Decidí republicar esta entrada que hice hace varios años en RAYOAZUL (octubre 2011) por considerarla válida, pese a las actualizaciones que se le pudieran hacer en términos de tecnologías y plataformas. Y además, porque busco reconectar con la experiencia de ver cine, cuando parece que ya no lo hay, y con quienes aman el cine y viven con plenitud su existencia. A toda cinéfila, cinéfilo, este ensayo disfrazado de Lista La Miranda.
Y he dado muchas respuestas a esos interrogantes y a muchos similares, en distintos momentos de mi vida como cinéfilo incurable. Respuestas que van desde la más egocéntrica e inútil “porque me gusta” hasta la más trascendental e intransferible “porque cambió mi vida”. En estos días de nuevo he sido sometido, de manera apasionada e inquietante además, al mismo cuestionario lo cual me dio la pista para esta nueva entrada de Lista la Miranda. Así que en las siguientes líneas intentaré compartir las pautas que sigo para discernir por qué una película, incluso con la posibilidad de que no sea de mi completo agrado, puede considerarse como buena. Por supuesto, debo hacer la aclaración de que no soy quién para sentar doctrina al respecto, no sólo por no ser un experto en el tema sino porque considero que al final de todo, cada quien puede formular sus propios criterios para dilucidar el asunto.
Sin embargo y en atención a mi patológica relación con el cine, debo asegurar - sin lugar a la duda - que lo que aquí afirmo lo sostengo con total entereza y convicción aferrado a la ciencia de la narración y a la magia inefable del cine, en espera de encontrar alguno que otro cómplice cinéfilo con quien profundizar en el análisis de tan delicado caso.
Mi amor por el cine empezó desde muy niño y desde entonces los mecanismos que he empleado para orientarme en distinguir una película de otra, han ido cambiando drásticamente al punto en que si bien no considero agotada la reflexión, sí tengo varias conclusiones preliminares. En el principio el decidir si una cinta me parecía buena o no, residía en cuánto podía o no gustarme, en de qué manera conseguía atraparme e involucrarme emocional o sensorialmente, en si había o no un punto de identificación personal con la historia que me narraban.
Luego de la mano de la literatura y con la guía de un maravilloso profesor de español (Don Hernando Muñoz), empecé a comprender las lógicas de relato lo que me sirvió para desentrañar el mecanismo de relojería que toda buena historia debe contener. No era por supuesto una labor sencilla ya que la sinergia de la experiencia de ver las películas, hacía difícil pensar en ellas. Sin embargo, conté con un buen recurso: una barra de amigos (¿hoy en día cómo se les dice?), a cuál más afiebrado por el cine. Además de ir dos o tres veces por semana al teatro, conversábamos sobre las pelis y las desbaratábamos lo mejor que podíamos tratando de comprender por qué nos habían gustado o decepcionado. En esa época pasó algo bien importante: empezamos a leer sobre el cine. A conocer a los directores y a los actores, y por ese mismo camino a examinar los distintos cargos que hay detrás de la realización de una película. Y por supuesto a apreciar el contexto de un filme según el momento histórico en que se producía. Sí, conocer la historia del cine fue definitivo para ir creando una mentalidad y una actitud apreciativa. De ese aprendizaje surgió el hábito de relacionar los nombres de los créditos. Si un director nos había regalado una buena noche, quizá ese mismo podría conseguirlo en otra más con otra historia. Eso casi siempre funciona. Casi, porque también descubrí que hasta los genios se descachan. La diosa Película es caprichosa.
El otro componente de esa alfabetización audiovisual corrió por cuenta de la televisión. Pese a que su función es otra, la expectancia de la televisión marcó rutas de contemplación de los relatos en distintos órdenes, desde las atractivas escaramuzas de Plaza Sésamo, pasando por los sorprendentes efectos visuales de Tierra de Gigantes, Viaje a las estrellas o Misión: Imposible, hasta llegar a las complejidades narrativas que incorporó el documental de divulgación científica con el arrollador juego pionero de Cosmos de Carl Sagan.
Ahora bien, ¿cómo funciona el proceso? En mi caso la experiencia pasa por tres estados: el espectador, el cinéfilo y el realizador.
Para el primer nivel preciso ciertas condiciones: total concentración, nada de interrupciones, silencio y oscuridad (o al menos una penumbra adecuada para la visualización en el caso de las películas en casa). Desmenucemos esto:
Total concentración: es necesario hacer un ejercicio de adecuación de la atención para preparar los sentidos que van a entrar en juego en la experiencia perceptual audiovisual. Si hay pensamientos o situaciones que distraigan se dificulta entrar en el juego diegético de la película. Cuando se está en una sala de cine y veo que alguien usa su celular (peor ahora con los Blackberry que iluminan el sitio), inmediatamente me desconecto. Debo entonces efectuar un reacomodamiento de la mirada para evitar esa molestia. Y en casa, un teléfono que timbra es molesto. Otro aspecto de la concentración es asumir la película desde su inicio, es decir, desde que ruedan los créditos del estudio al comienzo. Esto lo aprendí de mi maestro de Historia del Cine, José Hernán Aguilar, en la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional.
Cero interrupciones: en la medida que el relato audiovisual en su esencia primaria es un flujo continuo de imágenes y sonidos en un lapso de tiempo determinado, poder apreciarlo así en la primera ocasión es definitivo. Federico Fellini, el gran genio italiano, batalló durante muchos años con la RAI (Radio Televisione Italiana) para impedir que sus películas se pasaran por televisión con cortes comerciales. Su triunfo marcó la ruta de la creación de canales especializados en pasar filmes sin las molestas interrupciones al relato que hacen las propagandas.
Silencio y oscuridad: al igual que leer un libro a solas implica un lector atento y aislado (se puede leer con música claro, pero acá el valor de ésta es ornamental y en mi caso, estorboso), la experiencia perceptual audiovisual demanda ser escuchada y mirada en silencio por parte del espectador (los espectadores, cada quien por su cuenta). Hoy en día, gracias a los vicios de la expectancia televisiva que es tan efímera y ligera y a la multiplicación exagerada de los mensajes vía medios masivos, el ritual de la expectancia cinematográfica se ha perdido. En sus comienzos, el cine compartió el estatus de respetabilidad del teatro y la ópera. El público asistía a los cines con una actitud recogida y de contemplación. Cierto que esto no fue una regla general ni impuesta por nadie. En muchos sitios el cine compartió escenario con el carrusel de feria y el vodevil cabaretero. Sin embargo, el cine como lenguaje evolucionó hasta encontrar su propia lógica narrativa, estética y técnica que implicó la generación de una praxis de la expectancia marcada por la oscuridad de las salas, la magnificación de la imagen y del sonido y el flujo continuo del relato. Por esa vía demandó el silencio. Bueno, no en absoluto: siempre es posible decir algo en ciertos momentos… eso también forma parte del juego de estar metido en la historia.
Para el segundo nivel, como cinéfilo, el asunto pasa por aspectos más de orden psicológico. Parto del hecho de ser un fetichista de la imagen fílmica: esta pulsión ‘insana’ me permite disfrutar de manera casi sensual de ciertas imágenes una y otra vez sin solución de cierre. Más bien todo lo contrario: siempre puedo ir más allá y descubrir nuevos aspectos de esas imágenes.
En estos días vi una vez más. El silencio de los corderos. Jonathan Demme, 1990, y en la secuencia de arranque vi algo que en las otras ocasiones (ni sé ya cuántas veces la he visto) no había notado: en el tablero de la oficina contigua a la de Jack Crawford hay anotaciones sobre Buffalo Bill, el asesino en serie que Clarice Starling debe cazar.
Como cinéfilo degusto las películas sobre todo después de haberlas visto. Desde hace muchos años tomé la decisión de no ver tráilers, ni ver imágenes, ni leer comentarios o reseñas sobre las películas que me interesa ver. Gracias a eso puedo afirmar con absoluta seguridad, que cuando vi en compañía de una querida amiga Terminator 2: El día del juicio final, James Cameron, 1997, éramos los únicos en el teatro Radio City de Bogotá que no sabíamos, por diferentes motivos, que el T-100 (Arnold Schwarzenegger) es un aliado de John Connor.
Así que si la película en cuestión me gusta, después de verla me enfoco en leer cuanto pueda sobre ella, en ver entrevistas y hacer seguimiento a los miembros del equipo de realizadores. Esos estudios de caso también contribuyen a evaluar si una película es buena o mala. La orientación de una crítica juiciosa y conocedora siempre es una ayuda clave. Y en ese punto no la rehúyo. En este nivel, mi percepción se mueve mucho en la cuerda de conectar películas entre sí. Una de las delicias mágicas del cine es que las pelis hablan unas con otras. Siempre es posible encontrar conexiones, muchas de las cuales son deliberadas por parte de los directores o simplemente ocurren vía subconsciente colectivo. Considero que ese nivel de conciencia ha de existir.
Por supuesto, el nivel cinéfilo es muy dinámico y complejo, acá intento condensar ciertas ideas. Una de las ideas más singulares de la cinefilia es la de que las historias del cine se hacen experiencia de vida y artilugios de conocimiento. [Aprendí a hacer tostadas francesas en Kramer vs. Kramer, Robert Benton, 1979.] Esto está directamente relacionado con el placer que generan y con la calidad de la expectancia que exigen. Y esto a su vez se convierte en un buen índice de por qué una película es buena o no.
Ya en el tercer nivel, el del realizador, entran en juego todas las competencias propias del oficio, esas que permiten seguir la estructura dramática, detectar los aciertos o huecos de trama, identificar los saltos de eje y los fallos de continuidad o las unidades técnicas bien establecidas, percibir las dimensiones estéticas del relato en términos de la atmósfera espacio-temporal según los diversos narradores, reconocer el diseño de la planimetría y las diversas capas de sonido. Este nivel es el que corresponde a la alfabetividad audiovisual como tal y que garantiza de alguna manera la rápida y efectiva lectura del cuadro cinematográfico.
La mezcla de los tres niveles da como resultado que al cabo del tiempo haya aprendido a reconocer ciertas cualidades, casi diría misteriosas porque son tantas y tan complejas, que acompañan a una buena película. Intentaré a continuación desarrollar esta idea de manera que el lector pueda visualizar mejor el panorama y asimilarlo a sus propias experiencias.
El ideal dramático de una película es contar bien la historia, no simplemente contarla. Y para poder hacerlo es preciso saber qué se cuenta y cómo se cuenta. Esto parece muy obvio, pero en la práctica no lo es tanto. Hay miles de películas que no cuentan bien la historia, es más, la mayoría se quedan en la superficie de las historias y se vuelven olvidables. Están en desbalance. Saber qué se cuenta es conocer a profundidad el mundo donde sucede la historia. Y saber cómo se cuenta demanda conocer las claves de la trama de esa historia en particular. Y algo que definitivamente sale de esta adecuada combinación es el sentido de unidad, coherencia y verosimilitud que toda película debe perseguir para poder ser considerada como buena.
La unidad dramática surge del conocimiento del conflicto que se narra, de las contingencias de los personajes y de la mecánica de las acciones que permite que la historia avance. La coherencia es el sistema de control de la historia y la verosimilitud el de conexión con el espectador. Si la película a través de todas sus capas de significación consigue meter al espectador en la vivencia de la historia en relación con su propia vida, hay grandes posibilidades de que sea buena.
Por supuesto, es necesario que los personajes estén bien construidos. Si la película logra contar con caracteres creíbles, originales y sorprendentes (incluso en la más sana cotidianidad), la tendencia apreciativa es a que sea una buena cinta. Aunque hace falta más que un buen personaje, es preciso que su móvil de acción sea inquietante y que su actitud frente al conflicto sea inesperada. Eso siempre es un intangible. Algo que se mece en el viento que lleva y trae la historia hasta el espectador. El secreto reside la mayor de las veces en el guion, aunque esto no es condición absoluta, hay películas con guiones no por completo bien logrados, pero en las que se conjugan una serie de elementos que van más allá y hacen de la cinta algo de calidad.
Las buenas películas se hacen imborrables y permanecen con el espectador por siempre. Y además tienen una cualidad única: se dejan ver muchas veces y siempre hay algo más, no es sólo que el mirador haya evolucionado en su propio ciclo vital, sino que las buenas películas como obras de arte que son poseen una significación ilimitada.
Ahora bien, un dato que he logrado anotar como una clave de afinidad en las buenas películas es que desde los primeros planos atrapan, por qué… imposible precisarlo. A veces es la fotografía, o en otros momentos la música, o algunas veces el diálogo que se va presentando como provocación, o la acción que se narra. No hay reglas, excepto la de que los comienzos son intensos y poderosos. Y lo mismo sucede con los finales. Es más, en una buena película se tiene la sensación al acabar de verla que no falta ni sobra nada. Desde la dirección, el guion, la actuación, la fotografía, el arte, el sonido, la producción y el montaje se ve una gran unidad de estilo, un enorme y eficaz dispositivo que permite que cada elemento encaje precisa e ineludiblemente.
Ya para cerrar por ahora esta entrega, debo decir que las buenas películas también tienen una categorización, al menos así las clasifico: hay obras maestras, hay películas de culto, hay películas de alta factura y hay buenas películas. A continuación daré unas listas de películas que considero caben en esas categorías.
Como dije al comienzo, el tema es inagotable y siempre es factible no coincidir en las apreciaciones. Sin embargo, insisto en recomendar a quienes se interesan por establecer con cierto rigor la valoración de una película, que recuerden que todo está más allá del gusto... aunque no demasiado lejos. Las películas son el resultado del esfuerzo de la imaginación, puesta en juego en el contexto de la industria y el arte, y como tal este esfuerzo es impredecible. Al cabo del tiempo, comprendemos que cuando nos asaltan sin aviso imágenes de alguna película, estamos asistiendo a la proclamación infinita de una película que se autodefine como una buena película.
Sólo me resta invitarlos a mirar mucho cine y ojalá de todas partes y de todas las épocas, también es preciso trascender los límites que insanamente nos impone el mercado y que tan retadoramente pretende romper el mundo de la imagen virtual.
Me queda la sensación de reseñar ciertos momentos definitivos en todos estos años de miles de mirandas. Espero poder escribirlas pronto y compartir esas emociones y descubrimientos con los lectores de Lista la Miranda.
Con mis mejores deseos por buenas e imperecederas mirandas. Dejo aquí.
Desde que leía al difunto Luis Alberto Duque no había encontrado un artículo sobre cine con más didactismo. Excelente y muy ajustado
ResponderBorrarMuchas gracias, sus palabras me abruman al evocar esa presencia del maestro Duque. Me alegra que le haya gustado. Hacía rato venía persiguiendo el tema. Espero seguir tendiendo el tablón... hay muchos Traveler afuera y tantas Talitas que pasan el mate.
ResponderBorrarNos vemos.
Luis, muy hermoso este texto, tiene una parte muy sencilla, apenas para ser digerido por cualquier persona, hasta los que no se han atrevido a entrar al mundo del cinematógrafo. Además de un pequeño curso de introducción al cine. Genial. Espero los otros post y animarme a alimentar mi gusanillo cinéfilo.
ResponderBorrarEsa era la idea, Tavo: poder acercarse a cualquier posible lector y aficionado al cine, como para ir abriendo caminos de cinefilia.
ResponderBorrarY sí, ya estoy trabajando en un texto más dedicado esta vez a momentos particulares de la experiencia de disfrutar y vivir el cine.
Un abrazo, estamos en contacto.
Así como no da lugar decir que no sé en qué categoría me encuentro ahora, no da lugar dejar de decir que cuando el Perso aborda un tema cala profundo. Siempre un admirador de sus percepciones, un fiel a sus recomendaciones y un ávido alumno de sus mirandas. Gracias por este regalo. Un abrazo.
ResponderBorrarLou, Super. Ahora que recopilo las pelis que mas me han gustado las comparti contigo, tengo claro el nombre de la peli, pero no me preguntes por el actor. un abracito, bru
ResponderBorrarBru, qué lindo encontrar un comentario tuyo por acá. Es verdad que compartimos tantas pelis y las nostalgia me embarga. La gratitud es inmensa.
ResponderBorrarUn abrazo.