viernes, junio 07, 2013

Extraño a Pinky

Por Luis Aldana Vásquez
aka Cerebro / aka Profe / Aka Lu

Muchos que nos conocen se sorprenden un poco cuando saben que somos amigos, verdaderos amigos, la mayoría nos cataloga como colegas, como meros accidentes laborales. Y no es así. Wil y yo, mejor conocidos entre nuestros estudiantes como Pinky y Cerebro, somos amigos de corta data pero de profundo calado. Aunque no fue siempre así.

Cuando a mediados de la década pasada regresé a Pereira y llegué a la Universidad Católica de Pereira, en aquella época aun ‘Popular del Risaralda’, nombre que se me hacía desde antes de irme poco consistente, me encontré con un grupo de colegas muy heterogéneo. En esos primeros semestres no ubicaba a Wil. Sabía que era profesor de Historia y que los estudiantes rumoraban cosas acerca de su sentido del humor y velocidad para la anécdota. Estaba tan concentrado en adaptarme de nuevo al trabajo tras un largo receso, que no alcanzaba a vislumbrar el entorno de los otros docentes. Luego eso fue cambiando -como es apenas natural-  y empecé a interactuar con todos y a conocerlos poco a poco. Pero esta historia no es sobre ellos y menos sobre mí. Es sobre Wil.

Hubo un momento en que debí tomar muy en cuenta a mi colega paisa y fue cuando asumió la dirección del programa de Comunicación Social-Periodismo, con ese nuevo cargo se convirtió inmediatamente en mi jefe. Algo extraño pasó. No pude verlo nunca como mi superior quizá porque él nunca se asumió así. En ese período sucedió algo que nos hizo compartir más tiempo y espacio. Con ocasión de la celebración de la Semana de la Comunicación, un evento académico que pretende visibilizar la Academia, el Comité Organizador decidió como una estrategia más de difusión que se creara un medio impreso para dar cuenta de cada una de las actividades programadas. Fue así como nació para lustre y gloria del periodismo mundial, El Planetilla, un diario volátil y efímero que contaba en su flota de periodistas con los más renombrados y calificados: Clark Kent (Wil), Peter Parker (quien narra) y Dr. House (Pablo Zuluaga) que por supuesto no es periodista pero que sí es periodista y que ejerció como periodista en el fulgurante paso de El Planetilla por el campus de la Católica. Ese trío insuperable reportó todos y cada uno de los hechos de esa semana de la comunicación. Y Wil como el editor en jefe se desdoblaba además como el reportero gráfico, Paparassito, un auténtico cazador de instantáneos momentos que se hicieron inolvidables bajo su selectivo ojo fotográfico. No hay mucho más que decir, excepto que todos corrían despavoridos cuando lo veían aparecer con su monóculo cristalino capturando sin compasión cuanto pasaba. El Planetilla se vendía bien por sus notas, entrevistas y mini-reportajes pero agotaba sus tirajes con las separatas gráficas.

El cuartel de operaciones de El Planetilla era la Cafetería Azul. Allí nos reuníamos los tres y decidíamos los cubrimientos. Esas reuniones tenían comienzo pero el final nunca fue posible. Nos reíamos tanto que pronto tuvimos público. Se siente un poco de bochorno al decirlo ahora pero qué lindo espectáculo dábamos. Por supuesto, nuestro olfato periodístico jamás dejó escapar un tema. En medio de toda esa atmófera fallida, Wil nos decía qué hacer. Ahí me di cuenta lo agudo que era para percibir la diferencia entre lo normal y lo que debe ser noticia. Me molestaban mucho porque siempre rezongaba con mi cuento de que no era (y es que no lo soy) periodista. Con cada entrega cambiábamos la bandera del periódico… alcanzamos a hacer como cuatro ediciones y en una de esas recuerdo haber sido Luis Buñuelo. He intentado recordar cuál era Wil… creo que Orson Wil… y Pablo… Pablo repitió Dr. House. Además de divertirnos mucho fue un momento oportuno para conocernos mejor los tres, así supe del coraje y de lo positivo que es Pablo y de lo parlanchín y bromista que es Wil. Siempre tenía una historia para contar (la mayoría inspiradas en sus propias experiencias como periodista en su natal Medellín en el diario El Colombiano) y con esas idas y vueltas nos ponía en camino de la nota que debíamos hacer. En ese momento me di cuenta que era el jefe más raro que había tenido hasta entonces… y aún no hay quién le arrebate ese lugar.

Luego pasó algo que fue definitivo para afirmar algo que se sentía venir: hacernos amigos. Por esas cosas del trabajo terminamos juntos en un hermoso y complejo proyecto llamado Mirando cómo Miramos, enfocado en la formación de público en la recepción televisiva. La universidad fue una de las siete universidades del país en ser escogida para trabajar en alianza estratégica con la Santiago de Cali, en un proyecto avalado por la Asociación Colombiana de Universidades y por encargo de la ahora extinta Comisión Nacional de Televisión. Wil fue nombrado Coordinador Académico y yo su flaco asistente. Nada de Sancho Panza. Y así fue como nos vimos envueltos en una aventura llena de sobresaltos, peripecias, riesgos, frustraciones, descubrimientos…emociones todas que compartimos con un grupo muy especial de nuestros estudiantes.

Wil y yo viajamos a Cali para recibir una capacitación acerca de la metodología de los talleres que íbamos a implementar con las comunidades beneficiadas con el proyecto. Entonces compartimos, por primera vez, mucho tiempo juntos en habitaciones de hotel (separadas por supuesto… ¡ehhhh! ¡Gente malpensada!), salones de restaurantes y transportes públicos de toda índole. Luego al volver a Pereira, invitamos a los estudiantes a vincularse y entonces les dimos la misma capacitación. No pasó mucho tiempo antes de que nos enterásemos de la manera más miserable posible, que nos decían: Pinky y Cerebro. Nos lo dijeron a grito herido en coro. No diré los nombres de los perpretadores para no hacerles escarnio público. Sólo diré que fue vergonzoso… al menos para mí que ni idea tenía de quiénes eran esos tales P y C. Lo más duro de todo fue contemplar como Wil se retorcía a las carcajadas y confirmaba a media lengua la certeza de los apodos. Lo maldije durante unos 7 meses.

Después de eso ya qué más. Era inevitable hacernos amigos.  Como antedecente de un aspecto notable de nuestra amistad, sucedió algo dos años atrás por allá en marzo del 2008 que fue profundamente significativo. Wil publicó su libro “Entre el temor y la simpatía”, con el tema de la Segunda Guerra Mundial vista desde la prensa colombiana. Wil puso en su dedicatoria: “Para Luis Aldana, colega y aficionado por el mismo tema interesante y que apasiona, con aprecio”.  El reconocernos como apasionados por el tema de las guerras mundiales y en particular de la segunda nos abrió la puerta para acceder al más entrañable y estimulante de los diálogos: el motivado por los libros. Desde que cimentamos nuestra amistad no ha pasado momento, incluso en los más duros e improbables de imaginar, en que no hablemos de libros. Wil tiene una enorme cultura libresca y su amor por los libros se ha convertido en un asunto de serios alcances: los libros están a punto de tomarse su casa. Ya no hay dónde ponerlos. Cortázar sonríe malévolo mientras digito estas notas… el Flaco sabe bien de casas tomadas.

Escuchar a Wil hablar de libros es de las cosas más deliciosas que le puedan pasar a uno en la vida. Cierto que entre colegas hablar de libros no es que sea algo del otro mundo, es más bien bastante de este mundo. Pero cuando se trata de reflejar la huella que un libro deja en uno, para eso, me pido que sea Wil quien me lo cuente. De escuchar sus recomendaciones es que han aparecido en mi biblioteca algunos ejemplares bien particulares.

Y ya para cerrar esto que es más que nada un comienzo de una declaración profunda y rabiosa acerca de la calidad de ser humano que es mi amigo contra un discurso perverso que se ha ensañado con él y su familia, puedo confirmar que estamos infectados sin deseos de hallarle cura con el virus de la escritura. Aprendí mucho de Wil al conseguir que me contase la historia detrás de su libro que es una juiciosa investigación sobre la manera como la prensa nacional cubrió los hechos de la segunda guerra mundial, revelando así los intereses nacionales en la causa aliada pero también, y esto es lo más inquietante, en la de los nazis. Wil simplemente extendió las alas de sus tesis de maestría en Historia, para contarnos ese momento de una manera tan ágil y clara que ni te das cuenta cuándo has repasado más de 45 años de la historia del periodismo nacional de comienzos del siglo pasado.

Cuando estábamos en Cali, cumpliendo las agendas de Mirando cómo Miramos, aprovechaba cada oportunidad para sonsacarle ideas de su nuevo proyecto editorial. Me contó muchas experiencias y visualizaciones de su investigación. El tema no podía ser más apasionante y retador. Pero de eso no hablaré acá, sería violar secretos de escritor. Valga decir que me emociono solo de recordar la pasión con que Wil hablaba de esa cruzada. Ahora esa fuerza creativa está silenciada, reprimida, presa.

Conocer a Wil ha sido uno de los más bellos regalos que me ha dado la maestra vida, tristemente también ha sido la manera más cruda de conocer la (in)justicia en nuestro país. Hace poco alguien me preguntaba qué pensaba de todo esto, qué creía… no dudé medio segundo: “Wil es inocente, eso es todo”.  La gente es muy rápida para juzgar, muy veloz para tomarse en serio lo que medios irresponsables hacen con la dignidad de una persona con el único propósito de venderse.

Esta no es una historia que busque vender nada. Esta es la historia de un amigo que cree en su amigo inocente y que lo espera en libertad total para poder tomarnos una foto juntos, a risa plena… dipuestos a… “Conquistar el mundo, Pinky”. 

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