domingo, abril 24, 2005

PERFILES EO: Nicolás Montero, El origen de la especie

Una de las experiencias más placenteras de ver televisión es encontrarse cada tanto con personajes de ficción, creados por un talentoso libretista, guiados por un cuidadoso director y puestos en escena, esto es, en carne viva, por un actor o una actriz que convierte en realidad la ilusión que cada historia posee en su interior. No siempre se trata de un caracter, para convocarlo desde su más fina tradición, principal o protagónico. Es más, en la mayoría de las ocasiones nos encontramos con caracteres de reparto, incluso de tercera línea, que logran en el breve espacio del segundo plano capturar la atención de los espectadores y provocar fenómenos de audiencia y exposición que rebasan las expectativas de los mismos creadores. Para el caso no es sino remitirnos a dos casos más bien recientes: Paco Rojas en La guerra de las Rosas (interpretado por el magnífico Enrique Carriazo) y Nidia Pacheco en Pedro, el escamoso (llevada a la pantalla por Alina Lozano, otra singular actriz de probada versatilidad). Por supuesto, hay tantos como buenos personajes y mejores intérpretes hay, para el caso en esta ocasión los invitamos a mirar de nuevo, en la perspectiva de recuperar el entorno de la cita cotidiana, uno en particular, uno de aquellos que por estos tiempos sacuden con su peculiar manera de estar en el mundo imaginario de la televisión, la conciencia emocional de miles de espectadores, semana a semana.

Un antropólogo hace un enorme descubrimiento mientras está tras la pista de los orígenes de la especie humana: el hombre actúa. Este conocimiento se le hace más evidente aún cuando comprende que él mismo no es otra cosa que un actor. Entregado el diario de campo decide explorar el caso desde un punto de observación más participativa y empieza a involucrarse con personas que poseen ese raro y preciado talento, y va más lejos, toma el riesgo de meterse en la piel de un personaje y experimentar de primera mano las características de la dimensión histriónica. Nace entonces Nicolás Montero, el pelirrojo actor colombiano que con sus personajes deslumbra, siempre, a miles de televidentes que cuando descubren su nombre en los créditos de algún proyecto se pegan a él incondicionalmente.

Así viene sucediendo desde aquellas primeras apariciones en series como Sueños y Espejos, la historia de una familia con poder de tenerlo todo menos la felicidad, al lado de la venezolana, Coraima Torres, y donde interpretó a Nicolás, un joven enfrentado a su padre, un potentado de los medios. Módelica historia que sin embargo sobrevivió gracias entre otras a la actuación de Montero. En la personalidad de un arriesgado agente de bolsa en Hombres junto a la bella y prodigiosa, Margarita Rosa de Francisco. Luego pudimos apreciarlos nuevamente juntos en esa intensa y compleja trama creada por Mónica Agudelo, la misma de la deliciosa saga de los hombres y las Brujeres, en La madre, una de la más maravillosas fuerzas del nuevo melodrama colombiano. El Javi se convirtió en uno de esos seres humanos que nadie quiere tener de enemigo, mucho menos de amigo. Un hombre oscuro y resentido, con un pasado familiar de apellidos que traicionó movido por la culpa. La escena final en la que la Madre va a su casa a reclamarle por haber involucrado a sus hijos en esa vida de engaños, mentiras y delitos, es uno de esos momentos inolvidables en el que ya no hay dos grandes actores enfrentados a una cierta realidad imaginaria, sino dos seres llevados cada uno por su propio dolor. A tal punto llegaba la verosímil interpretación y la fuerza de un libreto bien escrito. Y la audiencia difícilmente olvida cuando es sinceramente conmovida.

Vimos a Montero una vez más sobrepasando cualquier expectativa como Miguel Valencia en El Fiscal (la primera obra con que Juan Carlos Pérez empezó a mostrar las garras), al lado de Alejandra Borrero, Carolina Sabino, Ana Lucía Domínguez, Diego Trujillo, Fabio Rubiano, Roberto Cano, Víctor Hugo Cabrera, Carlos Hurtado y Humberto Arango, un reparto de larga vida, dirigidos por el fino olfato de Kepa Amuchástegui. La telenovela marcó su propio territorio y el joven actor siguió en la cuerda vertiginosa de la atención de un público que sabe tanto reconocer como ignorar. El papel del aguerrido fiscal que persigue a los dones de la mafia criolla y a sus secuaces, mientras supera la pérdida de su esposa y descubre la posibilidad de amar a otra mujer de nuevo, se convirtió en un tipo de galán ya no prototípico sino más bien novedoso: no demasiado guapo (ya escuchamos los alaridos inconformes de sus seguidoras), metido entre leyes y balas y para rematar padre viudo.

Luego vendrían sus apariciones en el cine nacional, en el que también ha podido viajar con su maleta de usos y costumbres que como buen estudioso de la conducta humana siempre lleva consigo, dejando su huella imborrable. Así lo vimos con la preciosa e impredecible Marcela Carvajal en la ópera prima de Harold Trompetero, Diástole y Sístole. Y luego con ese animal escénico que es Emma Suárez, la joven y hermosa actriz española de la premiada cinta La ardilla roja (Julio Medem – 1993), en la extraña y no muy ajustada maquinaria que dispuso Sergio Cabrera en Golpe de Estadio. Y más recientemente, en Colombianos: un acto de fe, de Carlos Fernández de Soto, de la cual no podemos opinar mayor cosa por no conocerla. Aunque si nos guiamos un poco por la crítica, el saldo no es muy positivo y pareciera que no es precisamente por el reparto que es bastante competente sino por la historia. Uno de los dolores de cabeza primarios de nuestro cine.

Y tras su noble interpretación de Eduardo Zuleta, el marido de la insoportable Mariana (Kathy Sáenz) en Amor a la plancha, Nicolás Montero sorprendió a todo el mundo cuando apareció en la niña consentida del Canal RCN, La viuda de la mafia, para encarnar a Cabeto, el rubicundo, simpático y nervioso hermano del antagonista, Aníbal Montes (Patrick Delmas). El abogado de la familia Montes no es precisamente un consiglieri (el sabio consejero legal de la Familia, al mejor estilo de la mafia siciliana), ni tampoco un excelente litigante, ni mucho menos un hombre valiente y arriesgado. Sin embargo, con su sofocada manera de meterle el diente a la vida, todo cuanto hace es mayúsculo y absurdamente, espléndido, pero este rudo y efectivo accionar no es fruto de su iniciativa sino de la capacidad para sobrevivir en medio de las circunstancias más sórdidas y rebuscadas, a las que se somete sólo por seguirle el juego a su malévolo hermano mayor y para no contrariar a su enojosa y dominante madre.

Cabeto es además, se supone, el guardián del mayor tesoro de los Montes, la viuda, Diana. En esa tarea ha llevado hasta el momento las de perder, ese es su sino kármico y el que permite que el conflicto evolucione. Inesperado equilibrista, el abogado Montes, se enreda (mejor definición, difícil) con la mujer de otro capo no menos peligroso que su propio hermano. En medio de este escenario confuso, Cabeto en la piel de Nicolás Montero ofrece matices desconcertantes que lo impulsan más allá de la simple anécdota cómica y volátil; el actor logra imprimirle un sello casi demencial. Cabeto podría en un momento dado cometer un acto de violencia tal que las exquisiteces aberrantes de un asesino consumado como Hannibal Lecter (caracter de la ficción para que el paralelo sea ajustado) parezcan niñerías, obvio, en su justa proporción. Hay esguinces a la aparente normalidad en los que se revela una faceta de Cabeto que asusta. «¡A que acojona, eh, Angela, a que acojona!», como decía Bosco en su discurso para optar al grado summa cum laude de asesino en serie en Tesis (Alejandro Amenábar - 1996).

Los caracteres interpretados por Nicolás Montero nunca pueden ser rotulados bajo un solo matiz, no soportan la minimalización y rompen con cualquier estereotipo posible. Su versatilidad actoral no sólo está expuesta en términos de la dinámica corporal y de la voz, va más allá, se ubica en una zona desconocida e intransitable para los simples mortales, en el territorio maravilloso e indómito del actor genial. Esa es la rara y perdurable cualidad del investigador social, el antropólogo visceral que es Montero, quien saca de la entraña de la tierra, bajo el polvo del tiempo, las vetas más complejas de la condición humana y nos las entrega multifacéticas y diversas en el recipiente único y vasto de cada personaje que con su talento observador recrea.

Nicolás MONTERO
Videografía

La Viuda de la mafia (2004 - 2005) TV — Carlos Alberto "Cabeto" Montes
Amor del bueno (2004) TV — Gustavo León
Amor a la plancha (2003) TV — Eduardo Zuleta
La Costeña y el Cachaco (2003) TV — Ricardo Segura
El Informante en el país de las mercancías (2001) TV — Federico López
Brujeres (2000) TV — Julio
El Fiscal (1999) TV — Miguel Valencia
La Madre (1998) TV — Javier Villegas 'El Javi'
Hombres (1997) TV — Julián Quintana
Sueños y espejos (1994) TV — Nicolás

Filmografía
Colombianos, un acto de fe (2004 – Carlos Fernández de Soto) — El Bebé
Tres hombres tres mujeres (2003 – Carlos Hernández) — Julio
Diástole y sístole: Los movimientos del corazón (2000 – Harold Trompetero) — El Hombre
Golpe de estadio (1998 – Sergio Cabrera) — Carlos

2 comentarios:

  1. Anónimo10:46 a.m.

    Me encantó y me puso al dia....tengo que ver muchas cosas que no he visto. Hasta el 99 ¿En qué había actuado?

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  2. He sido fan de él desde sueños y espejos y estoy loca por conseguirme una copia de esa serie. Lástima que toque recurrir a países como Rusia para poder conseguirla. :(

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