“El público aceptará la fantasía más extrema si se hace con seriedad y credibilidad”
Steven Spielberg hablando acerca de Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993)
Esos hombres adorables
¿Qué sería de las telenovelas sin los galanes? Pues nada grave, simplemente serían otra cosa muy distinta de una telenovela. Y es que todo melodrama requiere un protagonista masculino que encarne diversas y precisas cualidades, aunque hay quien dice que esas cualidades han cambiado mucho con los nuevos tiempos (si bien no creemos nosotros en tanta bondad, la citamos para ser ecuánimes), a través de las cuales los televidentes, y en particular en este caso el género sí exige la claridad, las televidentes puedan sentirse subyugadas. EO al cumplir tres meses, desea hacer un homenaje a esos actores que con su talento y dedicación coronan con altura algunos y otros no tanto, el horario del prime time de la televisión colombiana actual.
Y antes de entrar en particularismos, demos una mirada a esos valores que se supone debe encarnar un buen protagonista, con la idea de que nos sirvan de referentes para el análisis de los invitados. En primer lugar, el atributo inicial no tiene nada que ver con el talento (el cual se da por sentado, pese a que a veces en realidad no existe), sino con la imagen: el protagonista tiene que ser guapo, atractivo, o para ponerlo en términos más populares, tiene que estar bien bueno. No importa tanto la edad, aunque pueda pesar para cuajar mejores personajes como veremos más adelante.
Después del físico, se debe contar con eso que los manejadores de imagen llaman: la presencia escénica. Y es que usted puede ser todo lo bonitón que quiera y hasta tener talento para actuar pero si la cámara no le hace ojitos, olvídese del asunto y dedíquese a otra profesión. Animador de fiestas familiares, creador infaltable en las dinámicas de grupo en la oficina, en fin, todo lo que se le antoje menos intentar ganarse el esquivo corazón del raiting. Saber moverse ante la cámara, proyectar no sólo el cuerpo sino la mirada, la voz y ese algo inasible que es la caracterización es una de las claves para llegar a ser un galán, incluso sino se lo propone.
A continuación, debe tenerse actitud de galán, es decir, sentirse o actuar como un súper papito que a todas deja muertas. No, en serio, de lo que se trata es de que el actor comprenda que toda su capacidad y su fuerza están puestas al servicio de la compañera de escena, su coprotagonista, que es a ella a quien debe encantar su atractivo y su presencia. Dado que los melodramas televisivos fundamentan su potencial en los encuentros y desencuentros que viven los dos protagonistas, la actitud enamoradora del galán es definitiva. Y por supuesto, esta actitud se brinda a todos los demás personajes. Por eso es que las segundas partes, es decir, las amigas o amigos de la protagonista o del protagonista, siempre les pueden decir cada capítulo y medio. “Si ve que es un ángel, cómo no va a enamorarse”.
Aceptemos que esas sean en principio las cualidades infaltables en un buen galán, sin embargo permítasenos hacer unos añadidos mínimos. Consideramos que un galán antes que nada debe ser un excelente actor, al punto que sin ser el galán de mostrar haciendo un papel de reparto, pueda en un momento dado robarle el protagonismo al que por créditos y libreto lo ejerce. Además nos parece que un galán, y conste que para empezar no nos gusta el término, pero por respeto al lenguaje genérico del medio así lo hacemos, debe tener mucha experiencia. Es claro que entre más personajes hayan pasado por su piel más probabilidades tiene de llegar a ser un galán de peso. Uno de esos que se mueve en la escena y deslumbra por su fluidez, por su dominio del momento, por su manejo preciso y casi exacto del drama romántico. Y tener eso sólo se logra con los años. Nos da pena con los actores noveles pero es así, lo cual no impide que de cuando en cuando brille una singular estrella juvenil en el cielo escaso de los galanes, confirmando de paso la afortunada señal de que toda regla tiene su excepción.
La idea del veteranismo rompe un poco con los preceptos del melodrama moderno en el que todo debe oler a santidad juvenil para poder ser llamativo, para poder tener eso nebuloso que los productores llaman: ‘lo que al público le gusta’. Es por eso que resulta interesante al mirar el panorama abigarrado y más bien uniforme del prime time nacional, la presencia de actores con cierta trayectoria disputándole el espacio a los más recién llegados. Además, se destaca también un contraste competitivo, no nos pueden decir que es otra cosa porque no lo es: es decir, un intercambio cultural definitivamente no es, con los actores extranjeros. Competición que se refleja además en las encuestas faranduleras para saber quién es el actor más tal y tal de la televisión colombiana, y cuyos resultados preliminares colocan a los visitantes en el primer lugar del favoritismo popular sin apuntar necesariamente al talento de unos u otros.
Sin preferencias de ninguna clase, apenas por simple azar, miramos en primera instancia a los protagonistas foráneos. Y lo haremos en el plano inicial de protagonistas ya que hay algunos casos en los que comparten justamente ese rol con actores nacionales. El actor peruano, Renato Rossini, protagoniza Las noches de Luciana (RCN) al lado de la debutante protagonista, Paola Turbay. Rossini encarna a Joaquín Morales, un pescador humilde (no podía ser de otra manera según los canones estáticos del melodrama tipo culebrón) de una isla paradisíaca llamada La Hermosa, donde viven unas cincuenta personas – nunca se ven más – que viven tan felices que de cuando en cuando les da por cantar a la buena del día. Ese es el territorio absurdo en el que se mueve Joaquín quien viaja a la capital con el afán de conseguir unos pesos para salvar su isla, a la vez que espera conquistar el corazón de la famosa presentadora, Luciana. Rossini ha logrado construir un personaje aceptable pese a la alta carga de inverosimilitud que puebla toda la historia. Desde los primeros capítulos pudo mostrar gracias a su físico (condición number one) la fuerza y presencia real de Joaquín. Sin embargo, a medida que la historia ha ido avanzando Rossini lucha contra la corriente, inmerso en el caudal de episodios insípidos y maquiavélicos en los cuales su amor por Luciana es más que un imposible, hasta los últimos diez minutos de la telenovela dentro de un año o más. La pareja con Paola Turbay es como todo en ese nivel actoral, aceptable. Y acá se ve de nuevo lo que decíamos en otra parte: un ingente esfuerzo que palidece ante la esterilidad de la historia.
El caso de Jorge Reyes como el abogado José Ignacio en Todos quieren con Marilyn (RCN), es bien interesante. Por un lado es sólido, creíble, tierno y seguro, a la vez que conflictuado y con acentos apreciables. Si algo posee Reyes es presencia escénica. Se desenvuelve con soltura y con suavidad, sin recurrir a forzamientos expresivos o de voz que son muy comunes en los actores mexicanos y venezolanos. El actor maneja bien la excepcionalidad ya que él mismo es venezolano. Cuenta mucho en este caso el papel de un director que pone atención especial al ritmo interno de cada escena, al movimiento coral de los actores y al secuenciamiento integral de la historia. Pepe Sánchez es de lejos el mejor director colombiano y en esa virtud descansa mucho del buen desempeño no sólo de Reyes, sino de todo el reparto de Marilyn que se distingue en la parrilla por explorar la dramaturgia de un tema espinoso como es el de la prostitución. Para rematar la digna actuación de Reyes cuenta con un par de compañeras de escena a cual más versátil y simpática: Scarlett Ortiz y Cristina Umaña. La primera con su complejo personaje que se mueve en la cuerda floja de mujer fácil y mujer difícil. Y la segunda con su divertido y dramático personaje de la esposa engañada del protagonista.
Por los lados de La viuda de la mafia, la telenovela que según ciertas encuestas de sintonía lidera el raiting, se reune un grupo singular y atrevido de actores para darle vida a una historia melodramática por excelencia: narrativas visuales ágiles, conflictos varios e intensos, montaje volátil, música envolvente, allí la presencia del actor cubano, Abel Rodríguez, como el detective encubierto, Camilo Pulido, resulta oportuna aunque no plenamente convincente. A veces hay cierta brusquedad en su personaje que más allá de reflejar la compleja personalidad del caracter, pareciera una falta de balance por parte del actor. Cierto que en esta historia en particular cada quien es lo que no es, y vemos personajes que no se pueden etiquetar, sí llama de todos modos la atención esos vaivenes del cubano. Tal vez con el avance de la historia se ajuste al ritmo interno que mueve todo el reparto empezando por ese monstruo revelado que es Carolina Gómez, y siguiendo por la excelente y maravillosa Margalida Castro, Nicolás Montero y el coprotagonista, el francés (con varios años y producciones en el país) Patrick Dalmas, quien luce indescifrable y asustador como Aníbal Montes, hermano del esposo de la viuda y aspirante a reemplazarlo.
El peruano, Cristian Meier al lado de el mexicano, Alejandro de la Madrid, son los galanes protagonistas de Luna, la heredera (Caracol), dos antagónicos que se disputan el amor de la protagonista, la bella venezolana, Gaby Espino. Esta historia es la típica de la joven provinciana pobre (con una riqueza oculta o inalcanzable por lo pronto) que se mueve, y esa se supone que es la novedad, entre dos hombres ricos que se la rifan como trofeo en este torneo absurdo del corazón. En este caso ambos actores han sabido darle fuerza e identidad a sus personajes por encima de cualquier volubilidad del libreto. En ese contexto deben interpretar momentos que contradicen las reglas de juego propias de cada personaje, sometidos a situaciones increíbles y de dudosa autenticidad (nos referimos acá a la que le compete a la historia en tanto fantasía verosímil), producto más de la tiranía del libreto que a las fluctuaciones de los hechos. En Luna, la heredera no hay nada que se destaque más allá de la prodigalidad emotiva de Gaby Espino, el coraje afectivo de Fernando Solórzano (y se nos creció el gigantón adorable) y el decoro de Julio César Luna, Rita Bendeck, Martha Liliana Ruiz y Armando Gutiérrez.
Un muchacho arriesgado comparte con otro mexicano, Héctor Arredondo, las mieles y las amarguras de la mesa en busca del amor de Catalina Aristizábal (Andrea Zavatti), en ese ya largo dramonón de Mesa para tres. Hablamos de Diego Cadavid de quien ya habíamos presentado nuestro primer PERFILES EO. No repetiremos acá los argumentos expuestos en ese momento, apenas confirmamos esas ideas acerca de su talento, poderío y capacidad de riesgo. Después de su paso protagónico en La saga, donde encarnó a un Pedro Manrique elegante, intenso y variable, Cadavid sigue en la línea de fuego y pronto lo veremos en la nueva y al parecer última generación de la novela. En cuanto a Arredondo no es precisamente el prototipo de galán que intentábamos catalogar al comienzo, pero no se puede desconocer la dureza que ha sabido imprimirle a su personaje antagónico de Luis Toro, un tipo difícil, orgulloso y escurridizo.
Zharick León tendrá que escoger entre la juventud y novedad de Pablo Martín y la veteranía y experiencia de Víctor Mallarino, los hermanos Urdaneta en Dora, la celadora (Caracol). Siendo una vez más la típica historia, se le abona la cuidadosa dirección de arte y la escritura de algunas líneas claves. Es allí donde quizás resida la posible fuerza secreta de la telenovela, ya que es a través de ella que hemos podido reencontrarnos con un Mallarino salido de madre recordando sus mejores momentos. El actor bogotano tiene una trayectoria como pocos y se puede permitir esos riesgos. Desde sus pasmosas e inolvidables caracterizaciones en La tía Julia y el escribidor, Rojo y Negro, Quieta, Margarita, el talentoso Víctor retornó a los protagónicos en recientes versiones no tan afortunadas como Candela, al lado de Angie Cepeda o La baby sitter con Paola Rey. Quizás se recuperó un poco con su paso por ¿Por qué diablos? junto a Marcela Carvajal y Manolo Cardona. Ahora en Dora, nos muestra su dominio de los diálogos y del campo escénico dando clases de sencillez y densidad cada vez que aparece en escena. Vale acá la presencia de Teresa Gutiérrez, Juan Angel y la misma Carvajal. En cuanto a Martín es justamente el tipo de actor que encaja perfecto en el paquete de galán: es apuesto, tiene presencia y actitud conquistadora con Dora. Y aún es muy pronto para saber hasta dónde está dispuesto a llegar dentro de esa estructura tan típica de la historia.
Reinstalada en el prime time la telenovela Me amarás bajo la lluvia, con Carolina Sabino y Juan Pablo Posada, intenta apenas llenar la parrilla telenovelera de RCN que en ese sentido se quedó atrás de su natural competidor, Caracol, que tiene cinco al aire contra cuatro del canal del grupo Ardila Lulle. Posada como galán está atrapado por la bobalicona construcción de su personaje que tiene en cada línea la aterradora frasecita de “mi amor” (peste de la cual no se escapa su compañera, Carolina Sabino), por donde se escurren todas las posibilidades de acceder a un caracter real que la teleaudiencia pueda apreciar. Y ese es el destino general de la historia.
Estrenada hace apenas unas semanas la nueva novela de Caracol, realizada por RTI Televisión para Telemundo Internacional, es protagonizada por Miguel Varoni y Danna García y continúa con la tendencia amexicanada de las recientes producciones. Te voy a enseñar a querer es además el retorno de Varoni al protagónico después de su exitoso y particular Pedro, el Escamoso que lo lanzó a la fama continental. Al ya veterano actor (empezó desde muy pequeño) hemos tenido oportunidad de verlo en papeles de dominio y alta recordación como en La Potra zaina y en Las Juanas, donde mostró por primera vez su vena cómica que luego explotaría al máximo en su caracterización de Pedro con sus irrepetibles y divertidos monólogos. Ahora en esta producción demuestra su vulnerabilidad, un rasgo distintivo de un personaje humano y falible que sin renunciar a su rol protagónico puede exponerse sin caer en el ridículo.
Sorprende con mayúsculas el trabajo profundo y delicado de Juan Carlos Vargas como Armando Manrique en ese medio experimento socio- psicológico que es La saga, única producción netamente nacional (muy en el estilo de Dago García quien se interesa mucho por ese tipo de detalles) que con un excelente reparto le disputa la sintonía a la fuerte Viuda. Y decimos que sorprende porque Vargas no es el protagonista, al menos sobre el papel, aunque en la práctica ha terminado por echarse encima todo el peso de una historia que en sus inicios tuvo connotaciones palpitantes y prometedoras y que tras su salto temporal se diluyó preocupantemente, al insistir en una narración cerrada y centrada en la familia Manrique sin antagonistas ni variaciones dramáticas paralelas externas al círculo familiar de manera que se oxigenara y retroalimentara el conflicto principal. No, el caso de La saga es la paulatina sedimentación de la crisis al interior de los Manrique, espacio donde no cabe nadie más. Juan Carlos Vargas en el papel del hermano en apariencia malévolo logró a fuerza de movimientos, voz, mirada, caracterización plena, sacar del juego al protagonista, Frank Ramírez (no creemos en su aparatosa muerte), quien de todos modos no nos pareció nunca el actor para interpretar a Pedro Manrique en su madurez (contrario a lo sucedido con María Helena Döering retomando con suficiencia la estela profunda que dejó Flora Martínez), y a su hermano, Luis Fernando Bohórquez, quien aunque lo ha hecho bastante bien en su rol de hermano traidor y de veras cobarde, no está al mismo nivel de Vargas. Hay poder, hay sentimiento, hay ideas, hay realidad en su personaje, en esa interpretación intensa y contenida a veces en esos instantes de soledad en su oficina. Un galán que no pretende serlo.
Sin duda hay detalles que se nos escapan (y pedimos excusas por ello), pero en favor del análisis van algunos a manera de síntesis: es innegable el crecimiento de la máquina de producción nacional; hay crisis en las historias que pecan de poco creativas y más bien convencionales; hay notables excepciones a esa crisis pero no tienen aún el peso suficiente como para determinar elecciones creativas hacia el futuro; los protagonistas luchan más por construir personajes creíbles que por ser galanes lo cual sienta bien, sin embargo atrapados en la simplicidad de los libretos tienen pocas posibilidades de éxito. Y por último, reafirmamos el criterio de que la experiencia otorga mejores armas a la hora de enfrentarse a un protagónico en el plan de galán. O sino que hablen las canas de Varoni y Mallarino.
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