Por Abelardo Gómez Molina
A mi amigo Wilmar Vera
En una librería
de Bogotá dos hombres adultos se pelean amistosamente sobre quién se queda con
un raro ejemplar de un separador de libros. Cada uno jala de una parte de ese
pequeño objeto alargado que muchos tiran a la basura sin ningún miramiento,
pero ellos los coleccionan con pasión.
La escena parece
chistosa en extremo, ninguno quiere ceder. Hasta que uno de ellos dice, con
generosidad, “Abelucho, llevátelo”. Y lo suelta sin dudarlo, así en la mirada
se note un tris de melancolía por haber dejado ese raro ejemplar. Mientras
escribo esto, lo tengo a mi lado… y duele tocarlo, duele mucho. Duele recordar.
Ese viaje, por
allá en el lejano 2004, cuando asistimos a unas conferencias sobre periodismo
universitario y a recoger el premio dado a la revista Expresión como uno de los
productos de mostrar en ese campo, fue también un excelente momento para
reconocernos.
Además de las
conferencias, largas e infaltables, los ratos libres servían para escaparnos a
cuanta librería, museo o lugar interesante se nos antojaba. Todo un recreo para
dos profesores que viven encerrados entre los apremios académicos del día a
día.
Visitar librerías
de viejo, deleitarse tocando los venerables lomos de ejemplares que tuvieron mejores
épocas, pero que igual hoy despertaban nuestro deseo de coleccionistas
irredentos, todo eso era un sueño. Un sueño tonto, un tonto sueño.
Luego, en otra
moderna librería, detallar a Wilmar olfatear ejemplares al azar, casi como una
manía, me prendió la luz sobre el enorme amor que les tenía por los libros. Aún
así, casi con egoísmo, apretaba en el bolsillo de mi camisa ese separador
mutuamente codiciado.
Fueron pocos
días, el tiempo pasó tan rápido como las hojas de un grueso volumen con hojas de
papel biblia, como esas deseadas colecciones de Aguilar que nos quitaban el
sueño.
En la noche, ya
en el hotel, seguir hablando de libros, de periodismo, de literatura, de autores
que a muchos les dicen poco, pero que a nosotros nos decían todo.
Recordar eso hoy,
viejo Wil, rompe el alma. No por los libros, no por los sueños, no por las
palabras gozosas –todos ellos están allí, esperando el abracadabra de la
palabra “libertad”–. No, por ellos, no. Duele porque han fracturado tu vida, la
de tu familia y las nuestras propias. Hemos perdido, también, la fe en algo
grande, en algo supremo, base de cualquier sociedad civilizada: la Justicia.
Solo quiero
decirte Wil que acá a mi lado tengo ese separador que tanto te gustaba y que ya
no quiero entre mis bienes. Ese separador, Wil, merece otro dueño. En mi
próxima visita, amigo Wil, ya sé qué te voy a devolver.
Abelardo que escrito tan maravilloso. Las cosas gratas se recuerdan con el corazón. Por todo lo que escribes se ve que eres un amigo fiel de Willmar. Nunca se canses de apoyarlo vale la pena creer en una persona como él. Que tristeza que este pagando lo que no debe una persona tan buena como es él
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