viernes, junio 07, 2013

La solución del misterio

Por Carlos Piedrahita Osorio

Así comenzaba mi carrera, con un caballero bigotudo que como armadura llevaba un zapato de un color en un pie y otro de diferente color en el otro, por ilógico que pareciera éste era el director de programa, ya no me quería imaginar al decano, ni mucho menos al rector. Wil marcaba la escena con su ademán napoleónico y su mirada de escepticismo hacia las que entre sus aspiraciones contaban el hecho de querer presentar farándula en RCN, así rompía el hielo con comentarios precisos y chistes flojos a los que acostumbró a su público durante los 3 años que lo tuve en frente.

Digo a su público porque sus apariciones tenían mucho de escénicas, la manera en que alzaba la ceja para dejar claro que sí hay preguntas tontas y mucho más tontos que preguntan, su entonación de narrador de documentales y su “mijito” cariñoso que anunciaba la inminencia de un regaño, así es Wil y no digo era porque es de esos tipos que demuestran una esencia incorruptible. Debe de tenerla desde que era un niño y por eso es que no se niega a aparecer en vídeos donde un par de estudiantes lo golpean con los libros o donde le agregan un sombrero mexicano para acentuar su peculiar bigote, porque nunca se resistió a la idea de dar una clase de historia en la que el sonido ambiente sean las risotadas de un estudiantado que como objeto tenían entender la narración de los hechos de la histórica injusticia, de la interminable estupidez humana.

La razón de haber metido en un baúl una mochila con la cara del Ché Guevara fue su culpa, aunque nunca se lo confesé por orgullo, su constante cuestionamiento a la irracionalidad de la violencia incluso en situaciones que la historia la suponían necesaria me hicieron abandonar a éste ícono barbado y comenzar a fijarme con cuidado en ésta bigotudo maestro, el de la agenda flexible que siempre tuvo tiempo para el que creía necesitarlo, las puertas de una oficina en el centro de medios nunca estuvieron tan abiertas como cuando Wil la ocupaba. Allí entraba el que necesitaba escucharlo, el que quería una risa o quien simplemente adolecía de la carencia de un lapicero siempre tan disponibles en su oficina. Sé que nunca lo notó pues entre las cosas que uno podría destacar de Wil también había mucho de distraído, acabo de confesar otra cosa, espero que Wil lea esto y alcance hoy la tranquilidad por la solución del misterio de la vil desaparición de un par de sus lapiceros y la triste noticia de saber que el karma ya se me ocupó de mí y que en hecho extraños el libro que me regaló (voluntariamente) desapareció de mi biblioteca.

Era imposible salir de una clase de Wilmar Vera sin terminar queriéndolo. Cuando se fue para Medellín muchos de los que esperaban la cátedra de historia de la modernidad de la que todos hablaban en la cafetería se resignaron con tristeza a su ausencia en las clases. Muchos nos tuvimos que resignar también a su ausencia en los pasillos, hoy sé que aunque la situación lo proponga somos muchos los que no queremos resignarnos a su ausencia del mundo, ese que lo reclama libre como nació y como nos enseñó a hacernos. Aunque Wilmar se fue para Medellín en busca de su familia, debe saber que en cualquier lugar donde hizo presencia dejó un par de hermanos, yo me presento como uno de ellos y con lo poco que lo conocí reclamo el derecho de hacerle coro a sus palabras , esas que un día no muy lejano van a derribar las barreras, “¡Soy Inocente!”.

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