ADVERTENCIA: Esta reseña contiene ‘claves de trama’ (espóileres) lo cual puede resultar incómodo para los lectores que no hayan visto la película.
Desde su estreno en Bogotá el pasado 20 de junio, la espiral de comentarios positivos y el seguimiento a la Caravana por la Memoria por medios como Twitter, asistir por fin a la presentación del documental Impunity de Juan José LOZANO y Hollman MORRIS (2010) se convirtió en un momento singular de encuentro y reconocimiento de una realidad que evadimos los citadinos (en este caso, pereiranos), con una actitud silenciosa y alelada, día a día. La catarsis fue única. Al cierre se alzó una voz: “No más impunidad”. Y una base firme de aplausos acogió ese grito, a la vez que agradecía. ¿Cuánto dura una indignación? Bueno, esa es una pregunta de vida que no hallará respuestas acá. Eso le corresponde a cada espectador. La verdad no tiene cuotas.
Frente a eventos así se comprende rápido que el asunto audiovisual se desborda y empieza a tocar zonas mucho más complejas, amplias e imprecisas de la conciencia colectiva. Un relato de esta magnitud no es un hecho de todos los días. Ni siquiera de todos los años. Es un fenómeno histórico. Un hito coyuntural que exige continuidades. Además, es el resultado de un largo y tortuoso camino seguido con dignidad, convicción y temple, no sólo por los realizadores sino por los miles de víctimas de las cuales el documental se hace vocero, sin alardes ni efectismos por cierto.
Así las cosas, es evidente que intentar hacer una reseña de lo visto y escuchado es mucho más retador y exigente de lo usual. Sin embargo, lo intentaré porque pese a la emoción, al impacto, a la vivencia experimentada, es importante revisar de qué y cómo está hecho este pasmoso relato.
Saber que detrás del proyecto está Hollman Morris, el periodista y realizador de Contravía, uno de los espacios de documental investigativo y de denuncia más controvertido, visto y perseguido en la historia reciente de la televisión colombiana, de entrada brinda una actitud expectante. Y cuando eso se complementa con la co-autoría del documentalista colombo-suizo Juan José Lozano, quien ya había realizado con Morris el documental Testigo indeseable donde relataba las vicisitudes que debió enfrentar al periodista ante el acoso infame del gobierno anterior de Álvaro Uribe Vélez, entonces el espectador queda en una posición de confianza poco común y singular.
El documental posee esas dos sangres, mezcladas con las miles que lo atraviesan (el sentido no es retórico): de un lado la del periodista que acude a cientos de horas de material grabado en múltiples salidas a los campos colombianos, a los estrados de la Fiscalía General de la Nación y a archivos oficiales perdidos, y del otro la del documentalista que visiona, escucha, olfatea la historia, presiente los ritmos, percibe los acentos, intuye los cambios. Ambos, en diálogo de fértil aprendizaje mutuo, conscientes de su compromiso con esa etérea condición que es ser colombiano. Ese fluir intenso e irrenunciable de dos hombres enfrentados al reto enorme de dar cuenta de algo turbio y desconocido para la inmensa mayoría de los colombianos: la infame barbarie cometida por actores intelectuales y materiales al servicio de sus propios intereses económicos y políticos. La raíz, esencia y desvarío del paramilitarismo en Colombia.
El arranque es brutal. El testimonio desgarrador de una víctima nos deja en claro que lo que viene a continuación, no es más de lo mismo a lo que cotidianamente asistimos en los grandes medios nacionales. Y el tiquete de viaje está sellado con una sola frase, visceral e incuestionable: “Acá no hay estado”. Desde allí, desde la posición que asume la narración voz en off, comprendemos algo más. Comprendemos que esta historia nos va a ser contada con alma, mente y percepción puestas al límite del escrutinio, el análisis y la crítica de los hechos. No hay concesiones, ni pactos dramáticos facilistas. Nada. Es la mera y escueta fuerza de la narración. Una narración establecida con un dispositivo que engloba y articula cada secuencia: las tomas aéreas (excepción hecha de una tomada de un archivo del CTI de la Fiscalía). El trabajo de uno de los mejores fotógrafos y cámaras del país, Mauricio Vidal, deja acá su peso confiriendo al relato una dinámica visual inigualable.
Hay también una manera lúcida, y de sutil crítica al espectador (si se quiere), de hacer las pausas y respiraciones con tomas de las ciudades en su cotidiano transcurrir de autos y peatones, luces cambiantes y ruidos adecuadamente silenciados, para darle paso a la música envolvente y reflexiva. Cada corte de la banda sonora le dice al espectador: no te apartes.
Momentos de enorme impacto dramático a través de fragmentos documentales recuperados y otros archivos (de carácter oficial) que perdidos en la marisma del sinsentido de la justicia de este país, vienen a integrarse a los testimonios de las víctimas y de ciertas personalidades del entorno político, e incluso, periodístico. Acá se celebra, no sólo la necesidad de rescatar y poner al alcance de todos, la memoria visual de estos infernales eventos sino también, la necesidad de recuperar a través de la oralidad la crudeza de todo esto. El relato apela al espectador, una vez más, ahora para decirle: no olvides.
El dispositivo del montaje realizado por Anita Acosta es descomunal ya que logra articular más de 600 horas de material, en un rompecabezas en el que cada ficha encaja precisa y lúcidamente. La estructura dramática del relato es juiciosa y consecuente con lo que se narra, en la medida que aborda el tema desde su exterioridad emocional hasta su meollo crudo, cocinado en la conciencia sórdida de los victimarios. Los impulsos de descripción son adecuadamente matizados por los testimonios de juristas, periodistas, representantes del gobierno anterior y abogados de la causa de las víctimas y apartes de otras declaraciones pertinentes al tema; un coro que contribuye a darle al espectador elementos con los cuales construir su propio juicio.
Ir desde la identificación concreta con las víctimas: ver sus rostros, escuchar sus llantos, reconocer sus cuerpos fatigados de tanto esperar, es una tarea que el documental consigue librar satisfactoriamente, por la experiencia de varios años de Morris en el trabajo de recoger testimonios de los miles de campesinos colombianos víctimas del paramilitarismo y protagonistas de uno de los éxodos civiles más ruines que democracia alguna haya podido permitir.
La curva dramática es hábilmente trabajada, al mostrar las varias y contundentes escenas de las audiencias de indagatorias libres, rendidas por los jefes paramilitares, en un escenario inverosímil: las víctimas en un salón viendo en una pantalla la imagen de ese ser que cambió para siempre sus vidas. Es inevitable recordar las imágenes de esa estremecedora película, In my country (Un país en África- 2004), de John BOORMAN, con Juliette BINOCHE y Samuel L. JACKSON, que narra las audiencias de la Comisión de Reconciliación y la Verdad en Suráfrica, en la que victimarios de ambos bandos se presentaron -cara a cara- ante las víctimas para confesar sus crímenes y revelar dónde estaban los cuerpos de los asesinados. Pensar en la reconciliación de tantos odios es una labor agotadora pero inevitable. En Suráfrica se comprendió pronto que es posible el perdón si hay justicia, si hay reparación, si hay compromiso de no repetición y si hay arrepentimiento. Y lo más importante, si no hay olvido ni impunidad. Los muertos no pueden volver, pero los vivos necesitan vivir en paz. ¿Cómo podremos hacerlo nosotros si nos escamotean la justicia con esta impunidad criminal intolerable?
Impunity logra a través de su acerado discurrir, filtrar los absolutos de una enfermedad que socava la vida de cada colombiano, de una manera que nadie se atreve en realidad a dimensionar. La sensación de despojo es tal que visualizar un camino futuro es arduo. Por supuesto, está la otra cara de la ignominia: la de la violencia ejercida por la guerrilla colombiana, sin embargo esta es una reseña apenas de este documental en particular. Habrá que narrar esa historia también.
Las imágenes de cierre son otra suerte de llamado de atención; en montaje paralelo vemos a HH uno de los comandantes paramilitares más sangrientos pero que a la vez fue quien más estuvo aportando al esclarecimiento de tantos crímenes, en imágenes de su extradición a Estados Unidos, contrastadas con imágenes del sepelio de los restos de alguna de las tanta víctimas. La última imagen es una bofetada en el rostro aterrado del espectador: una lápida que se cierra sobre la bóveda del silencio.
Los realizadores han empleado una estrategia de presentación en la que no se deja nada al azar ni por fuera de su debido desarrollo y contextualización. La labor de entramado es parte del enorme logro. Es claro que los hechos en sí mismos, narrados por los registros recopilados, recuperados y obtenidos, son incuestionables pero es la justeza de la narración en off con un texto preciso, agudo y demandante (algo poco apreciable en un documental), la que hace posible que el espectador no se pierda en esa jungla de desafueros. La música entona el réquiem de manera que no hay lugar a la manipulación emocional. Hay algo más. Hay la sugerencia de la reflexión y la acción.
Las imágenes del Congreso (sede del Senado y la Cámara de Representantes) con una apariencia de limpieza y dignidad son de acertado manejo, en el instante mismo en que se narra el papel de la parapolítica en el ajedrez nefasto del poder. Tal vez el momento más logrado desde el punto de vista audiovisual y que sintetiza la potencia del dispositivo montado (en sentido técnico, estético y narrativo), es la larga secuencia de vuelo sobre las bananeras en el Urabá antioqueño. Mientras la cámara sobrevuela esa infinita extensión de tierras de cultivo del banano de exportación, se escucha la voz de HH narrando el papel de las multinacionales, los políticos y los militares en la tarea de exterminio de sindicalistas y desplazamiento de familias enteras. Todo marcado por un pulso musical incesante. El corazón de la indignación latiendo a todo pulmón. La voz se apaga (no porque no haya más que decir, claro) y ese latido se apropia del plano. Y se apropia del espectador, se apropia del tiempo y del espacio y destila su veredicto: no más.
Recomiendo seguirle la pista a este trabajo no sólo por las respuestas que la sociedad civil debe dar, sino también porque como proyecto comunicativo refleja una alternativa de expresión periodística y documental que el país requiere fomentar y preservar.
Impunity ha recibido varios reconocimientos internacionales como: Mención Especial por parte de la Organización Mundial contra la Tortura en el Festival de Cine de Ginebra, Suiza; Premio del Público en el Festival FIDOCS en Chile; Premio Cámara de la Justicia en Películas que Importan 2011 en La Haya, Holanda; Premio Mejor Documental en el Recontres Cinéma d’ Amerique Latine en Toulousse, Francia.
IMPUNITY
Países de producción: Suiza, Francia & Colombia
Año de producción: 2010
Idioma: Español
Subtítulos: Inglés & Francés
Género: Sociedad, Historia, Política
Duración: 85 Min & 58 Min
Guión y dirección: Juan José Lozano
A partir de una idea de Hollman Morris
Montaje: Ana Acosta
Imagen: Sergio Mejía, Heidi Hassan, Diego Barajas & Alex Restrepo
Sonido: Carlos Ibáñez
Música: Gabriel Scotti & Vincent Hänni
Narración: Jean Leclerc (français) Emiliano Suarez (español) Nathan Willcocks (english)
Mezcla: Mikaël Barre
Producido por Isabelle Gattiker & Marc Irmer paraIntermezzo Films & Dolce Vita Films
En coproducción con La Radio Télévision Suisse, Arte y Morris Producciones
Con la participación del Centre national du cinéma et de l’image animée, la Région Ile-de-France, la Ville de Genève, le Fonds REGIO Films, la Direction du développement et de la coopération (DDC), the International Center for Transitional Justice (ICTJ), le Fonds de production télévisuelle and Films pour un seul monde.
IMPUNITY Sitio Oficial
Centro Internacional para la Justicia Transicional

Fulminante reseña. Sentida y ausente de lugares comunes. "La voz se apaga (no porque no haya más que decir, claro) y ese latido se apropia del plano. Y se apropia del espectador, se apropia del tiempo y del espacio y destila su veredicto: no más." Esta quizá es la coincidencia más notable en lo que pienso. Es el mejor logro. El clímax que más sufrí y del cual debo decir quedé devastado.
ResponderBorrarPido disculpas por leer esta reseña tarde. Pero las palabras no pierden su eternidad y los amigos están ahí aunque no se vean siempre. Un abrazo de felicitación.
Gracias, Dan por comentar... y por todo lo demás.
ResponderBorrarVaya Luis, Mariel me comentó del documental. No sé cómo conseguirlo acá. Lo cierto es que hay emoción en quien la escribe, o sea su mercé. Pareciera que fue de un tirón. Tal vez es un efecto del documental. Hay una realidad que sabemos aunque no la tienen que mostrar para que deje un dolor, un movimiento interno. Tal vez el cine podría tener más efecto social y político que la literatura. Ver una imagen desgarra a cualquiera, aunque el arte no tiene moral, creo.
ResponderBorrarClaro, Tavo. Te cuento que ni siquiera acá se consigue aún el video. Morris quiere llevarlo a la mayor cantidad posible de sitios del país, antes de sacarlo al mercado. Igual no ha encontrado apoyo de las distribuidoras de cine, ni de los empresarios de televisión; es un docu que levanta mucha resistencia.
ResponderBorrarLa reseña es de las que más me ha costado sacar. Por todo lo que siente. Y al final, parece que pude cifrar la mayor cantidad posible de esa emoción.
Este domingo harán un especial de radio sobre el documental, tomando como eje de debate esta reseña. Apenas tenga el enlace te lo envío para que puedas escucharlo.
Un abrazo esta vez, de compatriota.
PD. De acuerdo, el arte no tiene moral, ni religión, ni partido, ni dogma. ES y ya.
Impunity
ResponderBorrarApreciado Luis:
Debo agradecer y alabar tu juicioso y puntual comentario al documental de Morris-Lozano y agradezco también tu licencia para reproducirlo, en sus apartes de mayor significación, a través de la Emisora de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá
Aprovecho tu espacio para un par de acotaciones, más de carácter político e ideológico.
Debo reconocer que IMPUNITY, el trabajo documental de Juan José Lozano y Hollman Morris (2011) sobre el proceso de justicia, paz y reconciliación del gobierno colombiano, es una valiente, cruda y descarnada radiografía sobre este proceso, intento para desmovilizar las bandas paramilitares y para judicializar todos sus crímenes y desafueros.
Es importantísimo y necesario respaldar tal tipo de iniciativas de contra-información y denuncia, ante el manto de silencio cómplice que cubre temas tan controversiales y candentes de nuestra actualidad nacional.
El trabajo de Lozano-Morris recaba y enfatiza en el dolor de las víctimas y en la parodia y burla que ha significado tal proceso ante los requerimientos de justicia y reparación que demandan las víctimas, sus familiares, la sociedad en su conjunto y el estado de derecho.
El espectador atento queda a la espera de un análisis en profundidad sobre las implicaciones políticas y económicas del fenómeno paramilitar que desborde las tragedias personales, en una visión macro, más allá de las referencias directas realizadas por el comandante HH, las cuales quedan en el aire soslayadas por los dramas personales de unas cuantiosas víctimas.
Hubiéramos deseado que en lugar de los comentarios en off, plañideros y expectantes, se levantara la voz de aquellos movimientos sociales que claman justicia y reparación; que los testimonios fueran menos pasionales y más analíticos; que la cámara fuera menos descriptiva y más inquisidora.
Tales comentarios en off envían una serie de mensajes que se tornan formalmente contradictorios por el carácter de distanciamiento objetivo que adquiere tal narración omnisciente y extra-diegética, frente al tono subjetivo y emotivo contenido en tales narraciones.
En tal sentido los temas que se suceden secuencia tras secuencia se tornan reiterativos e incrementan la sensación de redundancia como si el documental quedara empantanado en la sangre y sufrimiento de sus víctimas, en detrimento de la argumentación y el análisis, tanto de las causas y contextos del fenómeno paramilitar como de sus graves consecuencias en el llamado post-conflicto.
Quiero reiterar sin embargo la valentía de estos testimonios y su denuncia mediática, así como de la necesidad histórica, social y audiovisual, de que existan y se divulguen este tipo de productos de carácter tanto informativo como político.
Afectuosamente,
Alejandro Hernández
Muy interesante y agudo tu punto de vista, Alejandro. Y de verdad me hace reconsiderar ciertos aspectos del trabajo.
ResponderBorrarUn aporte significativo a la labor de hacer mirandas juiciosas de todo encuentro audiovisual y más si es de nuestra propia casa.
Te agradezco mucho el interés y la gracia de vincular este espacio al de La mirada opulenta.
Un abrazo,
L.
PD. Es una pena que no se haya podido hacer el comentario desde tu perfil.