martes, noviembre 20, 2012

El hombre circular


La plaza circular está silenciosa a esa hora de la mañana. Un aire cálido se dibuja sobre los muros de ladrillo. Cerca de la cafetería hay algunos estudiantes. Son unos pocos. Hablan bajo y sin embargo su charla flota como un rumor titilante que rompe el vacío. Sentado en una de las bancas adyacentes a uno de los auditorios, un hombre barbado de anchos hombros mira hacia todos lados. La pierna derecha recogida descansa sobre la banca. El brazo izquierdo se apoya en la rodilla alzada, mientras la otra mano sostiene un cigarrillo que el hombre aspira tras largas pausas. El sol se asoma con fuerza y su mancha colorada moja los ladrillos más lejanos. Una oleada de pasos va llenando poco a poco el centro de la plaza, dispersándose luego hacia los costados. Las bancas empiezan a poblarse con estudiantes que ríen, hablan, estornudan, gritan. No dejan lugar al silencio. Las palabras aluden a sus sueños cotidianos, al hacer diario de un momento esperado y sin el cual no estarían aquí. No existe otro conocimiento. Vienen al centro del mundo a cambiar algo por todo. Cada cual según. Unos cambiarán silencios por oficios. Otros algarabías por aplausos. Algunos más cambiarán monedas por monederos. Y habrá otros, sin dudarlo, que cambiarán contra todo, ansias por analgésicos.

El cielo azul brilla sin titubeos, sembrado de profundas nubes blancas. Un estertor de motocicleta llega de otro lado. El hombre arroja la colilla. Habla consigo mismo. Blasfema la ocasión. Sus ojos no se apartan del pequeño grupo de estudiantes de ingeniería. Escucha tranquilo sonriendo de cuando en cuando. A veces su rostro deja escapar un recuerdo. Está solo este hombre. Y sonríe. Lo hace ahora mientras le dice “sos tremendo”, a uno de los muchachos que tira sobre el próximo examen de cálculo. “No se preocupen tanto que eso ya lo sabe el profesor”.

Un pitazo imaginario sacude el centro del mundo. La gente empieza a dispersarse. Nadie escapa a su pasillo. Hay de nuevo un vacío y unos instantes más tarde llega otra gente.

El hombre permanece sentado. Las piernas cruzadas una sobre la otra. Un pitillo más de humo entre el bigote y la barba de tres días. Sobre los ojos unos lentes con montura de carey. Y a su lado casi separada de él, una mochila de esas “hey, miren, aquí estoy, soy uno de esos”, deja entrever el mugre y el vapor de los años. En un momento, ni antes ni después, mientras se levanta, sus ojos se miran en los míos. Contengo el aliento. Parpadeo con intensidad. Apreto la mirada y creo reconocer, bajo la luz de las diez de la mañana, a alguien. Alguien que no es de atrás. Me veo en ese espejo anómalo y aguardo la sombra de vello en mi lampiña barbilla.

1 comentario:

  1. Digamos Lusi que esa retrispectiva física sea posible, que en realidad el hombre sentado, con subarba sea el joven que lo mira, y sea el mismo homre quien lo reconoce, y el joven tiene una idea de que es posible ver el futuro. Digamos que es así, como el Otro de Borges o la última película de Bruce Willis que tiene que matarse en el apsado, jeje. Digamos es así y el cuento sea eso Luis. Creo que el hombre lo supondrá y no dirá nada a su yo joven. Pero éste ¿Olvidará? ¿No podrá comprender qué significa encontrarse con un yo? Qué sentirá uno Luis, aunque al final sea una imagen no de uno mismo, sino de una posibilidad que podemos tener.

    ResponderBorrar