por Rocío Carmesí
Me levanto de mi asiento para ver la pequeña pantalla que está frente a mí y regresar el concierto de Queen al minuto 2:50, en donde suena, por quinta vez, Under Pressure. Voy en un autobús desde Mexicali (mi ciudad natal) a Tijuana, en donde está mi hogar. Son dos horas de camino, y aunque ya lo he recorrido antes, esta vez hay una grieta en la realidad.
Por unos instantes estoy en un universo alterno. Apenas se puede ver el resto de los asientos y en el fondo del pasillo resaltan unas parpadeantes luces neón que iluminan de color rosa y azul las figuras de lo binario de los baños. Solo somos dos pasajeros y el chofer. “Rentaron el autobús para ustedes”, dice un militar que nos detuvo en la revisión de rutina que se ha vuelto más estricta desde hace cuatro años por las llamadas caravanas migrantes. “¿Van a Tijuana?”, pregunta en modo dizque amistoso, tratando de identificar algún acento extraño.
Entre luces y arbustos, apenas se distingue el paisaje de la Rumorosa. Ese espiral decorado con rocas color marrón y un silencio que trata de llevarte a su centro. El reflejo de la ventana dibuja cuatro sombras a la luna menguante, como si hubiera deslizado mi dedo sobre ella para desvanecerla. Espero que termine el solo de Roger Taylor para que empiece otra vez Under Pressure. Ya muchos se saben la historia detrás del riff de bajo del inicio y la colaboración de David Bowie con Queen en 1981. Pero para mí significaba las memorias de esas calurosas tardes de los 90s en las que íbamos a ver a mis tíos jugar basquetbol a la ciudad deportiva en Mexicali, el olor a pasto húmedo y el silbido del árbitro que sobresalía del de los grillos. También era mi fascinación por los movimientos de cadera de Freddie, que me hacían pensar en la ligereza de John Travolta bailando Stayin' Alive de los Bee Gees. No era nada más que eso, el soundtrack de algún momento de mi vida, junto con mi admiración por lxs performances, aquellxs que se dejaron caer al vacío.
Pero hace unos meses detuve todo para escucharla, luego de que Charlote Wells y su editor Blair McClendon la pusieran para mí en la ópera prima de la directora, Aftersun. Pudo pasar por una escena más, de esas que usan el recurso de atraer las nostalgias con la música. Sin embargo, el trabajo que hizo Oliver Coates con el remix, los cambios de ritmo, la selección exacta que empata con la narrativa de Wells y su editor, te llevan de la mano en ese devenir de emociones que tiene a la depresión como principal protagonista.
Y de pronto te ves en una resbaladilla, viendo tus propios ojos en los de Calum Patterson, que no por nada llevó a Paul Mescal a la 95ª edición de los premios Óscar. Te ves también en la mirada de Sophie Patterson, comprendiendo a través de su experiencia de adulta esos silencios, los brotes de entusiasmo efímero, la búsqueda continua de sentido y las ganas de lanzarte al vacío, junto al miedo constante de estar al borde. Puedes verlo porque has estado ahí, has hecho ese recorrido que no tiene orden, ni un inventario certero.
Como cuando hace poco estaba en la sala de la casa de mi mamá y quise mirarme en el espejo que no está desde principios del 2000. Entonces lo que hacemos es recoger lo que hay y tratar de armar los rostros y pasos de las personas que fuimos y de las que estuvieron. Aunque eso no significa que puedas subirte a la cima para ver hacía atrás y comprenderlo todo. Una imagen no nos alcanza, a Sophie no le alcanza aunque regrese la cinta una y otra vez. El contraste de las risas de la niña y la frustración de la adulta, entre sombras y destellos de luz, retratan la complejidad de nuestras experiencias.
A veces, cuando somos niñxs no queremos tener un papá o una mamá con depresión. A veces, cuando somos adultxs mamá y papá no quieren tener hijxs con depresión. Y tratamos de escapar entonces, de sacarle la vuelta al tema, quizá para no reconocernos en ello. Así Calum le recuerda a Sophie que el motivo de la corta convivencia es la diversión, cuando ella trata de hablarle de sus episodios de depresión. Y tal vez ella se cuestiona si es verdad que lo mejor es guardar silencio y soportar. Después de todo lo intenta, lo seguimos intentando. Calum lo intenta con sus libros sobre meditación y tai chi. Sophie también lo hace con su mirada desafiante y al subir al escenario a cantar Losing my religion de R.E.M., aunque el papá no quiera hacer el dueto con ella.
Seguimos intentando porque corremos acelerados tratando de pertenecer antes de que el tiempo se nos agote. Pertenecer es habitar completamente la vida. Sin ello, parece que solo vamos a la deriva, en una búsqueda constante que se convierte en huida. No es suficiente tapizar la pared dañada, ni expresar solo con palabras. Pero nos paraliza el miedo, “el miedo a saber cómo es el mundo”, vivir “bajo la presión” de pensar que no hay otra oportunidad más. Y aunque Sophie trata de decirle a Calum “este es tu lugar seguro, aquí te puedes quedar”, él aprendió hace mucho que estar ausente lo mantenía a salvo. Y al final él se va por la puerta verde, entre sombras y destellos de luz.
Acerca de la autora:
Rocío Carmesí, es licenciada en derecho y maestra en historia por la Universidad Autónoma de Baja California. Actualmente trabaja en una empresa editorial. Ha sido parte de grupos de artes escénicas y es integrante del proyecto La Puerta, colectiva de fotógrafas emergentes de la ciudad de Tijuana. Partició recientemente en uno de los cursos de Lista La Miranda, tal vez esa sea una de las razones para compartirnos su reseña que sí esperábamos.
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