domingo, febrero 24, 2013

Lo que queda del día y la noche en pantalla

(Aclaración: La siguiente reseña no contiene espóileres)

Cada vez es más difícil ver buen cine en la pantalla grande y no es porque no lo haya. En el caso de las ciudades de provincia el asunto es más preocupante porque hay pocas salas del para mí mal llamado cine arte y por más que su esfuerzo sea notable, no tienen la capacidad de traer producciones de muchas partes del mundo. El factor que permite elegir para la exhibición una u otra película sigue siendo los premios o reconocimientos que haya obtenido o si la maquinaria hollywoodense le echa el ojo y se apropia de su mercadeo. O en otras ocasiones de su contenido para hacer versiones a la norteamericana al estilo de Vanilla Sky, Cameron Crowe,  o más recientemente, con la serie de Millenium bajo la dirección de David Fincher. En ambos casos, la diosa sonrió para dar con dos buenos cineastas. Es la tendencia: cuando Hollywood decide revender, va a la fija.

Así que de todo el caudal de buen cine que se produce en todas las esquinas del mundo, en provincia seguimos limitados al reducido catálogo del cine hollywoodense (2 o 3 cintas en un solo multiplex con cinco salas) y a la suerte de que cada semana se estrene en las salas de cine clubes películas estrenadas uno o dos años antes. En ciudades como Bogotá, Medellín y Cali hay mayor oferta de cine de otras procedencias… pero tampoco es que la diferencia sea muy marcada. El caso de Bogotá es llamativo ya que allí una empresa de exhibición decidió que uno de sus multiplex presente películas ajenas al circuito comercial norteamericano, a no ser que sea el del cine independiente. Y con todo, como decía mi adorada abuela: “una golondrina no hace verano”.

Con este panorama desalentador, hay breves momentos de lluvia de buen cine, el de mayor dominio mediático, cuando cada año se acerca la fecha de entrega de los premios de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood, ni Cannes – sin duda el festival de cine más prestigioso del planeta- tiene tal poder de convocatoria para los exhibidores de cine en nuestro país. Así que esta vez, en RAYOAZUL, se hará una mini-reseña a cada una de las 9 películas nominada este año a la estatuilla dorada.  Para lograrlo fue necesaria una media maratón de mirandas (no todas honorables y no todas posibles, lo confieso) que permitiera obtener una adecuada perspectiva de análisis e interpretación de cada relato fílmico.

He aquí el resultado que parte de la enumeración de las nominaciones que cada película tiene y que haré en un orden meramente alfabético.

Amor (Amour), Michael Haneke, la ganadora de la Palma de Oro en Cannes, está nominada a 5 Oscar: mejor película, mejor director, mejor actriz en un rol principal, mejor guion y el más ‘curioso’ de todos, mejor película de lengua extranjera. Sin duda, es en esa categoría que ganará. Esta es una dura y genuina historia, llena de dolor y entrega. Y esta es una de la que los exhibidores nos quitaron el privilegio de apreciar. Las notas que puedo suministrar sobre ella son de miradas parciales, reseñas estudiosas y el simple y poderoso aroma que ella misma emana. Tener en escena a dos de los más grandes actores del cine francés Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, tres en verdad contando a la siempre hermosa Isabelle Huppert, que ya forman parte del paraíso universal del cinema es algo que no se ve todos los días. Y la exigencia emocional que supone hace de Amor quizá la mejor película de esta temporada. Por supuesto, el estómago y el paladar norteamericano no le darán más que un condescendiente golpe en la lata 6.  


Quizá valga la pena señalar que Amor es un excelente ejemplo del valor que en el cine europeo tiene el sistema de coproducción que le permite subsistir en un mercado salvaje. Esta es una cinta producida por Alemania, Austria y Francia, con la intervención de las televisiones públicas y privadas de dichos países y uno que otro estudio sobreviviente a la depredación de Hollywood.

Argo (Argo), Ben Affleck, está nominada a 7 premios: mejor película, mejor actor en un rol de reparto, mejor edición, mejor edición de sonido, mejor mezcla de sonido, mejor guion adaptado, mejor música original.  Es la más segura ganadora a mejor película si se tiene en cuenta la curva de premios que la preceden. Y siendo una muy buena cinta, no es para nada la mejor de este grupo de 9.

El ganador del Oscar por Mejor Guion Original al lado de su compadre, Matt Damon por Good Will Hunting en 1998, arriba con su tercer largometraje al Olimpo de los dioses de la colina de hollies y al parecer está recibiendo una aclamada bienvenida. Argo es una típica inusual película de Hollywood, literalmente hablando, ya fue gracias a su parafernalia que la misión de rescate de los rehenes en Irán se llevó a cabo.  


La cinta tiene un ritmo trepidante, sazonado con ciertas dosis muy pequeñas de drama interior y jugando a ratos al suspenso más predecible. Y sin embargo, logra contener la atención del espectador por la cascada de acciones que suscita una trama juiciosamente llevada. Sin duda este será un premio del Hollywood de hoy al Hollywood de ese entonces. Una especie de medalla de honor por los servicios prestados. Notables las interpretaciones de Alan Arkin y John Goodman. Lo más sobresaliente. De anotar en la bitácora el cuidadoso trabajo de casting. Y para no perder de vista la liviana actuación de Ben Affleck quien quizá por tratar de no robar cámara termina eludiéndola. El joven director hace bien su labor y logra una cinta que cae bien en estos tiempos de crisis de identidad geopolítica del imperio del norte.

Bestias del sur salvaje (Beasts of the southern wild), Benh Zeitlin. Cuenta con 4 nominaciones: mejor película, mejor director, mejor actriz en un rol principal, mejor guion adaptado… por poco se lleva los Cinco Grandes, sólo le faltó tener en el reparto un actor protagónico. Una conmovedora sorpresa venida del mundo independiente, un guiño complaciente de la Academia y la más joven actriz jamás nominada, Quvenzhané Wallis, ganándole a Tatum O’Neal con su bella Luna de Papel, Peter Bodganovich, 1973. Difícil pronóstico. Otra que no pudimos apreciar a tiempo y que corremos el riesgo de no ver en la gran pantalla pese a sus excelentes reseñas.


Django sin cadenas (Django Unchained), Quentin Tarantino. La octava película del iconoclasta director ganador de una Palma de Oro (en exaquo con El piano, Jane Campion) con su monumental rompecabezas en Pulp Fiction, consigue 5 destacadas nominaciones: mejor película, mejor director, mejor actor en un rol de reparto, mejor cinematografía, mejor edición sonora y mejor guion original. 

Este es el año de QT, acaba de llevarse el premio del Instituto Americano de Cine (AFI) como mejor película del año… y sin embargo, la Academia no hará nada porque sigue siendo un chico diferente. Tal vez obtenga el de guion y el de actor de reparto. 


Quizá esta sea la más íntegra y completa cinta de QT. Luego de sus icónicas cintas de los 90 y tras un infautado filme de venganza en retrospectiva Bastardos sin gloria, 2009, el director más rebelde de la gran élite nos brinda una película de una fuerza avasalladora. El punto de partida es un guion nacido en el tributo al western setentero, llevado a la cámara con singular prodigio y montado con un oído único (el talento de Tarantino para sus bandas sonoras es ya mítico) y una mirada sin contemplaciones melifluas. En el centro de todo un excelente reparto y unas interpretaciones ya inolvidables. Un sentido del humor viscoso y corrosivo que al tiempo que entretiene, da puntadas salvajes a territorios ideológicos que aun dormitan en la conciencia norteamericana y que por extensión, podemos apreciar con cierta distancia. Hay en el cine de Tarantino algo digno de estudiarse con atención quirúrgica: su puesta en escena que privilegia la secuencia a la escena de transición. El director monta todo su dispositivo narrativo sobre el poder unificador del espacio y el tiempo para regalarnos un punto de vista narrativo de enorme fuerza. Es como asistir a una serie de mini-películas con arcos dramatúrgicos perfectamente levantados y contenidas en el gran relato que es toda la cinta. Y esto es algo que al parecer sólo QT es capaz de hacer sin caer en la retórica simplista de ciertos realizadores.  Django sin cadenas no será la mejor película para la Academia pero para muchos cinéfilos del mundo, lo es y por mucho.

Los miserables (Les misérables), Tom Hooper. La valiente adaptación de la novela y obra de teatro musical del afamado Víctor Hugo llega a los Oscar con 8 tremendas nominaciones: mejor película, mejor actor en un rol principal, mejor actriz en un rol de reparto, mejor diseño de producción, mejor mezcla de sonido, mejor vestuario, mejor maquillaje y mejor música original. Posiblemente se lleve el de actriz de reparto. No es fácil que avance más pese a ser una hermosa película.


El trabajo de Hooper en Los miserables es más que magistral: es supremo, único, incomparable. Entre las muchas decisiones que debió tomar el galardonado director de El discurso del rey, hay tres que vale la pena mencionar: el apegarse a la esencia del libro de Víctor Hugo más que al libreto de la obra musical de teatro, la selección de reparto con la opción central de Hugh Jackman y la entrega de Anne Hathaway, y la más arriesgada de todas: filmar con los actores cantando en vivo algo que ‘no se debe hacer’ según la ortodoxia de producción. Ya solo por eso la película entra en una órbita fuera de concurso y cuestionamiento. Es claro que los actores no son cantantes profesionales (a excepción de Samantha Barks por ejemplo y algunos otros), son entregados intérpretes de roles y de sus líneas no habladas sino cantadas. Y el resultado es asombroso y conmovedor. Aparte el diseño de producción es monumental y la dirección de arte precisa y casi invisible de lo ajustada a la verosimilitud. Por supuesto, es bueno aclarar que esta es una cinta para amantes de los musicales casi que exclusivamente, para otros espectadores la experiencia puede ser ingrata. Así y todo, tiene bien merecidos los premios que ha obtenido y sin duda esta noche se alzará con más de una estatuilla… en la que no estará incluida la de mejor película.
  
La vida de Pi (Life of Pi), Ang Lee. La icónica cinta del prestigioso director chino ganador del Oscar a mejor director por esa impacable obra maestra que es Brokeback Mountain (2005) hipócritamente ignorada por la Academia, llega compitiendo fuerte con 11 nominaciones: mejor película, mejor director, mejor guion adaptado, mejor diseño de producción, mejor edición sonora, mejor mezcla sonora, mejor edición, mejor cinematografía, mejores efectos visuales, mejor música original y mejor canción original. Una auténtica ganadora simbólica.
        

Un espectáculo cinematográfico sin igual. La puesta en cámara y la puesta en escena de la historia de Pi son memorables. La fotografía es asombrosamente bella y en este caso, como pocos, el valor de la tecnología de 3D cobra sentido. El logro cinemático de animar a un tigre de bengala para que actúe al lado del talentoso joven Suraj Sharma es de un poder de seducción inusitado. Esta es una deliciosa película maravillosamente contada. Si algo es apreciable en La vida de Pi es el poder del relato en sí mismo. Y en ese sentido, el dispositivo del narrador que le cuenta a otro quien es por supuesto, el espectador, desde la perspectiva del tiempo que ya fue, es cautivadora. Una vez más Ang Lee nos sorprende con su conocimiento del valor del montaje. La música posee una calidad evocativa que va más allá de lo autóctono. Y qué mejor oferta para el espectador que poder elegir el final que más le complazca. En tiempos de historias insulsas y relatos predecibles, La vida de Pi es una señal de esperanza respecto al poder del cine para hablarnos de las cosas más profundas y verdaderas de la condición humana en clave fantástica.

Lincoln, Steven Spielberg. La primera película puramente biográfica del niño de la gorra mágica (se podría decir que Atrápame si puedes y La lista de Schindler sean biográficas pero cerrando el plano nos damos cuenta que son un poco más que eso), le brinda su séptima nominación como mejor director que ha ganado ya dos veces, por La lista de Schindler y Rescatando al soldado Ryan. Además lidera las nominaciones de este año con 11 más para completar una docena de lujo: mejor película, mejor actor en un rol principal, mejor actor en un rol de reparto, mejor actriz en un rol de reparto, mejor guion adaptado, mejor diseño de producción, mejor cinematografía, mejor vestuario, mejor edición, mejor mezcla sonora y mejor música original. Sin duda, el Oscar para Daniel Day-Lewis… de ahí para adelante, una auténtica incógnita. Todos saben de su enorme valor como patrimonio pero nadie apuesta a su éxito.


Doce años le tomó a Spielberg darle vida a su versión del presidente que abolió la esclavitud en Estados Unidos. Esto nos habla del compromiso moral y profesional que el cineasta se impuso a sí mismo. Y a la vez nos resuelve la catalogación de esta cinta como la más norteamericana de la temporada. Es la esencia misma de cómo muchos norteamericanos se ven a sí mismos. Es por tanto una cinta que no le habla a todos los espectadores del mundo de la misma forma. Si dejamos aparte lo obvio: que tiene a un Daniel Day-Lewis inmenso e inalcanzable, un Tommy Lee Jones que vuelve por sus fueros y una Sally Field que peleó y ganó en buena lid su rol de esposa del malhadado presidente, nos quedamos con que Lincoln es una cinta lenta, difícil de digerir por la complejidad de su exposición lógica y un modelo preciosista de perfecta y sincrónica narración. Por supuesto, la dirección de Spielberg supera cualquier promedio y sin embargo hay momentos en que es válido cuestionar el peso de la música. En esta película como en ninguna otra, la idea de que el sonido directo es el que debería narrar sin necesidad de una música emocional y casi estereotipada es más que evidente. Lincoln es una pieza de museo, radical y potente. Que sea la mejor película de la temporada, quizá no, pero sí es una de las cinco mejores.
   
Silver Linings Playbook (Juegos del destino), David O. Russell. Después de alcanzar la edad adulta con su soberbia The Fighter, 2010 que le dio Oscar a sus actores de reparto, Christian Bale y Melissa Leo, el neoyorquino vuelve con una maravillosa pieza emocional, llena de velocidad, fuego y vida, eso quizá ayude a comprender sus nada invisibles 8 nominaciones incluidas las Cinco Grandes: mejor película, mejor director, mejor actor en un rol principal, mejor actriz en un rol principal, mejor actor en un rol de reparto, mejor actriz en un rol de reparto, mejor guion adaptado y mejor edición. Si la estatuilla fuera ecuánime se iría con Russell y sus productores pero eso solo pasa en el cine, no en la vida real.


Un fresco contemporáneo. La mejor receta para los jóvenes que viven pregonando que son bipolares sin tener la menor idea de qué es eso y de lo duro que resulta ser para quien padece esta incompasiva enfermedad y sus familiares y allegados. La bipolaridad no puede ser una moda o una excusa para estar en el mundo sin responsabilidades. Y esta declaración rotunda y subyugante de David O. Russell es una adecuada manera de poner las cosas en orden y en perspectiva de crecimiento. Basada en la novela de Mattew Quick y duramente aderezada con su propia experiencia familiar de contar con un hijo que es bipolar y además tiene un Trastorno Obsesivo – Compulsivo, el director se lanzó a la prueba de hacer una comedia que diera en el punto, con el suficiente toque de dolor y tribulación pero a la vez la justa dosis de recompensa vía comprensión y riesgo. Bradley Cooper como Patrick Solatano Jr. está deliciosamente fuera de sus cabales y logra encauzar esa energía perversa a veces al conocer a Tiffany, soberbiamente interpretada por Jennifer Lawrence. La receta está servida y el espectador no tiene otra alternativa que tragar su dosis y pasarla con agua, con una sonrisa cómplice si entiende la propuesta.

Llena de veloces diálogos, a cuál más cargado de subtextos y subtextos de los subtextos, la película tiene un tono ligero que logra cargar con toda su densidad sin esfuerzo. La presencia del gran Robert de Niro y de la señora de la pantalla, Jackie Weaver, terminan por darle el toque de gracia: esta es una gran película. Cada cosa encaja perfectamente en su lugar en cada nivel sea técnico, narrativo o estético. Aparte tiene un bonus performance – ya en un terreno de apreciación más personal y menos objetiva de la cinta- con la breve pero hermosa presencia de la inmensa Julia Stiles.

La noche más oscura (Zero Dark Thirty), Kathryn Bigelow. La tercera película de propaganda de este año cierra con 5 nominaciones: mejor película, mejor actriz en un rol principal, mejor guion original, mejor edición y mejor edición sonora. Jessica Chastain la tiene dura contra Jennifer Lawrence… y es el único chance que tiene la delicada pieza de relojería que construyó esta vez Bigelow la ya ganadora del Oscar a mejor directora.


Un documento de ficción de cuidadosa realización. La crónica de la cacería del enemigo número uno del estado norteamericano, Osama Bin Laden, narrada desde el punto de vista de la mujer que lo consiguió, apenas conocida como Jen en la vida real y en la cinta como Maya (Jessica Chastain).  Salpicada de críticas favorables que la elogian por su tributo al esfuerzo y compromiso del estado por hacer justicia (a su particular manera) y desfavorables al punto que muchas figuras reconocidas de Hollywood le censuran su tolerancia con la tortura. La película puede ser vista de muchas formas pero es posible que Bigelow jugara sus cartas a exponer dos conceptos: 1. Debemos ratificar que estamos en contra de la tortura como modus operandi; tuvimos que hacerlo porque nos descubrieron pero así las cosas esta película narrará esa realidad irrepetible y no la adornará y 2. Esto fue posible por la dedicación y terquedad de una mujer. En esa clave de principios, La noche más oscura es una cinta ineludible y polémica. Con una tremenda factura técnica, un montaje de lección y la impactante actuación de una de las más fulgurantes nuevas estrellas del sistema, la cinta entra en la lista por la fuerza de su contenido y también, todo hay que decirlo, porque encaja muy bien en el esquema de propaganda que este año domina la mirada de la Academia.   

Esta noche cuando se entreguen en Los Ángeles las estatuillas se iniciará el redoble de tambores de los exhibidores que mantendrán en cartelera a las ganadoras y que con toque de sordina enterrarán en el olvido a las perdedoras, escatimando a los espectadores la posibilidad de juzgar por su propia mirada el valor intrínseco de todas y cada una de estas cintas.

La temporada de premios terminará y una vez más la oportunidad de ver una fracción del buen cine mundial se desvanecerá, al menos la experiencia perceptual en una sala de cine. Queda la alternativa de la miranda en línea que supone otra reflexión sobre sus efectos reales en la industria del cine y en particular, en la promoción de nuevos realizadores y propuestas narrativas alejadas del circuito comercial impuesto por Hollywood. Como dijera hace unos días en la entrega de los Premios Goya, el presidente de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España, Enrique González Macho: "O acabamos con el emporio de la piratería o el emporio acaba con nosotros".

Para los realizadores esta es una cuestión que aturde todo el tiempo. Y en nuestro país es un reto que aun no asumimos.

Por lo pronto, vayan al cine, hagan sus elecciones. Por buenas mirandas.

1 comentario:

  1. La verdad Luis, no me he visto ninguna. Voy a ver si las encuentro y le digo qué tal. Pero ya dieron las estatuillas y su mercé acertó con lo de mejor película.
    Lo otro, faltarían más salas alternativas de cine, o por lo menos un gerente de cinemas que sepa como distribuir las carteleras porque espero que Internet no sea el único espacio, a futuro, donde se puedan ver películas no tan publicitadas. Ahora, si lee Luis, encontrará un largometraje español hecho con el sello de Creative Commons. Interesante.

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