jueves, febrero 24, 2005

Lo nuestro, una realidad en riesgo

Era inevitable que en el movido y controversial tema de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio – TLC con los Estados Unidos, saltase el tema de los creadores y los contenidos artísticos provocando las esperables reacciones por parte de los directamente implicados. La crítica especializada no puede por tanto eludir el debate. Y decimos inevitable, porque una de las características de la estrategia comercial norteamericana es penetrar en todos los aspectos de la realidad de los países con los cuales pretender mantener y prolongar un modelo económico impositivo, que por más que se intente suavizar con el discurso conciliatorio, no deja de ser el reflejo de la dimensión hegemónica que ostenta el país del norte sobre el resto del continente, por no decir del mundo.

El tema podría pasar inadvertido en medio de tantas noticias de orden público — que por demás son ya casi una malsana costumbre en el menú informativo de los medios — y novelerías escandalosas surgidas alrededor de la nueva temporada de realities. Sin embargo, los complejos alcances que podría llegar a tener motivan a examinar un poco las características del acuerdo y las posibles derivaciones del mismo.

En nuestro país el Derecho de Autor está amparado por la ley colombiana que siguiendo el modelo europeo y respetando la Declaración Universal de los Derechos lo considera un derecho fundamental de todo ciudadano. Es así como el Ministerio de Gobierno a través de la Oficina de Derechos de Autor protege la creación artística (individual y colectiva) en las distintas modalidades de la expresión, separando los derechos morales de los patrimoniales, lo que permite al autor la libre explotación de su obra.

¿Qué sucedería entonces sí el derecho patrimonial no estuviese ya en cabeza del autor sino de la empresa para la cual trabaja o de un pool empresarial dedicado a agenciar obras artísticas para comerciar con ellas y obtener ganacias? Este es justamente el modelo imperante en EU donde las tradiciones culturales e industriales del entretenimiento son muy diferentes a las nuestras. De llegar a suceder lo planteado en la pregunta, nos veríamos entre otras cosas abocados a la indefensión de los creadores que sometidos a las leyes del mercado perderían no solo seguridad sino, y eso es lo más inquietante, independencia creativa. En el contexto actual la tendencia a la globalización no implica meramente la transferencia de la propiedad corporativa de los medios — como ocurrió recientemente con la compra de Caracol por parte de empresarios españoles —, sino el resquebrajamiento de la diversidad cultural que no está en otro sitio distinto a las posibilidades expresivas de los creadores artísticos en todas las ramas del arte.

En el momento en que se derive el derecho patrimonial sobre las obras a entes empresariales, las determinaciones acerca de los contenidos a producir en el caso específico del cine y la televisión se inclinarán por aquellos que respondan al flujo económico del más fuerte, en este caso el de los Estados Unidos. Y ya los estamos viendo sin que se firme tratado alguno. La creciente homogeneización de los productos audiovisuales hacia estándares mexicanos y/o latinos (entendiendo por estos a la población hispana en los EU que por efectos de transculturización constituye un hibrído complejo y a la vez ambiguo) que se aprecia en las telenovelas, no es otra cosa que el resultado de los cambios en la marea.

La protección de la diversidad cultural colombiana es básica para la supervivencia de ese bien único y singular, y a ratos esquivo, que es la identidad nacional. Si hay maneras de estimular la creación garantizando a los autores el patrimonio de sus obras, estaremos abriendo el camino a la riqueza y crecimiento artístico y permitiendo a los colombianos encontrarse en la diferencia de sus expresiones.

Los cambios son positivos cuando hay elementos que los soporten. En el caso de los medios nuestros no se trata solamente del poder invasivo de las grandes corporaciones norteamericanas que intentan dominar el mercado televisivo, por ejemplo, el problema es que no existe en nuestro país una tradición de autoconservación de los artistas audiovisuales. Los logros individuales y colectivos se difuminan en el espectro del síndrome del ‘cuarto de hora’, en lugar de convertirse en una sumatoria de experiencias que reunidas bajo la supervisión y seguimiento de gremios o asociaciones, permitiese a cada quien obtener lo que le corresponde, y por extensión, al medio creativo en general enfrentar el mercado con productos auténticos y de alta calidad.

La idiosincrasia colombiana tan centrada en un individualismo egoísta y poco asociativo no permite visualizar un territorio en el que sean las empresas las que dicten el sentido de lo que se debe o no crear, de forma tal que se preserve la identidad nacional. Sería un caos completo. Si en el actual panorama difícilmente se valora esa persistencia creativa, que diremos en el momento en que por vía de TLC, las empresas sean las dueñas absolutas de las obras y busquen entonces el origen de sus productos allí donde les resulte más económico y rentable, no necesariamente porque el contenido atienda a una necesidad expresiva nuestra. Esta última será una variable insustancial que poco o ningún peso tendrá a la hora de dar luz verde a los proyectos.

El medio creativo colombiano podría en virtud de la innegable amenaza que esto supone, aunar esfuerzos y criterios para preservar el sentido del derecho de autor, y buscar para su respaldo la creación de asociaciones. Ya se ha intentado en otros momentos y la verdad los resultados son más bien deprimentes, pero siempre es bueno insistir más aún cuando las reglas del juego parecieran inevitablemente destinadas a cambiar.

El referente norteamericano es engañoso desde el comienzo porque allí la cultura del entretenimiento sigue otros procesos. La suerte del talento de los creadores está amparada por la fuerte presión de los sindicatos que no permiten a los conglomerados económicos pasar completamente por encima de sus intereses. Sin embargo, no hay que perder de vista, y se trata precisamente de eso, que los intereses se mueven más bien en el campo de las finanzas y poco o nada en el de la creatividad intrínseca. Por algo viene tomando tanta presencia la figura del cine independiente y de la televisión por pago de empresas de cable de rango más exclusivo que atienden ciertas demandas específicas, en la idea de que hay público para todo así los productores insistan en las probadas fórmulas de siempre. Por otra parte, en EU los contenidos responden de alguna manera a la idiosincracia del norteamericano promedio y la penetración de propuestas ajenas es bastante limitada. Y para eso no precisan leyes proteccionistas como si tuvo que hacer el estado francés para salvaguardar los ingentes esfuerzos de los creadores audiovisuales, frente a la avasalladora máquina hollywoodense. Ni se diga de la televisión que con su esquema de producción a escala y por temporadas, se da el lujo de generar productos en formato de cine y saturar el mercado internacional. Donde se encienda un televisor siempre es posible asistir a algún capítulo de la serie de moda, llámese Esposas Desesperadas (Desperate Wives) o Ala Oeste (The West Wing). El dato contradictorio es que ambos ejemplos son productos de excelente calidad… pero su existencia desplaza otras alternativas en las que cabe perfectamente el modelo de relato de cada país.

Es vital que se recupere el sentido de los enormes logros que hemos alcanzado, en un recorrido histórico más bien breve ya que nuestra televisión es joven, incluso sería interesante proponer un certamen de reconocimientos en el que se estimule la dignidad creativa nuestra. Quizás es el momento en que los realizadores, productores, libretistas, fotógrafos, sonidistas, diseñadores de arte, editores, actores, en fin, todos los creadores del lenguaje audiovisual colombiano se reunan y dejando de lado las minucias (y en casos más desafortunados, las mezquindades) se premien a sí mismos en un gran evento de celebración. ¿Será posible pensar en una Academia Colombiana de Artes y Ciencias Audiovisuales? Una Academia que no sólo reconozca el talento sino que trabaje por la conservación del patrimonio audiovisual tanto televisivo como cinematográfico, estimule la investigación, la crítica y la formación de público y nuevos realizadores.

Por supuesto, no se puede desconocer la labor de entidades como el Ministerio de Cultura con sus Direcciones de Cinematografía y Televisión, Patrimonio Fílmico Colombiano y Proimágenes, el mismo Ministerio de Comunicaciones con la Videoteca de Inravisión, pero todo esto entra en el rango de la responsabilidad del estado colombiano, ¿Qué hacen entretanto los canales privados? ¿Y la gente del medio qué piensa al respecto?

No podemos seguir en la triste tónica de que ante un evento como los Premios Simón Bolívar de Televisión, Caracol decidiera retirar sus nominaciones para que RCN terminara como la absoluta ganadora por simple doble u, como en cualquier torneo futbolero de barrio. Y tampoco satisface la gala de TV y Novelas con su mero gusto a enchilada, muy en la onda del mercado y bastante fuera de sintonía nacional por más alfombra roja que se les ocurra instalar.

Tal vez suene utópico, pero es de los grandes sueños que surgen los saltos cualitativos en los procesos sociales y culturales. La Colombia Audiovisual, ha construido auténticas expresiones que reflejan lo que somos y no somos, lo que podríamos ser y lo que fuimos. Vale la pena pensar entonces en recuperar, de una vez y para siempre, ese enorme e incuestionable acervo cultural depositado en lo mejor de nuestra televisión y nuestro cine.

Con TLC o no es un hecho que debemos estar preparados para venderle al mundo entero nuestro estilo de narrar que tan particulares momentos tiene. Somos diferentes y espléndidos cuando nos lo proponemos, ¿cuánto vale eso en la mesa de negociaciones?

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