Por ahí anda un grupo muy distinguido de críticos, especialistas en encuestas, estudiosos del tema de la televisión, buscando a los dueños de unas prestigiosas estatuillas – aunque la situación provoca la duda, no en nosotros aclaramos –, símbolos del reconocimiento a sus esfuerzos y talentos puestos en la escena de la pantalla menor. Una triste historia que sólo en nuestro mágico país podía tener lugar.
Dos grandes emporios de la comunicación masiva se disputan, más bien pareciera a veces que se limitan a compartir, el ponqué de las audiencias en momentos en que el crecimiento de las alternativas televisivas se hace más evidente, ahora que a través de los recientes informes acerca de la piratería en las señales satelitales, se revela un reto más para los productores nacionales. Y en ese tinglado de los niveles de rating, popularidad, penetración del mercado, posicionamiento de marcas, rebatiñas por estrellas, lanzamientos acordados, autopromoción saturante, los Canales Privados son los únicos entes que producen televisión en Colombia. Eso dicen ellos. Eso dice la crítica mayoritaria. Eso dice el público que no ve los otros canales. Eso dice la política estatal frente a la televisión pública.
Y todo el mundo, incluidos especialmente los citados, saben que esto no es verdad. Se trata sólo de una faceta de la realidad. Faceta por demás expuesta cuando al señalarse las nominaciones a los Premios de Televisión India Catalina 2004 - 2005, el noventa por ciento se reparten casi equitativamente entre RCN Televisión y CARACOL Televisión. Y aquí es donde se presenta el giro, la complicación… la raíz maravillosa del conflicto necesario para poder contar una historia.
Caracol anuncia como lo ha venido haciendo en los últimos dos años (no sólo en los Catalina) que rechaza las nominaciones por considerar que no hay garantías de transparencia, idoneidad, universalidad en las reglas de juego que determinan la elección de los galardonados y otros tantos evasivos argumentos. Y como la mejor escena dramática de la fiesta sin la novia, se realiza la velada de entrega de los premios y Caracol sale ganadora en las categorías más importantes. Mejor Telenovela con La saga: negocio de familia, Mejor Actor Protagónico para Diego Cadavid por La saga; Mejor Director para Juan Carlos Villamizar por La saga; Mejor Actriz Protagónica para Zharick León (descabezando de pasada a la súper favorita Carolina Gómez de La viuda de la mafia), por su brillante y encantadora interpretación de Dora Lara, la celadora.
RCN se quedó con los de mejor actor de reparto para el malevo y guapo Patrick Dalmas, revelación para la bella Sara Corrales, actriz de reparto para Marcela Gardeázabal (ya lo habíamos dicho en el balance del 2004 que hizo EO a comienzos del año) y el de mejor libreto para Juan Carlos Pérez por Todos quieren con Marilyn.
Por ahí el Canal Uno se llevó una estatuilla por el Mejor Programa de Opinión con la franja informativa de CM&, de resto todo fue para los dos monopolios que como hemos ya dicho muchas veces, parecen uno solo. Menos en esto de los premios. ¿Y entonces qué pasa con los directores, los actores y actrices, con todo ese talento que invierte sus energías y habilidades para sacar un buen producto? ¿Será que no pueden recibir sus premios porque la compañía para la cual trabajan no los avala? Dicen que Víctor Mallarino e Isabella Santodomingo estaban en la ceremonia representando a Caracol. Falso. Ellos estaban allí a título personal. A lo mejor hasta su llamado de atención se habrán ganado… y ya que no se llevaron ninguna estatuilla al menos se dieron el toque de Catalina.
¿Hasta cuándo va a insistir Caracol en esta novela barata de desconocer lo real? Necesitamos que se llegue a la resolución del conflicto. Un giro que nos deje al héroe (el espectador, por supuesto) en una nueva situación de acción. Y es que no hay otras opciones, hasta el momento. Entonces qué sentido tiene hacerse el digno cuando se sabe que pese a todo, la televisión buena o mala la están haciendo los canales privados. Si tan en desacuerdo se encuentra Caracol por qué no va hasta el fondo y declara públicamente en el evento o a través de los medios, el retiro de su nombre y sus producciones de todos los certámenes de premios del país. En lugar de eso, permite que siga la farsa de tal manera que pese a no participar, sí moja pantalla, hace circular impunemente su marca y destaca su pedantez cada que son galardonados y los presentadores se inventan mil estúpidas disculpas en vez de llamar las cosas por su auténtico nombre: saboteo.
Por supuesto que es una palabra dura y agresiva pero, ¿de qué otra manera puede llamarse a este espectáculo deprimente que termina en el unanimismo y el monólogo aburridor de RCN en la transmisión? Y es que Caracol no propone alternativas. Y tiene que haberlas. En el último EO decíamos que era necesario pensar ya en la creación de una Academia de las Artes y las Ciencias Audiovisuales en Colombia que reúna a todos los creadores de imágenes y sonidos en movimiento para que sean ellos mismos, mediante procedimientos diversos y ecuánimes, los que se reconozcan. O quizás, la crítica especializada deba conformar un gremio sencillo, incluyente y diáfano que se encargue, al menos en parte, de anualmente hacer los reconocimientos del caso.
Salta entonces la cuestión: ¿qué tan necesarios son los premios? En EO consideramos que sí lo son, además son importantes… y divertidos. Y es que no puede obviarse el carácter espectacular de la televisión y el cine. Por supuesto, el asunto va más allá de la parafernalia del show. Los premios son un punto de balance y referencia para los espectadores. Permiten apreciar en su dimensión subjetiva las corrientes de opinión, reflexión e introspección del medio hacia sí mismo. Por otra parte, delimitan en su espectro el sentido de la competencia y la hacen explícita y consecuente. Suponen además un reto para los críticos en la medida en que se plantea la necesidad de definir unos parámetros de evaluación.
Esto nos lleva al argumento de Caracol: las garantías. Estamos de acuerdo en que un jurado de cinco o seis personas por más conocedoras y expertas que sean no pueden ni serán nunca una garantía completa, y quizás ni siquiera meramente satisfactoria. Es sólo que no se trata en realidad del jurado. El asunto de fondo es que no existe conciencia clara del rol de los mismos realizadores y claro, de la crítica especializada. Por la vía de la llana invalidación no llegaremos a un puerto seguro porque gustando o no, el jurado hace su labor y creemos que bien, además no es su idea, apenas son unos invitados. Y eso nos lleva a la Organización misma del India Catalina (y las otras similares), que no se plantean otros sistemas de calificación más amplios y participativos. Es evidente que entre más personas estén involucradas en el proceso de selección de los nominados y su posterior elección como ganadores en cada categoría, mayores serán las posibilidades de tener una atmósfera competitiva más sana y realista.
Para muchas personas esto no va más allá de un asunto puramente farandulero, pero no hay que llamarse a engaño: los productos audiovisuales en la medida en que penetran cada instancia de la cotidianidad de miles de ciudadanos, merecen estar permanentemente en la mira del análisis y el cuestionamiento. Los cértamenes que reconocen unas alternativas, y por tanto, desconocen otras menos afortunadas, contribuyen de una manera u otra a fortalecer el medio, y a propiciar ese análisis y cuestionamiento. Lo importante es que todos aquellos que tienen que ver con la producción de sentido a través de los medios, revalúen el papel que tienen los premios en el panorama mediático y propongan opciones, y lo que sería aún mejor, generen debates claros y proyectivos en los que se definan criterios y caminos por recorrer.
Continuar con esta farsa de ausentes indignados y solitarios vencedores por doble u, es aceptar que los esfuerzos de los realizadores y las necesidades de los televidentes carecen por completo de importancia. Y si es así, entonces acabemos con el show y sigamos como si nada. Esa actitud no es muy novedosa para la mayoría de los colombianos, así que no estaríamos arriesgando nada y todo bien, todo bien. Y eso que apenas hablamos de televisión…
No hay comentarios.:
Publicar un comentario