La buseta era común y salvaje. La gente en su interior, probablemente lo contrario, salvaje y común. En fin, eso nunca se sabe. Con certeza se podría afirmar, en cambio, que el automotor se dirigía del norte al sur, pasando por el oriente, desconociendo el occidente, el país y el tiempo. Era una cuestión de principios. Principios firmemente incrustados en la cabeza del motorista, vía patrón quien la heredó de su padre que a su vez era un buen ganadero. Tuvo tres esposas, dieciocho hijos y treinta y dos busetas, eso sin contar los colectivos que a pesar de lo chiquitos ya se pagaban solos.
En la parte trasera de la buseta, en límites de la parte delantera del bus de atrás, iban dos mujeres bien pintarrajeadas, algo mal sentadas y bastante charladoras. La cojinería no era precisamente incómoda sólo que a punta de navaja, cualquiera se raja. Curiosamente la buseta iba atestada. No le cabía un ser humano más. El chófer ya llevaba quince cuadras sin recoger a nadie porque el Fittipaldi Suaita este andaba estrenando acelerador y lo traía azotado.
Al ritmo de vallenatos destemplados por aquello del sistema cuadrafónico con estática y demás, los pasajeros se estremecían unos contra otros y no lloraban no más por falta de espacio.
Atrás, bien atrás, las dos mujerucas empezaron a burlarse de los pasajeros de la buseta vecina. “Vea, mire aquel con cara de perro sarnoso, si lo ve como se rasca la nariz?”, le decía la una a la otra. “¿Y qué me dice del niñito ese, el de la ventanilla, con esa cara de papaya, no, qué cosa tan horrible”, apuntaba la otra a la una. Ambas reían a todo dar, pataleaban, se secaban las lágrimas y de nuevo enfilaban hacia sus víctimas que para entonces ya eran las de un bus intermunicipal de esos que paran en todas partes, hasta en el cementerio, pero que a la final no llegan a ninguna porque siempre están en camino. “¡Hola, qué viejito tan feo, si ve que parece un estropajo!”. “No y eso que no ha visto a la vieja…”, “¿Cuál?”, “…esa que tiene un saco rojo, si la ve?”, “¿La morcilludita?”, “¡Esa, esa!”, confirmaba la otra y la una se reía y las dos se miraban y soltaban de nuevo las carcajadas.
En la buseta reinaba, pese al republicano entorno en que se movía, un silencio de miedo. Nadie se atrevía a mirar hacia atrás o a los lados. Entre acordeón y caja iban y venían los estilizados comentarios de las dos mujeres. De pronto se aburrieron de mirar por la ventana y empezaron a contemplar el campo propio. “Si ve a la muchachita de trenzas, fíjese bien… ¿cierto que tiene cara como de zanahoria?”, dijo la otra a la una. La una observó a la niña que estaba a solo unos metros de ellas, sus ojos la examinaban de arriba a abajo. Por fin sin poder contener la risa completó, “¡no, si es que hasta huele!”. Y en seguida la cogieron con una viejita que les resultó “cadavérica”, aunque la una dijo que le parecía más bien “calavérica”. Luego la emprendieron contra un señor encorbatado de quien opinaron no tenía nada que envidiarle a un “pitillo porque hasta tiene las rayitas esas que le dan vueltas”. En esas cayó también una señora regordeta y cejijunta que al bajarse las miró con el ceño fruncido lo que acentuaba su defecto, “esta debe ser prima de los Monsters”, señaló la otra, “o cuando menos pariente lejana”, indicó la una.
El chófer cambió de emisora y no se bajó ni cambió de puesto solo porque aún no llegaban a los de adelante. El timbre ya estaba afónico de tanta apretadera. Con mordaz fortuna para las dos mujeres, la buseta continuaba casi llena pese a los pocos paraderos que tocaba y a las advertencias para que no se subieran que algunos caritativos pasajeros hacían a los recién trepados. Los comentarios iban y venía de una víctima a otra sin contemplación ni misericordia alguna. A su lado, una señora muy pizpa por cierto, iba con dos niños y las miraba con una rabia roja y partecráneos. Los chiquillos ni levantaban la mirada de lo asustados que estaban. Sin embargo, hasta el momento, las dos ladinas no se habían metido con ellos.
De repente y porque justo en ese momento llegaba a su destino, la señora se levantó, sin dejar de mirarlas lo que las dejó inmóviles por unos segundos, timbró, el bus se detuvo, la señora descendió, recibió a los niños y antes de que la puerta se cerrara les soltó con voz chillona y entrecortada por la furia: “¡Y ustedes dos… langarutas inmundas… tienen cara de putas!”.
Un silencio ceremonial se esparció a lo largo, ancho y alto de la buseta. El chófer no sabía si arrancar o imitar al resto de pasajeros que convocados por una orden invisible disuelta en el aire, se levantaron y enfocaron con todos sus cuerpos a las dos lenguaraces.
Las mujeronas pálidas y mudas, se miraron con la boca abierta. Despacio se pararon. El timbre huelguista sonó por fin. La puerta trepidó al abrirse de nuevo. La una y la otra se bajaron en medio del anden y empezaron a caminar lentamente. La buseta arrancó al ritmo pausado de sus pasos. Los pasajeros pegados a las ventanillas, las miraban en silencio, consumiéndolas. Luego empezaron a sonreír y darse golpes amistosos en la espalda, algunos se abrazaron, otros más entusiastas gritaron alborozados.
Efectivamente… sí. Ni más ni menos.
Yo me alegro cuando se bajan de la buseta los payasos que cuentan chistes a cambio de monedas, les tengo algo de temor. Esta escena es común en nuestra jungla de asfalto Luis, a quién no le ha tocado la crítica de bus.
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