Hoy en el meridiano del mes sin festivos, día de mi santo o de mi nombre (según la peli que ruede), compartiré con ustedes, amables seguidorxs, esta LLM especial sobre mis cinco mayores, las que he visto una y otra vez sin agotar la experiencia. Esas que repetiría incansable si no hubiesen más y tuviera que escoger. Sólido refugio cuando la realidad allá afuera azota, en un día cualquiera como hoy, jueves bonito y todo.
La película de Gaviria me atrapó desde su secuencia de arranque con esos recorridos a la iluminada Medellín navideña. La perdurabilidad de algunas de sus líneas ["¿Para qué zapatos si no hay casa?]. La fuerza de lo inevitable. La cadencia de la vulnerabilidad. El despliegue de un naturalismo narrativo que juega en los bordes del abismo. Estos son algunos de los signos labrados con pulso equilibrista de una gran cinta, una que encaja con dominio en el panorama del cine latinoamericano y mundial.
Eterno Resplandor de Una Mente Sin Recuerdos, Michel Gondry, 2004. Melancolía susurrante. Inevitabilidad abrumadora. Sencillez impecable. La crítica especializada la consideró la mejor peli de la primera década del s21. Es una de aquellas que tiene un mundo propio más allá de la pantalla. ¿Ok? Ok.
La vena clipera de Gondry irriga el campo de sus osadìas narrativas, jugando con el espectador, ensayando su tratamiento con cuidado clìnico. La dupla Winslet-Carrey es de una ternura arrobadora. El cambiante decorado te envuelve sin pausas. La adecuada coreografía de los personajes secundarios hace balance singular con el tempo de este amor persistente. Y un toque inesperado en su humor exquisito y orgánico a la sencillez del relato. Ella pretende ser confusa, algo enredada, no hay tal. Es mero estilo de seducción. Hablo de la peli, ok?
La vena clipera de Gondry irriga el campo de sus osadìas narrativas, jugando con el espectador, ensayando su tratamiento con cuidado clìnico. La dupla Winslet-Carrey es de una ternura arrobadora. El cambiante decorado te envuelve sin pausas. La adecuada coreografía de los personajes secundarios hace balance singular con el tempo de este amor persistente. Y un toque inesperado en su humor exquisito y orgánico a la sencillez del relato. Ella pretende ser confusa, algo enredada, no hay tal. Es mero estilo de seducción. Hablo de la peli, ok?
El Silencio de los Inocentes, Jonathan Demme. 1991. Perfecta. Detallada. Subterránea. Basada en la novela de Thomas Harris y origen de secuelas y derivadas, logró alzarse con los cinco premios más importantes: película, director, actor y actriz protagónicos y guion.
Una atmósfera fría y agobiante respira en cada una de sus secuencias, abriendo con la rutina de ejercicios a campo traviesa de la novata Clarice Starling y cerrando con ese callejón engañosamente luminoso que no termina. Un guion pulido y preciso, sazonado con diálogos de elevada estatura dramática. Suspenso matemático. Montaje afilado de corte limpio. Cada vez que la revisito... ovación de pie, de nuevo. Una obra maestra.
Una atmósfera fría y agobiante respira en cada una de sus secuencias, abriendo con la rutina de ejercicios a campo traviesa de la novata Clarice Starling y cerrando con ese callejón engañosamente luminoso que no termina. Un guion pulido y preciso, sazonado con diálogos de elevada estatura dramática. Suspenso matemático. Montaje afilado de corte limpio. Cada vez que la revisito... ovación de pie, de nuevo. Una obra maestra.
Las Horas, Stephen Daldry, 2002. Tormenta emocional. Tejido narrativo. Profundidad vital. Bien recuerdo que con sus primeras imágenes de un río fluyendo veloz y sonoro, acompañado de una voz amorosamente grave, me encontré navegando en mis propias lágrimas.
Si hay una peli que desgarre al espectador con tacto y calma es ésta, basada en la novela homónima de Michael Cunningham, Las Horas suceden sin que se pueda escapar a su inexorable tristeza. Tres inmensas actrices: Kidman, Moore y Streep, viviendo cada instante con pasión y sinceridad las incertidumbres de sus personajes, separadas en tiempos y espacios, enlazadas por un agudo punto de vista narrativo. Completas en sus fragilidades. Virginia, la señora Brown y Clarissa encienden el espíritu del relato con su inteligencia y carácter. Y en el centro pivotal, el poeta en la carne y sangre del soberbio Ed Harris. Y una estación del tren, también.
Si hay una peli que desgarre al espectador con tacto y calma es ésta, basada en la novela homónima de Michael Cunningham, Las Horas suceden sin que se pueda escapar a su inexorable tristeza. Tres inmensas actrices: Kidman, Moore y Streep, viviendo cada instante con pasión y sinceridad las incertidumbres de sus personajes, separadas en tiempos y espacios, enlazadas por un agudo punto de vista narrativo. Completas en sus fragilidades. Virginia, la señora Brown y Clarissa encienden el espíritu del relato con su inteligencia y carácter. Y en el centro pivotal, el poeta en la carne y sangre del soberbio Ed Harris. Y una estación del tren, también.
Vértigo, Alfred Hitchcock, 1958. Fetiche. Pasión. Solidez. Pasan los años y cada vez me gusta más. Es algo enfermizo, es verdad. Como lo era su director, como Scottie Fergusson (Jimmy Stewart), como Madeleine (Kim Novak), como su historia, como ese amor absoluto e imperfecto. Hay un encanto inexplicable en la laboriosa y delicada creación del geniecillo del suspenso. Esa manera de componer la acción, de capturar en el cuadro los pensamientos de los personajes, la armazón caprichosa de una obsesión sin tregua.
En tiempos de revisionismo histórico y cancelación -a ratos despiadada e insensata-, tal vez haya quienes piensen que Vértigo es un esperpento de oda al machismo y a la mujer como objeto sexual. Expreso mi desacuerdo, con vehemencia, enfermiza sí. Si algo hace de esta peli una auténtica y perdurable obra maestra es que logra lo que pocas veces el cine, y el arte de cuando en grande, alcanzan. Cifrar una trayectoria de la existencia humana en la que nos perdemos, nos desconocemos, nos abandonamos y perdemos todo horizonte, toda razón, toda moral. Y aparece total y avasalladora, la fuerza de estar ahí con ese otro, esa otra, que nos duplica, amplía, reemplaza y habita. Cada uno a su manera, Scottie y Madeleine, se buscan, se devoran, se acechan, en una espiral de encuentros con la eternidad de lo imposible.
Hasta acá esta escaramuza inacabable para mí, las líneas siguen fluyendo en mi mente pese a que ya corren los créditos finales.
Felices mirandas, siempre.
Que la diosa los acompañe.
En tiempos de revisionismo histórico y cancelación -a ratos despiadada e insensata-, tal vez haya quienes piensen que Vértigo es un esperpento de oda al machismo y a la mujer como objeto sexual. Expreso mi desacuerdo, con vehemencia, enfermiza sí. Si algo hace de esta peli una auténtica y perdurable obra maestra es que logra lo que pocas veces el cine, y el arte de cuando en grande, alcanzan. Cifrar una trayectoria de la existencia humana en la que nos perdemos, nos desconocemos, nos abandonamos y perdemos todo horizonte, toda razón, toda moral. Y aparece total y avasalladora, la fuerza de estar ahí con ese otro, esa otra, que nos duplica, amplía, reemplaza y habita. Cada uno a su manera, Scottie y Madeleine, se buscan, se devoran, se acechan, en una espiral de encuentros con la eternidad de lo imposible.
Hasta acá esta escaramuza inacabable para mí, las líneas siguen fluyendo en mi mente pese a que ya corren los créditos finales.
Felices mirandas, siempre.
Que la diosa los acompañe.





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