Por Franklin Molano Gaona
A las 7:40 de la noche era siempre la hora de la comida. Nos sentábamos en una mesa redonda de vidrio de cuatro sillas, donde Wilmar explicaba con suficiente autoridad cómo esos hechos históricos que se dieron años atrás todavía eran de impacto en la actualidad.
Mientras que desocupábamos los platos con esa buena sazón que los preparaba Margarita Arteaga, Wil recordaba personas, momentos, anécdotas, citaba con fiel memoria textos y pasajes de libros, y con fino tino, señalaban varias hipótesis de lo que podía pasar hacia el futuro.
Los comensales, Margarita y quien escribe estas cortas líneas, guardábamos silencio frente a la amena explicación del joven historiador, quien ese año logró su ingreso como maestro al programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Católica de Pereira donde desde el primer día que pisó esas aulas despuntó como mejor docente y ejemplar funcionario.
La cena seguía y Will continuaba esos relatos vitales para la sociedad, los cuales acompañaba con chistes flojísimos, mochos y cojos, y ese es quizá su encanto, mezclaba con habilidad el acontecer histórico y el gracejo, que de inmediato provocaban una risotada a mandíbula batiente, que dejaban como conclusión, que Will ha sido siempre un ser humano de espíritu limpio, amable y transparente.
Ya sobre el final de ese nuevo encuentro sonó el teléfono, Wil se levantó. Contestó. Su sonrisa salió y nos dijo que era su esposa y que estaba feliz de hablar con ella, y que ya le iba a pasar a su pequeña hija. Wil lanzó un gran saludo y durante minutos hablaron mientras nosotros lo mirábamos desde la mesa.
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