Por Luis Aldana Vásquez
aka Cerebro / aka Profe / Aka Lu
Muchos que nos conocen se sorprenden un poco cuando saben que somos amigos, verdaderos amigos, la mayoría nos cataloga como colegas, como meros accidentes laborales. Y no es así. Wil y yo, mejor conocidos entre nuestros estudiantes como Pinky y Cerebro, somos amigos de corta data pero de profundo calado. Aunque no fue siempre así.
aka Cerebro / aka Profe / Aka Lu
Muchos que nos conocen se sorprenden un poco cuando saben que somos amigos, verdaderos amigos, la mayoría nos cataloga como colegas, como meros accidentes laborales. Y no es así. Wil y yo, mejor conocidos entre nuestros estudiantes como Pinky y Cerebro, somos amigos de corta data pero de profundo calado. Aunque no fue siempre así.
Cuando a mediados de la década pasada regresé a Pereira y llegué
a la Universidad Católica de Pereira, en aquella época aun ‘Popular del
Risaralda’, nombre que se me hacía desde antes de irme poco consistente, me
encontré con un grupo de colegas muy heterogéneo. En esos primeros semestres no
ubicaba a Wil. Sabía que era profesor de Historia y que los estudiantes
rumoraban cosas acerca de su sentido del humor y velocidad para la anécdota. Estaba
tan concentrado en adaptarme de nuevo al trabajo tras un largo receso, que no
alcanzaba a vislumbrar el entorno de los otros docentes. Luego eso fue cambiando
-como es apenas natural- y empecé a
interactuar con todos y a conocerlos poco a poco. Pero esta historia no es
sobre ellos y menos sobre mí. Es sobre Wil.
Hubo un momento en que debí tomar muy en cuenta a mi colega
paisa y fue cuando asumió la dirección del programa de Comunicación
Social-Periodismo, con ese nuevo cargo se convirtió inmediatamente en mi jefe.
Algo extraño pasó. No pude verlo nunca como mi superior quizá porque él nunca
se asumió así. En ese período sucedió algo que nos hizo compartir más tiempo y
espacio. Con ocasión de la celebración de la Semana de la Comunicación, un evento
académico que pretende visibilizar la Academia, el Comité Organizador decidió como
una estrategia más de difusión que se creara un medio impreso para dar cuenta
de cada una de las actividades programadas. Fue así como nació para lustre y
gloria del periodismo mundial, El Planetilla, un diario volátil y efímero que
contaba en su flota de periodistas con los más renombrados y calificados: Clark
Kent (Wil), Peter Parker (quien narra) y Dr. House (Pablo Zuluaga) que por
supuesto no es periodista pero que sí es periodista y que ejerció como
periodista en el fulgurante paso de El Planetilla por el campus de la Católica.
Ese trío insuperable reportó todos y cada uno de los hechos de esa semana de la
comunicación. Y Wil como el editor en jefe se desdoblaba además como el reportero
gráfico, Paparassito, un auténtico cazador de instantáneos momentos que se
hicieron inolvidables bajo su selectivo ojo fotográfico. No hay mucho más que decir,
excepto que todos corrían despavoridos cuando lo veían aparecer con su monóculo
cristalino capturando sin compasión cuanto pasaba. El Planetilla se vendía bien
por sus notas, entrevistas y mini-reportajes pero agotaba sus tirajes con las
separatas gráficas.
El cuartel de operaciones de El Planetilla era la Cafetería
Azul. Allí nos reuníamos los tres y decidíamos los cubrimientos. Esas reuniones
tenían comienzo pero el final nunca fue posible. Nos reíamos tanto que pronto
tuvimos público. Se siente un poco de bochorno al decirlo ahora pero qué lindo
espectáculo dábamos. Por supuesto, nuestro olfato periodístico jamás dejó
escapar un tema. En medio de toda esa atmófera fallida, Wil nos decía qué
hacer. Ahí me di cuenta lo agudo que era para percibir la diferencia entre lo
normal y lo que debe ser noticia. Me molestaban mucho porque siempre rezongaba
con mi cuento de que no era (y es que no lo soy) periodista. Con cada entrega
cambiábamos la bandera del periódico… alcanzamos a hacer como cuatro ediciones
y en una de esas recuerdo haber sido Luis Buñuelo. He intentado recordar cuál
era Wil… creo que Orson Wil… y Pablo… Pablo repitió Dr. House. Además de
divertirnos mucho fue un momento oportuno para conocernos mejor los tres, así
supe del coraje y de lo positivo que es Pablo y de lo parlanchín y bromista que
es Wil. Siempre tenía una historia para contar (la mayoría inspiradas en sus
propias experiencias como periodista en su natal Medellín en el diario El
Colombiano) y con esas idas y vueltas nos ponía en camino de la nota que
debíamos hacer. En ese momento me di cuenta que era el jefe más raro que había
tenido hasta entonces… y aún no hay quién le arrebate ese lugar.
Luego pasó algo que fue definitivo para afirmar algo que se
sentía venir: hacernos amigos. Por esas cosas del trabajo terminamos juntos en
un hermoso y complejo proyecto llamado Mirando cómo Miramos, enfocado en la
formación de público en la recepción televisiva. La universidad fue una de las
siete universidades del país en ser escogida para trabajar en alianza
estratégica con la Santiago de Cali, en un proyecto avalado por la Asociación
Colombiana de Universidades y por encargo de la ahora extinta Comisión Nacional
de Televisión. Wil fue nombrado Coordinador Académico y yo su flaco asistente. Nada
de Sancho Panza. Y así fue como nos vimos envueltos en una aventura llena de
sobresaltos, peripecias, riesgos, frustraciones, descubrimientos…emociones
todas que compartimos con un grupo muy especial de nuestros estudiantes.
Wil y yo viajamos a Cali para recibir una capacitación
acerca de la metodología de los talleres que íbamos a implementar con las
comunidades beneficiadas con el proyecto. Entonces compartimos, por primera vez,
mucho tiempo juntos en habitaciones de hotel (separadas por supuesto… ¡ehhhh! ¡Gente
malpensada!), salones de restaurantes y transportes públicos de toda índole. Luego
al volver a Pereira, invitamos a los estudiantes a vincularse y entonces les
dimos la misma capacitación. No pasó mucho tiempo antes de que nos enterásemos
de la manera más miserable posible, que nos decían: Pinky y Cerebro. Nos lo
dijeron a grito herido en coro. No diré los nombres de los perpretadores para
no hacerles escarnio público. Sólo diré que fue vergonzoso… al menos para mí
que ni idea tenía de quiénes eran esos tales P y C. Lo más duro de todo fue
contemplar como Wil se retorcía a las carcajadas y confirmaba a media lengua la
certeza de los apodos. Lo maldije durante unos 7 meses.
Después de eso ya qué más. Era inevitable hacernos amigos. Como antedecente de un aspecto notable de
nuestra amistad, sucedió algo dos años atrás por allá en marzo del 2008 que fue
profundamente significativo. Wil publicó su libro “Entre el temor y la simpatía”,
con el tema de la Segunda Guerra Mundial vista desde la prensa colombiana. Wil
puso en su dedicatoria: “Para Luis Aldana, colega y aficionado por el mismo
tema interesante y que apasiona, con aprecio”.
El reconocernos como apasionados por el tema de las guerras mundiales y
en particular de la segunda nos abrió la puerta para acceder al más entrañable
y estimulante de los diálogos: el motivado por los libros. Desde que cimentamos
nuestra amistad no ha pasado momento, incluso en los más duros e improbables de
imaginar, en que no hablemos de libros. Wil tiene una enorme cultura libresca y
su amor por los libros se ha convertido en un asunto de serios alcances: los
libros están a punto de tomarse su casa. Ya no hay dónde ponerlos. Cortázar
sonríe malévolo mientras digito estas notas… el Flaco sabe bien de casas
tomadas.
Escuchar a Wil hablar de libros es de las cosas más
deliciosas que le puedan pasar a uno en la vida. Cierto que entre colegas
hablar de libros no es que sea algo del otro mundo, es más bien bastante de
este mundo. Pero cuando se trata de reflejar la huella que un libro deja en
uno, para eso, me pido que sea Wil quien me lo cuente. De escuchar sus
recomendaciones es que han aparecido en mi biblioteca algunos ejemplares bien
particulares.
Y ya para cerrar esto que es más que nada un comienzo de una
declaración profunda y rabiosa acerca de la calidad de ser humano que es mi
amigo contra un discurso perverso que se ha ensañado con él y su familia, puedo
confirmar que estamos infectados sin deseos de hallarle cura con el virus de la
escritura. Aprendí mucho de Wil al conseguir que me contase la historia detrás
de su libro que es una juiciosa investigación sobre la manera como la prensa
nacional cubrió los hechos de la segunda guerra mundial, revelando así los
intereses nacionales en la causa aliada pero también, y esto es lo más
inquietante, en la de los nazis. Wil simplemente extendió las alas de sus tesis
de maestría en Historia, para contarnos ese momento de una manera tan ágil y
clara que ni te das cuenta cuándo has repasado más de 45 años de la historia
del periodismo nacional de comienzos del siglo pasado.
Cuando estábamos en Cali, cumpliendo las agendas de Mirando
cómo Miramos, aprovechaba cada oportunidad para sonsacarle ideas de su nuevo
proyecto editorial. Me contó muchas experiencias y visualizaciones de su
investigación. El tema no podía ser más apasionante y retador. Pero de eso no
hablaré acá, sería violar secretos de escritor. Valga decir que me emociono
solo de recordar la pasión con que Wil hablaba de esa cruzada. Ahora esa fuerza
creativa está silenciada, reprimida, presa.
Conocer a Wil ha sido uno de los más bellos regalos que me
ha dado la maestra vida, tristemente también ha sido la manera más cruda de
conocer la (in)justicia en nuestro país. Hace poco alguien me preguntaba qué
pensaba de todo esto, qué creía… no dudé medio segundo: “Wil es inocente, eso
es todo”. La gente es muy rápida para
juzgar, muy veloz para tomarse en serio lo que medios irresponsables hacen con
la dignidad de una persona con el único propósito de venderse.
Esta no es una historia que busque vender nada. Esta es la
historia de un amigo que cree en su amigo inocente y que lo espera en libertad total para poder tomarnos una foto juntos, a risa plena… dipuestos a… “Conquistar
el mundo, Pinky”.
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