viernes, abril 27, 2012

2 Diego / Senderos [Capítulo 1 - Novela en progreso]

  La larga estela de polvo se perdía entre las montañas, serpenteando bajo la cálida luz de la mañana de sol húmedo y rocío titilante. El negro estuche de ruedas se deslizaba a su tope máximo de velocidad rasgando los 20 kilómetros por hora. Se dirá que es una burla pero habría que sentir ese vértigo imposible a bordo de un modelo t, armado en la plaza una vez llegaron todas las piezas provenientes de Medellín con la recua de mulas de don Anselmo. Él conducía aferrando el timón con la mano izquierda mientras su brazo derecho colgaba sobre sus algodonados hombros. Ella en silencio lo miraba absorta, llenándose con su presencia, sosteniendo con sus ojos la evidencia de su profundo amor por él. Ella lo había llevado a emprender cientos de negocios y empresas absurdas de cuyas estrategias y resultados se tejerían luego leyendas. Su amor y adoración eran tan poderosos que en más de una ocasión lo vieron perdido y siempre, a último momento, cuando ya nadie estaba dispuesto a verlo regresar, se lo veía subir por uno de los caminos de paso que años atrás había abierto en busca de los hechos que realizaran sus sueños y calmaran su pasión. Era en esos instantes cuando se escuchaba su voz queda, murmurándole al oído, empujando su corazón hasta el límite, confesando cuanto lo amaba: “No importan las puertas que se nos han cerrado, sino las que aún no hemos abierto”. Su amor se fue enredando en el tiempo y no hubo sombra humana ni trampa de la naturaleza que los separase. Dicen algunos que los vieron una noche, ya muy lejana, tendidos al pié de la colina bajo la eterna compañia lunar, abrazados como la vez primera y amándose con pudoroso ardor, buscándose la piel extranjera y ajena, por siempre unidos, para siempre vivos. Era esa colina la misma desde la cual se divisaban cuando el viento era propicio, los vericuetos de los senderos que sus pasos abrieran. Eso decía la anciana nieta años más tarde, cuando un caminante se detuvo en la fonda y al escuchar el rumor de la romántica leyenda, fue de casa en casa hasta dar con la que muchos años atrás él le construyera. Ahora solo estaba ella, dulce daguerrotipo de la original, la amada, meciéndose en la silla en el amplio corredor rodeado de una verde chambrana, y sólo ella puede decir que aquello no fue un sueño.

  Diego abrió los ojos aturdido por el repicante sonido del teléfono. El eco del rostro de la joven mujer fue desvaneciéndose a medida que medio tomaba conciencia del sonido que lo llamaba a despertar. Lucía se desperezó a su lado. Escuchó su queja, se sentó y levantando la bocina contestó. Era Julieth.
  Ni idea cuántos minutos habían transcurrido. Luego los contabilizaría, sin duda. Ahora sólo se sentía envuelto en la atmósfera traspasada de tiempo y en la voz monótona que le decía algo incomprensible y doloroso. Y enseguida como un autómata, levantarse, caminar hacia el baño, mirarse al espejo y no reconocerse al ver un rostro ajado de muchos sudores. Los ojos claros, el bigote abundante que se extendía más allá de los labios, cubriéndolos y enmascarando la sonrisa. La nariz de aguileña silueta, las patillas amplias y largas, las orejas apenas cubiertas por el pelo de corto corte. Las cejas profundas y arriba de ellas la sombra del sombrero, fina y precisa. Las manos recogen un poco de agua y escarchan la piel. Cierra los ojos y respira obligándose al sosiego. Al abrir de nuevo los ojos, mira su reflejo en el espejo y logra sonreir. Debe aceptar que es una sonrisa estúpida que no resuelve nada.
  Al volver al cuarto, se desnuda y tomando los pantalones del respaldo de la silla se los pone. Busca los calcetines. Mira bajo la cama. Luego cambia de parecer y acercándose al armario empieza a sacar todo un juego completo de ropa. Solo en ese segundo escucha la voz de Lucía preguntándole qué sucede, a dónde vas a estas horas, quién llamó. Y mientras se ajusta el boxer y empieza a escalar los pantalones sobre las piernas, ve de nuevo la telaraña de senderos de tierra y polvo, pasto y boñiga. La elevada colina coronada con un roble de amplia voladura. Murmura un no más y por primera vez mira a Lucía quien ya se ha sentado en la cama y observa sorprendida su zafarrancho de huida.
  - Entonces sí sonó el teléfono… - musitó curioso.
  - ¿Cómo que sí sonó? ¿Luego no es por eso que estás haciendo lo que estás haciendo?… Diego, qué estás haciendo? Me estás poniendo nerviosa.
  - Evidentemente voy a salir… - intentó proponer. Lo que me lleva a confirmar qué soñé y qué escuché. Fue todo tan real…
  Lucía se revolvió en la cama molesta, manoteó y lo fulminó con la mirada. Con fortuna él logró evitar contemplar su furia porque en ese momento le dio la espalda al buscar en la silla una chaqueta.
  - ¿Ya entiendes de qué te estoy hablando?
  - No estoy interesada en saber más de tus sueños. Dime más bien quién llamó, por favor, será mucho pedir? - apuntó resignada.
  Diego se calzó los zapatos, unos Bosi informales de punta cuadrada y tacón bajo, bastante cómodos e invisibles. Justo lo que precisaba. Ajustó el cierre de la chaqueta, se acercó a la mesita de noche, cogió las llaves del carro, el celular y el reloj que se puso en la muñeca derecha. Dio vuelta a la cama y acercándose a Lucía, se sentó en el borde y la atrajo hacia sí. Ella lo miró a los ojos y como tantas otras veces, tantas que la sorpresa aún la estremecía, se quedó en el marrón de su brillo dispuesta a acompañarlo hasta la última gota de sudor, aunque eso significase perderse.
 - Ele, ha pasado algo terrible. Eduardo acaba de morir.
  La abrazó con fuerza, sintió el tremor de su cuerpo diminuto y tuvo que pellizcarse para no llorar con ella. Logró disuadirla de acompañarlo. A cambio le prometió mantenerla al tanto de todo. Le pidió llamase a Marcela. Era mejor se enterara de una vez y no en la mañana. Nunca se lo perdonaría si no le avisaba. Además ella sabría qué hacer mientras él se ocupaba de los arreglos del funeral. Así estaba previsto desde meses atrás.


  Recorrer la 30 a esa hora le hizo recordar sus años de estudiante en la Nacional cuando después de salir de las pesadas jornadas de edición, caminaban hacia el norte en dirección a Rionegro porque ninguno tenía plata para el taxi. Ahora como entonces podía sentir la brisa helada golpeando su cara. Apenas esa sensación era similar, todo lo demás era diferente. Y como necesitando confirmarlo subió el volumen del equipo y apretó la dirección, manteniendo la vista fija en la línea blanca del separador del carril rápido. Metros más adelante solo un taxi avanzaba como él, hacia el sur. Aumentó la velocidad y lo rebasó con ansiedad. Miró por el retrovisor deseando se esfumara con el solo sobrepaso pero el taxista aceleró también y pronto estuvo a su altura. Llegando al puente curvo de la 63 notó con satisfacción que abandonaba el carril central pasándose a la paralela para tomar el elevado. Sonrió y no pudo evitar mirarse en el espejo, esta vez convino en que al menos había motivo por ingenuo que fuese. Insatisfecho con ese juicio sumario sobre su conciencia, decidió ir más allá para tratar de entender sus emociones desde el momento en que fuera sacado del sueño por la llamada de Julieth para contarle que Eduardo había muerto diez minutos antes. Justo cuando la anciana se mecía y contaba la historia de los dos amantes de los senderos.
    Era evidente que la noticia no lo tomó por sorpresa. Aquella era una circunstancia que ya tenía su propio espacio en su realidad, desde el momento mismo en que Eduardo lo invitase a tomarse unos daiquirís en la 73 con novena, para contarle que tras los últimos análisis los doctores le habían pronosticado un año con quimioterapia y menos de seis meses sin ella. Eduardo quería saber su opinión respecto a la decisión que acababa de tomar: no se trataría. Al mirarlo a los ojos, como solía hacer para intentar comprender lo poco que era posible acerca de un ser humano, sintió que nada que dijese lo haría cambiar de idea. Enseguida se preguntó qué sentido tendría tratar de cuestionar su criterio. El que se iba a morir era él. Era un principio de realidad muy concreto e ineludible. Entonces hizo lo único que consideró sensato en ese momento. Le ofreció todo su apoyo y le preguntó en qué forma podría ayudarlo. Aún podía ver, claramente sin necesidad de apretar el entrecejo, la calma en su rostro. Una serenidad que no le conocía se presentaba ante él, sorprendiéndolo con su fuerza y sencillez. Esa misma tarde se convirtió en el depositario de los últimos deseos de Eduardo. Días más tarde cuando su familia se enteró de las disposiciones que había tomado, nadie ni siquiera Amalia, se atrevieron a desafiarlo. Sólo la abuela Isabel protestó y no porque pensara que lo haría desistir sino porque era tan terca como él y quería que su voluntad estuviera por delante, incluso de la suya. Eduardo no cedió ni un poco, al contrario, se afirmó tranquilamente y se dispuso a disfrutar de sus días y noches con una certidumbre nueva en su vida. El misterio de cuanto viviría había concluido. No cumpliría los treinta y siete años.
   Redujo la velocidad al cruzar frente al Agustín Codazzi. Aunque era su ruta de todos los días, ver la Ciudad Universitaria a oscuras y no bajo la marea incesante de carros de cada mañana o anochecer, era reconciliador. Observó la masa cambiante de los edificios iluminados con esa amarillenta fiebre que circundaba el aro central y se vio recorriéndola en compañía de sus compañeros de estudio con una cámara al hombro y un micrófono en la mano. Pronto estuvo a la altura de la 45 y aumentando la velocidad para tomar el puente elevado que lo llevaba a la avenida República Francesa, dejó atrás la blanca entrada con sus pintas eternas de revolución añosa y perdida. Llegó a la 37 y giró a la izquierda para cruzar el Park Way en dirección a la 28 con 36. Se detuvo en la esquina frente a una casa de fachada francesa, dominada por dos columnas que guarnecían un umbral de puerta de madera labrada, en cuyo centro respiraba un aldabón de leonina figura. Solo dos golpes y al abrirse la puerta vio la silueta delgada y sinuosa de la hermana menor de Eduardo. Julieth no esperó a que subiera los mínimos peldaños que los separaban y se abalanzó sobre él apretándose contra su cuerpo y sin poder contener las lágrimas. Ese abrazo de dolor era eso y algo más. Solo que él aún no lo sabía.

2 comentarios:

  1. Hay que esperar la otra parte Luis. Me gustó mucho que fuera la noche en Bogotá por donde transitara y recordara en un momento tan suave, digo, el viaje nocturno y no al mediodía, la tranquilidad de su amigo al decirle la noticia.

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  2. Tavo, como siempre leer tus comentarios me brinda una descarga de buena vibra y ganas de seguir en la senda. No comprendo bien por qué la gente no puede decirte si le gusta o no algo que le muestras. Y tú siempre tienes algo para decir: gracias. Te cuento que todo el primer capítulo ya está escrito. Curiosamente, la parte de Diego, al pasarla acá, me di cuenta que precisa más desarrollo. Y en esas ando.

    PD. Por supuesto, sigo ahí al pie de tus escritos en el blog que siempre me descrestan por lo eficaces. Y sí... iré a poner algo allá. Un abrazo.

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