Los resultados no fueron tan entusiastas como esperaba, sin
embargo la idea fue decididamente ´incepcionada’ y hubo muchas sorpresas gratas.
En ocho días veremos a qué caminos nos conduce. El asunto es que mientras ellos
conversaban sobre estas vitales cuestiones tuve la necesidad de leer algo en la
espera. Abrí el navegador y como suelo hacer de cuando en cuando me fui de blog
en blog… y claro, pasé por acá [cuando intentaba comentar en el blog Raíz de menos uno, el 'acá' tenía sentido] y caí en el 9 de mayo: Calle Francisco I.
Madero. Lo leí con delectación, saboreando cada palabra, cada oración
descriptiva, solazándome con la experiencia de moverme en esos espacios que el
autor de manera tan lúcida evoca.
Ya en la tarde tras rematar la larga jornada con otras
lecturas y labores, me recosté un rato, justo en el cruce del día y la noche… y
soñé una película.
Veía las imágenes y estaba plenamente consciente de que era
una película la que estaba viendo. Al comienzo parecía como un dramonón de esos
de telenovela. La primera certeza que obtuve fue que era mexicana. Los acentos,
los personajes, los espacios y esa manera peculiar que tienen los realizadores
mexicanos de narrar melodramas. Pero pronto derivó a algo más complejo, con una
atmósfera visual y dramática más cinematográfica. No recuerdo ahora bien los
inicios, sé que había varias personas con el centro puesto en una mujer de
fuerte carácter, que discutían algo en relación con el futuro de la familia. Esto
ocurría en un gran salón con decoración moderna, soberbiamente iluminado. Y
luego la escena iba a la cocina. La cámara no cortaba. Y pensaba esto: la
cámara no corta, qué bien. Me llevaba a otro nivel de la historia con la
sencillez de su suave movimiento en travelling.
En la cocina una mujer lloraba y un hombre con uniforme,
parecía de conductor, se movía nervioso. Luego poniéndose una gorra, salía con
rapidez mientras refunfuñaba. “Esta vez sí que me echarán de la casa… otra
noche perdida”. Pensaba en que ese personaje, mejor, que el actor se me hacía
conocido pero no conseguía identificarlo. Tenía el cabello un poco largo para
su edad pero le lucía bien. Con algunas hebras de blanca luz. La mujer lo veía
partir y medio se calmaba. La cámara se quedaba con ella unos segundos. Y en el
fuera de cuadro, la voz en distancia del hombre: “¿Dónde carajos estará
Venancio?”. Y corte a un auto en movimiento. Pienso que es un buen corte,
fluido y con mucho contraste.
Al frente del volante un joven muy parecido al hombre. Iba
cantando. Algo moderno, como de rock en español. Pienso que ese actor es Diego
Luna. Con el cabello largo. Va cantando feliz, con una sonrisa plena. El auto
se desliza por las calles en la noche. Las luces de la ciudad trazan su ruta. Comprendo
que él es Venancio. Veo que gira en una gran rotonda, se parece a Reforma.
Nunca he estado en el DF pero lo he visto en muchas novelas y pelis. Parece que
es Reforma. La cámara me muestra que el auto es un escarabajo. No es un taxi.
No por ahora.
Venancio deja de cantar, mira a la cámara y empieza a contar una historia. “Esta
historia les va a gustar. Me la contó un escarabajo como el mío, ya hace unos
años. Sí, creerán que estoy loco. Me tiene sin cuidado, sé bien lo que escuché.
El escarabajito me contó de una leyenda de carros. La leyenda de los
estallados. Los carros cuando se sienten muy cansados de rodar y rodar por las
calles, día tras noche, deciden de un momento a otro que no quieren marchar más
y entonces buscan la manera de estallarse las llantas. Hay muchas maneras de
hacerlo, me aseguró”. Mientras Venancio hablaba veía como seguía desplazándose
por la ciudad nocturna. Y pensaba qué bien lo del relato y que le hable a la
cámara, es extraño. Se siente al director, al autor que quiere narrar su peli,
a su estilo.
Venancio siguió con la historia. “Y una de esas maneras era
ir a lo que el escarabajo llamaba 'a que te rolarán'. Y recordó entonces la vez
que él quiso hacerlo. Era un procedimiento extraño que se practicaba en lugares
clandestinos y de dudosa seguridad. Hasta allí fue el escarabajo… eso me
contaba”. En ese momento Venancio se detuvo frente a una pequeña iglesia. Bajó
del auto. Miró a la cámara de nuevo. “Ya les contaré el final de los rolados”.
Entró a la iglesia. Se persignó pero se notaba que era mero reflejo de
costumbre. Había una boda. Mucha gente. Era gente humilde. La iglesia estaba
muy adornada con guirnaldas de papeles multicolores y flores de diversa
especie. Primaban las rosas de todos los colores. Venancio entró por todo el
centro de la nave, era una iglesia diminuta, casi una capilla. Había tanto
alboroto que nadie notó que un extraño había ingresado. Venancio llegó hasta el
altar y vio al costado derecho, rodeada de otras mujeres, a la novia. Era una
chica muy linda, mestiza, de piel suave y sonrosadas mejillas, ojos oscuro,
cabello negro, recogido en un moño corto pero suelto a los lados, largo y
abundante. Venancio quedó prendado, su rostro palideció y luego una sonrisa lo
sorprendió. Ella lo vio. Apenas fue un segundo pero fue suficiente. Pensé en
ese cruce de planos. Bien hecho, director. Qué eficacia, qué voluntad narrativa
tan diáfana.
Venancio pensó, escuché su voz interior. “Me voy a acercar…
voy a darle una grasita”. Vi desde su punto de vista como se metía la mano a un
bolsillo de la chaqueta y sacaba una imagen de sí mismo, pero en estilo dibujo de su silueta. Con fondo psicodélico. Era una calcomanía o pegantina como dicen en otros sitios. Pero él decía: “La voy a
engrasar… nada más y me largo. Sólo quiero verla de cerca”. Y la cámara era su
mirada. Buena subjetiva, pensaba. Llegó hasta donde ella, por un momento estuvo
sola, las otras mujeres se apartaron en una suerte de coreografía accidental
pero oportuna. Venancio la miró a los ojos y extendiendo la mano le entregó la
imagen. Ella se turbó un poco, miró la imagen y lo miró a él. Un hombre que estaba
de espaldas detrás de ella se volvió. Tenía el cabello más largo que el de
Venancio. Era alto, fornido, de mala cara. Ella le puso la calcomanía en el
pecho. El hombre la miró y sonrió. Se aproximó a Venancio que retrocedió en
respuesta.
De nuevo la cámara objetiva, mostrando a los hombres cara a cara,
Venancio más bajo pero no por eso menos presente. El hombre llamó la atención
de todos y empezó a maldecir a Venancio quien retrocedió otro tanto y puso las
manos en su rostro en gesto defensivo. Unos hombres mayores, vestidos con
ponchos de muchos colores, salieron de algún lado y tomaron a Venancio por los
hombros. “Pero si no hice nada… apenas quería felicitar a la novia… cierto que
me fijé que tiene un lindo trasero [acá un inserto de la primera vez que la vio
de espaldas, justo al entrar, se nota bajo la pesadez del traje de novia que la
chica tiene un bonito cuerpo, pienso buen detalle, director, no lo noté la
primera vez] hombre, eso no es nada… pensé en lo afortunado que era su marido. No
sería tan estúpido como para meterme con una mujer recién casada”. Los hombres
reían y más lo sacudían.
Y entonces vi un papel, se parecía bastante a una hoja de un
plan de rodaje… muchas notas hechas a mano, con lápiz negro y lapicero rojo. Y
en la parte baja dos palabras en mayúsculas escritas con un marcador: Mex-Chi.
Fade out.
Y todo esto, por tu culpa Tavo. Perdona lo extenso… ya sabes
cómo son los sueños.
Gracias. Sigue rayando teclas.
Un abrazo.
PD. A propósito de Calle Francisco I. Madero de Gustavo Vargas en su blog Raíz de menos uno. Más que recomendado: ¿Qué esperas para leerlo, lector?
Agradezco esa culpa Luis, y honrado de ella. Si podría pasar este sueño relato con muchas ganas de guión por la Avenida Reforma.
ResponderBorrarAbrazos.
Claro que sí. Fue un puro sortilegio provocado por tus palabras. Ya puedes agregar en la hoja de vida: brujo.
BorrarUn abrazo.