Por Daniel Alzate Isaza
Yo le
decía doctor cuando lo veía, él me contestaba: su abuelo. En su camisa de cuadros y su infaltable
vainilla de Nescafé, lo recordé levantando sus cejas para subrayar algo, lo
recordé dándose el tiempo para escuchar el himno de las URRS (sigla a la que
insistía cuidarle el orden) en clase de Historia, lo recordé mientras
discutíamos sobre la ola verde, el incremento en la muerte de sindicalistas y
lo recordé invitándome a participar de Mirando Cómo Miramos, el proyecto que
resultó siendo el culpable de que Carlos y yo nos acercáramos más a Luisinho,
que en ese entonces a duras penas le decíamos el profe Aldana. Desde esos días fueron Pinky y Cerebro, desde esos días fuimos testigos de una manera de conquistar el mundo desde la docencia, desde esos días en que además de padre y periodista, lo conocí en su lado más humilde y más humano como profesor.
Y se
fue para Medellín. Quedamos extrañando otro café, otra risa. Luego vino la
noticia. Nos quedamos con un hombre inocente entre rejas. Ahora sí que
necesitamos ese café y esa risa. ¿En qué momento nos privaron de ti?, ¿a qué
horas Wil? Ansioso estoy por ver de cerca el momento en que la mariposa que
viste escapar de la biblioteca de letras muertas, seas tú.
El 9 de
agosto del 2010, escribiste en la dedicatoria algo así: “futuro colega y amante de la verdad, aunque ésta no se deje alcanzar”. Pronto ese futuro no será tan futuro, pronto
la verdad será la que nos permita ese café y esa risa de nuevo y pronto la
alcanzaremos, sin importar lo esquiva que esté.
Esta bueno este honor. Faltan muchos más para Wilmar.
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