Y aunque pareciera que el debate ya se hubiese agotado en
relación con la serie, nuevos elementos
han surgido recientemente en la pantalla que reavivan la reflexión. De un
lado la aparición en Medellín de un álbum de láminas para coleccionar que sin
saberse de donde salió, convierte en material de diversión toda la imaginería
alrededor de Escobar y su leyenda que bien se sabe en la capital de Antioquia
no parece terminar. Y del otro, la realización y presentación del documental
“Los tiempos de Escobar: lecciones de una época” del realizador Alessandro
Angulo y producido por Caracol. Situaciones de este tipo provocan inquietudes
nada eludibles.
La imagen de los niños paisas buscando la lámina del patrón
para llenar de primeros sus álbumes, no deja de ser perturbadora en tanto se
desdibujan los efectos de las acciones del infausto narcotraficante en la vida del
país. Eso sin indagar las motivaciones reales que subyacen detrás del mercadeo
de este tipo de productos. No es un misterio que la tumba de Pablo Escobar es
un santuario de devoción en Medellín, ciudad donde el capo vivió y realizó no
sólo las más significativas acciones delictivas sino muchas de carácter social
que entronizaron de manera paradójica su imagen dentro de ciertos sectores de la
población. Don Pablo se preocupaba por su gente, eso lo afirman muchos de los
beneficiados con casas o dinero que el narcotraficante repartía en una
estrategia populista de alcances generacionales.
En el caso del documental citado, tras toda la polémica suscitada en la opinión pública, los medios y los directos implicados acerca de la conveniencia o no de la presentación de la serie, pareciera que el Canal quisiera ‘lavar sus culpas’ produciendo un relato documental que justifique la nobleza de su intención al sacar al aire un tema como el de Escobar en un formato dramático. Desde el comienzo de estos eventos este ha sido parte del foco de mi análisis del fenómeno y desde ahí he sostenido en diversos espacios mi posición crítica frente a la propuesta de programación del Canal, y en el momento en que salió el documental no hice más que confirmar mis argumentos. La televisión privada nacional debe ser supervisada y auditada por los telespectadores y la crítica televisiva, al punto que se generen cambios y alternativas. Está visto que las Defensorías del Televidente y la acción de los entes reguladores son ineficaces para controlar proactivamente los contenidos de una oferta mediática tan estrecha y plana como la nuestra. Y la academia debe contribuir e insistir en la formación en recepción crítica de los medios tanto en sus estudiantes como en las comunidades donde se asientan los campus universitarios.
En primer lugar resulta inquietante, por decir lo menos, se
considere que la televisión comercial está libre de toda responsabilidad social
en el impacto de sus contenidos. Y que la ficción no educa. Invito a leer las
opiniones de Juana Uribe y Camilo Cano (creativos de la serie), sin perder de
vista lo que dijo Juan Manuel Galán, en el sentido de que esperaban que con la
serie, el país aprendiese de sus errores para que la historia no se repita. La
televisión no es inocente, es decir, no es conveniente quedarse sólo en el
plano del entretenimiento porque los contenidos audiovisuales – todos los
sabemos – tienen un efecto persuasivo imparable. Y esto no es un asunto sólo de
las audiencias. Recuerdo ahora cuando en un conversatorio Marlon Moreno,
refiriéndose a su papel como “El capo” (serie de ficción de RCN Televisión),
casi increpaba a un asistente que le reclamaba por los efectos que este tipo de
narrativas tienen en el espectador de a pie. Y segundos más tarde, visiblemente
emocionado, afirmaba que encarnar a ese personaje le había cambiado la vida, no
por el éxito sino por su modo de ver el país. Ya Andrés Parra habla de cómo
Escobar lo ha afectado al interpretarlo de una manera tan intensa y también de sus expectativas de que la gente vea el
asunto en la perspectiva de aprender.
Acá saltan varios tópicos. Por supuesto que a Caracol como a cualquier
otra empresa televisiva privada, le interesa es la rentabilidad, pero también
hay una apuesta ideológica a la par con una apuesta dramatúrgica. Y eso es
lo que considero nos debe interesar y analizar, de forma crítica e intensa. Robert
McKee, el notable estudioso del guion, señala como las audiencias aspiran al
bien porque se sienten buenas personas, de tal suerte que los protagonistas
deben aspirar a lo mismo así sean unos criminales. Es decir, el perverso no se
reconoce como tal sino que asume que hace lo correcto. Por esa vía es que el
guionista debe buscar generar la empatía del espectador con el protagonista. Sin
empatía no sobrevive el relato. Si se mira el paradigmático caso de Michael
Corleone en “El Padrino”, se observa que dentro de los malos (los otros
mafiosos), él es el menos malo, sin embargo, Puzo-Coppola se esmeraron en hacer
de Michael un ser solitario, infeliz y fracasado. El espectador empatiza con
él, así no se identifique con su forma de vivir y hacer la vida. La misma banda
sonora triste y melancólica refuerza esa imagen. Sin embargo, este caso no nos
sirve de ejemplo más allá de la referencia; la clave diferencial es que Michael
Corleone no es un personaje real.
Podría quizá mirarse el caso de John Dillinger en “Enemigos Públicos”, donde el agudo Michael Mann tiene el olfato dramático de oponer a esa fuerza negativa protagonista, un antagonista de peso como el jefe del FBI, Melvis Purvis, la fuerza positiva. Y este sí un caso tomado de la vida real… con más de 70 años de distancia. Si hay algo que tocar con pinzas en la temática del narcotráfico desde la perspectiva de Pablo Escobar es el tema del tiempo histórico que media entre los hechos y este presente en que vivimos.
Podría quizá mirarse el caso de John Dillinger en “Enemigos Públicos”, donde el agudo Michael Mann tiene el olfato dramático de oponer a esa fuerza negativa protagonista, un antagonista de peso como el jefe del FBI, Melvis Purvis, la fuerza positiva. Y este sí un caso tomado de la vida real… con más de 70 años de distancia. Si hay algo que tocar con pinzas en la temática del narcotráfico desde la perspectiva de Pablo Escobar es el tema del tiempo histórico que media entre los hechos y este presente en que vivimos.
En nuestra dramaturgia televisiva contemporánea no tenemos
esos referentes históricos tan arquetípicos como sí los tienen otros países,
quizá se deba a que las condiciones de la justicia colombiana con su alto grado
de impunidad e ineficacia, contribuyen a la noción equívoca y anómala de que el
crimen sí paga, incluso el rating. Somos una sociedad atravesada por el mal. Y
eso no proviene únicamente de la cultura ventajosa que nos deja (esto no acaba
aún) el narcotráfico. No, “mala suerte”: nuestros males tienen antecedentes
mayores. Pablo Escobar hizo lo que hizo no sólo porque su madre le enseñara la ‘importancia’
de ser avispado o porque fuera un mal bicho de nacimiento (como pareciera sugerir la serie),
sino porque creció en un país desequilibrado en todos los campos de su
desarrollo como nación, lo que sirvió de caldo de cultivo a su ambición
enfermiza.
Quizá Colombia no está preparada aún para comprender,
asimilar y superar, de manera proactiva y consistente, los efectos nocivos que
el narcotráfico ha tenido en el país porque son muchos los factores que
intervienen. O al menos no lo está desde la puesta en escena dramática que
privilegia un solo punto de vista en detrimento de otros. Y esa falta de
oportunidad no sólo descansa en la inequidades que nos condicionan, sino
también en el papel que los medios han estado cumpliendo en las dos últimas
décadas. El efecto retardador de los medios por vía de repetición es
preocupante. La cultura televisiva colombiana es muy estrecha porque la escala
de la oferta es muy reducida. Sólo existen dos canales privados que se roban
más del 90% de la pantalla. Cierto que la televisión internacional ha penetrado
de manera drástica el mercado, pero no supera aún la expectancia de la mayoría
de la audiencia potencial del país. Y ese punto es clave a la hora de valorar
los impactos que los contenidos de la televisión privada tienen, empezando con
sus informativos y cerrando con sus dramatizados.
Se cita el caso de Hitler en Alemania. Juan Manuel Galán en su columna
de El Espectador invitaba -recién empezó todo esto- a romper con el culto al
delincuente despojándolo de un lugar de memoria: su tumba, trayendo a cuento
que el magnicida nazi no tiene una. No creo que eso sea posible en Colombia,
tampoco que sea el camino a seguir. Se menciona también que en Alemania hablar
de Hitler es ofensivo para los ciudadanos alemanes.
Llegar a una cinta como “La caída” le tomó a la dramaturgia alemana (una de las pioneras del cine) cerca de 60 años. Asistir a los últimos días del dictador es un asunto serio y crudo. Hirschbiegel logró traducir en imágenes, el retrato de un ser egoísta, obsesivo, despiadado, explosivo. El megalomaníaco que en verdad fue Adolfo Hitler. La película tuvo un enorme impacto mundial, y en Alemania fue recibida con un aire de tranquilidad. Casi como un acto de deber cumplido.
Llegar a una cinta como “La caída” le tomó a la dramaturgia alemana (una de las pioneras del cine) cerca de 60 años. Asistir a los últimos días del dictador es un asunto serio y crudo. Hirschbiegel logró traducir en imágenes, el retrato de un ser egoísta, obsesivo, despiadado, explosivo. El megalomaníaco que en verdad fue Adolfo Hitler. La película tuvo un enorme impacto mundial, y en Alemania fue recibida con un aire de tranquilidad. Casi como un acto de deber cumplido.
En el caso de “Pablo Escobar: el patrón del mal”, el asunto es
dudoso puesto que tanto el género escogido, drama-thriller, como el formato de
serie, son una auténtica trampa. Además la oferta es engañosa. No se trata de
una serie. No es el costo ni la temática lo que define el formato, es su forma
de emisión y el número de episodios producidos ya sea para emisión única o para
temporada. Y este número no debe superar los quince capítulos. La emisión
diaria es propia de los dramatizados, tipo telenovela. Y esto es lo que es en este momento el producto bandera
de Caracol Televisión. El efecto generado por la emisión diaria es la
banalización lenta, de baja pero constante frecuencia, de los contenidos. Ya
entonces no se trata del asesino de Lara Bonilla sino de Byron. Las escenas
fuertes y dolorosas que narran la muerte del ministro de Justicia se vuelven
anodinas y olvidables, mal sazonadas además por una banda sonora superflua y
predecible. Aunque vale señalar que la música de créditos, realizada por el
maestro Yuri Buenaventura, resulta a mi modo de ver lo mejor logrado del producto.
Es sincera, directa, vital. Una declaración de principios… del maestro, con el
perdón de los expertos programadores.
Se argumenta que la tarea de la televisión comercial es el
entretenimiento y que no le corresponde asumir la responsabilidad de educar a
los ciudadanos, ya que esta es labor de las familias o de las instituciones
educativas. Válido y no válido. Válido porque el núcleo base de la formación
moral y ética de un ciudadano contemporáneo descansa en los nichos de
socialización iniciales, familia y escuela, determinantes en la consolidación
de su carácter y modo de ver el mundo. No válido porque tanto en la familia
como en la escuela está la televisión. Y la pequeña pantalla no sólo divierte
sino que ofrece modelos de comportamiento, pensamiento, sensaciones y emociones.
Es claro que este ciudadano no se convertirá en un asesino serial o en un
notable cirujano por ver Dexter o Grey’s Anatomy, respectivamente.
Entre otras cosas porque la forma como son narradas estas dimensiones dramatúrgicas, responden a un dictamen social acordado. El crimen no paga, el servir sí paga. Hay una apuesta sociológica sobreentendida y un acuerdo de expectancia que ubica al espectador en su relación medio-cotidianidad. “Esto pasa allá (en la cultura norteamericana), no acá en mi calle”. Pero también este ciudadano promedio estaría libre de esas impersonalizaciones, porque se encuentra sometido a muchas fuerzas de regulación social que lo llevan a saber qué es correcto y qué no lo es. Casi siempre. Y sólo su propia disposición frente a estas ideas, lo llevará a decidirse por una u otra forma de ser y estar en el mundo. Es evidente que la predisposición genética o un entorno social determinado, podrían quizá explicar la causa de ciertos comportamientos sociales o antisociales. La televisión no es la única responsable.
Entre otras cosas porque la forma como son narradas estas dimensiones dramatúrgicas, responden a un dictamen social acordado. El crimen no paga, el servir sí paga. Hay una apuesta sociológica sobreentendida y un acuerdo de expectancia que ubica al espectador en su relación medio-cotidianidad. “Esto pasa allá (en la cultura norteamericana), no acá en mi calle”. Pero también este ciudadano promedio estaría libre de esas impersonalizaciones, porque se encuentra sometido a muchas fuerzas de regulación social que lo llevan a saber qué es correcto y qué no lo es. Casi siempre. Y sólo su propia disposición frente a estas ideas, lo llevará a decidirse por una u otra forma de ser y estar en el mundo. Es evidente que la predisposición genética o un entorno social determinado, podrían quizá explicar la causa de ciertos comportamientos sociales o antisociales. La televisión no es la única responsable.
Y sin embargo, subyace en la reflexión sobre el impacto de
los medios en la creación y construcción de los imaginarios ciudadanos –ya que
definitivamente lo hacen así pretendan obviarlo un poco algunos académicos y críticos–,
muchas cuestiones que no pueden soslayarse tan rápidamente. ¿Qué sucede cuando
en la vida de un ciudadano no hay familia ni escuela y deposita en los medios
parte de su conocimiento del mundo? ¿Por qué si Caracol Televisión insiste en
que no le exigan ni realismo ni veracidad ni responsabilidad, insiste al mismo
tiempo en que espera que a través de esta producción dramatizada la gente comprenda
lo que sucedió en aquellos terribles años? Hay aquí una contradicción. Y no de
corto alcance.
Desde el punto de vista de lo audiovisual se habla de la
envergadura y calidad de la producción de la serie. Sin duda hay una enorme
calidad en el reparto que desde la notable interpretación de Andrés Parra [Pablo Escobar],
pasa por un singular grupo de los más destacados actores y actrices de la televisión
nacional. La imagen y el sonido han sido cuidadosamente trabajados. Y las direcciones
de arte y de producción son impecables. Así y todo, no se siente precisamente
la mirada de un director, de alguien que esté contando de una manera particular
este relato. Todo se narra en una perspectiva bastante convencional del
lenguaje audiovisual, incluso más en su sentido más tradicional que en una
dimensión contemporánea. Y este tipo de
producciones sí que precisan el peso de un autor. Ya desde el libreto hay una
mirada, pero es en la puesta en cámara y la puesta en escena que se debería apreciar el
reto de un avance en la realización. En ese sentido la 'serie' es poco seria.
El asunto de que eso es lo que al público le gusta y que mal
harían los programadores en presentar otro tipo de relatos, se sacude ante la
evidencia de producciones de años anteriores, casi que de una generación
previa, realizados no sólo por los que ahora son canales privados sino por una
pródiga carpeta de programadoras que le dieron a las audiencias relatos de
enorme calidad que provocaron no sólo emociones sino que propusieron temáticas
y tratamientos televisivos interesantes. Momentos como Cuentos del Domingo, La
alternativa del Escorpión, La señora Isabel, La otra mitad del sol… y aún más
atrás, La vorágine, La mala hora, Los pecados de Inés Hinojosa, todas en su estilo muy definido
significan hitos en las formas narrativas contemporáneas en nuestra televisión.
Eso sin mencionar las telenovelas que marcaron un estilo propio que es
reconocido a nivel mundial. Y las comedias que narraron la idiosincrasia de los
colombianos en una clave ingeniosa y simpática. Quizá a lo que asistimos es a
la curva dramática de un patético proceso en el cual la
televisión colombiana, empezó a ‘dramatizar’ las noticias y a ‘documentar’ la
realidad ficcional. El caos encontró alimento y se hizo al rating.
El debate grande es sobre los contenidos de la televisión
nacional privada en cuanto a las intencionalidades que los atraviesan, las
dinámicas de creación que se han venido consolidando y legitimando desde una
visión única y exclusivamente comercial, las tendencias del mercado que
determinan unos contenidos en detrimento de otros, la participación real de las
audiencias en la construcción de parrillas de programación que capten toda la
diversidad y complejidad de sus intereses y expectativas, y el lugar que ocupa la
Academia en el plano de la generación de nuevos contenidos y formatos, además de la producción de estudios e investigaciones sobre el medio
televisivo.
Por supuesto, lo interesante de todo este asunto es la oportunidad que ofrece de conocer las diferentes percepciones y enriquecer vía el diálogo y la controversia, la comprensión de las complejas dinámicas que lo caracterizan. La propuesta es entonces dar saltos cualitativos que nos pongan en la perspectiva de contar con una mejor televisión, una que asuma el reto auténtico de contribuir a hacer ciudadanía, televisión en la que confiamos tomen parte nuestros estudiantes.
Las historias no se deben ocultar, está en la naturaleza del
lenguaje audiovisual narrarlo todo, es cuestión de medir el momento, preparar
el terreno, crear la atmosfera y correr el riesgo… al otro lado hay alguien que
vivirá lo que se narra, ineludible, ilimitada, silenciosamente. La mente no
vive solo de realidades, por eso la imaginación es un territorio delicado. Así
la televisión refleja la realidad y la realidad refleja la televisión. En estos
tiempos de la imagen, pensar lo contrario es…





Es un tema que se ha repetido, Luis: una falta de compromiso con los televidentes. No sabemos, de manera consciente, como una serie de televisión, cuando se trata de un personaje que existió, puede afectar para bien o para mal la proyección de un país en cuanto al bienestar social. Lo digo en parte por vivir por fuera de Colombia, la intensidad y el interés de las personas en averiguar sobre esta serie de programas es mayor que saber sobre la misma parrilla de contenidos . Lo digo, también, por lo del álbum de figuritas de Escobar, un claro ejemplo que la televisión comercial sí filtra la acción y pensamiento de las personas que la ven, que la vemos. Desde el título se fija in interés no en esa parte de la realidad colombiana, sino en la figura de Pablo Escobar en sí, fue igual con el cartel de los sapos y el Capo, y creo, ahora, con otra serie que se pasará acá en México, un trabajo conjunto entre Canal Caracol y Cadena 3: La Ruta Blanca. Yo sólo me vi como tres capítulos de la serie de Pablo Escobar, por internet, claro, y no mentiré, me gustó, pero se me hizo muy larga cada emisión y creo estar al tanto de que un trabajo televisivo, presentado así, sin más variantes en la manera de mostrarlo, propondrá a un personaje que tendrá más fama que la misma realidad vivida. La cara de Escobar se reconocerá en nuestra historia por la serie y no por documentales, libros o trabajos periodísticos serios. Ya ve Luis, lo que usted dijo, Pablo Escobar quería dejar una buena imagen en las generaciones venideras, lo está consiguiendo. Abrazos Luis.
ResponderBorrarLo que más me llama la atención Luis es que las personas están tomando como referente de Pablo Escobar no la historia en sí: Libros, documentales, entrevistas, noticias, sino la misma serie. No existe una persona en el venir y devenir de Colombia que se llamó Pablo Escobar, si no un personaje de ficción con el cual construyen ese nombre. Me dijo usted una vez, y acá me lo repitió un profesor que tengo de guión (entré a un taller de guión para animación en los Estudios Churubusco, je) que para que un personaje sea llamativo tiene que crear empatía, y bien, el Pablo Escobar de la serie creo que lo hace. Dicen que su caracterización es igual a la del capo del Cartel de Medellín. Pues desde allí las personas buscarán construir la historia e Colombia, ese fragmento, y cómo la contarán, como con una película de acción, como con Duro de Matar o Rápido y furioso, con las acciones, las emociones físicas, de los personajes, dirán que fue aventurero, que trepó seis pisos y saltó del tejado, que pudo escapar sin problemas. Creo que estas charlas de la manera d actuar del protagonista frente a una situación de peligro lo enriquece en la imaginería colectiva, y allí es, creo, donde está la falla, pues tenemos la tendencia de ver esos actos, aunque vayan en contra de la justica, o digamos del bienestar social, como una proeza prohibida y por ello nos seduce, me meto en esa caracterización.
ResponderBorrarEstá bien que se cree una serie (he visto tres capítulos por internet) Está bien que se hable de esos momentos de Colombia. Pero andamos habrá que reconocer que la televisión, a pesar de ser comercial, tiene algo más allá, una idea de la vida que cada uno de nosotros , la audiencia, tomamos de manera inconsciente, no es un mensaje doctrinario, sino lo que quiere mostrarnos los creadores (también me lo dijo acá el profesor de guión) y por allí hay que reconocer que por medio de estas series se busca, aunque lo nieguen, interpretación de lo que pasa, de lo que pasó, una crítica del televidente, es una manera de educar, de enseñar. Eso habrá que analizarlo y proponer programas pensándolo. Con estas series las personas se quedan sólo con los estereotipos de cómo somos en Colombia. La gente nos cree así. Abrazos Luis.
Lo mismo que le dije a Gustavo Colorado Luis, se lo digo: había escrito sobre la entrada de la serie de Pablo Escobar, pero no quedó ni una vocal de mi comentario en su blog. Quizá tuve un error al postearlo. Aún así aquí voy de nuevo.
ResponderBorrarLo que más me llama la atención Luis es que las personas están tomando como referente de Pablo Escobar no la historia en sí: Libros, documentales, entrevistas, noticias, sino la misma serie. No existe una persona en el venir y devenir de Colombia que se llamó Pablo Escobar, si no un personaje de ficción con el cual construyen ese nombre. Me dijo usted una vez, y acá me lo repitió un profesor que tengo de guión (entré a un taller de guión para animación en los Estudios Churubusco, je) que para que un personaje sea llamativo tiene que crear empatía, y bien, el Pablo Escobar de la serie creo que lo hace. Dicen que su caracterización es igual a la del capo del Cartel de Medellín. Pues desde allí las personas buscarán construir la historia e Colombia, ese fragmento, y cómo la contarán, como con una película de acción, como con Duro de Matar o Rápido y furioso, con las acciones, las emociones físicas, de los personajes, dirán que fue aventurero, que trepó seis pisos y saltó del tejado, que pudo escapar sin problemas. Creo que estas charlas de la manera d actuar del protagonista frente a una situación de peligro lo enriquece en la imaginería colectiva, y allí es, creo, donde está la falla, pues tenemos la tendencia de ver esos actos, aunque vayan en contra de la justica, o digamos del bienestar social, como una proeza prohibida y por ello nos seduce, me meto en esa caracterización.
Está bien que se cree una serie (he visto tres capítulos por internet) Está bien que se hable de esos momentos de Colombia. Pero andamos habrá que reconocer que la televisión, a pesar de ser comercial, tiene algo más allá, una idea de la vida que cada uno de nosotros , la audiencia, tomamos de manera inconsciente, no es un mensaje doctrinario, sino lo que quiere mostrarnos los creadores (también me lo dijo acá el profesor de guión) y por allí hay que reconocer que por medio de estas series se busca, aunque lo nieguen, interpretación de lo que pasa, de lo que pasó, una crítica del televidente, es una manera de educar, de enseñar. Eso habrá que analizarlo y proponer programas pensándolo. Con estas series las personas se quedan sólo con los estereotipos de cómo somos en Colombia. La gente nos cree así. Abrazos Luis.
Tavo, lo siento, es que al parecer estaba activado el moderador de comentarios... ya lo solucioné.
ResponderBorrarMuy interesante y valioso tu aporte. Casi se me ocurre pedirte que si escribes algo sobre el tema de cómo nos ven por ejemplo en México, desde lo que narramos en nuestros dramatizados.
Este es un asunto muy delicado y de una urgencia que se pretende eludir y enmascarar tras la idea de que "no es para tanto"... y con ello se liberan responsabilidades y compromisos.
La dramaturgia televisiva puede hacer mucho por el reconocimiento y la apropiación cultura. Y más aun la cinematográfica. Hace poco vi los tráileres de la pelicula "El cartel de los sapos" e inmediatamente pensé: "Esto es lo que deberían haber realizado en lugar de la tal serie".
Agradezco tus palabras y ahí te dejo la inquietud del texto.
Quedo pendiente.
Un abrazo.