrá para sí. Los astros le entregaron
la misión con la promesa de que al cumplirla, darían a luz a
la amada perfecta.
Miles han sido los años-luz de viajes por todas las galaxias,
descubriendo recodos de fuego estelar, traspasando agujeros negros,
rompiendo con su paso veloz los gusanos del tiempo, estacionando
en tierras de veladas atmósferas. Y nada ha encontrado.
La fuerza del destino o el azar del porvenir, se ríen cómplices.
Conocen bien su dolor y por ello lo aman. Aunque no siempre ha sido así.
En algunos momentos se han enfadado con él por su terca
costumbre de distraerse.
Llevado a audiencias, el Viajero Galáctico siempre ha sostenido,
con vehemente y tierna convicción, que sus distracciones son fruto
del asombro. “Hay tanto por ver, oler, saborear, tocar, escuchar… ¿cómo no detenerse una década o un milisegundo? El tiempo no es más que una palabra. Es la estancia lo que hace la experiencia del conocimiento.
Y quiero conocer.”
“¿Y tú amada, no la buscarás más, entonces?”, le preguntan los astros.
“La llevo en mí, así que cuando la vea, sus ojos sólo me verán a mí así que no temo”.
Los astros discuten entre sí sobre la conveniencia o no de darle
el jazmín púrpura sabedores de que este esconde la silueta única
de la amada completa. Tras largas deliberaciones, no siempre calmas, acuerdan otorgarle la misión… sin pista ni mapas algunos.
Dicen que al escuchar el veredicto, el Viajero Galáctico sonrió, sus ojos brillaron, su cuerpo tembló de resolución y su voz se escuchó firme y cantarina:
“Iré de luz en sombra, de oscuridad en fulgor,
de vacío en tormenta de polvo estelar, iré tras ella,
su aroma dulce y profundo no me dejará perderla”.
Recuerda entonces lector, búscalo en las noches de cuarto creciente, jamás en las de luna menguante –se sabe que la medianidad no le agrada-, y mucho menos en las de luna llena porque es en su brillo total y precioso cuando duerme.
Podrás reconocerlo si tu corazón salta.



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