lunes, mayo 20, 2013

Sucedió hoy 20 de mayo, del año dos mil trece

Estaba en clase de Medios, mis estudiantes realizaban un ejercicio tipo cuestionario que intentaba explorar cuestiones vitales, asuntos como qué me apasiona, qué me motiva, en qué encuentro plenitud, alegría, con qué me identifico, qué personas me inspiran… en fin, toda una estratagema que se me vino en estos días pensando y pensando en cómo armar una exposición fotográfica sobre la esperanza y el optimismo. Valores bastante ajenos a todos en estos tiempos grises y desvaídos.

Los resultados no fueron tan entusiastas como esperaba, sin embargo la idea fue decididamente ´incepcionada’ y hubo muchas sorpresas gratas. En ocho días veremos a qué caminos nos conduce. El asunto es que mientras ellos conversaban sobre estas vitales cuestiones tuve la necesidad de leer algo en la espera. Abrí el navegador y como suelo hacer de cuando en cuando me fui de blog en blog… y claro, pasé por acá [cuando intentaba comentar en el blog Raíz de menos uno, el 'acá' tenía sentido] y caí en el 9 de mayo: Calle Francisco I. Madero. Lo leí con delectación, saboreando cada palabra, cada oración descriptiva, solazándome con la experiencia de moverme en esos espacios que el autor de manera tan lúcida evoca.

Ya en la tarde tras rematar la larga jornada con otras lecturas y labores, me recosté un rato, justo en el cruce del día y la noche… y soñé una película.

Veía las imágenes y estaba plenamente consciente de que era una película la que estaba viendo. Al comienzo parecía como un dramonón de esos de telenovela. La primera certeza que obtuve fue que era mexicana. Los acentos, los personajes, los espacios y esa manera peculiar que tienen los realizadores mexicanos de narrar melodramas. Pero pronto derivó a algo más complejo, con una atmósfera visual y dramática más cinematográfica. No recuerdo ahora bien los inicios, sé que había varias personas con el centro puesto en una mujer de fuerte carácter, que discutían algo en relación con el futuro de la familia. Esto ocurría en un gran salón con decoración moderna, soberbiamente iluminado. Y luego la escena iba a la cocina. La cámara no cortaba. Y pensaba esto: la cámara no corta, qué bien. Me llevaba a otro nivel de la historia con la sencillez de su suave movimiento en travelling.

En la cocina una mujer lloraba y un hombre con uniforme, parecía de conductor, se movía nervioso. Luego poniéndose una gorra, salía con rapidez mientras refunfuñaba. “Esta vez sí que me echarán de la casa… otra noche perdida”. Pensaba en que ese personaje, mejor, que el actor se me hacía conocido pero no conseguía identificarlo. Tenía el cabello un poco largo para su edad pero le lucía bien. Con algunas hebras de blanca luz. La mujer lo veía partir y medio se calmaba. La cámara se quedaba con ella unos segundos. Y en el fuera de cuadro, la voz en distancia del hombre: “¿Dónde carajos estará Venancio?”. Y corte a un auto en movimiento. Pienso que es un buen corte, fluido y con mucho contraste.

Al frente del volante un joven muy parecido al hombre. Iba cantando. Algo moderno, como de rock en español. Pienso que ese actor es Diego Luna. Con el cabello largo. Va cantando feliz, con una sonrisa plena. El auto se desliza por las calles en la noche. Las luces de la ciudad trazan su ruta. Comprendo que él es Venancio. Veo que gira en una gran rotonda, se parece a Reforma. Nunca he estado en el DF pero lo he visto en muchas novelas y pelis. Parece que es Reforma. La cámara me muestra que el auto es un escarabajo. No es un taxi. No por ahora. 

Venancio deja de cantar, mira a la cámara y empieza a contar una historia. “Esta historia les va a gustar. Me la contó un escarabajo como el mío, ya hace unos años. Sí, creerán que estoy loco. Me tiene sin cuidado, sé bien lo que escuché. El escarabajito me contó de una leyenda de carros. La leyenda de los estallados. Los carros cuando se sienten muy cansados de rodar y rodar por las calles, día tras noche, deciden de un momento a otro que no quieren marchar más y entonces buscan la manera de estallarse las llantas. Hay muchas maneras de hacerlo, me aseguró”. Mientras Venancio hablaba veía como seguía desplazándose por la ciudad nocturna. Y pensaba qué bien lo del relato y que le hable a la cámara, es extraño. Se siente al director, al autor que quiere narrar su peli, a su estilo.

Venancio siguió con la historia. “Y una de esas maneras era ir a lo que el escarabajo llamaba 'a que te rolarán'. Y recordó entonces la vez que él quiso hacerlo. Era un procedimiento extraño que se practicaba en lugares clandestinos y de dudosa seguridad. Hasta allí fue el escarabajo… eso me contaba”. En ese momento Venancio se detuvo frente a una pequeña iglesia. Bajó del auto. Miró a la cámara de nuevo. “Ya les contaré el final de los rolados”. Entró a la iglesia. Se persignó pero se notaba que era mero reflejo de costumbre. Había una boda. Mucha gente. Era gente humilde. La iglesia estaba muy adornada con guirnaldas de papeles multicolores y flores de diversa especie. Primaban las rosas de todos los colores. Venancio entró por todo el centro de la nave, era una iglesia diminuta, casi una capilla. Había tanto alboroto que nadie notó que un extraño había ingresado. Venancio llegó hasta el altar y vio al costado derecho, rodeada de otras mujeres, a la novia. Era una chica muy linda, mestiza, de piel suave y sonrosadas mejillas, ojos oscuro, cabello negro, recogido en un moño corto pero suelto a los lados, largo y abundante. Venancio quedó prendado, su rostro palideció y luego una sonrisa lo sorprendió. Ella lo vio. Apenas fue un segundo pero fue suficiente. Pensé en ese cruce de planos. Bien hecho, director. Qué eficacia, qué voluntad narrativa tan diáfana.

Venancio pensó, escuché su voz interior. “Me voy a acercar… voy a darle una grasita”. Vi desde su punto de vista como se metía la mano a un bolsillo de la chaqueta y sacaba una imagen de sí mismo, pero en estilo dibujo de su silueta. Con fondo psicodélico. Era una calcomanía o pegantina como dicen en otros sitios. Pero él decía: “La voy a engrasar… nada más y me largo. Sólo quiero verla de cerca”. Y la cámara era su mirada. Buena subjetiva, pensaba. Llegó hasta donde ella, por un momento estuvo sola, las otras mujeres se apartaron en una suerte de coreografía accidental pero oportuna. Venancio la miró a los ojos y extendiendo la mano le entregó la imagen. Ella se turbó un poco, miró la imagen y lo miró a él. Un hombre que estaba de espaldas detrás de ella se volvió. Tenía el cabello más largo que el de Venancio. Era alto, fornido, de mala cara. Ella le puso la calcomanía en el pecho. El hombre la miró y sonrió. Se aproximó a Venancio que retrocedió en respuesta. 

De nuevo la cámara objetiva, mostrando a los hombres cara a cara, Venancio más bajo pero no por eso menos presente. El hombre llamó la atención de todos y empezó a maldecir a Venancio quien retrocedió otro tanto y puso las manos en su rostro en gesto defensivo. Unos hombres mayores, vestidos con ponchos de muchos colores, salieron de algún lado y tomaron a Venancio por los hombros. “Pero si no hice nada… apenas quería felicitar a la novia… cierto que me fijé que tiene un lindo trasero [acá un inserto de la primera vez que la vio de espaldas, justo al entrar, se nota bajo la pesadez del traje de novia que la chica tiene un bonito cuerpo, pienso buen detalle, director, no lo noté la primera vez] hombre, eso no es nada… pensé en lo afortunado que era su marido. No sería tan estúpido como para meterme con una mujer recién casada”. Los hombres reían y más lo sacudían.

Y entonces vi un papel, se parecía bastante a una hoja de un plan de rodaje… muchas notas hechas a mano, con lápiz negro y lapicero rojo. Y en la parte baja dos palabras en mayúsculas escritas con un marcador: Mex-Chi.

Fade out.

Y todo esto, por tu culpa Tavo. Perdona lo extenso… ya sabes cómo son los sueños.

Gracias. Sigue rayando teclas.

Un abrazo. 

PD. A propósito de Calle Francisco I. Madero de Gustavo Vargas en su blog Raíz de menos uno. Más que recomendado: ¿Qué esperas para leerlo, lector?

2 comentarios:

  1. Agradezco esa culpa Luis, y honrado de ella. Si podría pasar este sueño relato con muchas ganas de guión por la Avenida Reforma.
    Abrazos.

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    1. Claro que sí. Fue un puro sortilegio provocado por tus palabras. Ya puedes agregar en la hoja de vida: brujo.

      Un abrazo.

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