jueves, septiembre 08, 2022

Elvis, Baz Luhrmann

Lista La Miranda Elvis, Baz Luhrmann, 2022. Tan inmenso es el Rey del Rock and Roll que pese a ser uno de los personajes más imitados -con banales concursos variopintos a lo largo del globo- y ser objeto de algunas versiones televisivas con intención biográfica o episódica, esta es la primera auténtica biopic hecha para el cine sobre su historia personal y musical. Esperada, ovacionada, destrozada… como el mismo Elvis.

Sin ser una obra maestra, ni tampoco una gran peli, todo hay que decirlo, la cinta del cambiante Luhrmann se destaca de modo imperecedero (ajá), por la soberbia, profunda y amorosa (no se comprende de otro modo) interpretación de Austin Butler. El joven actor impresionó a Denzel Washington por la seriedad de su compromiso, al punto de recomendarlo al director australiano y este a su vez, se conmovió con la audición en la que al piano cantaba Unchained Melody con el recuerdo de su fallecida madre. Butler se alza con poder y convicción con el peso y tono de la película. 


El esfuerzo de tres veloces años preparándose, investigando, estudiando, anotando, cantando, bailando, explota en la pantalla, sin que sea posible apartar los ojos de su presencia escénica. Algunas veces dobla la voz del sureño, en otras la asume con pulcritud, lo que sí hace todo el tiempo es ser Elvis Presley. El logro reviste mayor reconocimiento porque la película traspasa varios años en la vida del rey, exigiendo la consistencia y credibilidad del paso del tiempo en su actor protagónico. Esto va más allá de la apariencia lúcida del vestuario y el maquillaje, consiste en crecer en espíritu y personalidad.


El juego de progresión narrativa instalado por Luhrmann depende de tres dispositivos, mezclados a tiempo y espacio, con resultados quizá cuestionables. Por una parte, la narración del infausto Tom Parker (Tom Hanks) articulada a una puesta en escena de rompimiento de la cuarta pared. A ese hilo conductor se enlaza cada tanto, el montaje veloz y colorido de microrrelatos saturados de sobreimpresiones de texto, cortinillas pintorescas y cortes musicales de versiones contemporáneas de temas de época. Y por último, el recurso del recuento cronológico, con saltos atrás o adelante casi imperceptibles, expuesto con un método de gradación que resulta arriesgado; una desaceleración que busca alcanzar la densidad dramática sin que parezca conseguirlo. 


Además de la prominente esencia de Butler, el otro mérito de Elvis es el de enmarcar con firmeza el legado del cantante quien supo atender el reclamo que en su fuero íntimo le hizo la música afroamericana, con esos blues eternos y la cintura precisa de voces de registro único. Más allá de la leyenda, del mito, de la celebridad, del emblema, de la propaganda, la figura de Elvis Presley es fundamental para comprender la manera cómo el rock and roll va a fusionarse con la historia del s20. 


Holly siempre ha sentido especial interés por el género biopic, de hecho parece que allá lo inventaron. Y en las modas actuales de crispetazos de superhéroes y de terror extremo, las películas biográficas representan un espasmo de taquilla que se resiste a desvanecerse. A la increíble Tanya de Margot Robbie, hay que añadir el delicado Hawkins de Eddie Redmayne. sin olvidar el intenso Ray de Jamie Foxx… y si, la Reina de Helen Mirren. En el horizonte próximo, la amenaza de Blonde con el ángel volátil de Ana de Armas, el Oppenheimer de Nolan en la piel de Cillian Murphy y, por supuesto, el Bernstein de Bradley Cooper en Maestro.


En nuestro cine, hay intentos como María Cano, Camila Loboguerrero, 1990, encarnada con dominio por la ingratamente olvidada, María Eugenia Dávila. Podría considerarse también, la ambivalente, El olvido que seremos, Fernando Trueba, 2020, que aunque es una coproducción colombo-española, aspira a retratar la vida de Héctor Abad Gómez. Y sin que llegue a ser una peli biográfica, y con todo y lo incompleta que es, no deja de ser citable Roa, Andi Baiz, 2013, inspirada en los hechos del Bogotazo cuando fue asesinado Jorge Eiécer Gaitán.    


La atracción morbosa y cómoda que sentimos por ser testigos de las peripecias de otros seres humanos que lograron superar su mortal existencia, seguirá siendo el combustible que alimenta los relatos biográficos en una búsqueda de trascendencia cuyos alcances en la vida de cada quien, son asunto de cada quien. La miranda se impone. Y la diosa lo celebra. 


Y de cierre… ¡Larga vida al Rey… Elvis! 


   


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