Uno de los pocos y auténticos placeres de sentarse a ver televisión nacional un sábado de desprograme es El mundo según Pirry, escrito y dirigido por este extraño, simpático y siempre impredecible personaje que es Guillermo Larrota, el Pirry. Y suele suceder que tras los primeros encuentros, se convierta en el programa de los sábados ver el programa del loco y talentoso cronista de a pie. Surgido hace apenas unos pocos años, no se sabe de dónde (y en el caso suyo no podría ser de otra forma), Pirry ha demostrado no sólo ser un innovador gracias a su tan personal estilo de narrar historias sino un obligado, y tal vez para algunos molesto, tema de conversación cuando de analizar el tipo de opinión que crean los medios se trata.
Aferrado a su carácter aventurero, despreocupado y sincero, Pirry ha explorado con su cámara y en su propia carne y sangre, las más divertidas, sorprendentes y singulares historias llenas de personajes imposibles y positivos en medio de diversos paisajes, acompañadas siempre de ese relato en off que cautiva y conmueve. Lo interesante de todo esto es que como él mismo lo reconoce, Pirry no es un periodista ni de escuela ni de la calle; su agudo talento simplemente ha estado atento a aprovechar y emplear con juicio buenos consejos. De allí su respeto por Alvaro García quien le diagnosticó que su mal era crónico: ser cronista y para rematarlo, un buen cronista. Y en la televisión colombiana actual hay muy pocos cronistas, y si los hay (sin duda tiene que haberlos) no tienen cabida en las parrillas de programación. Hay casos mencionables como el de Ernesto McCausland hace un tiempo, Manuel Teodoro quien recién aterrizó con sus especiales informes o, el de Tatiana Ariza (infelizmente suspendida) con la sección de recorrido por Colombia de un reconocido patrocinador, que con todo el respeto que se merece John Portela, no logra hoy en día el nivel de agilidad, eficacia narrativa y encanto de su predecesora.
Con todo y eso, la presencia de Pirry sigue siendo la más destacable y permite al espectador asomarse a otra manera de narrar en la que el sentido del humor, la visceralidad y la crítica rampante son factores definitivos para construir buenos relatos audiovisuales. Y es que con la licencia de su irrepetible personalidad, Pirry puede ser todo lo heterodoxo (en realidad queremos decir: atravesado) que se le ocurra, sin tener que responder por normas de estilo, buen decoro y asepsia que a veces se le exige tácitamente al periodismo ‘serio’ (lo ponemos así porque nos parece una redundancia; todo periodismo es serio… sin embargo, en las actuales circunstancias podría dudarse de esta afirmación de principios).
Las crónicas sobre el triunfo del Once Caldas, la saga del yagé y el veneno de la rana, la partida en mil pedazos de su corazón en París, la celebración de la vida en la Patagonia, y otro sinnúmero de posibilidades son un gesto de buen gusto, en la mayoría de las ocasiones (la del escultor pereirano que conquista a Miami y a NYC acusó un descuido impasable, bajo nivel técnico y un casi desliz ético al emplear imágenes de una entrevista de Claudia Gurisatti con el personaje en New York, sin ningún crédito explicativo), y un ejemplo válido tanto para estudiantes de comunicación, cine o televisión, como para profesionales del medio. Además, este trabajo representa la mirada diferente a temas que bajo la óptica de la monopólica versión oficial han terminado por dominar gran parte del espectro informativo, impidiendo al espectador conocer no sólo otras realidades sino las mismas pero con sus diversas facetas y matices.
Preocupa sí el último giro que ha tomado la propia crónica pirryca (que de pobre no tiene nada, vale decirlo) en esta nueva temporada en la que se mezcla el espacio de los sábados con la versión para la franja del G11. Y es que se agotó la novedad y se dio inicio a un proceso de desgaste que no beneficia ni al realizador, ni al público que es sin duda la parte interesada del asunto. Por muy ampliadas que sean las notas pretendiendo ser el desenlace de previas entregas, todo el paquete revestido de ‘géonce’, no pierde ese tono de lo mismo de lo mismo. En La isla de los famos.o.s Pirry ofreció una aceptable imagen de conductor sin perder su estilo pero en otro sentido y contexto, pero como nos encantaría ver al intrépido cronista reinventarse a sí mismo explorando nuevas técnicas, diversos formatos y proponiéndose otras metas audiovisuales. A ver si es posible afirmar que ‘hay Pirry pa’rato’.
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