jueves, noviembre 11, 2004

EL RAYO AZUL / EO

De amores y desamores, un malamor
La cartelera del cine nacional ha empezado a palpitar con una afortunada y oportuna frecuencia de unos años acá, en especial los dos últimos. Lo cual tiene mucho que ver con la aprobación de la Ley de Cine que considera una serie de estímulos tributarios para los inversionistas nacionales y extranjeros. Tal vez por ese camino obvio de la financiación estamos contemplando la posibilidad de que nuestros directores puedan contar sus historias. Y en todo este convulsivo y entusiasta panorama, que por supuesto es apenas el comienzo y que merece toda la calma del caso, se presentan diversas opciones para los espectadores. Ese reclamo que tanto se hacía desde siempre. Además esto coincide con esfuerzos más independientes que enriquecen la atmósfera cinematográfica. Es así como llega a la pantalla Malamor, la última película de Jorge Echeverry,

El director casi que respondiendo a los cuestionamientos a su dominio del oficio, hizo para Dago García, La pena máxima (2001) con Robinson Díaz y Enrique Carriazo, con el resultado limpio mas no destacable de una historia bien contadita pero sin ningún detalle digno de recordar. Más un producto televisivo en gran formato que una cinta de cine. Lo cual es también importante en términos de que el público colombiano siga teniendo opciones, siempre y cuando estas al menos lo entretengan decentemente. Y el caso de la cinta de García, que no de Echeverry, es ese. Un cuento completo, con concesiones desafortunadas pero aceptable. Y tal vez eso tenga que ver con el ejercicio puramente operativo del director.

Echeverry se distingue por su personal estilo que muchos críticos consideran demasiado íntimo y casi críptico, como si eso fuese un defecto intolerable y no una de las posibles cualidades del autor, y desde su primera cinta, Terminal (2000) ha venido insistiendo en un tipo de relato audiovisual extremo y particular.

En Malamor con la fuerte presencia escénica de una cada vez más expuesta, Cristina Umaña, y el toque extraño de Fabio Rubiano, el director se inclina por un desarrollo que desde la epidermis anómala de la realidad nacional apenas vislumbrada en unos insertos dispersos, intenta introducirse en la densidad mental de unos personajes desarraigados y caóticos, con unos leves signos de normalidad como para no desempacar tan rápido la atención del público. El riesgo tomado arranca con un decisivo inicio, bastante bien puesto y narrado que peca por prometer un continuo visual abismado. Sin embargo, a medida que avanza el relato se desentona no tanto en el secuenciamiento como en el ritmo interno. Esa compulsión visual y sonora que posee todo plano por naturaleza. Cada encuadre que al espectador se le presenta como una totalidad escénica, ha tenido que pasar por el sentido fragmentador del realizador quien compone, con un alto sentido de control, los elementos siempre en cumplimiento de una necesidad y exigencia específica del relato.

Y es aquí donde ya se puede separar el espectador al tener que decidir entre seguirle la corriente a los personajes con la esperanza de que lo conmuevan, en una dirección u otra, es decir, para amarlos o repudiarlos, hasta la imposiblidad del olvido, o irse de meditación con el autor y ver si le entiende su perspectiva vital. Cuando esa disyuntiva se presenta es porque algo falla al interior del dispositivo narrativo.

Cuando el personaje de Rubiano dice: “Y aquí va el final”, Echeverry está con él para mostrarnos la imagen que corresponde al enunciado de su protagonista. Y esa es la fuerza poderosa del instante perfectamente conseguido. Las obras maestras del cine están construidas con pequeños y definitivos instantes de esa naturaleza. También lo están las obras de cine que sin ser maestras son de indudable calidad y poder audiovisual. Es difícil una vez se han vivido, olvidar momentos sublimes como cuando Michael Corleone asesina a Sollozo y al capitán McCluskey, ‘El Padrino’ (Francis Ford Coppola, 1972) , o el mágico cuadro en que Dubey le confiesa sin palabras su amor súbito y total a Alice en ‘La boda’ (Mira Nair, 2001).

Y en Malamor esa es la promesa rota. Ante una posibilidad de relato supremo, el director privilegia su visión a la de sus personajes. Estar en la película como pensador, inquieto ciudadano, es factible, pero estar allí, emocional y visceralmente, es una paradoja imposible. Hay tal distanciamiento que el reto afectivo es insostenible. A menos, y he aquí quizás el propósito interior del autor, que el espectador se someta a las reglas imprecisas y no emocionales que el director propone. Por ese camino es posible llegar hasta los lugares últimos, esos dominantes escenarios en que se representa el desenlace de una historia de amor que hace pensar mas no derrite. Y es que es vital ese proceso de desbrozamiento.

En algunos momentos, la soberbia interpretación de Umaña explora la comunicación íntima con el espectador pero algo la retiene… al punto que con todo y que se acepte el sometimiento que citábamos, esa retención se extiende y es como una peste que afecta a todos los demás personajes. Los puntos muertos, esos tiempos estériles en que en apariencia no pasa nada que eran tan significativos en Antonioni, acá tienen un peso específico que no permite levitar y ahondar al relato. Porque lo que en el cineasta italiano era decantación del alma de los personajes, en Echeverry es ineficacia narrativa para densificar no en la superficie (lo cual logra con citas visuales y textuales ajenas al relato), sino en la piel de los seres que habitan el alma del relato. Y es que la historia de Malamor en sí misma vale la pena ser contada.

Tal vez la propuesta de Jorge Echeverry intenta que el espectador corra un riesgo mayor que el suyo como productor, autor y realizador, y es el de creerle pese a todo. En la proyección a la que EO asistió, escuchamos de pasada el comentario casi desesperado de una interesada espectadora: “Y si nos hicieran un foro para entender…”.

Sin duda no se trata de llegar a ese extremo intelectualista, a no ser que se acepte que los foros audiovisuales son para entender y no para compartir ese entendimiento, fruto del ejercicio personal de percepción. Más bien quizás sea preferible no irse por lo fácil y concederle un espacio de buena duda al director y seguirle la cuerda, confiando eso sí en que él mismo, por sus propias necesidades autocríticas y narrativas, encuentre el balance y consiga en su próximo intento, conectar sostenidamente esos momentos de ‘aquí va el final’ de manera tal que al puro final, esta vez sí, logre que el espectador susurre, cómplice: ‘me movió el piso, así no me descrestara’.

MALAMOR
Jorge ECHEVERRY
2003

Cristina Umaña
Fabio Rubiano
Jhon Álex Toro
Marcela Valencia
Gustavo Angarita

Filmografía:
Malamor (2003)
La pena máxima (2001)
Terminal (2000)
Celador o imagen (1985)

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