Hay ciertos personajes de nuestra pequeña pantalla que durante toda su vida no hacen otra cosa que moverse a punta de constancia, tenacidad y riesgo, buscando su propio camino. Pepe Sánchez es uno de ellos. Pertenece a un linaje que de manera lamentable parece tender a la extinción: el de las leyendas auténticas hechas a pulso.
Con una trayectoria actoral que más de uno puede legítimamente envidiar, Pepe (y nos tomamos el atrevimiento de llamarlo por su nombre porque a fuerza de admirarlo y aprender de él, es inevitable quererlo como a alguien que ya forma parte de la vida de miles de colombianos), ha encarnado todo tipo de personajes tanto en el cine como en la televisión. Sin embargo, hay un par de roles que definieron por siempre su huella en la historia de nuestra televisión. Y de manera curiosa ambos son hijos de la pasmosa mente creativa del escritor uruguayo, Mario Benedetti. Las actuales generaciones no lo saben y por eso vale aún más la pena hacer la mención.
En un período emocionante y prolífico, la televisión colombiana exploró y ahondó en las fuentes de la literatura para recrear mediante la imagen, la visión compleja y diversa de los novelistas latinoamericanos (y universales, en muchos casos). Era también una época en que la figura del autor original para televisión no tenía cabida, de manera tal que los libretistas encontraban en la literatura la opción para telenovelar grandes dramas. Por ese sendero llegaron al horario del prime time (cuando apenas había una telenovela a las ocho y otra a las diez de la noche), obras como Flor de fango (José María Vargas Vila), La marquesa de Yolombó (Eugenio Díaz), La vorágine (José Eustacio Rivera), Lejos del nido (Juan José Botero), Un tal Bernabé Berbal (Álvaro Salom Becerra), El divino (Gustavo Alvárez Gardeazábal), Cumbres Borrascosas (Emily Bronté), La mala hierba (Juan Gossaín), Crimen y Castigo (Fedor Dostoievski), Los novios (Antonio Mazzoni), Rojo y Negro (Stendhal), Jane Eyre (Charlotte Bronté), La tía Julia y el escribidor (Mario Vargas Llosa), La Piel de Zapa y Eugenia Grandet (Honoré de Balzac), El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde), Amalia (José Mármol), Los premios (Julio Cortázar), y muchísimas más que escapan al recuerdo, pero entre todas esas adaptaciones se destacan por sus resultados, alcances y trascendencia: Gracias por el fuego y La tregua, ambas protagonizadas por Pepe Sánchez, en interpretaciones tan profundas y desgarradoras que aún hoy y con la sola fuerza del recuerdo, conmueven.
En la primera, Pepe nos contó la trágica y penosa historia de Ramón Budiño, hijo de un potentado de la prensa (interpretado por ese otro coloso que es — en presente pese a la triste evidencia de su desaparición — Álvaro Ruiz) sin escrúpulos, manipulador de la vida de todos quienes lo rodean pero especialmente de sus hijos (el otro papel corría por cuenta de Carlos Muñoz, de cuya mujer se enamora Ramón). Pepe hizo temblar de emoción al país televidente con ese retrato melacólico y oscuro de un hombre incapaz de amarse a sí mismo.
Y en esa misma línea aunque con consecuencias más hondas, Pepe le dio vida a Martín Santomé, el protagonista de esa bella parábola de los imposibles destinos en La tregua, al lado de la preciosa Celmira Luzardo quien como Laura Avellaneda, estuvo más que a la altura. Un drama de amor entre un hombre maduro que cree ya terminada su vida hasta que conoce a esta joven mujer, ella no sólo lo enamora sino que se enamora de él, y durante un lapso de tiempo muy breve, ambos abrazan la certidumbre de la felicidad. El Martín Santomé de Pepe Sánchez llevó a Benedetti a decir, según se relata, que le dolía mucho más su suerte porque ya era de carne y hueso.
Pepe Sánchez nació a la imagen desde el momento mismo en que la televisión vio la luz en Colombia. Estuvo por fuera del país buscando su destino como narrador audiovisual, así llegó a Chile y trabajó como asistente de dirección del chileno Miguel Littin en el clásico El chacal de Nahueltoro. Al regresar, formó parte durante años de esa legión de pioneros que era el reparto de la más exitosa comedia de todos los tiempos: Yo y Tú, escrita y dirigida por Alicia del Carpio. Allí Pepe era Chepito, el marido cachaco de Cuqui (Consuelo Luzardo, sí, la hermana de Celmira). Hablar de lo que significó la genial comedia para un país que apenas empezaba a tener un imaginario audiovisual propio, será siempre limitado. Baste comentar que las peripecias de esos adorables y divertidos personajes, a cual más simpático, capturaban cada domingo la atención de todo un país y se convertían en tema de pasillos de oficina, recorridos de buses y esquinas de encuentro. Yo y Tú es un lugar de paso obligado para cualquier escritor de televisión colombiano que pretenda hacer humor con calidad humana. Por lo visto, los hechos más recientes contradicen esa perspectiva. Asuntos tan anodinos como Casados con hijos son un lamentable, y perfecto, ejemplo de ese tipo de fruslerías.
Pepe Sánchez es uno de los hombres que mejor conoce la naturaleza del buen humor a la colombiana. No por nada fue el creador de una de las series más vistas, queridas y recordadas de los años ochenta, Don Chinche, en la que no sólo desplegó su talento como escritor, sino que dio los primeros pasos hacia una carrera sólida como director. Y un director de actores, en esencia. En Don Chinche coincidían una verdadera élite de talentos: Héctor Ulloa (Régulo Engativá, el Chinche), Hernando Casanova (El entrañable socio, Eutimio Pastrana Polanía), Gloria Gómez (la enamorada del Eutimio), Paula Peña (la señorita Elvia, el desvelo del Chiche), Silvio Angel, Chela del Río, Víctor Hugo Morant, Delfina Guido, Vicky Hernández, Hernando Martínez Salcedo (el adorable Maestro Taverita), Diego Alvarez (otro tristemente ido antes de tiempo) Víctor Mallarino…
Don Chinche transcurría en un popular vecindario bogotano (que veíamos en los créditos de entrada en el marco de la metrópoli y al ritmo contagioso de La Gata Golosa), donde los dos amigos tenían un taller de mecánica automotris (así se podía leer en su prominente aviso de entrada) con el que trataban de sobrevivir, Y contra toda esperanza, lo lograban. Ayudados eso sí por sus leales vecinos que tampoco es que tuviesen mayores posibilidades. La solidaridad, el compañerismo, la compasión, la humildad, la astucia blanca (por llamarla de alguna manera contraria a la malévola, viveza, que tanto daño nos ha hecho), y muchos otros valores llenos de nobleza, ternura y mucha gracia, conformaban el universo vital de Don Chinche.
Un elemento definitivo en la propuesta desarrollada por Pepe para RTI Televisión, y a la que se aferró a riesgo de ser rechazado, era poder trabajar con una sola cámara y a hombro (buscando un dispostivo semejante al del cine). Eso se traducía en un mayor naturalismo, aunque a nivel de producción suscitaba dudas porque implicaba aumentar los costos. Pepe logró demostrar que podía narrar de esa manera ajustándose al parámetro de tiempo que le imponía la jefatura de producción de la programadora. Ese logro le permitió ir hasta las más recónditas y sinceras zonas del alma de sus personajes, haciendo que el espectador se identificara con ellos, viviendo sus experiencias como propias sin hacer hincapie en el sustrato socio – económico que enmarcaba la comedia.
Una vez se cumplió el ciclo de Don Chinche, Pepe dio un pequeño gran giro que supuso uno de los hitos más importantes de la dramaturgia televisiva colombiana. Motivado por la calidad y complejidad de las historias de las telenovelas brasileñas, Pepe se trajo los libretos de Manuel Carlos, un reconocido autor del gran país del sur. Y con ese promisorio arsenal, montó para el Cuento del Domingo, dos series definitivas: Vivir la vida y Brillo, la primera protagonizada por Juan Fischer (quien se estrenaba como actor protagónico luego de hacer algunas tentativas en cortometrajes) y la segunda por la debutante Maribel Abello (uno de los tantos descubrimientos de Sánchez).
En esta etapa, Pepe pudo acentuar su interés por la puesta en escena que privilegia la presencia del actor antes que la cámara y el escenario mismo. La calidad de las líneas creadas por Carlos le permitían sacar el máximo provecho de sus actores, llevándolos a límites emocionales insospechados y provocando la anhelada complicidad de los espectadores. Hizo para el espacio del Cuento, algunas otras obras pero pronto unió fuerzas a otro colegas para crear una empresa de producción propia. Antes de sumergirse en el proceso de hacer empresa, trabajó escribiendo (en asocio con Jorge Veloza, el carranguero) y dirigiendo otra fabulosa comedia urbana llamada Romeo y Buseta. Y lo que parecía imposible lo hizo la única persona que podía: Pepe superó a Pepe… y con creces.
Viene entonces la experiencia con la productora propia y desarrolla el proyecto de una nueva comedia pero esta vez ambientada en el campo cundinamarqués. La ruta del humor acompaña a Pepe durante este período, pero el bicho del cine sigue intacto. Realiza entonces su largometraje San Antoñito que no recibe muy buena crítica y que de todas formas queda a medio camino en las intenciones primeras que tuvo el realizador. Por la misma época realiza para televisión la serie La historia de Tita, en la que se sumerge en el mundo caótico y desventajoso de una joven mujer que lo único que anhela es ser feliz pero la realidad entorno suyo se lo impide. Un relato descarnado y soberbiamente asumido. En varias ocasiones, Pepe ha afirmado que ese es su mejor trabajo, con el que se sintió más a gusto al momento de coordinar sus deseos y decisiones narrativas con el imperativo del proceso comercial ineludible. Un reto que llevó al límite.
Llegan los noventas y con ellos Pepe da otro salto esta vez bajo el signo de dos excelentes autores televisivos colombianos: Fernando Gaitán y Mónica Agudelo. Con el primero realiza ese fenómeno mundial que es Café con Aroma de Mujer, protagonizada de manera espontánea, libre, intensa y alborotada por Margarita Rosa de Francisco, una de las mejores actrices contemporáneas. Con Mónica se adentra en el universo complejo y dramático de una mujer con varios hijos a los que levanta sola porque se ha separado de su esposo. La Madre se constituye en uno de los dramas modernos más profundos y auténticos de la televisión colombiana, explorando una atmósfera turbia que amenaza la calma aparente en que vive este entregada mujer, en una de las más adecuadas incursiones en el tema del narcotráfico y la delincuencia organizada. Ya Carlos Duplat había tocado con fuerza esa veta en Amar y Vivir y más tangencialmente, en Los Victorinos (Cuando quiero llorar no lloro).
A través de esas dos telenovelas, Pepe se afirma como un director destacado y confiable, con amplia experiencia y mucha capacidad de riesgo para mantenerse lo más fiel posible a sus perspectivas audiovisuales. Vendrán otros proyectos, no tan exitosos pero igualmente asumidos con intensidad y su afán de respuestas lo lleva a Miami con la idea de dar otro salto. Sin embargo, la experiencia es frustrante y Pepe regresa dispuesto a no darse tiempo a lamentaciones. Y con esa fortaleza suya que lo ha sacado de tantos atolladeros, llega a dirigir Todos quieren con Marilyn.
Acá Pepe demuestra su enorme sentido de la puesta en escena, queriendo ir más allá de la voluntad informativa del relato en que a veces se convierten los libretos. Cuenta esta vez con el talento juicioso de Juan Carlos Pérez. Además de un formidable reparto. Insistiendo en su dispositivo, Pepe se atiene a la lógica dramática del cine para concentrar esfuerzos en ciertos momentos de la historia, ya que no es posible dada la naturaleza narrativa de la televisión hacerlo todo el tiempo. Por esa vía ha creado unos tipos maravillosos y llenos de matices.
Y si bien es cierto que Marilyn no es la novela más vista en este momento, su exquisito sistema narrativo en el que se abordan las tramas en paralelo y se le da al actor el espacio para que de veras viva y sea su personaje. De allí la fuerza de los coprotagónico como los interpretados por Helena Mallarino, Ana María Kamper, Gerardo Calero, Maribel Abello, Alberto Valdiri, y por supuesto, esa tremenda actriz que es Cristina Umaña. Sin perder de vista el buen trabajo de Scarlett Ortiz y Jorge Pérez.
Marilyn no solo reluce por su atmósfera diversa sino por el cuidadoso sentido del montaje, la ajustada planimetría que siguiendo los parámetros básicos de la realización televisiva, de cuando en cuando da sus saltos siempre en función de la interpretación de los actores. El drama, pareciera decir Pepe, es el rostro, lo demás es el espacio. Siguiendo esa ruta, trabajada con sigilo por el libretista, el director le da tiempo a la acción interior por encima de la acumulación de sucesos que se supone es lo determinante en el género telenovela.
Sin duda alguna, la figura de Pepe Sánchez ha de servir de ejemplo para aquellos que creen que la teoría de estar adentro para cambiar el sistema es impracticable. Quizás con bastante diplomacia no entreguista y conservándose leal a un postulado muy personal, Pepe Sánchez demuestra que sí es posible ir contra la corriente sin hacer aspavientos.
Larga vida al Maestro.
Addenda
Otras producciones de Pepe Sánchez:
Espérame al final – Serie / Alejandra Borrero – Luis Mesa
Las Juanas – Telenovela
Ama: La Academia – Serie
La Lectora – Serie / Verónica Orozco – Luis Mesa
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